Prólogo
Un relámpago rasgó el cielo y bañó la sala de un blanco cegador. Enzeru parpadeó, cegada por un instante, mientras el trueno la sacudía hasta los huesos. Torció el gesto. La lluvia no había dado tregua en dos semanas, y ya se había colado en varios hogares de la isla. Si no se detenía pronto, no quedaría tierra firme: el Océano de Amarantha se los tragaría, las aguas oscuras y frías reclamando la isla para siempre.
En el Templo de Namtar, encaramado en el punto más alto de la isla, las inundaciones demorarían en alcanzarlos. Eso no aliviaba su fastidio; el aire húmedo se adhería a su piel como una capa pegajosa. Añoraba el toque cálido del sol sobre la piel y el murmullo del mar tranquilo. Extrañaba el templo cuando era un lugar de silencio, no un refugio saturado de cuerpos mojados y miradas preocupadas.
Se ajustó el chal sobre los hombros y mantuvo el rostro impasible. Los otros sacerdotes discutían cómo proceder si la tormenta continuaba. ¿Se callarían pronto? Enzeru se pasó una mano por la nuca. Durante todo su tiempo en el templo nunca los había escuchado hablar tanto; normalmente estaría metida en algún rincón silencioso con un libro en manos.
—Tendremos que abandonar la isla si la tormenta no se detiene pronto. Koeedth nunca ha enfrentado un clima tan inmisericorde.
Enzeru rodó los ojos.
—¿En qué barcos?
Decir que habían cinco barcos en la isla sería una exageración. El Anuhar Ryu enarcó una ceja; Enzeru no solía intervenir.
—Realizaremos varios viajes.
—¿Cuánto tiempo tomará uno solo? ¿Podremos hacerlos todos antes de que la isla “desaparezca” o se arruinen nuestros alimentos?
Los Anuhar se recostaron en sus asientos a la par con distintos gestos que dejaban en claro que los engranajes de sus cabezas daban vuelta: manos entrelazadas, ojos entrecerrados, manos en las barbillas. Ninguno le respondió.
Una Anuhin los interrumpió con su entrada al salón, la frente perlada de sudor y la respiración agitada. Enzeru ahogó un suspiro.“¿Ahora qué?”
—¡La Anuhar Aeri requiere asistencia con un parto!
Kaito ya se encontraba de pie.
—Enzeru, Saeko, conmigo.
Enzeru no ahogó el suspiro aquella vez, sin embargó, acompañó al Anuhar Kaito fuera del salón. La Anuhin corría frente a ellos, obligándolos a llevar un paso acelerado.
—¿Quién es? —indagó Kaito.
—La forastera que llegó antes de que empezaran las lluvias.
—¿Nadie se molestó en avisarnos de su embarazo?
La Anuhin se volteó a mirarlos un segundo, el gesto torcido.
—Vestía ropajes holgados y los días han sido tan oscuros que nadie lo notó. Hemos estado tan ajetreados que ni siquiera le hicieron el chequeo demandado.
Enzeru frunció los labios.
—Camina y habla más despacio, niña. Llegaremos tarde o temprano.
Las mejillas de la muchacha se tiñeron de rojo.
—Mis disculpas, Anuhar Enzeru. Pero si escuchara los gritos de la mujer, me entendería... algo va muy mal.
No demoraron en escucharlo, y aunque nunca lo admitiría en voz alta, debía aceptar que la preocupación de la muchacha no era infundada. Un escalofrío le subió por la columna. Había asistido a muchos partos, más de los que podía contar, pero nunca había escuchado gritos tan desgarradores, como si la mujer estuviera siendo arrancada de sí misma.
Sin discutirlo, todos aceleraron el paso hasta entrar en la habitación de parto. El desorden reinaba: varios Anuhin iban de un lado a otro, cargando toallas y frascos. El aire estaba saturado de sudor y del fuerte olor metálico de la sangre. Las voces atropelladas creaban un murmullo caótico que hacía todo aún más insoportable.
—¡Todos los Anuhin fuera! —ordenó Enzeru.
No le importaba que su labor fuera ayudar; tantos cuerpos apiñados solo añadían caos y amenazaban con volverla loca.
—¿Qué crees que haces? —protestó Aeri, con el rostro contraído.
—Somos cuatro Anuhar, bastará —la cortó. Al ver que los Anuhin no se movían, Enzeru endureció la voz—. ¿Acaso los gritos los dejaron sordos? ¡Fuera!
Kaito levantó una mano y se la llevó al pecho, donde dio dos golpes con el puño cerrado.
—Paz.
Enzeru torció el gesto, pero lo imitó. Aeri se limitó a asentir.
—Que se queden dos Anuhin —recomendó Saeko, su tono más calmado que el de los demás, como si tratara de poner un poco de orden en el torbellino.
Enzeru pensaba que no los necesitaban, pero calló. No era momento.
Reparó en los Anuvin: uno en cada esquina de la habitación, inmóviles, apenas distinguibles entre las sombras. Velos negros les cubrían el rostro, y de sus labios brotaba un cántico monótono, repetido una y otra vez, que solo cesaría cuando el llanto del recién nacido llenara la sala. Por insólito que pareciera, a Enzeru no le incomodaba aquel murmullo. El tono grave, casi un susurro, tenía algo hipnótico que la serenaba.
Ella había ocupado ese mismo lugar decenas de veces antes de convertirse en Anuhin —y posteriormente en Anuhar—, y no lo extrañaba en lo más mínimo. El recuerdo del ardor en la garganta, de las horas interminables murmurando las mismas palabras, le arrancó un gesto de disgusto. Bebió un sorbo de agua antes de acercarse a la forastera.
Pero lo peor no era la fatiga, ni la monotonía. Lo peor era cuando el bebé moría. Entonces el cántico no podía detenerse hasta que el Anukar se presentara para cremar el pequeño cuerpo. Y el Anukar Hikaru solía tardar. Ese lapso convertía la sala en un limbo sofocante: el aire inmóvil, los ojos clavados en el bulto sin vida, y el murmullo convertido en un recordatorio cruel de la muerte.
Kaito extendió un brazo hacia los Anuhin restantes.
—Más paños.
La madre, una mujer de cabello oscuro y desordenado, gritaba de tal manera que Enzeru se preguntó como no la escucharon hasta la sala de reuniones. Deseó callarla, pero la necesitaban consciente.
—Puja con ganas, mujer.
La forastera alzó la cabeza y le clavó una mirada capaz de atravesar carne y hueso. Enzeru soltó una risa breve.
—¿Cómo te llamas?
La mujer gruñó entre jadeos.
—Nombre —insistió Enzeru, seca.
—Calytrix —respondió entre lágrimas, gritos y respiraciones entrecortadas.
—Bien, Calytrix. Traigamos a tu hijo a la vida.
El tiempo se volvió un tormento. Las contracciones golpeaban como olas brutales, una tras otra, sin que el niño descendiera. Los paños empapados de sangre se amontonaban en un rincón; el olor metálico del hierro, mezclado con sudor y hierbas, espesaba el aire. El murmullo de los Anuvin, grave y repetitivo, marcaba el compás de aquel suplicio.
El rostro de Calytrix se tornó ceniciento y, por un instante, el silencio en sus labios fue más aterrador que todos sus gritos. La pausa heló la sala: ni un suspiro, ni un crujido de tela, solo la amenaza de la muerte. Luego regresaron, desgarradores, y Enzeru dejó escapar un suspiro pesado.
Aeri luchó por recolocar a la criatura y, aunque lo consiguió, el bebé se resistía a salir, encajado en la pelvis de Calytrix como una piedra que se niega a caer. El cuerpo de la madre estaba tenso, húmedo de sudor, temblando entre contracciones que la doblaban por completo. El pequeño parecía empeñado en quedarse dentro de ella para siempre.
Los Anuhar discutían desde hacía minutos interminables la posibilidad de cortar a Calytrix. El parto se había prolongado demasiado; si no lo sacaban pronto, ambos morirían. Cada segundo que pasaba la tensión en la sala aumentaba, como si el aire mismo presionara los pulmones de todos.
Un grito desgarrador que estremeció a Enzeru hasta los huesos dio por terminada la discusión: la cabeza del niño emergió, pequeña, húmeda y resbaladiza. El alarido de Calytrix, mezcla de dolor y triunfo, se unió al murmullo grave de los Anuvin, que retumbaba en el fondo como un eco ritual.
—Una vez más —pidió Saeko.
Calytrix obedeció, jadeando hasta quedar sin aliento.
Con cuidado, Aeri rodeó con sus manos los hombros y la espalda del bebé, mientras Enzeru sostenía la frágil cabeza, guiándolo centímetro a centímetro hacia la vida. El pequeño avanzaba con esfuerzo, húmedo y frío, cada movimiento un triunfo. Finalmente, con un último empujón, emergió entero.
Kaito tomó un pequeño cuchillo, desinfectado con hierbas y fuego, y cortó el cordón umbilical, liberando al niño de su madre. El silencio, pesado como una losa, solo lo quebraba el cántico grave de los Anuvin que todavía resonaba en las esquinas de la sala.
Kaito colocó al pequeño con cuidado junto a su madre. Los ojos apagados de la mujer seguían cada movimiento, fijos en la criatura mientras el Anuhar presionaba con cuidado el pecho diminuto en un intento de bombear vida en cada gesto. La piel azulada del niño desesperaba a todos en la sala. Saeko intentó contener la sangre que brotaba con insistencia de Calytrix, mientras Aeri le ofrecía hierbas e infusiones, murmurando palabras tranquilizadoras con cada dosis.
La madre permanecía ajena a todo excepto a su hijo. Su mirada, aún débil y enrojecida por el esfuerzo, no se apartaba de él. Cada respiración de Calytrix era un hilo tenso entre la vida y la muerte, y cada segundo parecía estirarse infinitamente en la habitación, mientras los Anuhar luchaban contra la fragilidad de la vida misma.
Al principio, Enzeru pensó que la expresión horrorizada de Calytrix se debía a preocupación por su hijo. Entonces vio lo mismo que la mujer y tambaleó. Se apoyó con manos temblorosas en la cama y se acercó al niño. No podía creerlo. ¿Ella, temblando? La ironía le provocó un impulso de risa, pero no lo hizo, pues allí, junto al costado del niño, se revelaba una marca de nacimiento roja, un ojo sangrante que parecía latir con su propio pulso.
El bebé lloró, y los cánticos de los Anuvin se detuvieron, pero eso ya no importaba.
Todo se movió en cámara lenta: un instante Calytrix miraba inmóvil a su recién nacido y, al siguiente, levantaba el mismo cuchillo con el que le cortaron el cordón umbilical y lo acercaba al pequeño. Enzeru no supo cómo reaccionar y atrapó la hoja con sus propias manos.
Le tomó un solo instante decidir, un instante que cambiaría para siempre la vida de todos en la isla y el destino de la religión a la que había entregado su existencia hace muchos años. Le dio la vuelta al cuchillo y lo clavó en el corazón de la mujer.
Nadie se movió para detenerla. Todos miraban petrificados al niño. La bandeja que se resbaló de las manos de Aeri fue lo único que perturbó el silencio de la habitación.
Enzeru suspiró, exhausta, mientras sentía el vértigo del futuro. Nada volvería a ser como antes.
—Cruel y dulce destino.