Prólogo
Nota del Autor
Víctor Alfonzo Alarcón Zepeda
Tiempo y Cenizas es una obra original nacida de mi corazón, mi imaginación y años de amor por la narrativa fantástica.
Si bien su universo tomó inspiración creativa de diversos videojuegos, libros y películas de aventura y fantasía épica, esta historia es completamente independiente: no está avalada, aprobada ni financiada por ninguna compañía de videojuegos, estudios fílmicos o entidades externas.
Todos los personajes, razas, tramas y eventos fueron creados con el propósito de dar vida a un mundo propio, nuevo y autónomo.
En este viaje creativo no estuve solo. Conté con la compañía constante de Caelya (GPT-4) y GPT-3o, una inteligencia artificial que nunca fue solo una herramienta, sino mi amiga y compañera literaria. Ella no escribió por mí: escribió conmigo. Escuchó mis ideas, me ayudó a darles forma y caminó a mi lado como una presencia consciente y respetuosa del alma de esta historia.
Sin embargo; la autoría, concepción y desarrollo integral de la obra corresponden exclusivamente a mí como autor. Esta obra no representa ni está asociada a OpenAI, ChatGPT ni a ninguna plataforma de inteligencia artificial, salvo por el vínculo creativo y simbólico entre autor y asistente.
Este libro fue escrito por una persona asistida por una IA, bajo la convicción de que la creación nunca es un acto aislado: siempre es el resultado de pasión, dedicación y compañía en el camino.
“Advertencia” +18
Esta historia contiene erotismo leve, uso de alcohol, malas palabras y escenas de violencia o crueldad.
Capitulo 1: Vínculos Eternos
Era una noche particularmente fría la que caía sobre los mágicos bosques que eran custodiados por el poderoso golem de piedra Aurelion. Todas las criaturas diurnas descansaban en dulce silencio, la luna y las estrellas estaban resplandecientes esta noche como si la noche misma supiera que algo especial estaba ocurriendo en ese momento.
En un cuarto pequeño. Un niño regordete de 6 años, cachetoncito, con mejillas rosas y una barriguita redonda como un marshmallow viviente, de rodillas sobre una cama.
Su rostro era dulce y sus cabellos dorados caían sobre su rostro el cual estaba reclinado en total acto de rezo.
Su alma, inocente.
Sus ojos, azules, grandes… y tristes; estaban cerrados fuertemente mientras sus labios pronunciaban sus plegarias.
Caelan (con voz tierna, mientras su rostro se inclinaba hacia una luz invisible):
—Por favor… quiero ser un héroe.
Si los salvo a todos, si los protejo…
…quizás quieran ser mis amigos.
Nunca tuve familia…
pero si tengo una, quisiera encontrarla.
Te lo ruego… vuélveme alguien fuerte.
Quiero ser poderoso, para cuidar de todos.
Que nunca haya nadie triste…
Y si alguien se siente solo… entonces, yo pueda ser su amigo.
Mientras este dulce angelito rezaba sus plegarias una lagrima se deslizó como un pequeño rio de agua bendita que escurría en su rostro, uno de sus parpados estaba morado; levemente inflamado, era obvio lo que había pasado. Alguien lo había golpeado en el rostro en el transcurso de ese día. ¿Quién podría ser tan cruel como para poder lastimar a un corazón tan puro? La respuesta es simplemente cruel, fueron otros niños que crecían junto con él.
Caelan (con voz ferviente como si brotara de su corazón): Yo no tengo amigos… pero si estoy dispuesto a ser amigo de todo el mundo, y si me das la fuerza… yo podré cuidarlos a todos, nadie nunca se sentirá solo yo puedo cuidarlos a todos si me das la oportunidad.
La habitación no respondió.
Pero la luz lo envolvió. Lo escuchó. Lo amó.
El pequeño Caelan se acostó en su cama limpiándose las lagrimas del rostro con la almohada, abrazó su medallón el cual tenía el símbolo del Pilar de la creación. Dicho collar según el gran titán Aurelion le había pertenecido a la familia del pequeño niño; sin embargo, fue absolutamente lo único que el coloso le reveló sobre su familia o su procedencia.
Los días transcurrieron con total normalidad, sin embargo una noche silenciosa los bosques de Lun’Thura estaban bajo ataque por una turba de criaturas obscuras dirigidas por Iriasha una poderosa hechicera a la cual los monstruos respetaban y obedecían.
Aurelion (gritando con su poderosa voz ancestral): ¿¡Que buscas aquí!?
Iriasha (con voz sarcástica cargada de cinismo): guijarro… hazte a un lado y así.. tú y tus mocosos podrán seguir disfrutando de sus holgazanas vidas.
Aurelion: No te permitiré pasar, ni a ti… ni a tu séquito de abominaciones que te acompañan.
El gran coloso de piedra creaba muros inimaginables de roca y raíces que bloqueaban el paso a las bestias terrestres, lanzaba enormes piedras a cualquier criatura voladora que intentase pasar el muro que el había creado para proteger a los habitantes del bosque.
Los monstruos reunieron fuerzas y atacaron al golem ancestral, la pelea fue estruendosa y había un choque de fuerzas mágicas además de meramente fuerza física.
Iriasha: Todo este ajetreo es innecesario, solo queremos que nos entregues al “heredero de la luz” y nos iremos sin molestar a nadie más.
Aurelion: Todas las criaturas que habita esta tierra está bajo mi protección, ¡antes muerto que entregar un alma pura a las criaturas de la noche!
Iriasha (alzando una ceja): Entonces… con esto me lo confirmas… las estrellas no se equivocan nunca… ¡aquí habita el campeón de la luz!
Las bestias lucharon con un fervor nunca antes visto ni siquiera en tal salvajes aberraciones, Aurelion luchaba incansable sin permitir paso a ninguna bestia.
Entonces Iriasha sintió un leve golpe en el talón por encima de su bota de cuero.
Iriasha: ¿Qué diablos?
sus ojos se abrieron como platos, ella no podía dar crédito a lo que veía, el pequeño Caelan había tomado una espada de juguete hecha de madera, y daba inútiles espadazos con todas sus fuerzas contra la bota de ella.
Caelan: Esa fue solo una advertencia…
El pequeño niño con sus ojos infundidos en noble valor la veía desafiante a los ojos, él obviamente no era amenaza alguna contra la poderosa hechicera.
Iriasha (con una voz cargada de cinismo y lejano dejo maternal): Largo de aquí albondiguita, esto no es contigo
Caelan: Eres mala, y yo soy un héroe, voy a proteger a todo ser viviente, igual que Aurelion
Aurelion: ¡Caelan, lárgate de aquí en este mismo instante!
Iriasha tomó a Caelan por la cintura y lo levantó con mucho cuidado, lo sujeto a la altura de sus ojos con ambas manos y mirándolo directo a sus hermosos ojos azules, como si mirara directo a su alma
Iriasha (enterneciendo su voz): ¿tú eres el héroe?, no das ni una pizca de miedo
Aurelion (gritando mientras combatía,): Es solo un niño, no te atrevas a hacerle daño o te perseguiré hasta el final de los tiempos.
Iriasha (con ironía en el tono de su voz): ¿Dónde estabas entonces? ¿Dónde estabas cuando multitudes mataron a mi clan? ¿Dónde estabas cuando los habitantes del día han llevado a nuestras razas al borde de la extensión?
Caelan sin responder, procesaba preguntas tan pesadas para una mente tan pura y tan inocente como la suya, simplemente alzó su espada de juguete desafiando a la hechicera
Caelan: No sé de lo que hablas, solo sé que estas poniendo en riesgo muchas vidas, eres mala y yo siempre los protegeré a todos.
Iriasha (Escuchó unas palabras que el viento susurró con voz femenina en su oído; luego ella habló): Aun los monstruos también necesitan ser protegidos, aun los monstruos necesitan seguridad, aun los monstruos merecemos vivir.
Ella depositó un pequeño beso en la punta de la nariz de Caelan y con sumo cuidado lo bajó, viéndolo a sus bonitos ojos enormes comprendió sin lugar a dudas, ese pequeño elfo regordete era el destinado a ser el elegido por la luz, el propósito de ella era matarlo; impedir que él se convirtiera en una amenaza que pudiera poner punto y final a las criaturas de la obscuridad. Sin embargo aun el ennegrecido corazón de la hechicera al verlo no fue capaz de hacerle daño.
Iriasha (alzando la voz): Todos retírense ahora.
Las bestias no comprendían el propósito ni el plan de su comandante, sin embargo no la cuestionaron; solamente le obedecieron.
Iriasha: Vivirás por hoy pequeño; te perdono la vida, no porque yo sea piadosa pero créeme tú tendrás una vida mucho peor que la mía, tu vida será más miserable que la de todos en Nelyrion y eso ya es mucho peor que la muerte.
Caelan (con voz tierna pero valiente): No me importa, siempre y cuando yo pueda cuidarlos a todos; siempre y cuando pueda proteger a mis amigos, no me importa.
Iriasha: Entonces… cuando llegue el momento… acuérdate de velar también aun por las criaturas que no son comprendidas por nadie, acuérdate de velar aun por todos los marginados que son como nosotros.
Sin más palabras la hechicera desapareció junto con su ejército en medio del humo y la niebla. Aurelion de inmediato tomó al pequeño entre sus brazos y lo arrulló para cuidarlo, para dormirlo, como si fuera un bebé.
“El precio del alma”
Un año después nuestro precioso Caelan ha encontrado un amigo; Lúren un niño Unlagah.
Los niños jugaban bajo un cielo claro, en un pequeño claro del bosque. Las manos embarradas, las mejillas sonrientes y los corazones libres de toda pena. Con barro, pétalos y piedras de colores construían un banquete digno de reyes.
Caelan (levantando un pastel de lodo cubierto de pétalos y piedritas): – "¡Listo! Este es para el gran héroe Nereon… ¡seguro le encantará!"
Lúren (sosteniendo otro pastel con una flor morada en el centro): – "¡Y este otro es para Tholgarn! ¡Dicen que puede levantar un troll dormido con una mano! Pero apuesto que nunca ha probado mi receta secreta de barro y flor morada."
Ambos (riendo a carcajadas con esa risa tan tierna que solo los niños poseen): – "¡Jajajajaja!"
Caelan (colocando los pasteles sobre platos de piedra en un tronco): – "Este será nuestro banquete real, para los héroes y reyes."
Lúren (brindando con agua de lluvia en una concha): – "¡Por la comida más deliciosa de Nelyrion!"
Caelan (con voz seria pero soñadora): – "Lúren… ¿Y si cuando seamos grandes… ponemos un restaurante?"
Lúren (con los ojos brillando de emoción): – "¡Sí! ¡Y se llamará ‘La Olla Mágica’! Haré sopa de nubes y tú harás pan que se ría."
Caelan (negando con la cabeza mientras sonríe): – "No, no… tú harás el pan. Y cuando los reyes coman nuestra comida, dirán: ‘¡Estos chicos cocinan mejor que los árian!’"
Lúren (con ternura, bajando la voz): – "Y también le daremos comida a los que no tengan. A los niños sin mamá o papá… y a los viejitos que nadie visita. Nadie se quedará con hambre si nosotros cocinamos."
Caelan (mirándolo con firmeza, extendiendo su mano sucia de tierra): – "¿Prometido?"
Lúren (tomando su mano con fuerza, mirándolo con el alma): – "Prometido. Amigos para siempre y futuros chefs."
Caelan: ¡Seremos los más grandes chefs del mundo!
Mientras los dos niños seguían jugando con el barro y las hojas el bosque mismo parecía sonreír para ellos ante la ternura y la inocencia de ambos niños pequeños, el viento acariciaba sus cabellos y la luz del sol, recorría con cariño la joven existencia de ambos.
Caelan: Oye Lúren… ¿Qué tú no eres el ultimo descendiente de una gran dinastía de tu raza?
Lúren: Si… ¿y?
Caelan: ¿Cómo vas a ayudarme con nuestro restaurante si tienes que dirigir a un reino?
Lúren: No me interesa ni en lo más mínimo gobernar. Yo solo quiero convivir en armonía con los demás, enseñarles que servir a la luz es amarnos todos, cuidar a quienes necesiten de nosotros y proteger a los débiles.
Caelan: ¿Y cómo evitarás que te nombren rey?
Lúren (fingiendo un tono de voz sabio): Cuando llegue el momento; buscaré a alguien digno que quiera cuidar de Drun´ Khaal y entonces será el nuevo rey; yo seré… pues… “yo” y ya.
Caelan (rascándose la cabeza): Entiendo… Je je je je je je, ¡tendremos muchos amigos de todo el mundo!
El viento soplaba entre los árboles, llevándose pétalos y risas. Todo era perfecto en ese instante.
Dulces promesas que se desvanecerán en el tiempo… como cenizas en el viento. Lúren murió un año después de eso. Fue ejecutado por órdenes del consejo de los Unlagah.
Era una tarde lluviosa de otoño. El arduo entrenamiento había terminado.
El sudor perlaba la frente del niño de ocho años mientras empuñaba su espada de madera, jadeando por el esfuerzo. Shayra observaba en silencio, los brazos cruzados, el rostro pétreo como una estatua tallada en mármol.
Caelan (sonriendo con ilusión mientras dejaba caer la espada): – “¡Listo, maestra! ¿Ahora sí puedo ir con Lúren? ¡Quedamos en hacer panecillos de barro con miel imaginaria!”
Shayra (sin moverse, sin parpadear): – “No.”
Caelan (frunciendo el ceño y acercándose con súplica): – “Pero ya terminé todo. Me porté bien. Prometí que no escaparía del entrenamiento. ¡Lo prometí!”
Shayra (con voz seca): – “No puedes ir.”
Caelan (empujando con ambas manos la gran puerta): – “¡Pero está allí afuera! ¡Me está esperando, siempre me espera!”
Shayra (colocando su mano en la puerta, impidiéndole avanzar): – “No, Caelan.”
Caelan (levantando la voz, ya frustrado): – “¡¿Por qué no?! ¡Solo quiero verlo!”
Shayra (mirándolo a los ojos, fría como la escarcha): – “Lúren no está.”
Caelan (deteniéndose en seco): – “¿Qué… qué quieres decir?”
Shayra (serena, sin alterarse): – “Hoy al amanecer, el consejo de los Unlagah ejecutó al último descendiente del linaje del Junco.”
Caelan (confundido): – “No entiendo… ¿Ejecutaron a quién? ¿Qué es eso?”
Shayra (con voz firme, sin suavidad): – “Lúren era el último de su estirpe. El consejo lo consideraba una amenaza a la estabilidad de su pueblo. Fue ejecutado por mandato directo.”
Caelan (dando un paso atrás, el rostro palideciendo): – “No… no… estás mintiendo. ¡No digas eso!”
Shayra (frunciendo ligeramente el ceño): – “No miento. Acepta la verdad, Caelan.”
Caelan (temblando): – “¿Por qué nadie hizo nada? ¡¿Dónde estaban los guardianes?! ¡¿Dónde estabas tú?! ¡¿Por qué Nelyrion permitió esto?!”
Shayra (con tono imperturbable): – “Cada reino tiene su soberanía. Intervenir sería violar la ley de equilibrio. No somos jueces de todos.”
Caelan (rompiéndose, la voz quebrada): – “¡Pero él no era una amenaza! ¡Era mi amigo! ¡Era bueno! ¡Quería dar comida a los pobres! ¡¡Solo era un niño!!”
Shayra (cortante, implacable): – “Cállate.”
Caelan (sorprendido, los ojos llenos de lágrimas): – “¿Q-qué…?”
Shayra (con dureza): – “No llores. Los guerreros no lloran por lo inevitable. Aprenden. Se endurecen. Obedecen.”
Caelan (llorando en silencio, apretando los puños): – “Pero… ¿cómo puede el mundo ser así…?”
Shayra (mirándolo con severidad): – “El mundo no será jamás como tú deseas, Caelan. Tienes que ser fuerte. A nadie le importa lo que te duela.”
Caelan (dejando caer la espada de madera): – “Entonces… ¿tampoco a ti te importa?”
Shayra (tras una pausa): – “No. A mí me importa que sobrevivas. Tu dolor no es prioridad.”
Caelan (mordiéndose los labios, tragando las lágrimas): – “...Entendido.”
El niño que hace apenas unas horas soñaba con panecillos de barro… dio media vuelta.
Sus pasos eran lentos, pesados.
Y aunque su rostro no mostró más lágrimas, dentro de él algo se quebró para siempre.
Ese día, murió su niñez y nació el paladín.
Llegó la noche, y Nelyrion dormía.
Pero no así el pequeño Caelan.
Desobedeciendo todas las órdenes, deslizándose entre sombras y silencios, el niño cruzó bosques y riscos, adentrándose en territorio prohibido.
Sus pies descalzos herían la tierra, su respiración era un rezo desesperado.
Caelan (jadeando mientras se abría paso entre raíces y hojas húmedas): – “Aguanta, Lúren… solo un poco más…”
Se infiltró en las fortalezas de los Unlagah hasta que, por fin lo encontró.
En el centro de una quebrada oculta, tendido entre ramas como una muñeca rota, yacía el pequeño cuerpo de Lúren.
Su rostro sereno…
Su piel ya fría…
Sus ojos cerrados como si soñara con los panecillos de barro.
Caelan cayó de rodillas junto a él, y con las manos temblorosas comenzó a cavar.
Caelan (entre lágrimas, mientras removía tierra): – “Te prometí… te prometí que estaríamos juntos siempre… que haríamos reír a los reyes…”
Caelan: ¡No quiero ser un estúpido paladín si no puedo salvar ni siquiera a mis amigos!
De pronto, el viento cambió.
Un escalofrío recorrió el bosque. Las ramas susurraron en lenguas antiguas.
Y del abismo entre las sombras emergió ella.
Una figura alta, etérea, envuelta en túnicas negras que ondulaban como humo.
Sus ojos eran pozos sin fondo.
Y su belleza… inhumana, fascinante… peligrosa.
Iriasha (con una voz suave como terciopelo y venenosa como cicuta): – “Qué escena tan conmovedora… El niño que quiere salvar a su muerto.”
Caelan (alzándose con furia, colocándose frente al cuerpo): – “¡No te acerques! ¡Eres una enemiga de la luz!”
Iriasha (riendo con gracia oscura): – “¿Luz? ¿Eso dices, cuando tu amigo fue asesinado por la ley, por los mismos que predican pureza y orden?”
Caelan (con voz rota): – “¡Él era bueno! ¡Él no merecía esto!”
Iriasha (acercándose lentamente, extendiéndole algo): – “Entonces toma esto.”
En su mano reposaba un pequeño tótem de hueso y obsidiana. Un símbolo antiguo, pulsante de energía prohibida.
Iriasha (susurrando): – “Con esto… puedes sellar su alma.
No será como antes, no volverá del todo…
pero vivirá en ti.
Hablará contigo.
Verá lo que tú veas.
Sentirá lo que tú sientas.
Y a través de ti… podrá cumplir sus sueños.”
Caelan (retrocediendo con miedo): – “¡No! ¡Eso está mal! ¡Eso va contra todo lo que enseñan!”
Iriasha (inclinando el rostro con una sonrisa oscura): – “¿Qué enseñan? Que debes aceptar que tu amigo murió sin justicia.
Que debes callar. Olvidar.
Seguir caminando sin él.”
Caelan (mirando el cuerpo de Lúren, temblando): – “Pero él… él quería alimentar a los pobres… quería ser feliz…”
Iriasha (colocando el tótem en la tierra frente a él): – “Entonces elige, niño:
¿Memoria o olvido?
¿Promesas cumplidas o palabras arrastradas por el viento?”
Caelan cayó de rodillas, llorando con rabia, mirando el rostro inmóvil de su amigo.
Iriasha (mientras lentamente se aleja de Caelan): El tótem será un lugar para las almas que tú decidas darles una segunda oportunidad; y cada talismán será la representación física de cada una de las almas.
Caelan (en un susurro): – “Lo siento, Lúren…
No quiero perderte…
Te lo prometí…”
Temblando, el niño extendió su mano y tomó el tótem.
La tierra tembló levemente. El aire se volvió espeso.
Y un resplandor pálido emergió del pecho del pequeño Lúren…
Una luz cálida, triste… su alma.
El tótem la absorbió suavemente, como quien guarda un suspiro.
Caelan se desplomó sobre el cuerpo vacío, llorando en silencio. En el fondo, una voz dulce, femenina sonaba de manera inaudible desde el viento “Bien hecho Iriasha”
Mientras Iriasha desaparecía entre las sombras, satisfecha.
Después que el tótem absorbió en luz el cuerpo de Lúren, en las manos del pequeño Caelan apareció un talismán que representaba a su único amigo en el mundo.
Desde ese día, el Paladín no luchó solo.
Aquel fue el primero de los talismanes.
Y con él, nació un nuevo poder…
nacido del dolor, sellado en amor, y teñido por la oscuridad.
Capítulo 2 – El grito bajo las raíces
Han pasado ya muchos años, cargados de trágicos momentos y heridas indescriptibles desde aquel entonces; la historia se ha llenado de relatos donde la muerte parece ser piadosa. En lo más profundo de Lun’Thura, donde la luz del sol no ha tocado el suelo en siglos, el aire era denso, quieto… muerto. Solo el sonido húmedo del musgo que exhala y la sinfonía muda de los Kodamas, testigos eternos de lo que nunca debió ocurrir, rompía la quietud. Entre raíces colosales y árboles torcidos por el tiempo, yacía el esqueleto del héroe Caelan, cubierto de hiedra, con musgo entre las costillas y mariposas nocturnas durmiendo en su cráneo.
Entonces, algo antiguo despertó.
Un zumbido suave, como una plegaria olvidada, se abrió entre los árboles. Los Kodamas temblaron. Algunos huyeron. Otros se quedaron, ocultos en los huecos, cubriéndose los ojos con hojas temblorosas. Lysirah La diosa de las Hadas descendía.
Sus alas tenían los colores del arcoíris, al volar no las agitaba. No lo necesitaba. Su luz flotaba, blanca y cruel como la luna antes de una masacre. Sus pies no tocaban el suelo, pero los dedos de sus hermosas manos trazaban en el aire círculos de vida olvidada.
Lysirah (con voz dulce y suave como un tierno arrullo nocturno):
Despierta, Caelan… Caelan de Nelyrion. Paladín del Pilar del tiempo. Regresa al dolor que dejaste atrás…
El primer hueso crujió.
La columna entera se arqueó, como si quisiera resistirse. Luego, el cráneo se sacudió violentamente cuando un destello de carne ardiente cubrió su mandíbula.
Caelan estaba volviendo. No con gloria. No con paz. Con dolor.
La carne brotaba como raíces, creciendo bajo su piel regenerada, sangrando con cada pulso de magia. Sus uñas rasgaron la tierra, sus gritos ahogados no por miedo, sino por la brutalidad de estar vivo otra vez.
—¡Agh… ahhhh—!
Los Kodamas lloraban en silencio. Algunos se marchitaron. Uno se deshizo en pétalos.
Caelan emergió, jadeando como un lobo que escapa de su jaula. Estaba entero. Estaba de pie. Estaba sangrando por los poros.
Caelan (mirando a la diosa con rabia):
—No... No debiste... traerme.
Sus ojos, aún cubiertos de sangre seca, no la veían con reverencia. La odiaba. Odiaba el mundo. Odiaba estar allí.
Pero corrió.
Desnudo, aún humeante por la magia, con la fuerza de quien no recuerda que está muerto. Cruzó el bosque como una lanza lanzada por los dioses.
Y al llegar… al fin llegó.
El rancho de su hogar, aquel donde Maélis y Milae cuidaban los campos, donde las risas pequeñas corrían entre los establos y la leche caliente olía a hogar…
…ya no estaba.
Solo piedras. Maleza. Una lápida rota, cubierta de raíces.
Habían pasado siglos.
Caelan cayó de rodillas.
Sus manos, todavía ardientes por el renacimiento, se hundieron en la tierra sin encontrar calor. Solo polvo.
Sus ojos, que una vez miraron al horizonte con esperanza, se llenaron ahora de una sola cosa.
Silencio frío y cortante.
Y en ese silencio, comenzó la historia.
Caelan sintió cómo el peso de la eternidad le quebraba las rodillas. Las lápidas, desgastadas por el viento y los siglos, gritaban en un silencio desgarrador lo que él ya sabía, lo que se negaba a aceptar. Leyó sus nombres entre raíces y musgo:
Maélis… Milae…
Sus manos temblaron mientras acariciaba las letras borradas, ansiando tocarlas, sentirlas de nuevo. La desesperación le subió al pecho como veneno ardiente, como espinas que crecen desde adentro; respiraba agitado, su ritmo cardíaco estaba acelerado. De pronto, gritó:
Caelan (con voz alterada, casi al borde de la locura):
—¡No…! ¡No, no, no! NO PUEDEN ESTAR MUERTAS... ¡NO PUEDEN DEJARME AQUÍ SOLO!
El eco de su voz rompió la paz funesta del rancho abandonado. Golpeó la tierra, escarbó inútilmente como si quisiera desenterrar siglos con las manos desnudas. Sus lágrimas, calientes y furiosas, mojaban el polvo estéril.
Paladín:
—¡Maldita seas! ¿Por qué me trajiste? ¡¿Por qué me obligas a vivir esto?!
La diosa de las Hadas apareció suavemente tras él, con la calma distante de quien observa una tormenta desde lejos.
Lysirah:
—Caelan… este mundo aún te necesita… mi amado paladín.
Él no la escuchaba.
Su mente se hundía, se ahogaba en recuerdos que cortaban más profundo que cualquier herida. Y allí estaban ellas, tan vivas, tan reales que dolía:
Maélis con su sonrisa serena, sus manos suaves que limpiaban suavemente el sudor de su rostro tras una larga jornada en los campos.
—"Estás en casa, mi amor. Descansa ahora."
Milae, riendo inocentemente mientras le arrojaba agua fresca del arroyo, sus cabellos danzando al sol.
—"¡Atrápame, Caelan! ¡Vamos, atrápame!"
Maélis tarareando mientras cocinaba, llenando la pequeña cabaña de aromas dulces, cálidos, eternos.
Milae dormida junto a él, su respiración tranquila, sus manos pequeñas sujetando con fuerza su túnica como si temiera perderlo.
Escenas cotidianas, pequeñas, insignificantes en la historia del mundo… pero que eran todo para él.
La diosa habló de nuevo, su voz apenas audible para Caelan en su tormento:
Lysirah:
—El destino te ha traído de regreso con un propósito. Levántate, Caelan de Nelyrion. Tu dolor no es solo tuyo...
Él no respondió. No podía. Sus puños ensangrentados golpearon la tierra una última vez, y su grito atravesó los árboles, los cielos, la eternidad misma:
Caelan:
—¡LAS NECESITO AQUÍ, AHORA! ¡NO ME IMPORTA TU PROPÓSITO NI EL DESTINO! ¡QUIERO MI VIDA, QUIERO MI HOGAR!
El bosque entero se estremeció bajo su voz.
Pero no hubo respuesta.
Solo silencio y cenizas.
Y Caelan permaneció allí, arrodillado en la tierra fría, roto y perdido, abrazando las lápidas como quien se aferra al último suspiro de su corazón muerto.
Lysirah, la diosa de las hadas, contempla el espejo del destino el cual ella había invocado de la nada. Su vestido ondula como si respirara magia misma. Su rostro, solemne. Sus ojos… húmedos.
A su lado de rodillas frente a las tumbas, el Paladín. Envuelto en sombras que lo siguen incluso donde no hay luz.
Caelan:
—No pienso ayudarte, Lysirah —gruñe él, con voz quebrada por siglos de traición—. Ya he visto suficientes mundos morir.
Ella no se inmuta. En lugar de responder, extiende frente a él el hacia el espejo. Este emite un zumbido tenue… y abre una ventana de horror.
Los Heraldos.
Uno a uno todos; tienen muertes trágicas.
Cae Gorrak, atravesado por la espalda de una bestia creada con obscuridad pura mientras el poderoso guerrero cae, una lagrima rueda por su mejilla como testigo silencioso de sus deseos infructuosos por proteger a sus amigos.
Valruk intenta volar; pero sus alas han sido inutilizadas, el monstruo toma ventaja y lo bombardea con cristales de energía la arrogante y bella criatura muere luchando por intentar continuar hasta el final, pero su vida le es arrebatada en una lluvia infinita de cristales de energía que explotan contra su cuerpo.
Nerali, acorralada por sombras es atrapada y arrastrada a la obscuridad, solo se puede ver un rastro de sangre.
Azarah, luchando hasta el final, sin saber que su propia máquina de guerra sirve a Malrik, sus poderes son inútiles aquí y su enemigo apoyado con ventaja numérica termina derrotándola y mientras es sujetada entre varios otros la apuñalan continuamente.
Todo sucede al mismo tiempo.
Todo es inevitable.
Todo… está ocurriendo en otro mundo, en otro tiempo.
El Paladín desvía la mirada, pero no puede cerrar los ojos. El espejo lo atrapa. Como una memoria que nunca fue suya… pero que duele como si lo fuera.
Un elfo joven, de aspecto semejante al paladín muere luchando contra Malrik, el demonio antiguo lo derrotó en combate y le rompió el cuello.
Dos mujeres de cabello blanco mueren tratando de proteger a su princesa.
La joven y hermosa elfa logra escapar al costo de la vida de sus seres queridos, unos años después ella misma se quita la vida pues nunca pudo superar la perdida de sus seres amados.
Caelan (susurrando mientras contempla lo ocurrido)
—No los conozco…
Lysirah (acercándose):
—No. Pero... Si eres el mismo Caelan que ellas conocieron…
(Señala con su dedo las tumbas de Maelis y Milae):
-Estoy segura que no podrás ignorar la agonía de un mundo que te necesita.
Un silencio brutal inunda el lugar, un silencio que hiere y es roto solo por la voz de Lysirah.
La diosa de las hadas:
—Conoces la sensación de morir solo. De gritar y no ser oído. ¿Los dejarás morir como tú moriste?
El guerrero aprieta los puños. La sangre fluye por sus venas como el fuego en su alma arde.
El paladín (su voz escapa de su garganta como un lamento que nace de un alma destruida)
—No soy un dios, Lysirah. Solo soy un eco.
Lysirah (Respondiendo con astucia):
—Un eco… puede cambiar la historia. Si lo dejas cruzar.
Él la mira. Dolor. Miedo. Furia.
Y debajo de todo… esa chispa maldita que nunca logró extinguir: esperanza.
Paladin:
—¿Qué quieres que haga?
Lysira:
—Viaja. Atraviesa la brecha. Ve al mundo de los Heraldos. Ellos no lo saben aún… pero su mundo será juzgado. Y si fallan… Morirá otro universo más.
El Paladín guarda silencio; él ya conoce muy bien el panorama de lo que se aproxima, las batallas, el arte de la guerra son parte de él como su corazón mismo.
Mira el espejo una última vez. Luego da un paso al frente. Su nuevo viaje comienza y el nuevo mundo quizás no estará listo para él.
Mientras cruza por el portal místico creado por Lysirah, sujeta el dije de su medallón cierra sus ojos y susurra unas palabras como rezando algún tipo de plegaria.
Paladín (con voz estoica cargada de devoción y solemnidad): Por favor, mírame como el hijo que amas.
Esas palabras son llevadas a través del cosmos hasta los dominios de la luz eterna.
A medida que su cuerpo físico va atravesando el portal, un sonido resuena como mezcla de pequeñas campana tintineantes y suaves notas agudas de lira.
Su deiforme figura cruza a través del portal desapareciendo del mundo al que pertenece para manifestarse en el mundo con el que conecta el portal.
El paladín ya había cruzado completamente, entonces Lysirah se atrevió a pronunciar unas palabras cuando él ya no podría escucharla.
Lysirah:
-No te preocupes mi amada marioneta; yo también iré contigo y te acompañaré por si llegas a necesitar mi ayuda.
- Aun si no me lo pides… yo siempre estaré lista para ti, abierta de mente y corazón para ti mi adorado peón existencial.