La niña en la plaza

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Summary

Elías va tarde al examen, deja a su hermana en casa y cruza una ciudad donde los niños desaparecen. En la plaza, una niña lo mira con ojos negros y vestido sucio. Minutos después, una madre grita que su hijo se esfumó. La lluvia cae y las sirenas aúllan. ¿Quién es la niña de la banca? ¿Y por qué desde ese día ningún niño vuelve a jugar en la plaza?

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La niña en la plaza

El estruendo de una guitarra eléctrica tocando los primeros acordes de Highway to Hell de AC/DC llenó la habitación, sacando un buen susto a Elías y obligándole a levantar la vista de su cuaderno de apuntes. Repasaba por tercera vez las últimas páginas del tema de su examen, sentado en la mesa del comedor. 

—¿Aló?… Ah, Hola, papá… Sí, ya estoy casi listo para mi ex… No, no ha llegado aún, debería llegar a las 2, ¿no?… No, no puedo esperarle, me retrasaré al ex… Sí, señor, entiendo…

Colgó el teléfono e intentó volver a concentrarse en sus notas, pero su mente comenzó a trabajar, a mil por hora, calculando tiempos y rutas. Si tuviera más dinero, podría tomar un taxi, pero ya casi no le quedaba nada del presupuesto para la semana que su padre les había dejado antes de salir de viaje.

Afuera, todo estaba en silencio y el viento comenzó a soplar por entre las rendijas de la ventana. La luz que entraba se extinguió detrás de nubarrones oscuros que parecían amenazar con otra tormenta, dejando el comedor en penumbra.

Elías se levantó a encender la lámpara de pie, iluminando el comedor con una luz amarillenta. Mientras trataba de concentrarse, el sonido de la radio resonaba desde la cocina. Era un hábito que su hermana había adquirido desde que la señora Lurdes, la mujer que ayudaba en casa, le había enseñado a sintonizarla.

—¿En serio? ¿Quién escucha la radio hoy en día? —refunfuñó mientras se dirigía a la cocina a preparar un café.

La voz del locutor era grave y cortante.

—… Llevan ya diez días desaparecidos. La policía interrogó a todos los familiares, amigos y vecinos y, aunque aseveran haber hecho progresos en el caso, parecen no tener ninguna pista concreta. Esta es la tercera desaparición en menos de 40 días. Un grupo de padres molestos y preocupados por la seguridad de sus hijos protestó hoy fuera del distrito policial número cuatro. Si usted tiene alguna información que pueda ayudar, por favor contacte al 2 72…

(Clic)

—Abi, no deberías escuchar estas cosas. No son buenas para niñitas bonitas y chiquitas como tú —dijo mientras le revolvía el cabello a su hermana y colocaba la radio sobre el refrigerador, fuera de su alcance.

—¡Elí! ¡Bájalo! ¡Estaba escuchando eso! —protestó Abigaíl

—Ya te dije que no es bueno para ti. Además, no dijiste por favor. ¡Y mi nombre es Elías! No, Eli. No soy una niñita tonta como tú.

—Eres el peor hermano del mundo —bufó, cruzándose de brazos.

—Y tú, la niña más molesta del universo. Ahora cállate, tengo que estudiar.

Volvió al comedor mientras el agua hervía. El golpeteo de gruesas gotas comenzó a resonar contra los cristales. Miró su reloj; si no salía pronto, llegaría tarde al examen.

—Perfecto, ahora llueve de nuevo. Bueno, ya lo leí dos veces. No creo que todo el examen salga de la última página.

Recogió sus libros, los colocó en su mochila, corrió a cepillarse los dientes y bajó las gradas mientras se colocaba su chaqueta. Un agudo pitido se escuchaba desde la cocina por encima de la música de la radio de Abigaíl.

—¡Maldición! Casi olvido la caldera.

Preparó su café a toda velocidad, lo colocó en un termo y lo puso en su mochila. Se la colgó al hombro y salió corriendo hacia la puerta de calle.

—¡Abigaíl, ven acá rápido!

—¡Ya voy!

—¡Pero apúrate, que voy tarde!

Sintió una aguda punzada de culpa por desobedecer a su padre, pero no tenía opción si quería mantener sus notas. Después de todo, no era la primera vez y Abi sabía bien qué decir a la señora Lurdes y a su papá, si es que alguno de los dos preguntaba por qué estaba sola en casa.

—Ya estoy aquí, exagerado. ¡Tienes, por lo menos, una hora para llegar! ¿Qué quieres?

—Ya me voy, te quedarás sola, así que repasemos: ¿qué tienes que hacer en cuanto salga por esa puerta?

—Asegurarla bien y no abrirle a nadie.

—¿Y si alguien toca la puerta?

—No la abro. Papá está de viaje y tú no vuelves hasta más tarde y ambos tienen llave. También la señora Lurdes tiene llave y llegará a las dos.— recitó su gastado discurso de memoria y sin interés.

—Muy bien, ya me voy. Cuídate

Salió por la puerta y sonrió al escuchar el sonido del cerrojo detrás de él. Bajó apenas dos peldaños y frenó en seco.

—Yo no le alcancé la radio antes de salir, ¿cómo demonios estaba escuchando música la enana?

Una patrulla pasó lentamente frente a él, con la sirena encendida, arrancándole ese pensamiento de la cabeza.

—Vecinos, les recordamos asegurar bien sus casas en todo momento. Asimismo, no debe haber niños sin supervisión de un adulto por las calles. Repetimos, por favor, no permitan a sus niños salir a la calle sin compañía de un adulto. ¡Cuidémonos entre todos!

Siguió la patrulla con la mirada hasta que esta dio vuelta a la esquina, rodeando la plaza. Pudo ver también a dos oficiales, dos casas más arriba, interrogando a la dueña, la señora Pedregal. Con seguridad le mostraban las fotos de los niños desaparecidos y le hacían las mismas preguntas que le hicieron a él y a su papá, hace dos noches.

—¿Ha visto por aquí a estos niños?… ¿Dónde estaban la noche del 3 de julio?, ¿Y el 17 de junio?, ¿Y el 30 de mayo?… ¿Conoce a los Fernández?, ¿Y a los Rocha?, ¿A los Jaén?… ¿Los vio tener problemas con algún vecino?, ¿Y a los Rocha?, ¿Y a los Jaén?…

—Realmente, no tienen ninguna pista —se dijo a sí mismo, mientras la grabación de la policía volvía a comenzar y la patrulla se alejaba.

Miró su reloj y salió a la carrera en dirección a la parada del bus. Dio vuelta a la esquina en la misma dirección en que había ido la patrulla y por un pelo no chocó de frente con Inés Rodríguez y su madre.

—¡Pero qué chico más disparado! ¿A dónde vas atropellando de esa manera? ¡Fíjate por dónde caminas!

—Lo siento, voy tarde a clase, lo siento mucho. —Siguió avanzando sin escuchar las demás quejas, pero no llegó lejos. Un árbol se interpuso en su camino y lo tumbó al suelo.

—Eso te pasa por arrancar como endemoniado, ¡anda con cuidado, chico!

Inés lo miró y le sonrió brevemente. Si fue una sonrisa de solidaridad o de burla, jamás podrá saberlo.

—Apúrate, Inés, no te quedes pajareando, ¿no ves que los niños no deben quedarse en la calle solos? La policía me mata, si ve que te dejé sin acompañante.

—Ya no soy una niña pequeña, mamá. Al próximo año comienzo la secundaria.

—Da igual, hija. No quiero que nadie piense que soy una madre irresponsable, como la de esa niña que está ahí en la plaza, ¿la viste? Tan pequeña y tan sucia, sin nadie cerca. Yo no sé por qué esa patrulla no se la lleva para devolverla a su casa, ¿no la vieron? ¿Estarán ciegos? Ahora, ¡sube! ¡Vamos!, no quiero que llegues tarde.

Subieron a su auto, donde un hombre con un traje elegante las esperaba, arrancó el auto y partieron.

—¿Qué tal ofrecerse a llevarme, eh? “Señora madre responsable” —continuó hablando consigo mismo, asegurándose de que su volumen sea bajo y no lo escucharan—. Su hija y yo estamos en el mismo curso desde primero. ¿Y de qué niña está hablando? No creo que nadie sea tan estúpido de dejar a una niña sola en la calle.

Volteó hacia la plaza, vio varios niños jugando con sus padres o con niñeras vigilantes que, aunque estaban distraídas con el periódico o hablando por sus celulares, estaban siempre cerca de ellos.

Siguió buscando con la mirada y por fin la vio. Sentada en la banca, a un costado de la plaza, lejos de los demás y con los ojos clavados en él.

Algo en esos ojos lo inquietaba, eran negros, como una noche sin estrellas y muy grandes. Sus pestañas eran largas y gruesas. Su piel era blanca como la luna llena, parecía una muñeca de porcelana. Una muñeca bastante sucia.

Tenía la cara y el vestido blanco manchado de tierra. Sus pies descalzos también estaban sucios. Su cabello despeinado cubría parcialmente su rostro y, por detrás, sus ojos grandes y húmedos, seguían mirándolo hasta que dirigió súbitamente la vista hacia el sendero que subía al bosque, como un animal pequeño y asustado que escuchó el ruido de algún depredador.

Elías seguía hipnotizado, mirándola. No sabía si correr a ayudarla o huir de ella. Había olvidado que seguía tirado en el suelo. Hasta que la estrepitosa melodía de rock de su celular, lo despertó.

—¿Hola?

—Elías, ¿qué diablos haces ahí botado? ¿Tomas la siesta? ¡Apúrate, el bus ya viene!

—¿Javi? Ya voy, ya voy. —se levantó y vio a su amigo agitar los brazos desde la parada del bus en la otra cuadra. El bus ya frenaba.

Corrió con todo lo que le daban las piernas y alcanzó apenas al bus antes de que partiera. No lo hubiera logrado si la calle de su ruta normal no hubiera estado cerrada por una reparación.

—Gracias, gracias por esperar.

—Apúrate, hijo, si no era por ese bache, te dejaba. Estimados pasajeros, tomaremos la ruta alternativa por la plaza, pero volveremos a la ruta regular en la siguiente parada: Universidad La Salle.

Tomó asiento y pegó su cara al vidrio para ver si la niña rara de la plaza seguía ahí. Pero, en cambio, se encontró con un paisaje caótico.

Una patrulla estaba parqueada al lado de una multitud, mientras otra se estacionaba cerca. Había por lo menos seis policías interrogando a todos los padres en la plaza. Todos tenían a sus hijos en brazos o tomados de la mano. Algunos de los niños lloraban, aterrados por todo el ruido y los gritos que la señora Milo lanzaba a los oficiales.

—¡Pero estaba aquí!, solo me distraje un segundo. ¡Un segundo! Estaba hablando por teléfono, era del trabajo. ¿No estaban acaso ustedes patrullando? Estaban acá cerca, ¿no vieron nada? Estaba aquí… ¡Aquí! Luego se alejó un poco y lo vi hablar con una niña en esta banca. Estaba sola. ¿Dónde están? ¡¿Dónde está mi hijo?! ¡Hagan algo!

Fuera de eso, era poco lo que se podía entender de sus gritos y llanto. María Milo golpeó en el pecho a un oficial, todavía gritando, hasta que logró contenerla y sostenerla en brazos mientras, enloquecida, continuaba forcejeando y estallaba en llanto.

—¡Estaba aquí! ¡Haga algo, por favor!

Todas las personas en el bus se agolparon contra la ventana para ver el espectáculo hasta que dio vuelta a la esquina, siguió su recorrido y perdió de vista la plaza.

Por un instante, Elías olvidó todo sobre su examen y miró a todos lados buscando a la niña rara y sucia, pero ella ya no estaba. Una punzada de culpa volvió a atravesar su corazón y llamó por teléfono a su casa y dejó escapar un suspiro cuando escuchó la voz de Lurdes y al fondo la voz de su hermana canturreando con la música de su radio.

Se dejó caer en su asiento, a su lado, Javi lanzaba un monólogo sobre el programa de televisión que había visto la noche anterior hasta las once y que no le había permitido estudiar para el examen. Elías, apenas lo escuchaba, su mente seguía en la plaza con la imagen de la niña aún fresca en sus pupilas.

Al día siguiente, y por mucho tiempo, no se volvió a ver a ningún niño jugar en la plaza.