Anécdotas de un vendedor de máscaras

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Sobre máscaras mágicas...

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Ongoing
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Lunas, menguante y creciente

Las personas usan máscaras por muchas distintas razones. Todos siempre tienen algo que ocultar, algo que demostrar, y, usualmente, menos que ganar de lo que creen. No pienso que yo esté en posición de criticarles, claro, ni siquiera tengo cara, así que no puedo saber lo que se siente; pero, lo que sí sé, siempre, es lo que es de cada una de mis preciadas creaciones, y las aprecio lo suficiente para no venderlas a alguien que no es compatible con ellas. Si su dueño muere, o terminan perdidas, o en malas manos, voy a buscarlas.

Algunas de ellas han pasado por mucho.

Mira esta, por ejemplo, uno de mis mejores trabajos, La Cazadora, Luna Menguante; pura, pulcra, solitaria y fría, impasible y certera; más de un alma traicionada y predispuesta a la traición a anhelado llevarla, para ocultar el hedor de su sed de sangre, o la fealdad de su corazón podrido de deseos vengativos y odiosos, pulsante de envidia como pus que brota por los poros de la piel. Si un alma así se hace con ella, podrá llevar a cabo su venganza o cualquier crimen y salir impune, eso es seguro, pero no se quedará allí; no tendrá satisfacción jamás. Esta máscara ama cazar por el mero placer de hacerlo, y, corrompida por la sed de sangre, hará que quien la porte se convierta en una bestia entre las bestias.

Esto pasó una vez; alguien se la quitó a su dueño. Me tomó mucho, pero mucho tiempo arreglarla y purificarla para que volviera a ser ella misma. Se llamaba Gabriel, el hombre que a quien se la vendí. Era un joven pastor de llamas, sin ningún interés en la caza. Sí ¿No sabías que las máscaras completan lo que te falta? Por eso mismo era perfecto para ella, sin experiencia alguna en cazar, ni interés en hacerlo, tenía el mejor perfil para convertirse en un cazador puro.

En principio, por supuesto, le explique lo que era; es parte de mi ética de trabajo ser siempre honesto sobre lo que estoy vendiendo. Que no tenga cara no significa que no tenga escrúpulos.

“Así que, si una de mis llamas se pierde ¿Esta máscara me ayudará a rastrearla?”

“Así es. Y podrás detectar a cualquier bestia amenazante que aceche en la cercanía”.

Él la compró con la intención de proteger a su rebaño. Le recibí como pago unas buenas mantas de lana, que he cuidado mucho, por décadas, como recuerdos preciados, porque era un buen muchacho; lo sé, porque cada una de mis máscaras está hecha con tanta dedicación que mi alma queda impresa en ellas. La Cazadora estaba feliz con cazar sin tener que culminar su diversión en un derramamiento de sangre. La máscara lo cambió para mejor; se volvió más valiente, sagaz e independiente. Es triste como todo se comenzó a trastocar.

Sus familiares y vecinos no vieron con tan buenos ojos su transformación, y su uso de la máscara. Pensaban que estaba bajo el efecto de brujería, y se comenzaron a alejar de él. No estaban del todo equivocados, pero no hay nada inherentemente maligno en mi trabajo; todo depende de quien los use.

La primera persona en codiciarla fue la madre de Gabriel, Hortensia. En la noche, Gabriel colgaba la máscara sobre el cabezal de su cama. Hortensia esperó a que Gabriel estuviera profundamente dormido para entrar, con mucho cuidado y sigilo, en la habitación. Ya llevaba tiempo intentando resistir la tentación, pero no pudo más. La máscara le atraía en sobremanera. Ella no entendía por qué. Ella no entendía que era la presa marcada en su alma, su objetivo de caza, lo que hacía codiciarla; mucho menos entendía que era una presa que jamás podría atrapar, y que entre más la persiguiera, más presa sería ella de su destino roto.

Esta es la cosa con las máscaras; son un buen complemento e instrumento para quienes están faltos de los atributos que ofrecen, pero para quienes se identifican con ellas, son veneno, y son un arma. La máscara atrae, no a su complemento real, sino a quien se ve en ella, erróneamente. Así le pasó a Hortensia. La máscara de La Cazadora le recordó al bello rostro de una muñeca de porcelana que era muy querida para ella en su infancia. El recuerdo de la muñeca rota, trajo el de los platos rotos, de las tasas rotas, de todas las cosas rotas y estrelladas, arrojadas con furia y separadas en partes corto punzantes… El recuerdo de su madre rota, el recuerdo roto del rostro de su padre, y de sus manos manchadas de sangre. Los recuerdos fluyeron como la sangre de su madre fluyó por el piso de madera ese día, en el instante en el que se puso la máscara; en ese instante, Hortensia volvió a vivirlo todo, y la máscara se sintió como si fuera su propia cara; encaje perfecto, como si siempre hubiera debido estar allí. Insensatamente, Hortensia pensó que esta era la verdadera sintonía ideal entre una máscara y su portador, pero no se paró a pensar en todo el sufrimiento que estaba vertiendo en ella, mi pobre Luna Menguante; no aguantó la violencia de su memoria, la absorbió como esponja y fue trastocada por ella. Luna Creciente no podía hacer nada al respecto, más que dejar recibirla; después de todo, las máscaras son recipientes para las emociones humanas.

El joven Gabriel fue la primera víctima de su propia madre. Ella no lo veía a él, sino a su padre; el joven tuvo la mala fortuna de parecerse a su abuelo, y tomo la mala decisión de echar a correr cuando despertó y sintió el terror infundido por tan densa furia que emanaba de ella, tanta que no la reconoció como su madre. Cuanto más huye la presa, más provoca a la cazadora, especialmente en el frenesí inducido por la furia; en cuanto lo alcanzó, lo rompió en pedazos.

¿Qué madre no llora la muerte de su hijo? Una que ya no se identifica como madre. Hortensia era ahora la Cazadora, y el hombre era su presa. No completamente falta de raciocinio, racionalizó su crimen como justo y necesario.

“Eventualmente se hubiera vuelto como él… Una bestia. Y hay tantos otros… Si esto hice con mi propia sangre, que no era aún un monstruo, no sería justo dejar a los demás impunes. Voy a darles caza a todos esos monstruos, y también a los que aún son puros, antes que se vuelvan monstruos, como hice con mi Gabriel, para que mueran puros.” Esto pensó Hortensia, la Cazadora; este fue el verdadero origen de la terrorífica leyenda del “Descuartizador”, que casi nadie conoce.

No fue fácil detenerla. El aumento de vigor otorgado por la Luna Menguante, en todo sentido, y también a todos sus sentidos, la hacía más que una presa difícil. En su cacería, los cazadores terminaron siendo presas. No habría podido detenerla de no ser porque encontré al perfecto portador de su contraparte: Luna Menguante. Verás, son cuatro, la serie de las lunas: Nueva, Creciente, Llena y Menguante. Luna Nueva es la Imperceptible, Luna Creciente es la Cazadora, Luna Llena es la Visionaria, y Luna Menguante es la Sanadora. Esta última, la que nos permitió recuperar a Creciente, no la tengo ahora conmigo. Su portador le dio buen uso, y luego, la heredó a su hija, quien, la pasó a su hijo, y la ha seguido estando en buenas manos, así que no he ido por ella.

Te decía que luna menguante es la contraparte de Luna Menguante… Pues sí, si Creciente es una máscara que te puede convertir en un ser semejante a un jaguar implacable y e insaciable, la sanadora, Luna Creciente, te convierte en la presa por excelencia, semejante al sagrado Ciervo de Plata, el dios que gobierna sobre los espíritus de las plantas medicinales, con cuya carne alimento a los ancestros, y cuya sangre es una panacea.

Es mucho más difícil encontrar un portador apropiado para Creciente que para Menguante. La mayoría de las personas son instintivamente cobardes y tienen un visceral miedo de perder la vida. La mayoría de quienes encuentro adecuadas no tienen interés alguno en la máscara, porque quieren obtenerlo todo por la fuerza, y porque no les podría importar menos el poder de sanar. Algunos encontré que eran compatibles, pero que igual la hubieran usado para cosas terribles. Me costó mucho encontrar al indicado para ayudarme a recuperar la máscara de la Cazadora.

Se llamaba Darío. Lo encontré en el inframundo de una gran ciudad, desgarbada por sus luchas internas, corrompida hasta la médula. Encontré a Darío por mera casualidad, mientras seguía el rastro de Hortensia. Prácticamente era un habitante de la calle, y vivía de lo que le daban. No era por pereza. Él trabajaba todos los días, pero su trabajo no era muy remunerado, y nunca pedía más; eran algunas personas de su comunidad las que se apiadaban de él y se aseguraba de que no pasara demasiada necesidad. Lo conocí cuando me defendió de unos bandidos que se querían hacer con mi mercancía. En realidad, los que se salvaron fueron ellos, porque no tengo piedad con tales, pero eso no es relevante. Se dedicaba a recolectar basura y a limpiar los jardines de la ciudad, sin que nadie se lo pidiera; además de limpiarlos plantaba arbustos fructíferos y plantas medicinales que podían servir a cualquiera que los necesitara. Según las leyes de la ciudad, lo que hacía era ilegal. Más de una vez lo habían cogido y dejado amoratado, las autoridades, y le habían hecho pasar ya, varias veces, la noche en el calabozo. No obstante, algunos líderes del bajo mundo le dieron su respeto y protección, lo que le permitió seguir haciendo lo que hacía y subsistir. Escuché que, tiempo atrás, Darío había sido como ellos, y que era aún temido en las calles por muchos. El mismo nunca pidió ayuda, insistía en que podía solo, pero, comenzaron a aparecer, poco a poco, gente que de vez en cuando le ayudaba a cuidar los jardines y limpiar la ciudad.

“Con esta máscara, podrás hacer que las plantas medicinales y alimentos que cultivas se envigoricen, aún si estas falto de abono para darles, pero, esta máscara viene con una maldición”.

“¿Maldición?”

“Tu sangre misma se convertirá en medicina, y tu carne en un manjar. Luego de que la uses, mientras seas su dueño, las bestias carnívoras se sentirán atraídas a ti. En la ciudad, tal vez pienses que eso no sería un problema, pero también hay bestias entre las personas ¿Sabes de que hablo?"

“Oh, créeme que lo sé”.

Impuro, lleno de arrepentimiento, dolor y rabia contra el mundo, pero, sobre todo, contra sí mismo; y aun con todo lo que se odiaba, no le faltaban agallas, estaba determinado a redimirse. Así era Darío, eso lo hacía ideal, y por eso acepto mi obsequio.

“Una bestia especialmente peligrosa vino a esta ciudad, Darío, y cuando te pongas esta máscara, es seguro que llamarás su atención.”

“Esa bestia de la que hablas… ¿Te refieres al Descuartizador?”

“Descuartizadora, en realidad… Le he estado siguiendo la pista desde ya hace un tiempo. Ella robó una de mis máscaras…” Le expliqué entonces sobre la máscara de la Luna Creciente, y le conté la historia de Gabriel y Hortensia, para que tuviera una mejor idea a quien se enfrentaría. Tenía la esperanza de que, sabiendo más de ella, tendría misericordia. Sí, hablo de la presa teniendo misericordia de la bestia que la caza. Suena paradójico, lo sé, pero es lo que somos los humanos, paradojas andantes ¿Y no es la noción de paradoja, en sí, algo netamente humano?

Mi esperanza no fue vana. Tal vez te parezca inverosímil que una máscara con la esencia de presa le gane a una con la esencia de la cacería en un enfrentamiento frontal, pero, más que ser presa, el espíritu de la Luna Creciente es el de la medicina ¿No te dije que la sangre del portador de la máscara se vuelve una medicina? Y no cualquier medicina, sino una milagrosa cura, similar a la sangre del mítico Ciervo de Plata. Esta, no cura solo los males del cuerpo; también alivia los del alma. Darío no se molestó en intentar escapar, ni defenderse del ataque de la Cazadora. Lo recibió de lleno, y su sangre la bañó. Unos segundos después, Hortensia volvió en sí, y se horrorizó de haber asesinado a su hijo, después de años de haberlo hecho, y de haber matado a casi cien hombres más de forma terrible y dolorosa, entre jóvenes, adultos y viejos; yo no perdí el tiempo, y aproveché su de desconcierto al instante para arrancarle la máscara del rostro.

Después de eso, me fui de la ciudad, y no he regresado desde entonces, pero sé, por lo que siento, por mi conexión con mis creaciones, que las cosas cambiaron para mejor. Hortensia no volvió a ser la de antes. Aunque quedase un resquicio de la madre que fue, de la persona Hortensia ya no quedaba mucho, porque, su persona se fundió tanto con la máscara, que la máscara se volvió su persona. Darío sobrevivió a sus heridas, gracias al mismo poder de la máscara; se recuperó rápidamente, siguió haciendo lo que hacía, y se hizo cargo de cuidar a la mujer que casi lo asesina sin motivo alguno, que por varios meses estuvo como un vegetal. Él tampoco volvió a ser el mismo. Poco a poco, la máscara lo cambió. Nunca dejó de sentirse como un lobo en piel de oveja, pero, a influencia de la máscara, comenzó a confiar más en otros, a dejar de actuar como un animal huraño, y esto salvó su alma.

En cierta forma, ayudar a Hortensia a sanar también lo sanó. Ella volvió a empezar su vida con él, con las memorias de su pasado enterradas en la penumbra de su alma destruida, dispersada en trozos y vuelta a pegar. Tal vez te parezca injusto que haya podido vivir en paz, luego de todo lo que hizo. Yo diría que no era ni siquiera la misma persona. Hortensia la Cazadora murió en el instante que separéa la persona de su máscara. Bueno. Qué se yo, ni siquiera tengo cara, y a duras penas soy una persona. El caso es que juntos siguieron viviendo sus vidas, dejando el dolor atrás; tuvieron una hija, que criaron con todo el amor que no recibieron en sus infancias. Podría entonces decir que vivieron felices y comieron perdices, pero eso sería deshonesto de mi parte. Si pusiste atención, sabrás que las cosas no pueden haber terminado tan bien; si la hija heredó la máscara del padre como portadora adecuada, es porque heredó también un destino similar al suyo, muy a pesar de cuanto intentaron protegerla de los horrores del mundo ¡Cómo da vueltas el espiral de dolor que es la vida! ¡Tanto hermoso como horripilante!