El Mago Más Fuerte del Mundo Finge ser un Profesor

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Summary

¿Qué hace el hechicero más poderoso de la historia después de ganar una guerra y morir heroicamente? Reencarnar e intentar llevar una vida normal. Para Elian, ser profesor en una academia de magia es el disfraz perfecto. Es aburrido, es repetitivo y nadie espera nada de él. El problema es que es demasiado buen profesor. Cuando empieza a "editar" las reglas fundamentales de la magia para enseñar a sus alumnos, atrae la atención no deseada de prodigios, rivales y poderes ocultos. Buscaba paz, pero su propio poder lo está arrastrando de vuelta al centro del escenario. Y el telón está a punto de levantarse sobre una nueva era de caos

Genre
Fantasy
Author
Angel
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo - El Último Hechicero

El cielo no era más que una herida abierta. Sangraba fuego y ceniza sobre un mundo resquebrajado, donde las últimas banderas de la Alianza Divina ondeaban como jirones fúnebres. La guerra, que había durado milenios y había consumido dioses y demonios por igual, llegaba a su fin en el cráter ennegrecido de la Desolación Final.

En el centro de todo, flotando sobre la tierra muerta, había dos figuras.

Una era una abominación de tamaño cósmico, una silueta de oscuridad palpitante y geometría imposible a la que llamaban el Devorador de Eones. Sus meros susurros habían derrumbado imperios y su mirada marchitaba la realidad misma. A su alrededor, los restos de ejércitos celestiales y legiones demoníacas yacían inertes, convertidos en polvo por el simple desbordamiento de su poder.

La otra figura era un hombre. Solo un hombre, de pie contra el fin de todas las cosas.

Su nombre se había perdido en el fragor de la batalla, reemplazado por títulos de temor y esperanza: el Rompedor de Cadenas, la Llama de la Creación, el Último Hechicero. Su túnica, antaño blanca, estaba teñida por el icor de seres divinos y la sangre oscura de sus enemigos. Círculos mágicos de una complejidad demencial giraban a su alrededor, no como los hechizos conocidos por el hombre, sino como ecuaciones vivientes que reescribían las leyes del universo.

«Ríndete, mortal», retumbó la voz del Devorador, una vibración que agrietaba el alma. «Has tejido hechizos que ni los mismos Creadores soñaron. Has desatado el fuego del nacimiento de las estrellas y el silencio del vacío final. Pero todo tiene un límite. Tu era ha terminado».

El hechicero no respondió con palabras. Alzó una mano y, desde la nada, tejió un sol en miniatura, un orbe de furia nuclear que aullaba con la promesa de aniquilación. Lo lanzó, y la explosión resultante silenció el campo de batalla por un instante, vaporizando kilómetros de tierra yerma.

Pero cuando la luz se disipó, la silueta del Devorador seguía allí, intacta.

«Impresionante», concedió la entidad, sin rastro de emoción. «Pero inútil».

El hechicero tosió, y una gota de sangre dorada manchó sus labios. Estaba llegando a su fin. Su cuerpo mortal no podía contener por mucho más tiempo el poder que canalizaba. Lo sabía. Pero su rostro mostraba una calma absoluta, una serenidad que desafiaba al apocalipsis.

«Nunca busqué destruirte», dijo por fin, su voz resonando con una autoridad que trascendía su forma física. «Eso es imposible. Pero puedo ponerte a dormir».

Cerró los ojos. Los círculos mágicos a su alrededor se detuvieron, y luego, empezaron a girar en sentido contrario, desmoronándose en pura información. El aire se llenó con el sonido de cristales rompiéndose a escala conceptual. Estaba deshaciendo su propia magia, sacrificando su conocimiento, su poder, su misma esencia, para un último y definitivo acto.

«¡¿Qué haces?!», rugió el Devorador, sintiendo por primera vez algo parecido al miedo.

El hechicero extendió los brazos. Cadenas hechas de luz conceptual, grabadas con paradojas y axiomas irrompibles, brotaron del tejido de la realidad. Se enroscaron alrededor de la entidad, no en su cuerpo físico, sino en su existencia misma, anclándola al momento presente.

«El sello definitivo no se forja con poder, sino con sacrificio», sentenció el hechicero, su cuerpo comenzando a desvanecerse en partículas de luz. «Mi existencia por tu letargo. Un eón de paz a cambio de mi alma».

Las cadenas se tensaron, arrastrando al Devorador hacia una grieta dimensional que se abría bajo él, un portal a la nada. La entidad luchó, desgarrando el espacio-tiempo, pero el sello era absoluto, alimentado por la vida del ser más poderoso que jamás había existido.

Mientras la última partícula de su cuerpo se disolvía, con la victoria asegurada al coste de todo, el hechicero miró a la oscuridad que se lo tragaba. Una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios de luz.

Y con el último aliento de su existencia, susurró unas palabras que el viento de la destrucción llevó a través de los mundos, una promesa tan incomprensible como aterradora.

“Nos volveremos a ver…”.

Luego, solo hubo silencio. Y la guerra, al fin, había terminado.