Una melodía inefable para el corazón (Libro 3)

All Rights Reserved ©

Summary

La muerte ha cambiado el panorama y se convierte en un fuerte recordatorio que resuena a cada paso que dan: son vulnerables y nadie está a salvo. Mailén se enfrenta a sus mayores miedos con el reloj en contra, su tiempo se acorta. Y Nicolás está dispuesto a todo por encontrar la melodía inefable que haga latir a la mujer que ama.

Status
Complete
Chapters
71
Rating
n/a
Age Rating
18+
This is a sample

1. Zaid

No esperé encontrarme con Janeth en un lugar tan… poco Janeth. Ella luce como toda una reina sentada en la mesa del rincón de la cafetería barata. Tiene sus enormes gafas de sol, que cubren la mitad de su cara, y lleva el cabello despeinado sobre los hombros. No obstante, la altivez de su porte es imposible de disimular, destaca más en medio de personas que nunca han conversado con un príncipe o magnate. Ni la ropa de supermercado que lleva logra esconder que hasta hace unos años se codeaba con las personas que dominan el mundo.

Ella me observa a través de sus gafas. Percibo su mirada nerviosa mientras atravieso las hileras de mesas ocupadas por estudiantes; es lo que pueden pagar para usar el internet del lugar.

Recuerdo a Janeth recargada en el barandal del yate mientras bebía de su copa de champagne. Portaba un vestido blanco que costó una cantidad ridícula de dólares. Reía mientras conversaba con un millonario árabe, pero su mirada estaba en mí. Éramos jóvenes, en ese entonces pensé que tendría una oportunidad con ella, pero no fue así; su amor tenía un precio muy alto que no pude pagar. Incluso ahora detecto la atracción que surge entre nosotros conforme acorto la distancia hacia ella.

La reina que se ha convertido en plebeya.

—Janeth —saludo cuando me detengo frente a la desvencijada mesa.

Ella esboza una sonrisa sincera, hace un leve asentimiento y señala la silla libre que está al otro lado.

—¿Te siguieron? —pregunta mientras rasguña la mesa con sus uñas maltratadas.

Es imposible apartar los recuerdos de sus manos delicadas, con manicura y costosos anillos; es increíble pensar que son estas mismas manos deterioradas por el trabajo.

—No… Tomé varios taxis para despistar, ¿a ti?

Janeth suspira y contesta:

—Sigo viva, ¿no?

No sé si su vida corra peligro como jura que sucede.

—¿Cómo has estado…?

Ella duda si quitarse las gafas o no, decide dejarlas sin importar que ha anochecido.

—No tengo para la renta.

Entiendo su indirecta. Mi situación económica no es la misma que antes, pero no puedo considerarme plebeyo. Saco la cartera, tomo todos los billetes que tengo ahí y se los entrego. Los ojos de Janeth brillan mientras guarda el dinero en un diminuto monedero viejo.

—¿Entonces piensas quedarte en Madrid más tiempo?

—No —contesta rápido y guarda el monedero en su bolso anticuado—. Sólo un par de meses más y trataré de llegar a Francia.

—Siempre hablaste bien el francés.

—Oui.

Me encantaba escucharla hablar en ese idioma. Era erótico, podía ponérmela dura con susurrarme un par de tonterías al oído. Tal vez sólo estaba diciendo palabras al azar, pero era suficiente para que quisiera levantarle la falda y cogerla ahí mismo.

Janeth, elegiste mal, ¿ahora lo ves?

—¿Y qué piensas hacer ahí?

—Tengo amigos —responde con duda y la comprendo. Sus amigos eran cercanos por su dinero y poder, dudo que ahora quieran meter las manos al fuego por ella—. Me ayudarán… Necesito ver a Omar… ¿lo has visto?

—No, hace años que no lo veo.

—¿Sabes si está bien?

—Sí, de lo contrario, ya sabríamos algo.

—¿Sigue estudiando en Estados Unidos?

—Sí, con su institutriz.

—¿Pregunta por mí? —Su voz se rompe y toma un par de inhalaciones—. Disculpa…

Meneo la cabeza, entiendo. Es el dolor de una madre por no saber nada de su hijo.

—No lo sé, Janeth…

Ella aparta una lágrima que cae por su mejilla. No puedo ver sus ojos con las gafas tan oscuras, pero creo que está haciendo un enorme esfuerzo por no llorar.

—Fallé como madre…

—No fallaste… No había mucho que pudieras hacer.

—Debí luchar por él, Zaid. Debí hacerlo… No sólo rendirme.

—¿Y qué ibas a hacer? —suspiro—. Todo tu dinero fue congelado…

—Pero...

—Hiciste lo que podías.

No piensa que sea así, quizá no lo es, pero la realidad es que poco pudo hacer por tener la custodia de su hijo.

El camarero nos interrumpe. Ordeno un par de cafés y una canasta de pan dulce; recuerdo que Janeth amaba comer esas chucherías. Ella me agradece con una sonrisa, probablemente no ha comido en todo el día. La ropa holgada esconde su cuerpo, pero las curvas de antes no se hubieran disimulado ni así.

—Me equivoqué. —Desvía la mirada hacia la ventana de un costado.

—¿En qué?

—En todo…

—Probablemente.

Ella hace un asentimiento, se quita las gafas oscuras y me contempla con unos ojos verdes que años atrás estuvieron llenos de alegría; ahora se encuentran avasallados por deudas, miedo y tristeza.

—Debimos escapar juntos cuando lo sugeriste…

—No hubieras sido la reina, Janeth.

«La reina», su apodo. Yo no era ningún rey para darle ese título.

—¿Acaso ahora me veo como una reina…? —Hace una pequeña reverencia.

—Está en tu ADN —rio—, pero yo no habría podido darte la vida que anhelabas.

—¿Y de qué sirvió…? Perdí todo, todo…

No quiero decirle que tiene razón, porque la tiene. A veces temo cruzar esa línea irónica como todos en mi familia. Por algo han sido poderosos, menos yo.

—Estabas enamorada —miento.

Ella sonríe, sabe que no es así. Bueno, estaba enamorada del dinero de mi primo y el poder de la familia, no de él.

—Qué tonta fui…

—No podías saber que reaccionaría así…

—Fue una idiotez…

—Estaba justificado. —Hago un guiño, ella ríe.

Janeth fue infiel y no quiero decir que eso esté bien, sino que sólo trato de hacerla sentir mejor. Era una mujer hermosa, continúa siéndolo, pero pasaba tanto tiempo sola que eventualmente se involucró con otra persona. No fue la única infiel en ese matrimonio, claro que a ella le tocaba perdonar como buena esposa; fue imperdonable cuando hizo lo mismo que su marido.

—Eres bueno, Zaid… Ese apellido no va contigo.

Encojo los hombros.

—He aprendido a cargarlo, con todo lo bueno y lo malo.

Janeth asiente. Ella también lo portó con orgullo, ahora sólo su mención la atemoriza.

—Necesito de tu ayuda… —confiesa.

No me sorprende. Por años traté de ubicarla, pero es escurridiza. No pude seguirle la pista ni con investigadores privados, es una mujer astuta. Fue ella quien me contactó, de alguna forma se enteró de que estaba en Madrid por negocios y me llamó al hotel para citarme aquí.

—¿Qué sucede?

—Quiero recuperar a Omar.

Tomo aire. Está pidiendo casi la luna en una caja de regalo.

—Por la vía legal no sé si todavía puedas pelear la custodia… Te desapareciste.

—¡Me obligó a desaparecer! —exclama por lo bajo—. Zaid… Yo nunca habría abandonado así a mi hijo.

—Sí, pero no hay ninguna forma de probar eso… Será su palabra contra la tuya, Janeth… Y toda la gente que él conoce, ¡los que le deben favores!

—Zaid, por favor… Debe existir alguna forma…

—No lo creo… —Echo un vistazo alrededor—. Ni deberíamos estar en un sitio tan público.

—Él cree que estoy en Canadá…

—O él quiere que creas eso…

Janeth duda unos segundos, luego niega despacio con actitud resuelta.

—No sabe en dónde estoy, Zaid… Si lo supiera, estaría muerta.

—¿Por qué querría matarte?

Janeth palidece y sus manos se agitan, las esconde por debajo de la mesa. Su mirada se inyecta de miedo al tiempo en que recorre la cafetería. El camarero regresa en ese momento con nuestros cafés y una canasta de pan dulce.

Janeth agradece en francés, toma un pan y propina una rápida mordida. Cierra los ojos, lo saborea y dice algo más en el idioma de su abuela.

—Hace meses que no probaba un pan dulce…

Cuando años atrás podía comer lo que quisiera. Bastaba con decirlo y sería llevada en avión privado hasta el país donde se cocinaba el manjar más estrafalario que se le antojara. Ahora tiene una sonrisa sincera e inocente mientras da unas pequeñas mordidas a su pan.

«Pudimos ser felices, Janeth».

—¿Por qué tienes tanto miedo, Janeth?

Ella suspira. No quiere responder, al menos no hasta que termine su pan dulce. Entonces se bebe un largo trago de café y llama al camarero para rellenarlo. Es como si sintiera que esto es comida de campeones cuando el pan no es muy bueno y el café está insípido.

—Tus tíos siempre te quisieron mucho, Zaid.

—Lo sé… —Ellos me criaron cuando mis padres fallecieron—. Es gracias a ellos que pude salir adelante, sino…

—Estarías como yo —interrumpe. Trato de disculparme, no sé por qué, pero me calla con un movimiento sutil y elegante de su mano—. No te disculpes, no tu lo has dicho, he sido yo… ¿Cuántos años tenías cuando fallecieron tus tíos?

—Veinte…

—Nos conocimos un poco antes, ¿verdad?

—Sí, eso creo…

Janeth suspira y toma un pedazo de otro pan dulce.

—¿Cómo fallecieron tus tíos?

Es extraño que pregunte eso, lo sabe.

—Un accidente automovilístico.

Ella mete el pan dulce en su boca, mastica un momento y lo traga con café.

—¿Cómo fue?

—Estaba nevando… Perdieron el control de automóvil.

Janeth me mira fijamente a los ojos mientras sigue comiendo. Fue un accidente trágico, nos quedamos solos mi primo y yo. Él heredó todo, me sacó de su panorama y…

—Espera un momento…

Ella asiente.

—¿Ya entendiste…?

—¿Estás tratando de decir que no fue un accidente…?

Janeth relame sus labios, chupa sus dedos y bebe más café.

—¿Nunca lo pensaste?

—Es disparatado, ¿crees que asesinó a sus padres? Es decir, no eran los mejores papás del mundo, pero no como para matarlos y…

—No hables tan fuerte —pide al tiempo en que inspecciona el alrededor, no hay nadie cerca—. Ellos querían heredarte todo, Zaid… Cambiarían su testamento una semana después.

—¿Qué…?

Inhalo hondo, mas no siento que el aire baje a mis pulmones… No puede ser verdad, ¿qué? Mis tíos me querían mucho, creo que hasta más que mis padres, y cuidaron de mí como si fuera su propio hijo. Mi primo, por el contrario, nunca me toleró…

—Escuché una llamada telefónica —explica Janeth y se dispone a comer otro pan dulce—. Hablaba con su cómplice, uno de los choferes… Sabotearon los frenos, Zaid, no fue un accidente.

Es mucha información. Ya han pasado diez años desde eso, pero el dolor por su partida continúa ahí. Cuidaron de mí desde que era un niño, me dieron educación, aseguraron mi universidad y sólo por eso pude terminar de estudiar. Mi primo me dejó en la calle cuando ellos fallecieron, sólo me dio para un boleto de avión y me amenazó con destruirme si volvía a acercarme a él. Janeth se quedó ahí, como la reina que era hasta el final al lado de su rey; sólo que él decidió que ese final sería antes de lo planeado.

—¿Hace cuánto que lo sabes…?

Janeth baja la mirada, ¿debo preguntar más? Está muy claro. Quizá lo supo desde el principio, pero su ambición era mayor.

—Tienes que entenderme…

—No tengo que entender ni una mierda, Janeth —espeto—. ¿Cómo pudiste callar todos estos años…? ¡¿Cómo pudiste dormir cuando sabías que yo intentaba terminar mis estudios sin comer días enteros?!

Ella permanece con la mirada baja… Ahora sabe lo que es fingir que no se tiene hambre para poder dormir.

—Tal vez estoy pagando por lo que hice.

—Sí, yo igual pienso eso.

Mi respuesta logra hacerla levantar la mirada. Su altivez está ahí, se ha enojado por mis palabras, pero no me interesa.

—Zaid…

—No te ayudaré… Omar está mejor con su padre.

Intento levantarme, pero me toma de la muñeca.

—Por favor… —suplica—. Te he contado para darte la fuerza de pelear por lo que te corresponde y…

—¿Me corresponde? —repito—. No existe ese testamento, Janeth, no me corresponde nada.

—Pero…

—Sólo soy un estafador mediocre que trata de ser tan escurridizo como tú y estar bajo el radar.

—No puedes rendirte… Te conozco, sé que debes tener algo entre manos.

Y lo tengo, pero no se lo diré. No después de lo que me ha confesado.

—Suerte en Francia, Janeth —me despido mientras saco un par de billetes más para pagar la cuenta—. No vuelvas a buscarme.

—No sé qué hacer… —lloriquea y vuelve a sujetarme por la muñeca—. Quiero a mi hijo, Zaid.

—Yo quiero un yate, siempre lo quise.

Me zafo de su agarre y me incorporo.

—Te pareces tanto a él… —escupe sin controlar el desdén en sus palabras. Otra vez es la reina, inyectada de furia cuando no consigue lo que quiere—. Son dos gotas de agua.

Y físicamente somos parecidos. Tenemos la misma estatura, la piel morena clara y el cabello castaño oscuro.

—No eres la primera que lo dice, Janeth.

—Pero no por tu físico, Zaid… Son la misma mierda.

—Y tú amabas embarrarte en su mierda… y también en la mía.

Janeth bufa, toma un pan y me lo arroja. Por un segundo captamos demasiada atención, mas trato de fingir que no me han arrojado una dona glaseada en la cara.

—Huérfano de mierda —masculla.

—Puta muerta de hambre.

Esquivo la siguiente dona glaseada que cae en la mesa de los chicos de al lado. No me quedo para ver qué explicación dará Janeth por atacar a las personas con donas; es ingeniosa, ya escapará del bochorno.

Abandono la cafetería a grandes pasos y sin sentirme mal por llamarla «puta». Quizá sí soy más parecido a mi primo de lo que me gustaría admitir.

Janeth fue un gran amor. La mujer que me hizo desear tener mucho dinero para poder comprarle todos los lujos que mi primo sí podía. Sólo estuve cerca de ella por un tiempo, hasta que mi primo solucionó toda su herencia y me sacó de su vida, pero en ese tiempo calenté la cama de su prometida muchas veces.

Un amor intenso y rápido, después no volvimos a vernos. Me enteré de su divorcio y de la pérdida de la custodia de su hijo; otros familiares me contaron. Para los medios de comunicación Janeth salió del mapa por voluntad propia y con una cuantiosa suma de dinero por divorciarse de un hombre poderoso, la realidad es otra.

Sólo miro una vez, sobre el hombro, hacia la mesa donde está Janeth. Ella está envolviendo algunas donas en servilletas y guardándolas en su bolso. Entonces me siento mal por ella, no debí ser grosero, sino escucharla y ayudarla. Es una madre desesperada.

Detengo un taxi en la acera de enfrente, subo y pido que espere. Janeth debe salir en cualquier momento. Entretanto, decido hacer una llamada; en México debe ser temprano.

—¿Sí? —responden al tercer timbre.

—¿Cómo está todo por allá?, ¿qué tal la boda?

—¿No lo sabes?

—¿Saber qué…?

El tono me asusta y me impacienta que Janeth demore, ¿está llevándose el pan de todas las mesas o por qué tarda tanto?

—Una muerte.

—¿Qué…?

—No puedo hablar ahora.

—No me jodas, explícame qué pasó.

—Busca en internet. Adiós.

Escucho la voz de una mujer antes de que cuelgue. Debe ser la esposa de su amigo, el mismo que lo contrató como guardaespaldas de su familia.

Pero ¡mierda! ¿De qué muerte habla?

Me asomo en la ventanilla. Janeth está de pie en la entrada de la cafetería. Abro la puerta del taxi, bajo una pierna y ella me ve. Esboza una sonrisa arrepentida, la misma que yo tengo en el rostro. No debemos pelear cuando probablemente somos los únicos que tenemos al mismo enemigo en común. Y, tal vez, los únicos que tienen una verdadera oportunidad contra él…

El ruido de una motocicleta capta mi atención, también la de Janeth. El vehículo negro se detiene frente a la cafetería, dos hombres con cascos negros van en ésta. Uno saca algo de su chamarra y las personas cerca de Janeth gritan. Ella se queda estática, con sus ojos verdes contemplando al hombre, luego me dirige una mirada y tres estallidos rápidos desencadenan el pandemónium.

El taxista me grita que suba, pero no puedo moverme. La motocicleta pasa a un metro de nosotros en su desesperado escape.

Janeth está tirada en la puerta de la cafetería. Nadie la auxilia, todos han corrido a refugiarse de los balazos. No soy consciente de que me acerco a ella hasta que escucho al taxi alejarse con la puerta abierta.

La reina jadea mientras emana sangre de su boca. Tiene tres puntos rojos sobre el cuerpo. Uno cerca del corazón, en el estómago y el vientre. El golpe en mis rodillas me avisa que he caído a su lado y que mis manos buscan las suyas.

Ella me dedica una última mirada con la vida escapando por sus ojos verdes.

—Omar… —susurra.

Sus ojos se vacían, sus manos pierden fuerza y un último suspiro escapa de su boca. Las donas que guardó en su bolso se han caído sobre el asfalto, las envolvió todas con sumo cuidado en diferentes servilletas.

Y la recuerdo en el yate con esa sonrisa coqueta y la copa de champagne en la mano. Conversaba con el magnate petrolero, pero toda su atención estaba en mí hasta que su prometido se acercó. En ese entonces él tenía los dos ojos, mas sé que no necesita ambos para observar todos nuestros movimientos.

La reina ha muerto. Amin Karam, el rey, la ha sacrificado.

Subscribe to Lena Mossy to continue reading.