Prólogo
Hay historias que no comienzan con un "érase una vez" ni terminan con un "y vivieron felices para siempre".
Algunas simplemente... suceden.
Y dejan cicatrices suaves, como huellas invisibles marcadas en la piel del alma.
Esta es una de esas historias.
No empezó con fuegos artificiales, ni con miradas detenidas bajo la lluvia cargadas de promesas silenciosas.
Empezó con silencios espesos.
Con casualidades demasiado exactas como para llamarlas azar.
Comenzó en un campo cualquiera, bajo la sombra cálida —y olvidada— de un árbol que, sin saberlo, se convertiría en testigo mudo de algo irrepetible.
Y termina... después del sol.
En ese lugar donde la luz deja de ser luz, donde el día cambia de color y el amor se transforma en un eco lejano de algo que nunca supimos cómo nombrar.
Entre esos dos extremos —un comienzo silencioso y un final lleno de preguntas— se deslizan nuestras tardes compartidas, palabras suspendidas en el aire, pasos que dudaban en avanzar.
Éramos dos personas aprendiendo a encontrarse en el reflejo del otro, incluso cuando el mundo nos daba la espalda.
Incluso cuando el miedo a perderlo todo pesaba más que las ganas de quedarnos.
Y aun así, lo intentamos.
Una vez.
Otra vez.
Y una más.
Porque amar no es solo entregarse.
Es también tener el coraje de permanecer, incluso cuando duele.
Cuando el sol ya no alcanza a calentar lo suficiente y el alma tiembla de frío.
Lo conocí un día cualquiera, en un lugar sin nombre, donde los árboles susurraban historias antiguas y secretos que nadie más parecía escuchar.
Llegó sin anunciarse, como todo aquello que irrumpe y cambia el rumbo sin pedir permiso.
Desde entonces, su presencia partió mi vida en dos: antes de él, después de él.
Y supe —sin entender por qué— que nada volvería a ser igual.
Hay amores que no necesitan promesas, apenas una mirada que atraviese la piel.
Pero también hay heridas que no se curan con un beso; cicatrices que arden aunque nadie las vea.
Esta es la historia de eso:
De amor...
Y cicatrices.
No sabría decir con exactitud cuándo comenzó todo.
Solo guardo viva la imagen de su risa: aguda, desordenada, como si cada carcajada estuviera escapando de algo invisible.
Y sus ojos... esos ojos capaces de leer en mí lo que ni yo mismo era capaz de enfrentar.
Aquel verano fue nuestro, aunque nunca nos perteneció por completo.
Éramos dos mitades imperfectas intentando encajar en un mundo que no estaba listo para nosotros.
Y aun así, saltamos.
Con miedo.
Con esperanza.
Y sin mirar atrás.