PRÓLOGO
—¡Rose, ya es hora de salir! —me gritaron desde elotro lado de la puerta.
Me miré por última vez en el espejo, inclinando apenas el rostro hacia la luz amarilla del camarín. El iluminador en mis pómulos atrapó el brillo, como si mi piel respirara fuego líquido. Sonreí apenas, satisfecha con el destello, y entonces la voz volvió a golpearme.
—¡Vamos, que te esperan!
Suspiré, levantando los hombros con pacienciafingida.
—¡Ya voy! —respondí, y mi voz resonó como un secretocompartido conmigo misma.
Me puse en pie, acomodando el body de encaje negroque abrazaba mis curvas con descaro, y la falda de hilos de lentejuelas que caia como cascada inquieta sobre mis muslos. Caminé hasta la cortina, y en cuanto la música creció, una voz engalanada me presentó.
—Y con ustedes… su flor más deseada, el fuego del jardín… ¡Rose!
El telón se abrió como un latido. Salí.
La diversión y la provocación se prendieron en micuerpo como un ritual aprendido. Cada movimiento mío estaba escrito en el ritmo, y yo lo sabía.
Las luces, las miradas, los deseos que se aferraban a mifigura.
Todos queríanun poco de mí.
Pero yo no soyde nadie.
Y nunca lo seré








