Infección V

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Summary

En 2020, el mundo se detuvo por una pandemia real. Confinamiento, miedo y esperanza depositada en una cura. Pero lo que debía salvarnos se convirtió en el inicio del fin. Infección V cuenta la historia de Jorge y Jahir, dos hermanos atrapados en Moscú, que son de los primeros en recibir la vacuna Sputnik V. Lo que al principio parece un milagro pronto revela su verdadero rostro: hambre descontrolada, pesadillas sangrientas y el inicio de una mutación que transformará a la humanidad en algo irreconocible. Mientras el caos se apodera de Rusia y se extiende al mundo, los hermanos luchan por sobrevivir en túneles oscuros, calles en llamas y ciudades que se devoran a sí mismas. Pero ¿cómo se resiste cuando la infección ya corre por tus propias venas? Oscura, sangrienta y devastadora, esta historia muestra cómo una promesa de esperanza terminó devorando al mundo entero.

Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
16+

El Encierro

Las calles de Moscú estaban en silencio, pero no un silencio natural. Era un silencio impuesto, forzado, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo entero. Jorge se asomó por la ventana del dormitorio universitario: la nieve cubría los techos y los autos abandonados en la avenida, y apenas uno que otro peatón cruzaba rápido con mascarilla, como sombras que temían detenerse demasiado tiempo.

Llevaban meses encerrados. El coronavirus había cambiado todo: las clases eran virtuales, las fronteras estaban cerradas y la ciudad, que alguna vez les pareció vibrante, se había convertido en un mapa de lugares prohibidos.

Jahir, su hermano menor, estaba tirado en la cama, moviendo sin ganas la pantalla del celular. La luz azul le pintaba la cara pálida y ojerosa. Pasaba horas viendo videos en Tik Tok: gente cantando corridos, transmisiones de partidos, influencers que intentaban bromear sobre la pandemia.

—¿Sabes qué extraño? —murmuró Jahir, con voz ronca—. Escuchar música en vivo. Ir a un bar lleno de gente. Oler carne asada.

Jorge sonrió apenas. El acento regio de su hermano se le escapaba cada vez que hablaba de casa. Esa nostalgia era lo único que mantenía la cordura, como un recordatorio de que el mundo real aún existía más allá de la ventana helada.

En el comedor comunitario de la residencia, los pocos estudiantes que quedaban hablaban de lo mismo: Sputnik V. La vacuna rusa contra el COVID-19. La primera en el mundo. Un milagro para algunos, una apuesta arriesgada para otros.

“Una oportunidad histórica”, repitió el rector de la universidad en un comunicado oficial. Los estudiantes extranjeros serían vacunados antes de fin de mes. Jorge lo leyó tres veces sin estar seguro de cómo sentirse.

Para él, sonaba más a experimento que a salvación. ¿Qué tanta prisa podía justificar saltarse pruebas clínicas completas? ¿Qué precio se pagaba por ser los primeros?

Jahir, en cambio, estaba entusiasmado. —¿Qué prefieres, quedarte aquí encerrado otro año o jugártela? —le dijo mientras acomodaba una gorra de rayados en la cabecera de la cama.

Jorge no respondió. Sabía que discutir con su hermano era inútil. Esa terquedad juvenil lo había metido en más de un problema, aunque también le había salvado la vida en otras ocasiones.

Afuera, los noticieros repetían cifras: muertos, contagios, hospitales desbordados. Entre los números, Sputnik V aparecía como un respiro, una palabra luminosa en medio del desastre.

Jorge pensó en su madre, tan lejos, en Saltillo. Cada mañana recibían mensajes de audio con su voz: “Cuídense mucho, hijos. Aquí seguimos encerrados. Confío en que pronto todo pasará”. Esa esperanza casi infantil le apretaba el pecho.

Pero en los pasillos de la residencia no se respiraba esperanza. Se respiraba miedo. Los rumores hablaban de cuerpos en sótanos de hospitales, de ambulancias que nunca regresaban. Un estudiante ucraniano juraba que conocía a alguien que había desaparecido después de ser vacunado en secreto.

Jorge descartaba esas historias como paranoia. Y sin embargo, en la madrugada, cuando el viento golpeaba los cristales y todo estaba demasiado quieto, recordaba esas voces y no podía dormir.

Una tarde, mientras hacían fila para recoger cajas de comida, Jahir se inclinó hacia él. —¿Sabes qué pienso? Que esta vacuna no la hicieron para salvarnos, sino para probarnos. A ver qué pasa con nosotros.

Jorge lo miró molesto. —No empieces. Ya bastante tenemos con sobrevivir al encierro.

Pero su hermano tenía razón en algo: los estudiantes extranjeros eran un recurso fácil. Nadie los protegería si algo salía mal. Nadie reclamaría en su nombre si las cosas se torcían.

Esa noche, al volver al dormitorio, Jorge notó algo extraño en el aire. La televisión transmitía imágenes de filas largas frente a hospitales, y entre la multitud se veían rostros desencajados, gente que gritaba y se golpeaba contra las rejas. El presentador lo llamó “tensión por la espera”.

Jahir se rió nervioso. —Se parecen a zombies —bromeó, pero su risa se apagó rápido, como si las palabras hubieran sido demasiado ciertas.

Jorge apagó la pantalla y se quedó viendo la ventana helada. No sabía que, en realidad, apenas estaba comenzando. Porque esa misma semana recibirían la vacuna. Y con ella, algo más. Algo que nadie había previsto.