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Summary

Donato regresa a Italia tras años de haber sido separado de sus raíces. Al volver, es arrastrado por el peso de su apellido al corazón de una organización criminal que opera bajo el prestigio de una familia vitivinícola. Aunque jamás fue informado ni entrenado, su regreso despierta viejas tensiones y conflictos que lo empujan hacia un trono que nunca pidió. En medio del caos, sus emociones son sacudidas por un enemigo inesperado: Michael Dufour, un hombre obsesivo y posesivo que quebrará los cimientos de todo lo que creía conocer. Atrapado entre el legado, las cicatrices del pasado y una atracción prohíbida, Donato deberá escoger entre el amor y el deber. Aceptando o no el destino que otros trazaron por él.

Status
Complete
Chapters
47
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El llamado

—¡Suéltame!

—¡No! ¡Jamás!

—Si no me sueltas caerás también… tienes que dejarme ir.

—¡No! ¡Eso nunca! Dijiste que me amabas y que éramos uno mismo ¡¿Cómo me puedes pedir que te suelte?!

—¡Y por eso mismo te pido que me sueltes! No puedo perdonarme lo que te hice… a tu familia…

—No tienes que hacerlo ¡Yo te perdono!

Una triste sonrisa apareció en sus labios que pronunciaron un “Te amo”. Lágrimas salieron de sus ojos que empezaban a nublar su vista.

—Si existe otra vida, espero encontrarme contigo de nuevo.

—Entonces lo haré… Te buscaré hasta encontrarte, no importa cuantas vidas me tome.

Con su promesa con Dios como testigo, saltó hacía al vacío para tener en sus brazos por última vez a la persona que más amó en vida.

Desperté de mi sueño con el corazón acelerado y un profundo dolor en el pecho; mis ojos inquietos buscaban la figura de alguien mientras corrían lágrimas por mis mejillas. Desde hacía casi dos años habían empezado esas pesadillas, pero ni siquiera los mejores psicólogos de la ciudad pudieron ayudarme.

—Joven Damian, ¿se encuentra bien? —Una voz llamó a mi nombre del otro lado de la puerta.

Me tranquilicé un poco antes de emitir algún sonido.

—Sí, solo fue una pesadilla. No te preocupes, regresaré a dormir.

No podía darme el lujo de trasnochar, tenía trabajo que hacer al día siguiente y mis padres regresaban de su viaje. Pero sabía que la inquietud no me dejaría descansar y la ansiedad de volver a sufrir un sueño así me recorría el cuerpo, por lo que me levanté a tomar un somnífero y así dormir sin problemas.

En la mañana, la puerta de mi habitación se abrió con un estruendo y las cortinas se abrieron de par en par, dejando entrar la luz del sol directo a mi rostro.

—Buenos días, señorito Miller, es hora de levantarse —dijo el hombre que asistía a mi padre mientras me quitaba las sábanas.

—Buenos días, Nick… —respondí, soñoliento.

—Tienes una agenda muy ocupada de eventos que tu padre quiere que asistas por él, así que empiece a arreglarse… —vio detenidamente las manchas de sudor y lágrimas que había en mis sábanas y ropa—. ¿De nuevo? —preguntó, con un tono de fastidio.

Me levantaba de la cama cuando hizo la pregunta, por lo que devolví la mirada a la cama.

—Ah… no, sólo fue una noche calurosa.

—Ya veo… que bueno que es eso porque su padre dio instrucciones de no pagarle a ningún otro psicólogo.

—Sí, no te preocupes, no es como que lo necesite —dije, sarcásticamente—. ¿Cuándo llegan mis padres?

—Si todo va bien llegarán a las once del día, justo a tiempo para el almuerzo.

—Bien… entonces sal para que pueda cambiarme y manda mi desayuno para acá —Me levanté dirigiéndome al baño.

—Claro, pero antes de eso… el joven Johnson llamó para preguntar por usted, dice que no le ha respondido sus llamadas ni mensajes.

Quedé pensativo en el marco de la puerta y asentí.

—Confírmale mi asistencia para esta noche…

Cerré la puerta del baño y me observé en el espejo por un momento. Me deshice de mi ropa sudada para meterme a bañar y así dejar que el agua helada se llevara mi pesar y angustia por algo que no entendía.

Cuando me di cuenta ya era la hora de la comida, toda la mañana había estado en eventos políticos, y aunque estaba acostumbrado, aquel día los flashes de las cámaras me aturdieron hasta el cansancio. Pasando el umbral que separaba el interior de la casa con el jardín, vi a mis padres sentados en la mesa de aluminio forjado que mi padre presumió más que mi nacimiento cuando la consiguió.

—¡Mi niño! ¡Mi hijo! —Mamá me vio a lo lejos y enseguida se levantó corriendo con los brazos abiertos—. ¡Te extrañé tanto! —besó múltiples veces mi mejilla y me abrazó con gran fuerza. Le devolví el abrazo con la misma fuerza ya que no la había visto desde hacía un año.

Mis padres estaban separados, más no divorciados, nunca entendí el porqué, pero así era. Anteriormente vivíamos en Italia. Yo nací y crecí en el pueblo de donde es mi familia, pero cuando tenía tres años mis padres se separaron, mi padre se mudó a Estados Unidos donde hizo su carrera política hasta llegar a ser gobernador, y mi madre se quedó en Italia conmigo y mi hermano. Hasta que cumplí los nueve años que nos mandó a vivir con mi papá, pero ella iba a verme cada cierto tiempo o yo iba a visitarla.

Por otro lado, estaba mi padre, el gobernador Thomas Miller. Cariñoso ante el pueblo, dictador ante su sangre y claro, corrupto hasta los huesos.

—¡Damian! Que gusto verte otra vez, hijo —dijo, dándome una palmadita en la espalda.

A diferencia de mi madre que olía a cielo, a mi padre le gustaba comprar perfumes —que con lo que pagabas por ellos podías alimentar a un pueblo— para echarse medio bote y así todos se enteraran que usaba cosas caras. Su olor en vez de atraer te daba dolor de cabeza, que era algo que a mí me sucedía seguido.

Otra diferencia entre mis padres era su belleza.

Mamá y su eterna juventud, era alta y esbelta, de cabello dorado y ojos miel, su piel parecía porcelana e incluso las pocas arrugas que tenía le daban un aire elegante. Mi padre… era gordo. Incluso sus ojos tenían papada. Era de esos calvos que no aceptan que son calvos e intentan esconderlo, pero todos saben que son calvos; sin mencionar que solo era dos años mayor que mamá, pero parecía que era su “sugar”.

—Veo que no quemaste la casa ni manchaste mi nombre, debió de haber sido un gran esfuerzo —rio como un estúpido y se fue a sentar.

—Sé que hubieras preferido que mi hermano se hiciera cargo, pero pues… parece que soy el único capaz de hacer el trabajo que no quieres. —Me senté cruzando las piernas y sonreí.

—Así es… si Max no estuviera en Suecia, tú no te habrías tenido que preocupar por nada —sonrió con desdén.

—Dime, mi niño… —interrumpió mamá nuestra calmada pelea—. ¿Te gusta hacer el trabajo sucio de tu padre?

—Según los colegas de mi papá, sí.

—Te estoy preguntando a ti, no estoy preguntando qué dicen los inútiles de sus colegas. —me miró sería—. ¿Quieres seguir con este estilo de vida?

La miré extrañado y sonreí de medio lado.

—¿Tengo otra opción?

Mamá sonrió y le hizo una seña a los sirvientes para que se retiraran.

—Sharlotte, no empieces —dijo mi padre, con molestia antes de recibir una fuerte cachetada.

—Di bien mi nombre que mi madre no pensó por nueve meses para que me llames por ese nombre barato —Se reincorporó en su asiento y le regaló una mirada de odio—. Donato —pronunció mi nombre de pila con total seriedad y volvió a verme—. Quiero que tomes el control de la familia allá en Italia.

Su petición me tomó por sorpresa.

—Pero… ¿por qué? ¿Por qué yo?

—Porque ya me quiero retirar y somos la familia principal y no dejaré que ninguno de tus primos tome la batuta.

Mi nombre real era Donato D’Oro, nacido y criado en una familia centenaria cien por ciento italiana. Mi madre, Alessia D’Oro, era la cabeza de aquella familia, pero no era una familia común.

—¿Y por qué no mi hermano?

—¡Eso jamás! —renegaron al mismo tiempo en voz alta.

Mamá se aclaró la garganta y prosiguió.

—Tu padre y yo tenemos un acuerdo, tú eres hijo de los D’Oro, mientras que tu hermano está sentenciado a ser el hijo de tu padre.

—Max seguirá con mi legado, tengo que dejarlo en manos de alguien confiable —dijo mi padre, limpiando las migajas de su ropa.

—Así que Donato, prepara tus cosas porque irás de regreso a Italia conmigo en dos días —Se sirvió vino en una copa y lo bebió como si no acabara de lanzar una bomba.

—Pero… —Una noticia como esa no podía ser digerida de inmediato.

Hasta ese momento me había preparado para ser un político gringo más, ahora debía de irme a otro país a dirigir una familia que no conocía del todo.

—Mamá… ¿mis tíos no están en contra? ¿Qué hay de los demás miembros? Ante sus ojos soy un extraño.

Dejó su copa y empezó a cortar un pedazo de carne.

—Claro que están en contra. Dicen que no vives ahí, ni siquiera estás entrenado, no conoces cómo funciona todo, no has hecho ni siquiera la prueba y bla, bla, bla.

—¡Exacto! Ellos tienen razón.

De pronto, la palma de su mano golpeó fuertemente la mesa y me miró señalándome con el dedo.

—Quiero que recuerdes ¡que tu madre es Alessia D’Oro! y tu nombre, hijo mío, es Donato D’Oro, no Miller, no De’Ath. D’Oro. Así que más te vale que de ahora en adelante te comportes como uno, que no me he partido la espalda para hacerte camino para nada.

El lugar quedó en silencio, esperando mi reacción y respuesta.

—Está bien, madre —suspiré, agachando la cabeza—. Me retiro entonces porque aún tengo cosas que hacer antes de salir en la noche.

—No has comido nada, Donato —dijo, metiéndose un pedazo de carne a la boca.

—No tengo hambre… —me levanté y entré de nuevo a la casa.

Llegada la noche, me arreglé con mis mejores prendas y fui al club de la ciudad donde me esperaba mi mejor amigo de la infancia.

—¿Qué pasó, mi regidor? Pensé que ya no vendrías —Me saludó Edward, el primer amigo que hice cuando llegué a EE. UU

—Mi padre no estaba, entonces fui su suplente en varios eventos —le expliqué mientras chocamos las manos.

—Mientras no hayas decidido qué hacer con el presupuesto del Estado, porque sé que terminaría en alcohol y strippers.

—Obvio no —lo golpeé ligeramente y me senté a lado suyo—. ¿Qué me cuentas de nuevo?

—Nada, lo mismo de siempre con mi viejo, casi no me deja salir hoy porque dice que un día lo voy a meter en problemas. Pero yo digo, si no quiere que me divierta ¿por qué aún no lo quita de las calles? Ahorita, ve, me encontré la diversión en la entrada —Sacó una bolsita de plástico y dos cucharitas.

—Tsk, ¿cómo sabías que lo necesitaba? —sonreí de oreja a oreja y se lo quité.

—Nada más ten cuidado de que no nos vean, ya me dijeron que andan unos de encubierto —Cada uno tomó una cucharita y la acercamos a la nariz—. No inventes, por eso costó lo que costó —Reí y asentí—. ¿Y qué me cuentas? ¿Por qué andas tan necesitado?

—Por nada, mi madre regresó después de un año.

—¿Apoco ya regresó mi esposa?

Lo golpeé en el estómago entre risas.

—Jamás te llamaré papá —Lo señalé y continué—. Dice que tengo que regresar a Italia para encargarme del negocio familiar.

—Ah, ¿hacen vinos verdad?

—Sí… algo así.

—Pues está bien, ya te tiene arreglada la vida ¿qué más quieres?

Le dio un sorbo a su bebida e hizo una señal para que me trajeran una.

—Que no me siento bien con mudarme. Italia es muy diferente a Estados Unidos y yo ya me acomodé aquí —suspiré y recibí mi bebida.

—Pero, no eres feliz —Me vio, sonriente—. En todos estos años, las únicas veces que te he visto sonreír genuinamente es cuando estás drogado y una vez a los trece años cuando tu madre te dijo que irías a Italia de vacaciones. Quien sabe, tal vez allí encuentres la felicidad —Pensaba en sus palabras e intenté recordar momentos felices en todos esos años—. ¿Cuándo te vas?

—En dos días —contesté secamente.

—Tss, yo mañana no voy a estar libre, entonces esta será nuestra última noche y hay que hacerla inolvidable —Levantó su vaso, chocando con el mío en forma de brindis.

—A hacerla inolvidable.