Único
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El zumbido bajo y constante del consolador dentro de él era un recordatorio constante de su propia desesperación. Jungkook, con su falda plisada demasiado corta y suéter ajustado, se movió incómodo en la silla de la cafetería. Cada pequeño movimiento enviaba una vibración nueva, un cosquilleo eléctrico que le hacía morderse el labio. Estaba urgida. Había salido de su casa con el juguete encendido y en su lugar, desafiándose a sí mismo, buscando miradas o algo, algo que aliviara el fuego que llevaba dentro.
Eso fue antes de que él entrara.
La campanilla de la puerta sonó y un hombre—no un chico, un hombre—cruzó el umbral. Era Taehyung. Su postura era impecable, espalda recta y hombros anchos, como si el uniforme que ya no llevara aún estuviera tatuado en su piel. Llevaba una camiseta negra sencilla que se pegaba a un torso definido, unos brazos que delataban horas de entrenamiento riguroso. Su pelo estaba corto, práctico, y su mirada era intensa, escrutadora. Acababa de terminar su servicio militar y cada centímetro de él gritaba disciplina y fuerza contenida.
Jungkook sintió que el aire se le cortaba. El simple acto de tragar se volvió difícil. El juguete dentro de su coñito pareció aumentar su vibración, como si también sintiera la presencia del recién llegado. Taehyung pidió su café con una voz grave que resonó en el local casi vacío y, al girarse, sus ojos se encontraron con los de Jungkook.
No fue un vistazo casual. Fue un reconocimiento. Esos ojos oscuros barrieron a Jungkook de arriba abajo, deteniéndose por un instante en sus labios entreabiertos, en la forma en que sus manos temblorosas agarraban la taza. Y entonces, Taehyung sonrió. No era una sonrisa amable, sino una sonrisa ladeada, llena de confianza y de un conocimiento inmediato. Era como si pudiera verlo a través de la ropa, como si supiera exactamente qué secretos escondía Jungkook bajo la falda.
Jungkook desvió la mirada, sintiendo un calor abrasador subirle por el cuello hasta las mejillas. Intentó concentrarse en su teléfono, pero las letras bailaban frente a sus ojos. El zumbido entre sus piernas era ahora una tortura. Cada latido de su corazón empujaba el juguete más profundamente, y la mirada de aquel hombre le hacía sentirse completamente expuesto.
Taehyung no se acercó de inmediato. Tomó su café y se sentó en una mesa a unos metros de distancia, pero su atención permaneció fija en Jungkook. Era una presión tangible, un peso que oprimía el pecho de Jungkook y hacía que sus pezones, sensibles bajo el suéter, se endurecieran hasta doler.
Después de unos minutos que se sintieron como una eternidad, Taehyung se levantó y caminó hacia su mesa. Sus pasos eran firmes, seguros.
—Este lugar está más vacío de lo que pensaba —dijo su voz grave, haciendo que Jungkook se estremeciera.
—Sí… —logró articular Jungkook, alzando la vista. Desde cerca, era aún más imponente. Podía ver los detalles de los músculos de sus brazos, la línea de su mandíbula.
—Pareces… nervioso —comentó Taehyung, y su mirada descendió deliberadamente hasta el regazo de Jungkook, donde la falda se arremolinaba—. O quizás es otra cosa.
Jungkook no pudo responder. Una oleada de placer, mezclado con vergüenza y excitación, lo recorrió cuando el juguete vibró con más fuerza, como si respondiera a la insinuación. Jadeó.
Taehyung se inclinó, apoyando sus manos grandes y callosas en la mesa, acercando su boca al oído de Jungkook. Su aliento era caliente.
—Hueles a necesidad, colegiala —susurró, y las palabras fueron como una descarga directa al centro de Jungkook—. Y yo acabo de pasar dos años en un lugar donde no había nada suave ni dulce. Creo que podemos ayudarnos mutuamente. El baño de atrás tiene la cerradura rota.
No fue una pregunta. Fue una orden. Y Jungkook, con las piernas temblorosas, asintió sin poder negarse. Se levantó, sintiendo cómo el juguete seguía su ritmo implacable, y siguió a Taehyung hacia la parte trasera del local.
Tan pronto como la puerta del baño se cerró de un golpe, la fachada de Taehyung se desvaneció. Lo que quedó fue pura voracidad. Empujó a Jungkook contra la puerta, cubriendo su boca con la suya en un beso devorador, hambriento. No fue tierno, fue una toma de posesión. Su lengua invadió la boca de Jungkook con una experiencia que hizo que le flaquearan las rodillas.
—Apágalo —gruñó Taehyung contra sus labios, una mano ya deslizándose bajo su falda para palpar el bulto del juguete a través de la tela de su ropa interior.
Con dedos temblorosos, Jungkook buscó el pequeño control remoto en su bolsillo y apagó el vibrador. El silencio repentino fue casi más obsceno que el zumbido.
Taehyung se separó unos centímetros, sus ojos oscuros como el carbón recorrieron el cuerpo tembloroso de Jungkook.
—Ahora, arrodíllate —ordenó, su voz era áspera, impregnada de un deseo crudo—. Quiero sentir esa boquita de colegiala urgida alrededor de mi verga.
Jungkook, sin dudar, se deslizó de rodillas en el frío suelo del baño. Sus manos temblorosas desabrocharon el cinturón y el pantalón de Taehyung, liberando una erección impresionante, gruesa, palpitante y con las venas marcadas. La admiró por un segundo, sintiendo el mareo por el deseo, antes de inclinarse y tomar la cabeza con sus labios.
Taehyung emitió un gruñido profundo cuando la boca caliente y húmeda de Jungkook lo envolvió.
—Así, mi putita —murmuró, enredando sus dedos en el cabello de Jungkook, guiando su ritmo no con suavidad, sino con firmeza—. Chupa. Como si fuera lo único que supieras hacer.
Jungkook lo hizo con devoción, bajando todo lo que podía, ahogándose un poco con el tamaño, pero sin detenerse. La salida de líquido preseminal en su lengua lo envalentonó. Jugueteó con la punta con su lengua y luego volvió a hundirse, haciendo que los músculos del abdomen de Taehyung se tensionaran.
—Mierda, qué boca más buena tienes —jadeó Taehyung, empujando su cadera ligeramente—. Pero no es suficiente.
De repente, lo tiró hacia arriba y lo giró, empujándolo contra el lavabo. La imagen de sí mismo, con los labios hinchados y brillantes de saliva, lo miró desde el espejo.
—Mi turno —rugió Taehyung, agachándose.
Le bajo la falda y la ropa interior de un tirón brutal, dejando al descubierto su coño palpitante y sus pezones erectos. Sin ceremonias, Taehyung separó sus nalgas y hundió su lengua en el pequeño orificio.
Jungkook gritó, agarrándose del lavabo para no caerse. La lengua de Taehyung era ruda, experta, lamiendo y penetrándolo con una intensidad que hizo que el juguete pareciera un simple juego. Era húmedo, caliente y absolutamente obsceno. Taehyung comía su coño como un hombre hambriento, gruñendo contra su piel, dedos marcando moretones en sus muslos.
—¡Aquí! ¡Sí, justo ahí! —gritó Jungkook, perdido en la sensación.
—Callate y gózalo, puta —murmuró Taehyung contra su piel, metiendo un dedo grueso junto a su lengua, estirándolo deliciosamente—. Este coñito está chorreando. ¿Tan desesperada estabas?
Cuando Jungkook estuvo al borde del orgasmo, temblando y suplicando, Taehyung se levantó. Su rostro estaba brillante con los fluidos de Jungkook. Lo giró nuevamente, para que se inclinara sobre el lavabo, su espalda arqueada.
—Ahora vas a sentir lo que es una verga de verdad —dijo Taehyung, escupiendo en su mano para lubricar su miembro ya empapado y la entrada de Jungkook—. Prepárate.
Antes de que Jungkook pudiera prepararse, Taehyung lo penetró de una sola embestida brutal y profunda. Un grito desgarrado escapó de Jungkook mientras era llenado hasta el tope, estirado de una manera sublime y dolorosa.
—¡Dios mío, es tan grande! —gimió, aferrándose al lavabo.
—Sí, toda mi verga en ese coño hambriento —gruñó Taehyung, agarrándole las caderas con fuerza y comenzando a moverse con un ritmo salvaje y sin compasión. Cada embestida era un golpe seco y húmedo que resonaba en el baño—. ¿Te gusta? ¿Te gusta que te reviente el coño, putita?
—¡Sí! ¡Por favor, más! —suplicó Jungkook, completamente perdido en el placer.
—Mírate —ordenó Taehyung, agarrándole del pelo para forzarlo a mirar su reflejo—. Mírate cómo te follo. Mira cómo esas tetitas de niña buena rebotan con cada embestida.
Jungkook obedeció, viendo cómo sus tetas se sacudían, sus pezones rozando la fría porcelana. La vista era tan humillante como excitante.
—Eres mi zorra personal ahora —jadeó Taehyung, acelerando el ritmo hasta un frenesí—. Este coñito me pertenece. Voy a llenarte de leche, a hacerte mi propia puta preñada.
Las palabras obscenas, mezcladas con la fricción brutal, llevaron a Jungkook al límite.
—¡Voy a correrme! —gritó.
—¡Córrete, zorra! ¡Córrete por mi verga! —rugió Taehyung.
El orgasmo estalló en Jungkook como una ola, sacudiendo todo su cuerpo con espasmos violentos mientras gemía sin control. Al sentir las contracciones apretadas alrededor de su miembro, Taehyung soltó un último gruñido animal y se enterró hasta el fondo, vaciándose en calientes oleadas dentro de Jungkook.
Quedaron jadeando, pegados por el sudor. Taehyung se apoyó sobre él, su peso una ancla. Finalmente, se separó.
Se arreglaron en silencio. Taehyung alisó el suéter de Jungkook.
—Creo —dijo, con esa sonrisa ladeada y posesiva— que esto no va a ser suficiente para ninguno de los dos. ¿Tienes clase mañana?
Jungkook, lleno y satisfecho como nunca, negó con la cabeza, una sonrisa igual de traviesa en sus labios. Sabía que su urgencia había encontrado, por fin, un dueño.