El reencuentro con los fantasmas - Parte 1
Capítulo 1 - Espejo roto
El cuarto de Ezra estaba en penumbras, apenas iluminado por la luz azulada del monitor de su computadora. El reloj ya marcaba las dos de la madrugada, pero no había podido dormir en toda la noche. No era la primera vez que le sucedía. El insomnio ya no era un extraño, sino un huésped permanente.
Se levantó despacio y caminó hasta el baño. El espejo lo esperaba, alto, indiferente, cruel. Ezra se detuvo frente a él, respirando hondo, sabía lo que iba a encontrar, y aun así no podía evitar mirarse.
Sus ojos, hundidos, lo observaban con un cansancio que no era solo físico. Pasó la mano por su pecho y por un segundo pensó en arrancarse la piel.
—No eres suficiente —murmuró, apenas audible, como si la frase se hubiera vuelto las voces del recuerdo.
Se apartó rápido, como si quemara. Abrió el botiquín para sacar el frasco de pastillas y lo cerró de golpe sin tomarlas. No quería admitir que las necesitaba. No quería admitir nada.
Volvió a su cuarto y se dejó caer en la cama, hundiéndose en las sábanas, intentando borrar de la mente esa imagen del espejo. El reflejo no era él, nunca lo había sido. Era una prisión distorsionada, una condena con la que había aprendido a sobrevivir.
En la mesa de noche vibró su celular era un correo electrónico nuevo, “Reunión de exalumnos - Este sábado”.
Lo leyó una vez, lo leyó otra y riéndose pensó ¿Qué sentido tenía? ¿Volver a ver caras que nunca lo entendieron? ¿Volver a ser “esa chica rara y depresiva”? Y ser nuevamente blanco de burlas debido a su apariencia física, la cual no coincidía en nada en como realmente se quería mostrar ante los demás
Dejó el celular boca abajo. Cerró los ojos, con la misma frase repitiéndose en bucle, como un eco:
No eres suficiente. No lo fuiste entonces. Y tampoco lo eres ahora.
El sueño lo venció con esa idea incrustada en la piel. Afuera la ciudad seguía viva, pero para Ezra, el mundo estaba reducido a un espejo roto y a un nombre que aún no lograba pronunciarse con orgullo.
Capítulo 2 - La invitación
El sol entraba a desgano por las cortinas mal cerradas. Ezra giró en la cama, tapándose con la manta hasta la cabeza, intentando prolongar la penumbra un poco más. El celular vibraba en la mesa de noche con notificaciones acusando recibo de los demás, recordatorios del chat de exalumnos y más ruido que prefería ignorar.
Finalmente lo tomó, sin ganas, solo para espantar el silencio. En la bandeja de entrada, el asunto resaltaba como un dedo acusador, “Reunión de exalumnos - Este sábado”.
Lo abrió.
Las palabras estaban escritas con entusiasmo, llenas de signos de exclamación y promesas de “volver a reencontrarnos como en los viejos tiempos”. Ezra sintió un nudo en el estómago. ¿Viejos tiempos? Para él, la escuela no era nostalgia, sino cicatrices. Pasillos llenos de risas que siempre eran cuchillos disfrazados, nombres que nunca eran el suyo, miradas que lo reducían a una sombra.
Dejó el celular a un lado. Se quedó inmóvil, con los ojos perdidos en el techo, debatiendo con un enemigo invisible.
No irás. No tiene sentido. Solo abrirías heridas.
Pero otra voz, tenue, susurraba en el fondo:¿Y si esta vez es distinto? ¿Y si nadie recuerda lo suficiente para herirte?
La duda se instaló como un huésped incómodo.
Se levantó para buscar agua. En la cocina, el espejo del microondas devolvió un reflejo distorsionado de su rostro. Lo esquivó de inmediato. No quería mirarse. No quería pensar en lo que los demás verían si se presentaba en esa reunión.
—Van a reírse otra vez —murmuró, apunto de llorar.
Aun así, el correo seguía ahí, vibrando en su memoria como un zumbido insistente. Cerró los ojos con fuerza, apoyado contra la mesa, intentando acallar el ruido.
Sabía que si decidía ir, no sería para reencontrarse con nadie, sino para enfrentarse a sí mismo. Y ese era, quizás, el enemigo más aterrador de todos.
Capítulo 3 - Viejas heridas
La sala de eventos estaba llena de luces cálidas que intentaban crear un ambiente acogedor, pero para Ezra todo parecía una exposición de fantasmas, cada risa, cada saludo exagerado, lo hacía encogerse más, caminó entre los grupos, invisible, con las manos metidas en los bolsillos y la mirada baja.
Y entonces lo vió.
Leo.
No era el niño que recordaba, torpe y burlón; era más alto, seguro de sí mismo, con la misma chispa en los ojos que lo había irritado durante años, pero ahora sin el filo de la crueldad. Aun así, Ezra sintió que un escalofrío recorría su espalda. La memoria de cada burla, cada comentario hiriente, cada empujón disfrazado de juego, volvió de golpe.
—¿Cath? —La voz de Leo cortó el aire, sonaba sorprendido, curioso, casi amable.
Ezra con desgano levantó la mirada. Por un instante, todo su mundo se redujo a esos ojos, tan fáciles de leer y, al mismo tiempo, tan imposibles de confiar.
— ...Hola —murmuró, con la voz más apagada de lo que quería, debido al uso de su deadname, pero tampoco podía culparlo, él no sabía que ya no usaba ese nombre.
Leo sonrió, un poco incómodo, y dio un paso adelante.—No te había reconocido al principio con tu pelo así de corto... — Se ríe amablemente dándole unas palmaditas en la espalda, pero Ezra lo escuchó con atención, como si cada palabra pesara toneladas.
Ezra tragó saliva. Cada recuerdo del pasado se mezclaba con el presente y le nublaba la mente. Sentía que la distancia entre él y los demás se hacía más grande a cada segundo, y que Leo, aunque diferente, estaba ahí como un recordatorio de lo que siempre había sido: vulnerable, pequeño, insuficiente.
—Sí... he cambiado de look un poco—respondió finalmente, con un hilo de voz. Y la culpa lo punzó ¿por qué era tan difícil aceptar una simple sonrisa, un saludo cordial?
Leo se quedó en silencio un momento, observando a Ezra sin presión, como si entendiera que había mucho más que palabras entre ellos.—Bueno, me alegro de verte, supongo... —Lo mira con una sonrisa pese a lo desganado que se veía Ezra—
Eso bastó para que Ezra sintiera una mezcla de miedo y algo que no sabía nombrar ¿esperanza? No estaba acostumbrado a que alguien lo mirara sin juicio, y esa mirada lo desarmaba tanto como lo aterrorizaba.
Se apartó ligeramente, buscando refugio en la multitud, y murmuró para sí, No es él... no puede ser que me trate así después de todo.
Pero algo, pequeño y tímido, en su pecho se negó a apagarse.
Capítulo 4 - Los pasillos de la memoria
La música suave de la sala apenas lograba cubrir los murmullos y risas de los exalumnos. Ezra se movía con pasos cautelosos, sintiendo que cada rincón estaba lleno de ecos del pasado. Cada rostro conocido le recordaba algo que preferiría olvidar, apodos crueles, empujones en los pasillos, miradas que lo reducían a una sombra.
Cuando Leo apareció a su lado de nuevo, acompañado de un grupo de viejos compañeros, los recuerdos lo golpearon con fuerza. No eran recuerdos felices, eran cuchillos disfrazados de nostalgia. Cada gesto de Leo en la infancia —una broma pesada, un comentario sarcástico, remarcar la apariencia de su cuerpo que tanto le disgustaba con sus palabras— todos esos recuerdos regresaban de manera tan vívida, mezclándose con la curiosidad y la amabilidad que ahora mostraba.
—¿Recuerdas cuando te... —comenzó Leo, pese a que Ezra lo miraba con frialdad no dudó en lanzar su pregunta incómoda típica de el— ...declaraste en la secundaria? —Se río levemente, inconsciente de que los recuerdos del pasado podían doler.
Ezra le respondió de manera cortante apenas levantando la voz—Sí. Recuerdo perfectamente.
El silencio cayó entre ellos como un peso tangible. Ezra notó la respiración de Leo, junto a su torpeza para comunicarse con alguien que claramente no la estaba pasando bien junto a él, ya dudando de sus intenciones
Cada paso que daba entre los grupos era un recordatorio de su propia vulnerabilidad. Los pasillos de la memoria se extendían frente a él, interminables, llenos de palabras que habían marcado su piel más que cualquier golpe físico. Y allí estaba Leo, una presencia viva de aquello que había dolido durante años.
Ezra tragó saliva. Su corazón latía con fuerza, mezcla de miedo, rabia y algo indefinible que se negaba a nombrar.—Recuerdo como me dejaste sin respuesta... —suspiró— No sé que esperaba... —susurró, más para sí mismo que para Leo.
Leo lo miró con paciencia, sin presionar, como si supiera que detrás de esa muralla había un mundo que no estaba listo para abrirse.— Vaya... no lo recuerdo tan así... —dijo para sí mismo—
Ezra le creyó a medias. La desconfianza se aferraba a su pecho, pero por primera vez desde hacía años, algo en él no huyó. Algo quiso quedarse y observar.
Y mientras la música continuaba, Ezra se dio cuenta de que los pasillos de la memoria podían doler, pero también podían ser un puente. Solo necesitaba decidir si cruzarlo o no.
Capítulo 5 - El mensaje inesperado
Esa noche, Ezra se sentó en su escritorio con la espalda encorvada y la cabeza llena de recuerdos. La reunión escolar había terminado horas atrás, pero su mente no dejaba de recorrer cada gesto, cada palabra. Cada vez que recordaba la mirada de Leo, su pecho se apretaba con una mezcla de irritación y algo que no sabía nombrar.
El celular vibró sobre la madera. Lo miró de reojo, dudando antes de tomarlo. Un mensaje nuevo:
“Hey, Cath. ¿Todo bien? Me quedé con ganas de hablar un poco más contigo.” —Leo.
Ezra sintió un escalofrío. El mensaje era simple, casi inocente, pero le produjo una mezcla de terror y sorpresa. Lo ignoró al principio, dejándolo sobre la mesa. Sabía que cualquier respuesta podría abrir una puerta que no estaba seguro de querer cruzar.
Pasaron minutos, tal vez horas. Cada sonido de notificación lo hacía sobresaltar. Finalmente, con manos temblorosas, abrió el mensaje y comenzó a escribir una respuesta corta:
—Estoy... bien. Gracias.
Y la envió.
El celular vibró de nuevo casi al instante. Otro mensaje de Leo.“Si quieres, podemos hablar un rato mañana. No hace falta nada más que un café. Sin prisas.”
Ezra lo miró fijamente. La idea de encontrarse de nuevo con Leo lo aterraba y lo tentaba al mismo tiempo. Su instinto le decía que se alejara, que el pasado era un laberinto que nunca dejaba escapar sin dolor. Pero algo pequeño, casi imperceptible, lo empujaba a aceptar.
—Tal vez... —susurró para sí, con la voz apenas audible— Tal vez me pasé, quizás fui muy cortante.
Se recostó en la silla, con el celular sobre el pecho, sintiendo cómo un hilo de esperanza, tenue y tembloroso, comenzaba a abrirse paso entre la desconfianza y el miedo.
Esa noche, antes de dormir, Ezra dejó el celular a un lado y cerró los ojos. No estaba seguro de qué significaba todo aquello, ni de qué sucedería al día siguiente, pero por primera vez en mucho tiempo, se permitió imaginar un encuentro sin dolor... aunque fuera solo por un instante.