Capítulo 1: Como me siento
NOAH:
Hoy es uno de Noviembre y hace muchísimo frío ya, la lluvia no ayuda y el viento mucho menos; es lo que tiene el otoño pero es lo que me gusta de Edimburgo; el clima y el paisaje melancólico y las iglesias con estilo gótico, las fachadas de los edificios antiguos mojadas y oscuras, muy deprimente según mi madre; tal vez igual que la ciudad en donde realmente vivo, solo estoy aquí por un fin de semana que tristemente ya se acabo.
Está es mi ciudad favorita del mundo pero ya es hora de volver a la realidad, tal vez vuelva en Navidad cuando venga a ver a mis padres de nuevo a Europa, viven en Madrid y cada vez que vengo a este continente me doy el capricho de pasarme por aquí.
Metida en mis pensamientos de viajes, como me la pasaba siempre, no me di cuenta de que el Uber ya había llegado a mi destino, el aeropuerto, ya casi era la hora de abordar y volver a mi rutina.
Una vez en el avión, bien acomodada en mi asiento de primera clase, me pongo a pensar, por primera vez en muchísimo tiempo, en lo sola que me siento.
Si, trabajo muy duro para poder pagarme mis viajes tal y como me gustan, mis lujos me los he ganado con el sudor de mi frente pero gracias a trabajar tan duro y durante tanto tiempo me he quedado sin más que con una amiga y sin vida amorosa. Realmente me gustaría compartir estos ratos con alguien, estar sola esta bien pero llegas a un punto, donde tus hermanos, amigos, conocidos, etc. Están en sus vidas con sus cosas y tu te quedas mas sola que un banco a la hora de comer.
Supongo que por eso habrá tantos hombres ricachones solos, cuando tienes tus objetivos claros y tus metas entre ceja y ceja entonces es muy difícil mirar a los lados, como los caballos de carrera cuando le ponen los anteojeras, justo así me sentía y no me había dado cuenta hasta ahora.
Supongo que sonará raro pero es mi realidad, había leído muchos libros de romance donde el hombre rico encontraba a una chica linda pero de bajos recursos y se enamoraba de ella, la follaba como nadie y la convertía en su reina.
Cuando tenía quince años esa era mi fantasía, conseguir un rico que se follara a la pobre, o así pensaba mi mejor amiga Esther, ella era la única que conocía mis secretos y deseos más oscuros.
A medida que fui creciendo me di cuenta que no podía esperar a que me diera ningún hombre rico o pobre lo que yo quería, ¿por qué?; por el simple hecho de que la gente rica solo se junta con gente rica y que muy pocas veces se juntan con gente de otras clases sociales, así que ¿siendo de clase media como iba a encontrar a mi ricachón? la respuesta era obvia; no lo iba hacer.
La opción más viable y sensata para mí era ser yo la ricachona, a mi mejor amiga le encantaba la idea ya que la hice mi mano derecha y ella disfrutaba de todo lo que yo podía ofrecerle, no iba a dejarla atrás, obviamente.
Así que como consecuencia me volví la mejor directora de marketing de la ciudad con tan solo veinticuatro años, así de persistente era, era feliz con lo que el dinero podía darme, viajes en primera clase, comida en los mejores restaurantes, ropa de marca, viajar a ver a mis padres o hermanos cada que quería y sobre todo un ático espectacular en la ciudad de New York era algo que antes sin duda no podía permitirme.
Pero quería más emoción en mi vida, emoción del tipo que solo un hombre puede darte porque cariño un dildo es satisfactorio pero no es una persona que te puede ir diciendo en medio del acto todo lo que te quiere hacer, cómo y qué tan fuerte. Eso es otro nivel de satisfacción y hace tiempo que no la tengo.
Había tenido rollos de una noche y poco más, no tenía tiempo para dramas de noviazgos, aunque mis padres me metían presión para que me casara pronto o que por lo menos tuviese un novio; siempre con la historia de que ellos a mi edad ya tenían a mi hermano Alex y estaban esperando a mi otro hermano Tobías pero ellos solo tuvieron suerte de encontrarse y decidir tener una familia a los veinte años, yo lo sentía mucho por ellos pero primero era mi comodidad y luego ya se vería.
Cansada de pensar en cosas que no podía resolver en el momento, me puse los audífonos con música tranquila y como no, me puse el portátil para trabajar en un proyecto. El avión aún no se llenaba así que tenía tiempo para enviar mensajes a mis seres queridos para avisar que ya estaba por irme a New York.
Le escribí primero a mi madre para decirle que el fin de semana de descanso se había terminado y que estaría ausente un par de días para ponerme al corriente con mi trabajo.
Cuando sentí un codazo que casi hace que se me caiga el móvil encima del portátil, me volteé asustada por el impacto y me di cuenta de que se había sentado a mi lado un hombre, vestido informal con unos vaqueros y nada más que un jersey.
Se volteo para mirarme y supongo que pedir disculpas, pero rápidamente me di cuenta de que el codazo no había sido intensional, por que era un mastodonte de hombre, tenía que pesar alrededor de ciento veinte kilos pero de puro músculo, su pecho apretado, sus brazos y sus piernas que de hecho llegaron a rozar las mías lo dejaban ver, y tenia que medir un metro ochenta y muchos aunque no lo podía ver bien por el hecho de que ya estaba sentado.
Cuando termine mi repaso por su cuerpo me di cuenta de que había pasado mucho tiempo mirándolo y sacando cuentas, porque seguía mirándome y esta vez con la ceja color café levantada, tenía los ojos y el cabello del mismo color, este ultimo lo tenia rapado por lo lados pero aun con el suficiente cabello como para que no se le viera el cráneo y en medio lo tenia largo en una trenza que le caía por el hombro. Sexy. Demasiado sexy.
-Yo... lo siento mucho- dije sin saber realmente por qué.
- ¿Sientes el que? si fui yo el que te tropezó. Lo siento.- dijo muy serio, con la voz más grave que nunca había escuchado y ya mirando hacia el frente.
Me puse roja como una puta manzana por el simple hecho de haberme puesto nerviosa y que él se diera cuenta.
-Claro- fue lo único que pude murmurar con una única neurona funcionando, el resto de mis neuronas estaban o babeando por este monstruo que tenía al lado o haciendo el baile de Sandra Bullock en la película La proposición, para ver si lo atraíamos.
Sentí que se hacía un silencio incómodo así que seguí con mis cosas hasta que el avión comenzó a despegar, no le hice mucho caso a las azafatas con las instrucciones de emergencia porque ya me las sabía de comienzo a fin.
Cuando se comenzó a mover el avión por la pista de aterrizaje, intenté seguir con mi trabajo intentando ignorar el pequeño miedo que me daba siempre en cada despegue, cuando comencé a sentir el conocido vacío que casi parto el portátil a la mitad de lo fuerte que lo estaba cogiendo.
-Cálmate, esta aerolínea es muy segura, no pasara nada- Dijo el monstruo a mi lado con la cabeza reposada en el espaldar y los ojos cerrados y los brazos cruzados, lo más relajado posible.
-Lo sé, viajo mucho con esta aerolínea pero igual siempre me da miedo el despegue- le respondí cerrando el portátil antes de terminar de romperlo. Tenía que guardar trabajo para más tarde, cuando estuviera aburrida. Era un vuelo lo suficientemente largo.
No me dijo nada más y siguió en la misma postura, así que supuse que era el fin de la conversación con él. Me gusto mucho tener el placer de escuchar su voz. ¿Tendrá novia? seguro, es demasiado guapo, vi su mano para descubrir que no tenía ninguna alianza y me sentí extrañamente aliviada, no se por que si estaba más que claro que no lo volvería a ver.
Aunque tuviésemos el mismo destino y no hablo metafóricamente, sino literalmente, nuestro destino en común al final del recorrido que hacía el avión, New York, que era lo suficientemente grande como para no volver a encontrar a alguien ni siquiera por casualidad.
Seguí con mi música, intentando estar tranquila, escuchar a Pablo Alborán me hacía estar tranquila, sus canciones viejas y actuales en su mayoría eran tristes por así decirlo y me hacían estar en un ánimo neutro. Amaba la música, sobre todo la que era en mi lengua materna, podía cantar lo más triste posible y los de mi entorno en casa no se enteraban de la mitad de las cosas que decía, era solo para mi y eso creo que es lo que más me gustaba.
Escuchando a Pablo y sus canciones lentas caí rendida, me estaba pasando factura el fin de semana caminando por Edimburgo.
***
-Cielo- una sacudida.- Cielo, despierta- otra sacudida.
-Mhm… déjame dormir- me queje y me revolví en la superficie suave donde estaba recostada.
-Me encantaría dejarte dormir todo lo que quisieras, pero estamos a punto de desembarcar- Y justo cuando termino de hablar me di cuenta que había venido sola, que no había reclinado el asiento y que el que estaba me despertando no era ni más ni menos que el monstruo de antes.
No quería abrir los ojos de la vergüenza porque ahora en conciencia me daba cuenta que estaba recostada y frotándome en su brazo, lentamente y con los ojos aun cerrados me separe de el, baje la cabeza y solo ahí me permití abrir los ojos y mirar mi regazo.
-Ahora si que lo siento muchísimo, nunca me había pasado esto- dije mientras sentía como la cara se me iba calentando.
-No pasa nada, te veías tan cansada que no quise despertarte- Me consoló él, mi corazón se calentó tanto como mi cara y solo ahí me atreví a mirarlo de nuevo, tal vez si seria la ultima vez que lo viera y tenia grabar a fuego en mi mente que la perfección hecha hombre si existía.
-Gracias- dije mientras él seguía con la expresión super seria y no supe si lo que había dicho era por simple cortesía o no.
Solo me dio un breve asentimiento con la cabeza y se levantó, pude ver lo alto que era, casi llegaba al techo del avión, con esa última vista en él, se fue; después de un minuto intentando entender lo que había pasado, recogí mis cosas y salí.
Bajando las escaleras del avión lo llegue a ver a lo lejos, caminaba con seguridad y una elegancia extrema, ya tenía puesto un cárdigan y se veía aun mejor, lo vi acercarse a una camioneta negra junto a la que estaba un señor alto y musculoso en traje, después de saludarlo con la cabeza le abrió la puerta y el monstruo se subió y se fue.
Salí de mi ensoñación y me dirigí a recoger mi equipaje, me compre un café y fui en busca de mi coche al aparcamiento, yo en cambio no tenía a nadie que me fuera a buscar, tampoco tenía tantísimo dinero como para pagar a tantas personas, ya tenia a la señora de limpieza y a mi mejor amiga en nómina, con eso era suficiente.
Además me gustaba mucho conducir y tenía el coche de mis sueños.
Me introduje en el tráfico de la gran manzana, aún era temprano, las diez y cuarenta de la mañana para ser exactos pero ya estaba el embotellamiento que caracterizaba esta ciudad, cantando lo que ponían en la radio, llegue directo a mi oficina, cualquiera pensaría que me iría a mi casa a darme una ducha, dormir u otras cosas como comer pero sinceramente no tenía tiempo para eso.
Ya había perdido siete días de trabajo, lo que llaman vacaciones.
Era hora de volver a mis deberes, tampoco hay nada que no pueda hacer desde la oficina.
Entré en el vestíbulo y saludé con una sonrisa cordial al recepcionista. En el ascensor marqué el piso veinte y esperé pacientemente mientras se iba deteniendo en otros pisos dejando subir y bajar personas.
Una vez en mi piso salgo y me dirijo a mi despacho, no sin antes saludar a mi mejor amiga que ya estaba en su escritorio justo en frente.
-Hola Cariño, te eché mucho de menos-Dijo a penas me vio, levantándose para abrazarme.
-No más de lo que te eché de menos, yo- le respondí abrazándola fuerte. Realmente me había hecho falta en estas vacaciones.
-¿Qué tal tus padres y tus hermanos?- Preguntó sabiendo ya la respuesta con una mirada cautelosa.
-Igual que siempre, con las mismas insistencias- Dije poniendo los ojos en blanco. Amaba a mis padres pero eran un poco molestos con el tema del matrimonio.
-Bueno tal vez sea hora de que me ponga de su parte- Dijo mirándome por encima de sus preciosas gafas grandes de Carey.-Estas a nada de cumplir veinticinco años y no has tenido un novio formal nunca, cari se te va a pasar el tren, tal vez- Continuó no muy segura, uniéndose definitivamente a la insistencia de mis padres.
-¿Enserio?, ¿Tú también?- Pregunté indignada, se supone que tenía que estar de mi lado. -Me tendrías que decir que si se me va el tren estarás conmigo como dos solteronas de Sex and The City- Dije a ver si la hacía sentir un poquito culpable pero fracasó cuando respondió.
-Ohh no, eso si que no, yo te sigo hasta el fin del mundo, pero yo quiero un hombre en mi vida que me abra la puerta, me regale flores y chocolates y todas esas cursilerías- Ella realmente parecía ilusionada describiendo cómo debía tratarla su tipo de hombre fantasioso.
-A mi me da un poco igual todo el tema del romance y las cursilerías- dije mientras iba a mi despacho por fin. -¿Vienes a tomarte el tercer café de la mañana conmigo?- era mi manera de suplicar que me trajera uno.
-Obviamente sí, ahora los llevo- Se dio la media vuelta para ir a la cocina que teníamos en nuestro piso.
Me senté por fin en mi silla y me di la vuelta para mirar por el ventanal que tenía, a muchos les daría vértigo ver la ciudad a través de una ventana del techo al piso, en un piso tan alto. Pero no había nada más aparte de cantar y leer que me gustara más que ver esta espectacular postal cada día.
Me di cuenta que había llegado justo a tiempo para ver cómo comenzaba la tormenta, menos mal porque como te alcance la lluvia en el tráfico, de ahí no sales nunca.
Toc, Toc. Se escuchó en la puerta y me di la vuelta para ver entrar a mi jefe, el gerente general de la empresa, el señor Coleman, un señor mayor con algo de barriga, el cabello totalmente blanco y extremadamente amable.
-A vuelto por fin mi empleada del mes- Dijo como siempre muy alegre mientras se acercaba a mi escritorio y se sentaba en las sillas de piel oscura que había delante.
-Sabe que no tenemos al empleado del mes Sr. Coleman- dije riéndome. Sabiendo que si lo hubiera, definitivamente no iba a ser yo, hacía lo que quería, iba y venía a mi antojo, aunque mi trabajo y dirección eran impecables.
Para ser empleado del mes se empezaba sobre todo por no faltar nunca y llegar a tu hora cada día, luego continuaba haciendo tu trabajo lo mejor posible.
-Sabes que serías tú si lo hiciéramos- dijo riendo también.
-Por supuesto que no, se lo merecería su asistente- Esa chica juro que nunca la he visto salir de este edificio, vivía para trabajar y lo hacía muy bien, tenía que, siendo la asistente del gerente general.
-Supongo que tienes razón, como siempre- Me respondió asintiendo y pensativo.
-¿Quiere un café, agua, un té?- Le ofrecí porque sinceramente no sabia que mas hacer, no sabía porqué estaba aquí.
-No cariño, muchas gracias, he venido solo a saludarte y ver como estabas, ¿te han sentado bien las vacaciones?- Terminó preguntando, sabía que se preocupaba ya que nunca me tomaba vacaciones.
-Si, me vino bien volver a casa y desconectar con mi familia- Respondí recordando con cariño mis últimos días.
-Pues yo me alegro mucho; aunque ya es hora de ponerte al corriente con los últimos clientes- Dijo poniéndose serio para hablar del trabajo, su empresa era su vida y se lo tomaba muy seriamente.
Trabajaba para una empresa que no tenía nada que ver con Marketing, me dedicaba a hacer las estrategias de publicidad de los productos que vendíamos; Perfumes, para ser exactos.
-¿Qué ha pasado esta semana?- Pregunté muy interesada al pensar que nadie me había dicho nada.
-Bueno, como te comente antes de irte quería asociarme con alguien ya que tengo cierta edad y no tengo hijos, me gustaría que una empresa fuerte nos absorbiera y me dejara mantener mi posición aquí- Cuando terminó realmente tuve miedo de perder mi puesto, las absorciones siempre hacían que rodaran cabezas.
-Entiendo, tengo que admitir que eso me da un poco de miedo, ¿piensa hacerlo pronto?- Quería saber cuanto tiempo tenía para conseguir otro trabajo.
-No te preocupes cariño, no podemos separarnos de ti, eres excelente en lo que haces y creas o no, nos has traído muchas buenas ganancias- Dijo con una pequeña sonrisa. -Respecto a tu pregunta, si pienso hacerlo en un mes.
Respire profundamente aliviada, iba a mantener mi trabajo y mis caprichos.
-Gracias a Dios, tuve mucho miedo de perder todo por lo que he trabajado tan fuerte.- Dije riéndome y con la mano en el pecho.
-Tu tranquila que pelearé para que todo siga exactamente igual.- Dijo él guiñando el ojo y levantándose mientras abrochaba el primer botón de su americana.
-Ahora, necesito que hagas toda una publicidad de la nueva fragancia que saca al mercado nuestro socio para que vea lo buena que eres.-
Continuo muy serio esta vez.
-De acuerdo, esperaré como de costumbre las directrices por correo.- Dije poniendo mi mente a volar con millones de ideas.
-Genial, ya puedo ver desde aquí tu mente brillante trabajar.-Dijo riendo mientras iba a la salida.
Casi le da la puerta en la cara cuando entró Esther con un café en cada mano.
-Oh, Jefe, lo siento.- Dijo ella disculpándose por casi fracturarle la nariz al pobre hombre.
-No te preocupes, se te ve un poco complicada para abrir puertas.- Dijo mientras sonreía y salía de mi despacho.
-Uff, menos mal tenemos un jefe tan amable y no como esos que salen en las películas.- Dijo dejando por fin el café en mi escritorio y sentándose.
-No te acomodes mucho cariño, tendremos que dejar el cotilleo de mis vacaciones para luego, cayendo y trabajando.- Dije sin estar molesta por el trabajo.
-¿Enserio?, Bueno mejor me lo cuentas por la noche con unas copas de lambrusco.- Respondió levantándose de nuevo.- Me pondré a trabajar en lo que me digas.
-Tengo que hacer un buen proyecto para un perfume nuevo.- Dije tomando mi gran y merecido café.- Así que te mantendré informada, mientras tanto haré mi sesión de lluvia de ideas.- Realmente disfrutaba de esas sesiones.
Asintió sonriendo y se fue dejándome sola para inspirarme, seguí mirando la lluvia caer mientras esperaba el correo con las indicaciones para ponerme manos a la obra.
Me preguntaba que empresa seria y si el director era tan amable como el señor Coleman, aunque me conformaba con que no fuese un idiota.
Unos minutos después llegó el correo por fin y pude hacer mi lluvia de ideas, junto a la lluvia real.
Las sesiones consistían en estar en mi despacho descalza, con mis audífonos puestos con la música a todo lo que daba, un rotulador y el cristal del ventanal.
Me quité los tacones de punta que llevaba, puse El mismo aire de Pablo Alborán y Camilo, y con el rotulador en la mano caminé al ventanal. Comencé a cantar sin importarme realmente si me escuchaban o no, menos mal no cantaba mal.
Cantaba y escribía lo que se me iba ocurriendo en el vidrio, luego cuando tuviese la idea clara lo limpiaba todo.
Llevaba más de la mitad de la canción cuando ya tenía por lo menos cinco ideas sólidas en el vidrio, cuando me tocaron el hombro y me sobresalte
Cuando me volteé para ver quien era no esperaba ver al señor Coleman, a Esther con cara de culpable y detrás de ella a nada más que al monstruo del avión.
Que. maldita. vergüenza.
No podía pensar en nada más que eso y en la mirada seria del monstruo sobre mi.