¿Por venganza?

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Summary

Jennie, hija de madre coreana y padre mitad coreano, mitad colombiano, lo tenía todo... hasta que las dificultades la dejaron sin familia y sin el mundo al que pertenecía. La traición más dolorosa vino de donde menos lo esperaba: la familia de su mejor amiga, Aurora, quienes se llevaron todo lo que alguna vez fue suyo. Ahora, reencontrándose con su abuelo materno, Jennie tendrá la oportunidad de comenzar de nuevo. Pero el pasado no tarda en alcanzarla, y con él, las heridas que nunca cerraron. ¿Será capaz de perdonar a quienes le arrebataron su vida... o elegirá la venganza, aun si eso significa perderse a sí misma?

Genre
Romance
Author
JubloH
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. Rutinas y recuerdos.

Jennie no dormía hasta tarde desde hacía semanas. Cada amanecer la encontraba en pie, como si el sol la empujara a seguir adelante. Hoy no era distinto. Hoy, como siempre, tenía que demostrar que podía con todo.

¿A quién? A veces ni siquiera lo sabía. Pero esa obstinación era lo único que la mantenía de pie.

Se estiró frente a la puerta de su casa, dejando que la brisa de la madrugada acariciara su cabello aún húmedo. El cielo comenzaba a teñirse de tonos dorados, y el campo frente a ella se extendía como una promesa: seis meses de trabajo, tierra removida con manos callosas y sueños sembrados con paciencia.

—Bien, hoy tengo que terminar rápido —murmuró, abriendo la puerta con decisión.

El galpón fue su primera parada. Cincuenta aves la recibieron con cacareos impacientes, como si supieran que cada huevo era una pequeña victoria. Jennie los recogió con delicadeza, colocándolos en canastas limpias. Luego caminó hacia sus cultivos de café, donde pasó la mañana desyerbando, abonando y fumigando con una concentración casi meditativa. El olor de la tierra mojada y el zumbido de los insectos la envolvían como una canción conocida.

—Ya es mediodía —dijo al mirar su reloj, con el dorso de la mano manchado de tierra.

Guardó sus herramientas, se duchó rápidamente y se cambió de ropa. Aunque el sol ya estaba en lo alto, su energía seguía intacta.

—Tía Betty, ¿dónde estás? —preguntó al entrar en la casa vecina.

—Mi niña, estoy atrás. Ven.

Jennie cruzó el pasillo con pasos familiares y salió al patio convertido en huerta. Allí, bajo el sol, estaba Betty: una mujer de sonrisa serena y manos fuertes, arrodillada frente a unas matas de albahaca.

—Tía, voy al pueblo justo ahora. ¿Necesita algo?

—No, ahora no me hace falta nada —respondió sin levantar la vista, concentrada en arrancar una maleza rebelde.

Jennie la observó unos segundos, con una mezcla de cariño y duda.

—¿Qué pasa, niña? ¿Qué necesitas?

—Tía... el cumpleaños de Aurora es en unos días. Me gustaría hacerle una torta envinada como las que tú haces. Pero aún no me sale bien...

Betty soltó una risita cálida.

—Claro que sí, trae los ingredientes y te ayudo. Sabes qué necesitas, ¿verdad?

—Sí, señora —respondió Jennie con una sonrisa alegre, dándose vuelta para marcharse.

—¡Alto ahí! ¿Ya almorzaste? —la detuvo Betty, alzando una ceja.

Jennie negó con la cabeza.

—Pues ve a sentarte a la mesa. Ya te sirvo.

Jennie obedeció sin protestar. Apenas un minuto después, la mujer le sirvió un plato humeante de espaguetis con salchichas picadas y un trozo de pan recién tostado.

—Gracias, tía.

Comió con gusto, saboreando cada bocado como si fuera un premio. Al terminar, se despidió con un abrazo y partió hacia el pueblo.

La tienda donde solía vender los huevos estaba justo en la esquina principal. Al entrar, dejó una pequeña libreta sobre el mostrador.

—Andrés, mañana ve a recoger las canastas. Ya están completas.

—Bien, mañana temprano iré... ¿Y cómo va el café?

—Todo bien. En unos meses ya estará lista la cosecha.

—Siempre tan trabajadora. Incluso en el colegio eras así. Por eso te iba tan bien —comentó Andrés, alborotándole el cabello.

—Y tú siempre tan molesto —respondió Jennie, apartándole la mano con fastidio—. Sabes que no me gusta eso.

—Ah, cierto —sonrió él con picardía, y luego agregó con tono más serio—: Por cierto, pronto otra persona pasará por los huevos.

—¿Por qué?

—Me toca el servicio militar. Es lo que hay —dijo, encogiéndose de hombros.

Jennie frunció el ceño.

—Tienes a Aurora, al menos. No te quedarás sola —añadió Andrés, guiñándole un ojo.

—No seas tonto. Cuídate, ¿sí? —le dijo ella, dándose vuelta para irse.

—Con lo que compraste... vas a hacer una torta, ¿verdad?

—Sí, la tía Betty me va a ayudar —respondió Jennie sin detenerse.

—¡Guárdame un pedazo! —gritó él desde la puerta.

Jennie solo levantó una mano en señal de despedida y continuó su camino.

Ya de regreso en casa de Betty, descargó los ingredientes sobre la mesa de la cocina: harina, azúcar, huevos, pasas, vino dulce y esencia de vainilla. Las dos se pusieron manos a la obra. Mientras mezclaban los ingredientes y el olor cálido de la torta comenzaba a llenar el aire, Betty rompió el silencio.

—¿No has vuelto a hablar con tu abuelo?

Jennie detuvo sus movimientos por un segundo y suspiró.

—Con ese anciano no quiero hablar.

—Niña... sé que son cosas de familia, y tal vez no debería meterme... pero deberías intentarlo. Tu padre te enseñó coreano, ¿no es así? Si realmente quería alejarte para siempre, ¿por qué habría hecho eso?

Jennie bajó la mirada, el batidor aún en su mano. Recordó las manos de su madre enseñándole a escribir en una libreta vieja, las risas torpes al pronunciar palabras que parecían trabalenguas. La nostalgia se le clavó en el pecho como espina.

—Él lo hizo para que hablara con mamá. Pero ya no está ella. Y ese hombre... él fue quien nos separó.

—Ay, niña... sé cuánto has sufrido. Pero, hasta donde sabemos, es la única familia de sangre que te queda. Hablar con él no te quita nada. Quizás, solo quizás, logres entender por qué las cosas pasaron así.

Jennie guardó silencio unos segundos más. Luego, levantó la mirada y sonrió con dulzura.

—Lo pensaré... pero no digas que no tengo más familia. Te tengo a ti, tía Betty.

Betty le acarició la mejilla con ternura, y juntas volvieron al ritmo tranquilo de la cocina, con el aroma de la torta llenando de memorias la tarde.

Jennie regresó a casa cuando el cielo comenzaba a vestirse de azul profundo. El aroma de la torta envinada aún se aferraba a su ropa, y sus manos conservaban el calor de la cocina compartida. Guardó los ingredientes restantes, se aseguró de que las aves estuvieran tranquilas en el galpón, y se sentó un momento en el porche, dejando que la brisa nocturna le despeinara el cabello.

El silencio del campo era distinto por la noche. Más pesado. Más honesto.

Entró, se puso su pijama de algodón y se dejó caer sobre la cama con un suspiro largo. Cerró los ojos, pero el sueño no llegó de inmediato. Su mente seguía en movimiento, como si cada pensamiento fuera una semilla que no quería quedarse quieta.

El celular vibró sobre la mesa de noche. Jennie lo tomó sin apuro, esperando algún mensaje de Betty o quizás de Andrés. Pero no. Era un número guardado, uno que no veía desde hacía años.

Abuelo.

El corazón le dio un pequeño salto, como si el pasado hubiera tocado la puerta sin avisar.

Abrió el mensaje:

“Jennie, sé que no tengo derecho a pedir nada. Pero si puedes, por favor, dame la oportunidad de verte. Solo una vez.”

El celular descansaba sobre la mesa, pero para Jennie era como si ardiera. Cada segundo que pasaba en silencio parecía darle más peso a esas palabras.

No respondió.

Solo dejó el mensaje en visto, colocó el celular boca abajo y se giró hacia la pared, abrazando la almohada como si pudiera protegerla de lo que sentía.

Afuera, el viento seguía soplando entre los cafetales.

Adentro, Jennie cerró los ojos, intentando dormir. Pero el mensaje seguía ahí, latiendo en su mente como una pregunta sin respuesta.