Tsuki y yo en la isla desierta
El crucero de lujo “Azure Dream” era el premio que ambos habían ganado por separado en un concurso de una revista de viajes. Shinichi Sakurai, el universitario alto y de pocas palabras, había entrado casi por casualidad. Tsuki Uzaki, la madre de familia de curvas generosas y sonrisa contagiosa, lo había hecho por puro capricho. Ninguno esperaba compañía. Ambos subieron solos.
Se encontraron la primera noche en la cubierta superior. Sakurai estaba apoyado en la barandilla, mirando el mar oscuro. Tsuki se acercó con dos copas de champán.
—Oye, ¿no te parece que este barco es demasiado grande para estar tan solo? —le dijo con esa voz cálida y juguetona que siempre tenía.
Sakurai la miró de reojo. Reconoció el apellido cuando ella se presentó: Uzaki. La madre de Hana. El mundo era pequeño. Hablaron un rato. Ella bromeaba, él respondía con monosílabos. Pero había algo cómodo en esa conversación bajo las estrellas.
Nadie pudo prever la tormenta.
El barco se sacudió como un juguete. Gritos, agua helada, metal retorciéndose. Sakurai solo recordaba haber agarrado la mano de Tsuki cuando la cubierta se inclinó. Luego, oscuridad.
Despertaron en la arena blanca de una isla pequeña, rodeada de palmeras y acantilados. El mar había sido misericordioso: los lanzó a una cala protegida. No había nadie más. Solo ellos dos.
Los primeros días fueron puro instinto de supervivencia.
Sakurai construyó un refugio con ramas y trozos de lona del barco que llegaron a la orilla. Tsuki, sorprendentemente práctica, recolectaba frutas, cocos y pescado que él atrapaba con lanzas improvisadas. Buscaron señales de civilización: subieron el punto más alto de la isla y no vieron nada más que océano infinito. Intentaron hacer fuego con palos (Sakurai lo logró al tercer día). Gritaron, hicieron fogatas grandes, escribieron “HELP” en la arena. Nada.
Al cabo de un mes, la resignación empezó a calar.
—Creo… que estamos solos de verdad —dijo Tsuki una noche, sentada junto al fuego. Su voz tembló solo un segundo.
Sakurai la miró. La luz naranja bailaba en su rostro maduro, en sus curvas suaves bajo la ropa rota y salada. Tragó saliva.
—Parece que sí.
Pasaron los meses.
Se adaptaron. Sakurai se volvió más protector. Tsuki, más cariñosa. Compartían el mismo techo improvisado, dormían separados por una línea invisible de respeto. Pero las noches eran largas. Las conversaciones, inevitables.
Tsuki hablaba de sus hijos, de lo mucho que los extrañaba. Sakurai escuchaba y, poco a poco, empezó a abrirse. Le contó sus inseguridades, su miedo a no ser suficiente, su vida monótona antes del crucero. Ella reía con esa risa ronca que le calentaba el pecho, y él descubrió que le gustaba hacerla reír.
Un día, mientras pescaban juntos en la laguna, Tsuki resbaló. Sakurai la atrapó por la cintura. Sus cuerpos se pegaron. El agua les llegaba a la cintura. Ninguno se movió durante varios segundos.
—Sakurai-kun… —susurró ella, mirándolo desde abajo. Sus pechos suaves presionaban contra su torso.
Él sintió que algo dentro de él se rompía. La soltó con cuidado y se alejó, rojo hasta las orejas.
Pero ya no podían negar lo que estaba pasando.
Nueve meses después del naufragio.
La isla se había convertido en su mundo. Tenían un pequeño huerto, una choza más sólida, herramientas hechas con conchas y huesos. Tsuki había perdido peso, pero sus curvas seguían siendo exuberantes. Sakurai estaba más moreno, más fuerte, con barba de varios días.
Una noche de tormenta, el viento aullaba fuera. Estaban dentro de la choza, acurrucados bajo la misma manta porque el frío se colaba. Tsuki temblaba.
—Sakurai… tengo miedo —admitió en voz baja.
Él la abrazó sin pensarlo. Sus cuerpos encajaron perfectamente. La mano de ella subió por su pecho, sintiendo los latidos acelerados.
—Tsuki-san… —murmuró él, la voz ronca.
Ella levantó la mirada. Sus ojos violetas brillaban.
—Dime mi nombre. Solo Tsuki.
—Tsuki…
Se besaron.
Fue lento al principio. Un roce tímido de labios que se volvió hambriento. Años de tensión contenida explotaron. Tsuki se subió encima de él, besándolo con urgencia mientras sus manos exploraban el pecho ancho y firme de Sakurai. Él gimió contra su boca cuando ella se frotó contra su erección ya dura bajo la tela fina.
—Te deseo… —susurró ella—. Llevo meses deseándote.
Sakurai la giró con cuidado y se colocó encima. Le quitó la camiseta improvisada con dedos temblorosos. Los pechos grandes y pesados de Tsuki quedaron libres. Eran aún más hermosos de lo que había imaginado: pezones rosados, suaves, perfectos. Los besó con reverencia, chupando y lamiendo mientras ella arqueaba la espalda y gemía su nombre.
—Shinichi… ah…
Bajó más. Le quitó los shorts. Tsuki estaba completamente depilada (había usado conchas afiladas meses atrás por higiene). Su sexo brillaba, hinchado y mojado. Sakurai separó sus muslos suaves y hundió la cara entre ellos. Lamió con lentitud, saboreándola, metiendo la lengua en su interior mientras su pulgar acariciaba el clítoris hinchado.
Tsuki gritó, agarrándole el pelo. Sus caderas se movían contra su boca sin control.
—Shinichi… ¡sí! Ahí… por favor…
Cuando ella llegó al orgasmo, temblando y apretando los muslos alrededor de su cabeza, Sakurai se sintió el hombre más afortunado del mundo.
Se quitó la ropa. Su miembro era largo, grueso y estaba dolorosamente duro. Tsuki lo miró con hambre, mordiéndose el labio.
—Ven aquí… quiero sentirte dentro.
Sakurai se posicionó entre sus piernas. Frotó la cabeza gruesa contra su entrada mojada y empujó lentamente. Tsuki jadeó al sentir cómo la abría. Era grande. Muy grande. Pero ella estaba tan húmeda que entró hasta el fondo en varios empujes suaves.
—Dios… Tsuki… estás tan apretada… —gruñó él, apoyando la frente contra la de ella.
Empezaron a moverse. Primero lento, disfrutando cada centímetro. Luego más rápido. La choza se llenó de gemidos, del sonido húmedo de sus cuerpos chocando, de la carne contra carne. Tsuki rodeó la cintura de Sakurai con las piernas, clavándole los talones en la espalda.
—Más fuerte… ¡fóllame más fuerte, Shinichi!
Él obedeció. La embistió con fuerza, profundo, rozando ese punto que la hacía gritar. Sus pechos rebotaban con cada estocada. Sudor, saliva, fluidos. Todo se mezclaba.
Tsuki llegó al segundo orgasmo apretando su interior alrededor de él. Sakurai no aguantó más. Con un gruñido gutural se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de ella, llenándola con chorros calientes y abundantes.
Se quedaron unidos, jadeando, besándose suavemente mientras la tormenta seguía afuera.
Esa noche no fue la última. Fue la primera de muchas.
Diez meses y medio después del naufragio.
Ya no esperaban rescate. Habían aceptado que quizá nunca llegara. Y en esa aceptación, habían encontrado paz.
Una mañana, Tsuki despertó con náuseas. Sakurai, preocupado, le preparó una infusión de hierbas. Pero las náuseas continuaron. Y sus pechos se volvieron más sensibles. Un mes después, ya no había duda.
—Shinichi… —dijo ella una tarde, mientras estaban sentados en la playa viendo el atardecer. Tenía la mano sobre su vientre aún plano—. Estoy embarazada.
Sakurai se quedó congelado. Luego, una sonrisa enorme apareció en su rostro. La abrazó con fuerza, riendo y besándola.
—¿De verdad?
—De verdad. Vamos a ser padres.
Esa noche hicieron el amor otra vez, más lento, más profundo. Sakurai besó cada centímetro de su cuerpo como si fuera sagrado. Cuando entró en ella, lo hizo con devoción, susurrándole al oído cuánto la amaba, cuánto deseaba a ese bebé.
—Te amo, Tsuki. Te amo desde hace meses.
—Y yo a ti, Shinichi. Aunque todo empezó en un naufragio… no cambiaría nada.
Meses más tarde, la barriga de Tsuki ya era visible. Caminaban juntos por la playa, mano en la mano. Hablaban de nombres, de cómo criarían a su hijo en la isla, de cómo construirían una cuna con madera y hojas. Sakurai ya estaba construyendo una habitación extra en la choza.
No sabían si algún día los rescatarían. Pero ya no importaba tanto.
Porque en esa isla desierta, solos los dos, habían encontrado algo que muchos nunca encuentran en toda una vida: amor verdadero, deseo ardiente y una familia.
Y eso era suficiente.
Fin
Hola he vuelto, se que ha pasado mucho tiempo. He estado ocupado y decidí crear este oneshot. Esperl lo disfruten
PD: La portada si fue hecha con I.A.