Capítulo 1
Me despierto a las 6 de la mañana, sin que suene la alarma. Me quedo quieta en la cama, con los ojos abiertos, observando las sombras que se dibujan en el techo. No logro volver a dormir bien desde hace un par de días. He estado teniendo sueños extraños, inquietantes, que me roban el descanso. Al principio, parecían simples fragmentos sin sentido… pero después comenzaron a sentirse como mensajes codificados. Como si alguien intentara comunicarse conmigo desde otro plano. Eran tan vívidos que llegué a pensar que eran reales.
Me despierto en la madrugada, y cada vez que vuelvo a dormir… el sueño continúa justo donde lo dejé. Como si tuviera vida propia. Como si me esperara. No entiendo por qué pasa esto, pero ocurre cada noche. Y aunque a veces deseo mantenerme despierta para evitarlo, el cansancio me vence. Ya llevo cuatro noches consecutivas atrapada en ese mismo mundo.
Lo más inquietante es que siempre estoy en el mismo lugar. Rodeada por las mismas personas extrañas. Todo es difuso, ajeno… irreal, pero constante. Y aunque el entorno permanece, los sucesos varían cada vez. La primera noche soñé que estaba en un restaurante con un hombre poderoso.
SUEÑO
Todo empezó de forma misteriosa, como una escena sacada de un guion mal escrito. Yo trabajaba como mesera en un restaurante elegante. Él entró acompañado de tres hombres, todos vestidos de negro. Desde el primer momento, algo en él me alteró profundamente. Tenía el porte de un CEO de una empresa importante, o al menos eso parecía. Su nombre es Ibai.
Lo recuerdo con una nitidez que me asusta. Es altísimo —aunque no sé cuánto exactamente—, albino, de rostro marcado y rasgos tan finos que parecen esculpidos. Su barba, perfectamente recortada, contrasta con su piel pálida. Y aunque viste un traje, se nota que tiene un físico trabajado: los músculos se delinean incluso bajo la tela. Pero lo más impactante de todo… son sus ojos.
Cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez, me invadió un escalofrío desde la nuca hasta los pies. Sus ojos son una anomalía: el blanco que los rodea es tan pálido que casi parece translúcido, el borde del iris tiene formas afiladas, como espinas negras, y el centro… completamente oscuro. Mirarlos es como caer en un abismo. Me sentí atrapada, hipnotizada… hasta que no pude sostenerle la mirada por más tiempo.
Después de atender a una familia encantadora —una pareja de entre 30 y 40 años con unos mellizos preciosos de unos 8—, pasé por la cocina, tratando de no chocar con nadie. Estaba aturdida. Me sentía fuera de mí. Salí al callejón detrás del restaurante, buscando aire. Allí, en la soledad húmeda de la noche, me enfrenté a mi propio reflejo emocional: manos temblorosas, el pecho oprimido, la mente desbordada.
Respiré hondo, tratando de calmarme, pero no lograba sacarlo de mi mente. Ese hombre... ese escalofrío. No fue como cuando alguien atractivo te mira y te intimida. Fue algo más. Algo... oscuro. Como si me hubiese mirado el alma.
Mientras intentaba recomponerme, sentí una presencia detrás de mí. Un peso invisible en el ambiente. Me quedé helada. Mi mente gritaba que no me diera vuelta, que sería él, como en esas escenas clichés de novelas románticas con giros sobrenaturales. Pero entonces, una mano se posó en mi hombro. Me sobresalté y escuché una risa inconfundible.
—¿Te asusté, ¿verdad? ¡Sabía que ibas a saltar como si hubieras visto un fantasma! —dijo Ysoline, cruzando los brazos con esa expresión burlona tan suya.
Llevé una mano al pecho, aun tratando de normalizar mi respiración.
—¡Maldita sea, Ysoline! ¿Qué haces apareciéndote así? Pensé que eras… él.
Ella arqueó una ceja, divertida.
—¿Él? ¿Quién? ¿Me perdí de algo jugoso en el salón?
—No lo sé... un tipo raro. Muy raro. Alto, albino… con unos ojos que no parecen humanos. Entró con tres hombres. Lo atendí hace unos minutos. Y cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí que el mundo se congelaba. Fue como si el tiempo se detuviera. Me dejó helada. Literalmente.
Ysoline se acercó con el rostro sorprendido.
—¿Y eso qué significa? ¿Helada como “OMG, estoy enamorada”? ¿O helada como “ese tipo va a matarme en mis sueños”?
No respondí. Solo me quedé en silencio.
Me desperté en la madrugada, inquieta, con la sensación de que algo había quedado inconcluso. Me giré en la cama, miré el reloj y, sin pensarlo mucho, volví a cerrar los ojos. Para mi sorpresa, el sueño continuó exactamente donde lo había dejado... aún estaba hablando con Ysoline.
—No significa nada... Mejor ya entremos, que lo más seguro es que nos deben de estar buscando —dije, evitando su mirada.
—De acuerdo —respondió ella, con tono firme—. Ya veo que no quieres continuar con la conversación, pero sabes que esto no se queda aquí.
El aire entre nosotras se volvió denso, cargado de silencios no dichos y verdades a medias. Entramos al restaurante, y apenas cruzamos la puerta, la gerente se me acercó apresurada.
—Mesa ocho. Ve de inmediato —ordenó sin darme tiempo siquiera a responder.
Tomé mi libreta de anotaciones con manos temblorosas, me alisé un poco el cabello con los dedos y solté un suspiro, intentando calmar el torbellino que ya comenzaba a revolotear en mi pecho.
Fue entonces cuando mis ojos se cruzaron con la mesa ocho... y mi corazón dio un vuelco. Ahí estaba él, el hombre de los ojos extraños. Ese tipo de mirada que no solo observa, sino que parece leer dentro de ti, arrancarte secretos que ni tú sabías que guardabas.
Me detuve en seco. Un cosquilleo de ansiedad me subió por la columna como un escalofrío. Pensé en dar media vuelta, en inventar cualquier excusa, en pedirle a Ivani que tomara mi lugar. Pero al mirar hacia atrás, la gerente me hacía señas insistentes para que siguiera. Su expresión no dejaba lugar a dudas: no era una petición, era una orden. Y no necesitaba pensar mucho para entender lo que había pasado.
Él había pedido que fuera yo quien lo atendiera.
Me tragué las dudas, me enderecé con la mejor postura que pude fingir y avancé hacia la mesa. Cada paso era una batalla entre mi curiosidad y el temor que me producía su presencia. La atmósfera alrededor de él parecía distinta, como si la luz misma evitara rozarlo, como si el tiempo se ralentizara cuando sus ojos te alcanzaban.
—Buenas noches, soy su mesera —dije, con voz apenas firme, intentando mantener la compostura—. ¿Qué desean ordenar?
Sus ojos se alzaron lentamente, y al encontrarse con los míos, su boca dibujó una sonrisa casi imperceptible... pero suficiente para ponerme aún más nerviosa.
—Te estaba esperando —murmuró.
Y en ese instante supe que esa noche no sería como cualquier otra.
—Te estaba esperando —dijo con voz pausada, cada palabra cayendo con un peso casi ritual, como si perteneciera a un idioma antiguo que, sin entender, yo reconocía.
Sentí que el pecho se me comprimía. Tragué saliva con dificultad y forcé una sonrisa profesional, de esas que practiqué frente al espejo durante el entrenamiento, aunque esta vez se sentía vacía, frágil.
—¿Desea ver el menú o ya ha decidido?
Su mirada permaneció fija en mí. Sus ojos eran una anomalía inquietante: el blanco casi translúcido, el contorno del iris decorado con finas espinas negras, como si fueran fragmentos de obsidiana, y el centro… un pozo oscuro, sin fondo. Mirarlos era como caer lentamente en un abismo que no devolvía la mirada, sino que absorbía la tuya.
—Lo que tú me recomiendes estará bien —respondió al fin, y esa confianza sin contexto me descolocó. ¿Desde cuándo los clientes dejaban en manos del personal una elección tan personal?
Tomé mi libreta y comencé a anotar, más para distraerme que por verdadera necesidad. Mis manos temblaban, así que me concentré en la tinta fluyendo sobre el papel, como si eso pudiera anclarme a la realidad.
—¿Algo de beber mientras espera? —pregunté, esforzándome por mantener el tono neutral. Por dentro, mi mente era un enjambre de voces cruzadas.
—Solo agua. Pero dime algo —dijo, inclinándose apenas hacia adelante—. ¿Siempre huyes cuando sientes escalofríos?
El bolígrafo se deslizó de entre mis dedos y cayó sobre la mesa con un leve chasquido. La pregunta fue como un susurro de algo que no debería saber. O no todavía.
—¿Qué...? —Mi voz apenas logró salir. ¿Cómo podía conocerme? ¿Quién era este hombre realmente?
Él recogió el bolígrafo con una calma desconcertante, sin apartar sus ojos de los míos.
—Sabes quién soy, aunque todavía no lo recuerdes. Pero lo harás. Muy pronto.
Y entonces lo sentí: el mundo alrededor seguía girando —los platos chocaban, las risas flotaban en el aire, los pasos iban y venían—, pero en esa mesa, el tiempo parecía suspendido. Como si una barrera invisible nos aislara del resto.
—Disculpe, regresaré en un momento con su pedido —dije al fin, retrocediendo un paso con una mezcla de miedo y necesidad de huir.
Él no se movió. Solo asintió con esa lentitud que acompaña a quien ya conoce el desenlace. Y tenía razón. Volvería. Aunque no quisiera, aunque me negara a admitirlo, algo dentro de mí lo sabía con certeza.
Me alejé hacia la barra con las piernas temblorosas. Desde el otro extremo del salón, Ivani me observaba con el ceño fruncido. Su mirada decía más que mil preguntas: había visto algo en mí que no comprendía, y eso la preocupaba
.
Tenía demasiadas preguntas. ¿Quién era él? ¿Por qué parecía conocerme mejor que yo misma? ¿Y por qué su presencia me resultaba tan profundamente familiar... y aterradora?
Pero incluso por encima de todas esas dudas, una certeza empezó a instalarse dentro de mí, como una sombra que apenas toma forma:
Ese encuentro no fue casual. Y lo que acaba de comenzar... no terminará aquí
Tenía demasiadas preguntas. ¿Quién era él? ¿Por qué parecía conocerme mejor que yo misma? ¿Y por qué su presencia me resultaba tan profundamente familiar... y aterradora?
Pero incluso por encima de todas esas dudas, una certeza empezó a instalarse dentro de mí, como una sombra que apenas toma forma:
Ese encuentro no fue casual. Y lo que acaba de comenzar... no terminará aquí.