La Muñeca

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Summary

Ojalá no fuera basada en Hechos Reales. Una muñeca llega a casa como una promesa de felicidad, pero pronto se convierte en una fuente de terror para dos hermanos.

Genre
Horror
Author
Steven
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1: La llegada

Tenía la piel blanca y los labios rosados, como los ángeles en las estampillas, que mi difunta abuela solía poner en su altar de santos. Llegó a nuestra casa una tarde de abril, envuelta en mentiras de un supuesto regalo para nuestra familia.

Según mamá, la muñeca era una señal, una promesa que desplazó a la figura de la Virgen, que siempre había presidido la sala. Aquella imagen sagrada a la que mamá solía rezar, suplicando a Dios por la protección familiar, pero principalmente que le concediera una hija como premio a su devoción.

Años después, en una terapia familiar, mamá confesó el verdadero origen de la muñeca. Había acudido a un brujo, sin que papá lo supiera. Fue ese hombre quien se la dio, con la promesa que ella le “ayudaría” a quedar embarazada de una niña, también le advirtió el precio a pagar.

En los primeros días mi hermano Daniel y yo comenzamos a escuchar un murmullo, un susurro inocente e infantil que se escondía en los rincones de la casa. Recuerdo que jugábamos a intentar encontrar la fuente de aquel sonido, como jugamos a las escondidas con nuestra futura hermana. En ocasiones nos parecía como si la muñeca nos siguiera con la mirada y todavía que en más de una ocasión la vi sonreír.

Al pasar los días, las risas inocentes se convirtieron en carcajadas. Un sonido que taladraba el cerebro, un lenguaje oscuro que comprendía y me atormentaba. El sonido parecía brotar de las paredes mismas, sin dejar rincón donde esconderse, mientras el aire se impregnaba de una maldad y un tenue hedor putrefacto.

Lo más frustrante era el comportamiento de nuestros padres, que parecían no escuchar nada. Y desde su pedestal de madurez, nos reprendían acusándonos de buscar atención con nuestras quejas y cuentos.

Papá cambió, él era reservado por naturaleza, pero se volvió más huraño y se veía siempre cansado, como si cargara un gran peso. Recuerdo que regresaba tarde, como si prolongar la llegada fuese una lucha contra algo que no comprendía.

Mamá cambió, en cambio, comenzó a desvanecerse cada vez más. Primero su cuerpo se volvió delgado y frágil; «pobrecita, mi viejita»luego, su espíritu se apagó como una vela sin oxígeno.

Nuestra casa cambió, la comida se estropeaba sin razón: la fruta se pudría en cuestión de horas, la leche se agriaba incluso dentro de la nevera, y lo poco que se salvaba había perdido todo sabor. Los guisos de mamá, que antes eran un festín, sabían a cartón, insípidos y tristes. Las migrañas «algo que jamás había padecido» la dejaban postrada durante días, consumida por un dolor que iba más allá de lo físico.

Evitar la casa se volvió mi rutina. No era solo la risa, sino una inquietud constante que se arraigaba en cada rincón. El aire cargado de una pesadez invisible, y cada habitación emanaba ese sutil olor a podrido junto a una energía oscura que me oprimía.

Por otro lado, Daniel no tenía a dónde huir. Comenzó a orinarse en la cama, una señal temprana de miedo, uno que no sabíamos nombrar. Su piel se volvió pálida, enfermiza, como si algo invisible lo estuviera devorando por dentro. Las noches eran un tormento: se despertaba sobresaltado, sudoroso y con los ojos desorbitados. El sueño, que debería ser un refugio, se había vuelto un terreno hostil. Lloraba, temblaba, y una noche papá creyó que había sufrido convulsiones.