I
Del cielo caían gotas heladas bañando las enormes montañas de color plateado. En aquel tiempo tenía dieciséis años y gozaba de las sensaciones del primer amor, ese que te explota el corazón en fuegos artificiales con los besos, y enloquece cada célula de tu ser. Ese día di el primer paso hacia el plan que cambió mi vida para siempre. El instante en el que me convertí en la bestia poderosa que ahora soy.
Los dedos tibios de Nidin acariciaban mi cintura. Me encantaba la manera en que sonreía. Amaba sentir la calidez que desprendía su piel contra la mía, y perderme en el zafiro de sus ojos.
Mi mayor deseo consistía en encontrar la forma de quedarme con él para toda la eternidad. Me atormentaba la idea de perderlo.
El recuerdo más preciado que tenía era cuando lo conocí; sucedió durante una fría mañana en la que escapé de las largas lecciones impartidas por Datura. Lo encontré en un invernadero, recargado en el tronco pálido de un árbol de Losis. Sus lágrimas caían como piedras preciosas por sus mejillas. Mi corazón se encogió y lo abracé hasta que se consoló. Sus padres acababan de morir en un incendio devastador. A pesar de que los míos estaban vivos, me tiraban las migajas de amor. Mi padre se desgastaba gobernando el castillo de Halam y en las guerras para someter a los grupos rebeldes. Mi madre siempre tenía importantes labores que realizar.
Todos los días lograba escaparme para estar con él. Con el tiempo nuestra amistad se convirtió en amor. Él tenía muchos secretos. Era originario del planeta de los Galafas. Nació en tiempo de guerra; un militar lo rescató de una muerte cruel; él lo entregó a una pareja de Néfalas esclavos. Recordaba pocas cosas de su pasado. Era capaz de cambiar las características de su cuerpo a voluntad, imitando, a la perfección, la apariencia de algunas personas, aunque tenía sus excepciones. Preparaba brebajes. Construía esferas de energía, las cuales, al ser consumidas, otorgaban una imagen corporal prediseñada. Su pasatiempo favorito era crear réplicas en miniatura de las bestias dibujadas en los antiguos pergaminos, que tanto le gustaba leer. Todo lo hacía dentro del laboratorio ubicado debajo de su hogar.
Durante un tiempo consumí las bolas energéticas; gracias a ellas mi cuerpo cambiaba sus características. De esa manera salía del palacio sin ser descubierta. Todos pensaban que me encontraba recostada en cama encerrada en mi habitación. Por culpa de la enfermedad que yo misma provocaba al beber el brebaje que Nidin me preparaba. Durante horas nadie me molestaba. Siempre funcionó. Con el tiempo, mi padre se preocupó por mi estado de salud y convocó a una gran cantidad de médicos, los cuales nunca encontraron el origen de mi padecimiento.
Lo que más detestaba era seguir las reglas infinitas del pergamino sagrado, escrito por los grandes ancianos. Algunas me parecían exageradas e innecesarias. No podía elegir cosas simples como la forma de vestir y adónde ir. Y mucho menos con quién quería casarme. Al ser la única hija de Zorath, el dios más poderoso de Halam, mi obligación consistía en representar a una princesa ejemplar. Deseaba con todas las fuerzas que tenía la libertad de tomar mis propias decisiones.
Mi tranquilidad terminó el día que mi padre me informó sobre mi compromiso con Arquín, el poderoso guerrero de Zargan. Quien era causante de llevar a un gran número de bestias terroríficas hasta la extinción. Nuestros padres nos comprometieron en el momento en que yo nací. Él era cien años mayor que yo. En ese entonces no lo conocía, pero sabía que, sin importar que fuera cierto todo lo que decían sobre su increíble apariencia, no lo quería de esposo.
Ese día, en particular, comenzaba a molestarme el esconder mi romance con Nidin. Sumándole que el misterio que lo envolvía me fastidiaba un poco. Él me había prometido que no permitiría que me casaran con otro. Por desgracia, mi primer plan para estar juntos se vino abajo cuando no pudo tomar la forma de mi prometido. En más de una ocasión le ofrecí escaparnos para vivir nuestro amor sin ataduras, pero él se negó, argumentando que era imposible, debido al gran poder que tenía mi padre.
—Voy a bajar al laboratorio, ¿vienes? —me interrogó apartándose de mi lado.
Me limité a asentir con la cabeza. Lo dejé adelantar. Me gustaba mirar su cuerpo macizo.
La entrada del laboratorio estaba en la habitación de Nidin. Esta se accionaba quitando una pequeña mesita rústica. La mitad del piso se recorría dejando un hueco. Luego aparecía una escalera de madera. Nunca me gustó descender por ella. Porque sentía que en cualquier momento iba a perder el equilibrio. La mayoría de las veces lo dejaba ir solo. Pero ese día lo acompañé. Ahí se encontraba la herramienta principal para llevar a cabo la idea que se enredaba en mi cabeza. Creía que, si el plan resultaba, las reglas establecidas cambiarían; tomaría el control de Halam; sería libre para decidir sobre mi vida y, lo más importante, me casaría con mi primer amor.
Nunca me detuve a pensar que todas las personas que me rodeaban tenían sus propios planes. Y que quizás el universo no confabularía a mi favor.
Antes de pisar el último escalón, Nidin me tomó por la cintura y me colocó en el suelo. Luego presionó el botón redondo, el cual hizo que se cerrara la abertura sobre nosotros. Al mismo tiempo se encendieron las lámparas en forma de espiral, las cuales colgaban del techo de madera.
Ahí abajo, en el ambiente, siempre había una gran mezcla de olores.
Nunca me atreví a ir más allá de la pared de metal. Nidin era bastante celoso con esa parte del laboratorio. La consideraba su lugar sagrado, porque era donde sucedía la magia.
Lo vi perderse detrás de la apertura. Aprovechando su ausencia, le di una revisada rápida a los libros y a los manuscritos colocados en el enorme mueble. Sobre la pequeña repisa adherida a la pared, estaban todos los regalos que le había dado. Me satisfacía que los conservara.
En las vitrinas de cristal grueso se encontraban las esferas de las réplicas de las bestias, guardadas en el interior de los cofres.
Dudé por un momento y luego recorrí el cristal de la vitrina donde se encontraba Dilrub; la bestia más poderosa de todas.
Tomé con cuidado el cofre y lo guardé en el bolsillo de mi abrigo negro. Él no se dio cuenta hasta que lo usé.