¿Presagios de almas rotas?
¿Por qué este interrogatorio a Dios sobre mi final?
Mariposas negras no son símbolos: son presagios de ala rota,
golpeando el vidrio sucio de mi ventana como alma condenada.
El tambor no resuena: es el latido de mis sienes en la noche,
cuando la culpa me ahoga y rezo sin fe.
¿Mi adiós? Si hasta Dios se cubrió de silencio
cuando le mostré las heridas que Él mismo creó.
Ilusioné días como un idiota:
creí en perdones inexistentes,
en abrazos que nunca calman el frío de esta vida timorata.
¿Respiración? No. Este pecho inhala polvo de sepulcro;
exhala mentiras.
Ya no me reconozco:
soy el extraño que agoniza en mi espejo,
vivaz en el miedo, temoroso en la vida.
Mi fin no será adiós: será expiración de un nadie.
Sin festín, sin lágrimas, sin testigos.
Solo cigarros consumiéndose como mi alma,
con olor a bufón fracasado
y a derrota humeante.
Y yo aquí,
masticando el vacío que Dios dejó en mi pecho,
rogando por una señal que sé que nunca llegará.
Porque hasta Él huyó de mi culpa.