SOY EL CRUSH DE UNA SUPERHEROINA

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Summary

¿Que pasaria si la Superheroina mas grande del mundo, en secreto te ama? En esta historia tu eres el protagnista, un chico sencillo con fanatismo a los superheroes, con un amor platonico a Ligthgirl...la superheroina numero 1 en el mundo. Ella tambien te ama, pero ninguno de los dos la sabe todavia.... ¿Acaso esto terminara bien?

Genre
Romance
Author
YayeloTen
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El mundo había cambiado mucho en el último siglo.

Antes, las ciudades se levantaban gracias a ingenieros y obreros; ahora, se mantenían en pie gracias a los superhéroes. Las noticias hablaban más de villanos derrotados que de política, y los periódicos reservaban sus portadas para héroes como si fueran estrellas de cine.

En este mundo, los superhéroes no eran solo protectores: eran símbolos. Ídolos. Figuras que inspiraban a millones y al mismo tiempo cargaban con el peso de la esperanza.

Y entre todos ellos, había un nombre que brillaba más fuerte que el sol mismo.

Lightgirl.

El nombre de la mujer que era llamada “el faro de la humanidad”, la heroína más poderosa y popular de todas. Sus apariciones no solo garantizaban victoria en la batalla, sino también sonrisas, confianza y hasta suspiros de quienes la admiraban.

Las revistas la llamaban “la diosa invencible”.

Los niños pegaban sus pósters en las paredes y las marcas competían por convertirla en imagen de sus productos.

Para muchos, ella era inalcanzable.

Y en tu caso...no era diferente ese pensamiento.


Fuiste a la tienda de comics el día de hoy. Las estanterías de la tienda de cómics estaban repletas de colores, héroes en poses imposibles y títulos que gritaban aventuras.

Recorriste con la mirada las portadas brillantes, debatiéndote entre dos opciones.

—¿Supertrueno o Manta Oscura? —murmuraste, sosteniendo ambos ejemplares en las manos.

El vendedor, un hombre ya acostumbrado a esas indecisiones, sonrió detrás del mostrador.

—¿Por qué no las dos?

—Ya quisiera — con una sonrisa apagada—, pero no hay tanto dinero.

El dependiente abrió la boca para sugerir algo más, pero un estruendo sacudió la calle. Las paredes de la tienda vibraron como si hubieran chocado dos camiones afuera.

—¿Qué fue eso? —exclamó alguien desde el fondo.

Con el corazón acelerado, te asomaste a la puerta. Y entonces lo viste.

Un monstruo enorme, de piel grisácea y brazos deformes, avanzaba destrozando autos a su paso. La gente gritaba, corría en todas direcciones, tropezando entre sí por el puro terror.

El instinto hizo que también comenzaras a correr, siguiendo a la multitud. Pero justo en ese instante, un ciudadano levantó la voz entre el pánico:

—¡Miren! ¡En el cielo!

Una ráfaga dorada cruzó las nubes como un cometa. En cuestión de segundos impactó de lleno contra el monstruo, obligándolo a retroceder varios metros con un rugido ensordecedor.

El aire se llenó de aplausos y gritos de alivio.

Todos lo sabían.

Todos la reconocían.

Era Lightgirl.

Con una calma que contrastaba con el caos, ella descendió con un puño envuelto en luz y golpeó al monstruo de frente, derribándolo como si fuera un muñeco. El monstruo intentó contraatacar, pero ella, con gracia casi elegante, lo tomó por el brazo y lo lanzó lejos, asegurándose de que su cuerpo no cayera sobre ningún inocente.

El silencio de un segundo se transformó en un estallido de vítores.

—¡Lightgirl! —gritaban los niños.

—¡Eres increíble! —coreaban los adultos.

Ella, siempre sonriente, alzó la mano saludando a la multitud.

—Ya todo está bien. No tienen de qué preocuparse —dijo con esa voz dulce que transmitía más paz que cualquier ejército.

Los camarógrafos y reporteros se amontonaban, disparando flashes, buscando el mejor ángulo de su heroína.

Sin darte cuenta, quedaste inmóvil, observándola. Fascinado.

Allí estaba ella. No en una portada, no en una transmisión de TV. Frente a sus ojos.

Por un instante fugaz, sus miradas se cruzaron.

Ella te vio de reojo, como si te reconociera entre la multitud.

Pero enseguida volvió a sonreír hacia las cámaras, retomando su papel de estrella inalcanzable.

No pudiste evitar sonreír también. No importaba si habías sido ignorado; la sola idea de haberla visto de cerca, de que quizá sus ojos se posaron en él por un segundo, bastaba.

Giraste, todavía con esa sonrisa tonta pintada en el rostro, y se perdió entre la multitud.

Con el corazón latiendo fuerte y una certeza: ese había sido el mejor día de tu vida.

Cuando sales de la tienda de cómics, todavía con la sonrisa boba en la cara, escuchas la voz del vendedor detrás de ti.

—¡Eh, olvidaste tu cómic! —grita desde la puerta.

Te giras rápido, algo confundido, y él se encoge de hombros.

—En realidad no tengo lo que quería recomendarte… pero si vienes mañana, prometo guardarte una historieta y te hago un descuento.

Le pides disculpas por las prisas y aceptas la oferta. Al fin y al cabo, no pierdes nada con volver. Te despides y sigues tu camino, todavía con la emoción palpitando en el pecho.

Viste a Lightgirl.

No en la pantalla, no en un póster, sino de verdad.

Tu mente se llena de recuerdos: las decenas de cómics, blocs y series donde siempre la viste ganar. Cada batalla era suya. Siempre triunfaba. Y no solo eso… también estaba la forma en que trataba a los demás. Amable con los niños, protectora con los ancianos, inspiradora para todos.

Lightgirl no era solo la número uno.

Era el ideal imposible.

La mujer más admirada… y también la más deseada.

Y aun así, decenas de rumores decían lo mismo: había rechazado a todos los hombres que se habían acercado a ella. Desde multimillonarios con mansiones y jets privados, hasta superhéroes de alto rango con poderes casi tan increíbles como los suyos. Nadie había logrado conquistarla.

Mientras caminas de regreso a casa, te preguntas en silencio:

¿Lightgirl tendrá novio?

La duda se queda rondando en tu mente, incluso cuando ya llegas a tu hogar.

Abres la puerta y anuncias:

—¡Ya llegué!

—Ya era hora… —responde una voz desde la sala.

Tu hermana está recostada en el sillón, con ropa oscura, ese estilo medio gótico que tanto le gusta. Se ve relajada, como si el mundo pudiera caerse a pedazos y a ella no le importara demasiado.

—Me tardé porque fui a la tienda de cómics —explicas, dejando tu mochila en la mesa—. Y… me pasó lo más increíble: ¡pude ver a Lightgirl!

Ella levanta una ceja, sin despegarse mucho del celular.

—Ajá, claro… no te creo.

—¡Lo sé! Suena increíble, pero… —empiezas a decir, todavía con emoción.

Ella interrumpe, rodando los ojos.

—No, no te creo que hayas vuelto a la tienda de cómics otra vez. Te dije que no malgastes tu dinero en esas cosas.

La emoción se te corta de golpe. Te rascas la nuca y bajas un poco la mirada.

—Perdón… pero quería uno nuevo para leer esta semana.

Tu hermana suspira, como resignada a tus “caprichos”, mientras tú solo piensas en la escena que acabas de vivir.

—Gwen, deja en paz a tu hermano —dice la voz cálida de tu madre desde la cocina, interrumpiendo la discusión. Entra con una bandeja de comida y la coloca en la mesa—. Me parece tierno que todavía le gusten los cómics.

Tu hermana suelta una risa corta, sarcástica.

—Tierno, dice… Mamá, de verdad pareces más su madre que yo. Solo lo digo porque es un malgasto de dinero.

Tu madre suspira y los tres terminan sentándose a la mesa. El aroma de la cena inunda el comedor y, por un momento, parece que la conversación se apagará. Pero Gwen no tarda en volver a la carga.

—Habla en serio, deberías ahorrar ese dinero para otras cosas —dice, pinchando su comida con el tenedor—. Por ejemplo… invitar a una chica a salir.

Tú dejas los cubiertos sobre el plato y resoplas.

—Déjame en paz. No tengo tiempo para una novia ahora.

Ella sonríe como si hubiera estado esperando esa respuesta.

—¿O acaso sigues con el sueño de salir con Lightgirl?

Escupes un poco de tu bebida de la impresión, tosiendo.

—¡¿Qué dices?!

Tu madre ríe suavemente y te mira con ojos brillantes.

—Ara, ara… ¿te gusta Lightgirl? ¡Qué adorable!

Tu rostro se calienta de vergüenza.

—No es eso… bueno, sí… pero no es como ustedes piensan…

Gwen, sin piedad, apoya la barbilla en la mano y te lanza la estocada final.

—Es patético. Ella está a otro nivel, no solo al tuyo… al de cualquiera. Deberías ser más realista.

Clavas la mirada en tu plato, sin responder.

—Ya basta, Gwen —interviene tu madre con voz firme, pero tú ya has perdido el apetito.

—Solo quiero comer —murmuras, terminando lo que queda en el plato lo más rápido posible.

Te levantas y subes las escaleras hacia tu cuarto. Al cerrar la puerta tras de ti, un silencio pesado te rodea. Tu habitación es tu refugio: estanterías repletas de figuras, pósters de héroes en cada pared, y cómics apilados en la mesa.

Junto a tu cama, el póster más grande: Lightgirl.

La miras. Esa sonrisa radiante, ese brillo dorado en su cabello. Te quedas quieto, con un nudo en el estómago. Las palabras de Gwen resuenan en tu cabeza como un eco cruel: “Ella está a otro nivel… deberías ser más realista.”

Suspiras, bajando la mirada.

—Quizás… tiene razón —piensas en silencio.

Tu sonrisa de hace unas horas se desvanece, y en su lugar queda una pregunta dolorosa:

¿Qué oportunidad tengo yo?

La habitación queda en silencio, iluminada solo por el reflejo del póster, mientras la duda comienza a clavarse en tu corazón.

Cierras la puerta de tu cuarto y te dejas caer sobre la cama. Tus ojos inevitablemente terminan clavados en el póster de Lightgirl que está justo al lado. Su sonrisa resplandece en esa imagen, pero en ti solo provoca un nudo en el estómago. “Quizás Gwen tiene razón… ¿qué oportunidad tendría yo?” piensas con algo de tristeza.

El cansancio de la tarde te vence y pronto te quedas dormido.

La mañana siguiente llega más rápido de lo que quisieras. Te arreglas como siempre, mochila al hombro, y sales rumbo a la escuela. El día parece normal: las mismas calles, las mismas personas, incluso la misma sensación de rutina que te acompaña siempre.

Al llegar al campus, caminas por el pasillo abarrotado de estudiantes. Voces, risas, pasos, todo se mezcla en un ruido constante. Estás por entrar a tu salón cuando un alboroto te hace detenerte.

Al final del pasillo, ves a tres chicos molestando a una chica nueva. Tiene el cabello rubio recogido en una coleta desordenada y unos lentes redondos que apenas ocultan sus ojos claros. Está acorralada contra la pared, sosteniendo sus libros con fuerza.

Frunces el ceño, pero intentas ignorarlo. No te gustan las confrontaciones. Das un paso para entrar a tu clase, hasta que escuchas uno de los bravucones soltar algo que te eriza la piel:

—Mírate… ¿de verdad crees que encajas aquí? Seguro hasta tu mami todavía te viste.

Las risas de los otros dos retumban en el pasillo. La chica baja la mirada, apretando los labios.

Algo dentro de ti se quiebra. No sabes por qué, pero tus pies se mueven solos. Antes de pensarlo demasiado, ya estás caminando hacia ellos. Tu corazón late con fuerza, los nervios te consumen, pero no puedes quedarte de brazos cruzados.

—¡Oigan! —dices con firmeza, más fuerte de lo que imaginabas—. Déjenla en paz.

Los tres se giran hacia ti. Uno arquea una ceja, sorprendido.

—¿Y tú quién eres? ¿Su novio? —dice burlándose, dando un paso hacia ti.

Tu estómago se revuelve, pero mantienes la mirada fija.

—No. Solo alguien que no soporta ver a tres idiotas contra una sola persona.

Un silencio incómodo se extiende. Los estudiantes alrededor miran la escena con atención. Los bravucones se miran entre ellos, chasquean la lengua y finalmente, con un empujón de hombro, se van murmurando insultos.

La chica se queda inmóvil por unos segundos, como procesando lo que acaba de pasar. Luego levanta la vista hacia ti. Sus ojos brillan con una mezcla de sorpresa y gratitud.

—G-gracias… —susurra con una voz suave pero clara.

Le sonríes un poco, aunque sientes que el corazón todavía quiere salirse de tu pecho.

—No te preocupes… ¿estás bien?

Ella asiente, acomodándose los lentes y sujetando mejor sus libros.

—Sí. Solo… no estoy acostumbrada todavía.


Ella acomoda sus libros contra el pecho y, un poco más tranquila, te mira directamente.

—Soy Aurelia… Aurelia Mein. —su voz suena suave, con un acento que no logras identificar del todo.

Tomas aire, intentando que no se note lo acelerado que tienes el corazón.

—Mucho gusto, Aurelia.

Haces una pausa, buscando algo que decir, y terminas soltando lo primero que te viene a la mente:

—¿Eres nueva aquí, verdad?

Ella sonríe apenas y asiente.

—Sí… llegué hace muy poco, pero todavía no encuentro mi salón.

Frunces el ceño, interesado.

—¿Cuál es el tuyo?

—Salón B.

—Perfecto, yo paso por ahí, está justo al lado del mío. Te acompaño.

El pasillo vuelve a llenarse de murmullos y pasos de estudiantes, pero tú y ella caminan juntos, como si la conversación hubiera creado una pequeña burbuja a su alrededor.

—¿Y… por qué cambiaste de escuela? —preguntas, intentando sonar casual.

Ella se toma un momento antes de responder.

—Bueno… cosas de mi familia. —susurra con una leve sonrisa, como si no quisiera dar más detalles—. Pero quería empezar de nuevo en un lugar diferente.

Asientes, sin presionarla.

—Bueno, si vuelven a molestarte… no dudes en pedirme ayuda.

Ella gira la cabeza para mirarte, sorprendida por la seguridad con la que lo dijiste. Y sonríe de verdad esta vez, una sonrisa ligera pero sincera.

—Gracias… lo tendré en cuenta.

Llegan frente al salón B. Aurelia se detiene, sosteniendo la manija de la puerta.

—Parece que aquí es…

—Sí. Mi salón está justo al lado, así que… supongo que nos veremos seguido. —te escuchas decir, y sorprendentemente no tartamudeas.

Ella asiente, y antes de entrar, te dedica una última mirada.

—Me alegró conocerte.

La puerta se cierra tras ella, y tú te quedas un momento parado, sin entender bien qué pasó. Luego entras a tu salón.

Apenas te sientas en tu lugar, lo piensas: “¿Qué rayos fue eso?”. Te das cuenta de algo increíble: hablaste con ella con total naturalidad. Sin tartamudear, sin quedarte en blanco, sin querer huir como siempre te pasa cuando intentas hablar con chicas.

Con Aurelia fue distinto. Fue como… si tuvieras permiso de ser tú mismo.

Quizás sea por su apariencia sencilla, o por lo tímida que parecía. O quizás, simplemente… porque es una buena persona.

Mientras el profesor empieza la clase, no puedes evitar sonreír, recordando cada palabra del breve encuentro.


El timbre suena y, como siempre, todos corren hacia la cafetería. Tú también lo haces, aunque más despacio, pensando todavía en lo que pasó en la mañana con Aurelia. Sin embargo, antes de llegar, una mano pesada se posa en tu hombro.

—Oye, héroe. —reconoces la voz, burlona, de uno de los brabucones de antes.

Antes de poder reaccionar, sientes cómo te empujan por el pasillo y, entre risas, otro te sujeta del brazo. No pasa mucho antes de que termines siendo arrastrado hacia atrás del edificio, lejos de las miradas curiosas.

El aire huele a humedad y a tierra. El corazón te late fuerte, como si ya supiera lo que viene.

—Así que te crees valiente por defender a esa nueva, ¿eh? —uno de ellos te empuja contra la pared—. ¿Qué eres, su perro guardián?

—No… —alcanzas a decir, pero el primer golpe en el estómago te corta la respiración. Te doblas de dolor, mientras los otros dos sueltan carcajadas.

Intentas cubrirte, empujas con tus manos, incluso lanzas un golpe torpe que no alcanza a nadie. Ellos responden con otro puñetazo en la cara, haciéndote tambalear.

—Mírate, ni siquiera sabes pelear. —escupen las palabras con desprecio.

Otro de ellos sonríe con malicia.

—Después de que acabemos contigo, iremos por ella. A ver si sigue tan sonriente cuando la encontremos.

Esa frase hace que algo en ti se encienda. Sin pensarlo, con todo lo poco que te queda de fuerza, te lanzas contra él, empujándolo con el hombro y gritando:

—¡No la metan en esto!

Pero apenas logras moverlo unos centímetros. El resto te derriba con facilidad, y pronto estás en el suelo, sintiendo las patadas en el costado, en la espalda, en las piernas. El dolor es insoportable.

Cada golpe duele más que el anterior, pero lo aceptas, mordiéndote los labios, sin rogarles que paren. Porque sabes que si te callas, al menos la conversación seguirá girando en torno a ti… y no a ella.

El mundo comienza a volverse borroso, mezclando el sonido de las risas crueles con el zumbido en tus oídos.

Pero entonces, sientes un frío en la nuca, como si alguien hubiera encendido un interruptor en el cielo. Luego, una ráfaga de luz atraviesa las nubes y desciende con la precisión de un cometa. El resto es ruido: hojas moviéndose, las risas de los bravucones que de pronto se quedan mudas, el latido de tu corazón en la garganta.

Lightgirl se posa frente a ustedes como si hubiera nacido para ese momento: la capa ondeando, el brillo dorado de su cabello recortado contra el cielo gris. En vivo —no en póster, no en pantalla— se ve más imponente y a la vez más humana de lo que imaginaste. Los bravucones, al verla, retroceden instintivamente. Uno de ellos, el más insolente, aprieta los puños y escupe:

—No te metas, esto no es asunto tuyo.

Ella lo mira y por un segundo la calma parece absoluta.

—No permitiré que lastimen a nadie —responde con voz firme, sin alzar demasiado el tono.

La respuesta no calma al grupo; al contrario, los ánimos suben. Uno de los chicos, impulsado por la rabia o por estupidez, da un paso adelante y levanta la mano como si fuera a golpearla. Su líder, sorprendido por el ímpetu del compañero, intenta frenarlo con un silbido:

—¡No lo hagas! —advierte—. ¡¿Qué estás haciendo?!

Pero ya es tarde. El golpe no llega a tiempo. Lightgirl apenas pestañea y el muchacho cae de rodillas al suelo, sorprendido por la fuerza exacta de un choque de luz que lo dejó noqueado pero sin quebrarse. No hay espectáculo innecesario: un solo movimiento, una demostración rápida de autoridad, suficiente para anular la amenaza sin humillar demasiado a nadie.

Ella alza una ceja, evaluándolos con ojos que no perdonan tonterías.

—Váyanse. Ahora. —la advertencia es fría, y en la voz se siente la promesa de que, si no la obedecen, las cosas serán mucho peores para ellos.

Los tres no esperan a que repita. Corren como alma que lleva el diablo, rematando su escape con insultos que no se atreven a volver la vista atrás. El silencio que queda es pesado, saturado por lo que acaba de ocurrir.

Intentas incorporarte con esfuerzo; el cuerpo te pide quedarte en el suelo y rendirte al dolor, pero la necesidad de saber si ella está bien —o si te miró de verdad— te empuja. Ella se acerca con pasos suaves, con la misma calma con la que atraviesa la ciudad; no hay cámaras, ahora solo estás tú y esa figura dorada que no debería estar interesada en alguien como tú.

Te ayuda a levantarte con manos cálidas que, sin saber por qué, te calman al contacto. Hay un fugaz temblor en su rostro cuando toma tu barbilla para mirarte la cara: pequeños cortes, sangre seca en el labio, hematomas nacientes. No te suena a juicio; su expresión es de preocupación genuina.

—¿Estás bien? —pregunta, y su voz pierde la distancia de heroína por un instante.

Intentas restarle importancia.

—Estoy bien. Es solo… nada, de verdad.

Te deja apoyarte contra la pared, sentándote con cuidado, como si quisieras evitar que te hicieras más daño. Ella se queda a tu lado, sin invadir, con una presencia que te abruma y te calma a la vez. No hay flashes, no hay espectáculos: solo el viento moviendo su capa y la manera en que ella frunce el ceño al ver tu respiración agitada.

—Tienes que dejar que te curen —dice en voz baja—. No es saludable seguir así.

Tu torpeza te hace balbucear una excusa; la rabia por la situación y el orgullo se mezclan, pero cuando la miras de cerca no puedes evitar pensar en lo imposible que parecía todo hasta hace poco: la mujer de los pósters a tu lado, preguntando por tu bienestar como si fuera la cosa más natural del mundo.

Ella te ofrece una mano para apoyarte mejor. La miras, y por un instante el ruido del mundo vuelve a ser eso: ruido. Lo único nítido es la calidez de su palma, el color de sus ojos, y la certeza extraña y dulce de que te sostiene por algo más que una obligación.

Te apoyas, intentando parecer más entero de lo que estás, mientras una pregunta sin voz se te clava por dentro: ¿por qué alguien como ella se hubiera detenido por ti?

Ella, en cambio, desvia la mirada apenas un instante y esboza una media sonrisa que no llega a ser pública: una sonrisa pequeña, apenas para ti. Luego se incorpora y, antes de alejarse, te dice con normalidad:

—Ve a la enfermería. Te atenderán. Yo… me quedaré cerca, por si necesitas algo.

El murmullo se esparce como fuego en hierba seca. Apenas Lightgirl aparece dentro del campus, los estudiantes se arremolinan alrededor, celulares en mano, gritos emocionados, flashes improvisados de cámaras.

—¡Es Lightgirl! —gritan algunos—. ¡Una foto, por favor! ¡Un autógrafo!

La multitud se agita como si estuvieran frente a una celebridad imposible. Ella, acostumbrada a esas reacciones, apenas sonríe con educación mientras avanza con firmeza hacia la enfermería. No da discursos ni se detiene demasiado; sabe que cada segundo que pase rodeada de estudiantes solo aumentará la tensión.

Cuando la puerta de la enfermería se abre, las enfermeras quedan paralizadas al verla. Es como si no supieran si deben gritar de emoción, arrodillarse o simplemente quedarse quietas. Pero la heroína no les da tiempo a reaccionar.

—Por favor, ayuden a este chico. Está herido. —te señala a ti con suavidad, guiándote hasta la cama más cercana.

Las enfermeras reaccionan de inmediato, aunque aún con ojos brillosos de emoción. Te acomodan, te revisan, te ponen compresas y materiales médicos listos. Lightgirl, en cambio, no se queda más. Sabe lo que pasaría si los estudiantes la siguen hasta aquí.

Antes de irse, abre la ventana de un movimiento elegante. El viento agita la cortina mientras la luz del sol baña la habitación. Ella gira el rostro apenas un instante para mirarte. Sus ojos se cruzan con los tuyos, y hay algo que no logras descifrar… ¿preocupación? ¿interés? ¿o simplemente costumbre de verificar que sus rescatados estén a salvo?

Sin decir más, se impulsa y sale volando, dejando tras de sí un resplandor dorado que tarda unos segundos en desvanecerse.

La puerta se cierra con firmeza. Ya no se escuchan los gritos de los estudiantes, solo la calma forzada de la enfermería.

Respiras hondo, y de repente, como un rayo de conciencia tardío, te incorporas de golpe en la cama.

—¡Estuve al lado de Lightgirl! —dices en voz alta, sorprendido, como si tu mente hubiera reaccionado con retraso a lo ocurrido.

Las enfermeras giran hacia ti con el ceño fruncido.

—¡Acuéstate! ¡Todavía no terminamos contigo!

Te empujan suavemente de regreso a la cama, colocándote compresas en las heridas y revisando los moretones. Tú, sin embargo, apenas escuchas. La emoción es tan grande que apenas puedes quedarte quieto.

No lo puedo creer… hablé con Lightgirl. ¡Con Lightgirl!

Te cubres el rostro con una mano, intentando procesar la locura del momento. Pero mientras lo haces, otro pensamiento se cuela entre la emoción: Pude hablar con ella con naturalidad… ni una tartamudez, ni un balbuceo. ¿Cómo fue posible?

Miras al techo, confundido, buscando una respuesta lógica.

¿Será que estaba tan concentrado en el dolor que no me puse nervioso?

Las enfermeras siguen regañándote, recordándote que no debes moverte, pero tu mente ya está en otro lugar.

Dios… ¿estará Aurelia bien? Espero que esos idiotas no intenten ir por ella.


Mientras tanto, Lightgirl aterrizó suavemente en un salón vacío, donde nadie podía verla. El lugar estaba silencioso, con cortinas agitándose por el viento que entraba de la ventana abierta. Caminó hasta un rincón, y mientras su aura luminosa se desvanecía, comenzó a quitarse el traje para volver a su ropa sencilla de siempre. Su cabello, antes brillante y recogido, cayó libre, y sus rasgos recuperaron la apariencia discreta de Aurelia, la estudiante invisible para la mayoría.

Mientras se abotonaba la blusa, su mente regresó inevitablemente a lo que había ocurrido minutos antes. Recordó cómo, al dirigirse a la cafetería, su oído agudo había captado algo extraño: los pasos, las burlas de los bravucones… y luego los golpes. Su corazón se detuvo un segundo. Había escuchado cómo ellos lo arrastraban atrás del edificio, y cada golpe que recibió le dolió como si fuera suyo.

Pero lo que más le quedó grabado no fueron los insultos ni los puños… sino aquella amenaza. “Iremos por Aurelia”, habían dicho. Y justo en ese momento, sin pensarlo, él se lanzó contra ellos con toda la fuerza que tenía, aun sabiendo que podía salir peor. No para salvarse… sino para protegerla a ella.

Aurelia cerró los ojos y apretó el pecho con una mano.

De vuelta al presente, al terminar de colocarse la falda de su uniforme, sintió un extraño cosquilleo en el corazón. Nadie, jamás, había hecho algo así. Como Lightgirl, estaba acostumbrada a que muchos hombres se pelearan por su atención, por la fama o la gloria de tenerla cerca. Pero… ¿quién había defendido alguna vez a Aurelia? A la chica normal, callada, invisible.

Él lo había hecho.

Su respiración se aceleró apenas un segundo y, confundida, se llevó la mano al pecho otra vez.

—¿Por qué…? —susurró—. ¿Por qué mi corazón late tan rápido?