Capitulo 1: El abismo de Gehena
Hans Castillo Castillo no siempre fue el monstruo del que nombran en los rezos de los altares oscuros ni el espectro que se arrastra en los susurros de los templos derruidos. Hubo un tiempo en que fue hombre, esposo, padre, amigo… en pocas palabras, alguien común. Esa vida tranquila terminó la noche en que una secta lo secuestró, lo encadenó como a una bestia rabiosa y lo arrojó al centro de un círculo trazado con sangre seca y tierra negra. El hedor a hierro oxidado mezclado con el humo espeso del incienso barato impregnaba las paredes de la sala subterránea, golpeando sin tregua su olfato. Allí, en esa penumbra, comenzó su calvario.
Eszter estaba a su lado, desnuda, encadenada de pies y manos. La sangre brotaba por varias partes de su cuerpo mientras ella se mantenía disociada de la realidad; tenía los ojos abiertos, como espejos rotos que ya no devolvían reflejo alguno. Cada plegaria que los fanáticos gritaban era un cuchillo hundiéndose más en su delicada carne. A Hans lo golpeaban con varas bendecidas, lo azotaban con sal mezclada con ceniza que hacía arder sus heridas, pero él no dijo nada ni quiso demostrar dolor.
Al ver a su esposa tirada en el piso, desangrándose, un odio ardiente se forjó en su alma, un odio que devoraba todo lo que alguna vez consideró sagrado. Observaba cada rostro marcado por la devoción insana y putrefacta, cada gesto de falsa piedad. Y mientras los látigos caían sobre su piel y el dolor del alma lo llenaba entero, una certeza creció en su interior: si los dioses existían, eran cómplices silenciosos de aquella carnicería, una carnicería que intuía no era la primera vez que su rebaño padecía.
Su hijo no estaba allí. Había logrado entregarlo a un familiar minutos antes de que la secta irrumpiera en su hogar, arrastrándolos por la fuerza hacia el sacrificio. El recuerdo de su pequeño Dylan Castillo era el único hilo que lo mantenía cuerdo en medio de aquel dolor inmenso. Sabía que él no correría la misma suerte aciaga que sus padres. De vez en cuando, un golpe lo devolvía a la realidad, destruyendo cualquier esperanza, pero también endureciéndolo.
Cuando finalmente vio a Eszter morir degollada ante sus ojos, cuando su cuerpo quedó inmóvil, reducido a un saco vacío sobre el suelo de piedra, Hans dejó de ser hombre. Algo en su interior se quebró de manera irremediable y, en ese instante, comenzó a nacer otra cosa.
La secta, saciada de sangre y dolor, abandonó su cuerpo a una agonía lenta. Estaban convencidos de que su alma, manchada por la blasfemia del sacrificio, sería arrastrada sin remedio al castigo eterno. Y así ocurrió. Hans sintió el desprendimiento: la carne apagándose, el corazón marcando su final en un último y seco sístole, la conciencia hundiéndose en un precipicio de tinieblas. Luego, lo inevitable: la oscuridad lo devoró por completo.
Despertó en Gehena.
No había llamas, ni diablos rojos con tridentes, ni las grotescas caricaturas que la superstición inventó para domesticar a los vivos y mantenerlos obedientes. Gehena era lo contrario: un reino de frío perpetuo. Un paisaje interminable de rocas negras y torres quebradas que daban la impresión de un páramo ahogado bajo océanos de ceniza y carbón. El aire estaba saturado de lamentos, no como gritos humanos, sino como un murmullo constante, imposible de ubicar, que parecía surgir a la vez del suelo, de las paredes y de la nada misma. Allí, cada paso resonaba como eco de condenados que nunca volverían a ser recordados por los nombres que alguna vez tuvieron en vida.
Hans avanzaba desorientado, con la sensación de ir desnudo, aunque allí el cuerpo no era más que la memoria de la carne arrebatada en vida. No sentía hambre ni sed, solo el peso insoportable de un recuerdo que persistía más allá de la muerte. Sabía que había entrado en el reino de los caídos, y que no existía salida.
Hasta que lo encontró.
En medio de un valle de piedras agrietadas y bajo la sombra de una torre derruida, yacía recostado un coloso. No se movía, parecía dormir desde hacía eternidades. Era un demonio menguado por el peso del tiempo: Azrakel.
Su piel estaba reseca y cubierta de moho, sus cuernos quebrados, y su cuerpo surcado por grietas de donde brotaba un resplandor tenue e intermitente, como brasas que alguna vez ardieron con furia pero ahora agonizaban. Había sido temido en eras remotas, pero el tiempo lo había reducido a un sueño profundo, un letargo sin fin. Incluso los demonios más poderosos terminan por ceder ante el paso del tiempo, y otros ocupan su lugar en el ciclo perpetuo del abismo de Gehena. Nadie osaba acercarse: incluso debilitado por los milenios, Azrakel emanaba un poder latente que mantenía a los condenados a raya.
Hans no retrocedió al ver aquel coloso dormido. Supuso que ninguna otra alma condenada se atrevía a rondar cerca, pues incluso en letargo el demonio imponía un terror imposible de ignorar. Él, en cambio, se acercó hasta quedar frente a su pecho pétreo. No sintió miedo, solo una curiosidad ardiente. El odio, el dolor, la pérdida de Eszter y de su hijo habían creado en su interior algo que ya no pertenecía al mundo de los hombres. Su alma, en lugar de temblar ante lo infernal y lo demoníaco, se encendía con una fuerza que Gehena jamás había presenciado.
El demonio abrió un ojo al sentir su presencia. De él brotó un resplandor rojo, mínimo pero capaz de devorarlo todo. En ese instante, movido por un impulso inexplicable, un reflejo instintivo, Hans se lanzó sobre la criatura. No llevaba cadenas ni armas, solo la pura voluntad y la decisión desnuda de no ceder. Fue un choque contra lo imposible: un pacto no hablado, una fusión prohibida.
Por primera vez en la historia de la humanidad, desde que demonios y hombres compartían las mismas eras, el papel se invirtió: no fue el demonio quien poseyó al hombre, sino el hombre quien se adueñó del demonio.
Azrakel rugió y sacudió su colosal cuerpo intentando resistirse. La tierra entera tembló; las grietas en las piedras se abrieron aún más, dejando escapar columnas de humo y ráfagas heladas. Pero Hans se aferró al demonio como quien reclama lo que le pertenece. El alma del hombre, ennegrecida por la pérdida, resultó más fuerte que la eternidad agotada de la bestia.
Cuando el grito cesó, ya no había dos. Había uno.
Hans abrió los ojos, y en ellos ardía un resplandor doble: humano y demoníaco. Una amalgama imposible, un híbrido que no debía existir. Era un ser que desafiaba todas las leyes, tanto naturales como espirituales, una grieta viviente en el orden establecido del universo.
Entonces Gehena despertó.
Los condenados lo sintieron primero, estremeciéndose en sus cadenas oxidadas. Luego los demonios lo percibieron, incluso aquellos que se ocultaban en torres derruidas y abismos profundos. Todos alzaron la mirada hacia la nueva presencia. No era hombre. No era demonio. Era otra cosa. Una aberración que no encajaba en los designios del infierno, un eco disonante que hacía trizas la armonía del tormento eterno.
El primero en llegar hasta él fue un demonio de rango superior, con alas carcomidas por otros demonios y colmillos como lanzas. Gruñó en desafío y se abalanzó sobre Hans. Pero antes de que tan siquiera llegara a tocarlo, la oscuridad se abrió bajo sus pies cubriéndolo por completo.
De la nada se abrieron grietas en el aire, y de ellas surgieron fauces colosales, con colmillos tan largos como las alas del demonio que se atrevió a desafiarlo. Eran lobos: criaturas de humo y maldad pura, con cuerpos forjados en niebla maldita, con ojos incandescentes como carbones brillando en la oscuridad absoluta. Salieron de todos los ángulos, desgarrando el espacio mismo, y se abalanzaron sobre el demonio. Sus aullidos eran cuchillos en el vacío. Las fauces lo devoraron vivo, arrancando un grito de agonía que se extendió como eco interminable, hasta que no quedó nada de él, salvo el silencio pesado que dejó su desaparición.
Hans no entendía lo que acababa de invocar. Fue por puro instinto de supervivencia. Las criaturas —los Lobos del Abismo— habían respondido a su voluntad aun sin que él fuera consciente de ello. Mientras las fauces desgarraban, sintió que poseía un poder que ningún hombre había poseído jamás.
Los demás demonios que vieron lo que ocurrió desde la distancia retrocedieron. No por piedad. No por respeto. Retrocedieron por miedo.
Y el infierno guardó silencio.
Hans sonrió por primera vez desde que su alma fue condenada a Gehena. Una sonrisa torcida, que no era de triunfo ni de alegría, sino de soberbia. Había nacido algo nuevo: el híbrido.
El demonio, que ahora también influía en sus pensamientos, le reveló fragmentos de todo el tiempo en que había gobernado el abismo. Le mostró secretos antiguos, memorias de dominio y ruina, ecos de un poder que una vez estremeció Gehena. En esa visión entendió una verdad inquietante: no podía permanecer allí mucho más. No mientras no fuera plenamente consciente ni capaz de controlar a la perfección aquel nuevo cuerpo. Su llegada había rasgado la calma del infierno y atraído miradas oscuras; había demonios con fuerzas extraordinarias que pronto irían tras él. Tenía que salir, y rápido.
Recordó a Eszter, a su hijo perdido. Ahora debía regresar al mundo… al mundo que lo había condenado.
Los ojos de Hans emitieron el mismo destello rojo que había brillado en el demonio antes de ser sometido. Entonces, con un gesto instintivo y brutal, desgarró el tejido invisible que separaba los planos. La fusión con Azrakel le había otorgado un don reservado solo a los demonios del más alto rango. Y así, atravesando la grieta abierta en la oscuridad, abandonó Gehena.
Hans emergió en la Tierra como quien despierta de un sueño sepulcral. No hubo portales gloriosos ni fuego celestial; solo un cambio súbito en el aire. El hedor acre de Gehena se disolvió en la humedad nocturna de un bosque. Los árboles se erguían en un silencio pesado, apenas mecidos por la brisa. El suelo estaba cubierto de hojas secas caídas, y la luna llena filtraba sus rayos plateados entre las ramas.
Durante unos segundos, Hans creyó que había despertado de una pesadilla espantosa. El contacto con la tierra, el murmullo de un río cercano, el crujido de un búho en la distancia le dio la sensación de que todo era como antes. Pero al mover la mano, notó cómo la sombra que proyectaba iba más allá de lo natural. Dentro de su pecho, un fuego lo llenaba de una furia y un poder imposible de ignorar. No estaba solo. Azrakel seguía allí.
La voz del demonio aún no era clara en su cabeza, más bien un rumor constante, un eco ahogado que se arrastraba en sus pensamientos.
—Este mundo me pertenece… tú eres solo un huésped —gruñó la bestia desde lo profundo.
Hans cerró los ojos y rió, igual que en Gehena. No era la risa de un hombre, sino la del híbrido. Y él tenía el control.
—No. Este mundo ahora es mío —dijo, firme.
Comenzó a caminar mientras asimilaba todo lo ocurrido. Cada paso lo hacía más consciente de su nueva naturaleza. Descubrió que podía desaparecer entre sombras o volverse una con ellas, desvanecerse en el aire como si fuera invisible. Los animales con el sentido más agudo lo percibían: un zorro que cruzó frente a él se detuvo, paralizado por un terror instintivo, y luego huyó despavorido. El viento mismo parecía obedecer, vibrando a su paso.
Pero lo más desconcertante fue el primer encuentro humano.
Unos campesinos regresaban de sus labores, cargados con sacos de leña y alumbrando la noche con antorchas. Se detuvieron al verlo. Solo en el bosque: era un hombre descalzo, con la ropa hecha jirones, los ojos brillando como si estuvieran encendidos. Uno de ellos, quizás el más valiente, levantó la antorcha apuntando hacia él y preguntó:
—¿Quién anda ahí?
Hans no respondió. Solo los miró. Y entonces lo comprendió: bastaba su voluntad para hundirse en sus mentes y controlarlos. Con solo fruncir el ceño, los hombres comenzaron a temblar. Uno soltó la antorcha, otro cayó de rodillas como si no pudiera sostener su propio cuerpo. No necesitaba tocarlos; su sola presencia los doblegaba.
—Largo —dijo con una voz que no era solo suya, sino un eco grave, demoníaco.
Los hombres huyeron, dejando tras de sí el olor de su miedo que Hans podía percibir en el aire.
Azrakel rió en su interior.
—Sí… así se comienza. Haz que se arrastren ante ti. Ellos son ganado.
Hans se quedó quieto un instante. Se sintió abrumado ante esta nueva realidad. El poder lo embriagaba, pero también lo inquietaba. No era tan sencillo como blandir un cuchillo; era sentir que podía quebrar voluntades, romper mentes, moldear realidades. Aun así, sabía que no podía dejarse consumir del todo. El demonio esperaba cualquier rendija para tomar control, y él no estaba dispuesto a ceder ni un ápice. Él era la mente y Azrakel el cuerpo.
Continuó caminando hasta que el bosque lo llevó a un poblado. No era grande: unas cuantas casas de adobe, un pequeño campanario en el centro y campos que se extendían por los alrededores. Desde lo alto de una loma, observó. Podía oír los pensamientos de los aldeanos, fragmentos dispersos: miedo a la sequía, rezos, deseos simples de sobrevivir. Ahora todo aquello le parecía insignificante.
Hans descendió lentamente. Cada paso que daba era una prueba de dominio sobre sí mismo y sobre Azrakel. Las sombras parecían abrirse para recibirlo. Sentía el poder en cada rincón de su cuerpo.
Un perro fue el primero en percibirlo. Corrió ladrando, mostrando los dientes, pero al acercarse frenó en seco; erizó el lomo y gimió, metiendo la cola entre las patas traseras mientras retrocedía como si hubiera visto algo prohibido.
Las puertas de las casas comenzaron a abrirse. Algunas mujeres cubrieron a sus hijos; los hombres empuñaron herramientas como armas improvisadas. El forastero que tenían delante no parecía humano: vestía harapos, iba descalzo, con una mirada salida del mismo infierno y una sombra que envolvía su cuerpo.
Hans levantó la mano en señal de saludo. Nadie respondió: el miedo los había paralizado. Era un pueblo lejano a la ciudad, habitado en su mayoría por campesinos cuya única escuela había sido la vida. Una quietud sobrenatural envolvía la calle. Hans fijó la mirada en un anciano que parecía ser el patriarca del lugar, apoyado en su bastón. Entonces proyectó su voz directamente en su mente:
—No teman. No he venido por ustedes… todavía.
El anciano cayó de rodillas; el bastón no pudo sostenerlo y se desplomó murmurando plegarias entre balbuceos. Los demás lo imitaron, uno tras otro, hasta que la calle entera quedó postrada. Hans sintió una oleada de poder recorrerle el cuerpo. Podía dominar. Podía reinar.
Era apenas un pueblo pequeño, y se preguntó si ese mismo sometimiento podría imponerse en una gran ciudad. Entonces miró sus ropas hechas jirones y, con un simple gesto de la cabeza, las transformó en un traje negro impecable, con corbata oscura.
Pero algo le recordó que no debía quedarse. Sus recuerdos del pasado aún no estaban del todo claros; llegaban en pequeños destellos que luego iba uniendo como piezas rotas. También sabía —por el conocimiento de Azrakel— que los demonios lo buscarían. Los más débiles habían temblado con su nacimiento en Gehena, pero los fuertes no tardarían en cruzar para destruirlo. La hibridación antinatural había roto un equilibrio establecido desde el principio de los tiempos, y pronto vendrían por él.
Caminó entre los aldeanos arrodillados. Ninguno se atrevió a levantar la vista, todos sentían un tremendo escalofrío recorrer sus cuerpos. Era como si pasara un fantasma. Y en cierto sentido, lo era.
Al llegar al límite del poblado, escuchó un sonido diferente al del demonio en su cabeza. No era Azrakel. Era otra cosa. Lo percibía lejano, como un eco apenas perceptible: aullidos breves, pero presentes.
—Los Lobos del Abismo —susurró Azrakel.
Sentir el gran poder de aquellas bestias invisibles lo estremeció. Era la misma manifestación que había surgido en Gehena. Estaban con él, latentes, aguardando.
Hans apretó los puños. Sabía que debía aprender a dominar aquellas bestias antes de que un demonio más fuerte lo encontrara primero. Los Lobos eran más que un arma: eran la esencia misma de su poder, su punta de lanza.
El camino lo llevó hasta un río rodeado de grandes piedras. Se inclinó en la orilla, y el reflejo en el agua le devolvió un rostro que conocía muy bien, aunque distinto: estaba atravesado por venas oscuras que se ramificaban bajo la piel, y en sus ojos ardía un rojo tenue que le daba un aspecto demoníaco. Era humano, y al mismo tiempo no lo era. Hans Castillo Castillo había muerto en la sala de torturas de la secta junto a su esposa; lo que ahora lo miraba desde el agua era otra cosa.
Azrakel habló de nuevo, con un tono burlón y sarcástico:
—Mírate, tonto… crees que dominas, pero no eres más que un chiquillo con un cuchillo. Yo soy eterno. Yo soy el fuego que arde en tus venas. No podrás resistirme por siempre.
Hans golpeó el agua con el puño, desvaneciendo su reflejo.
—Cállate. Soy yo quien te posee, no al revés. Soy el amo de mi destino, yo tengo el timón, y tú solo eres el barco.
El silencio volvió. Azrakel lo sabía: no podía hacer mucho contra el alma tan fuerte de Hans.
Esa noche durmió entre las raíces de un roble gigantesco. Ningún animal se le acercaba. No sintió frío, ni hambre, ni miedo. Soñó con su hijo, con su esposa, con lobos enormes devorando no solo cuerpos, sino recuerdos, almas y esperanzas. Soñó que todo era engullido por esas bestias hambrientas… y que él estaba en el centro, como un rey en su trono. Intocable.
Su parte humana, aunque ya no necesitaba comer ni beber, aún requería dormir: el desgaste mental de mantener la conexión con el demonio le exigía recuperar energía de ese modo. Azrakel, en cambio, permanecía despierto toda la noche. Era una ventaja: jamás podrían tomarlo por sorpresa. Sus sentidos eran tan agudos que ningún animal podía igualarlos. Al despertar, comprendió algo que lo marcaría para siempre: no había regreso. Ya no buscaba redención ni justicia. Solo poder. Y con poder, la posibilidad de rehacer el mundo a su antojo.
El híbrido había puesto el primer pie en la Tierra y no pretendía quitarlo por nadie.
Hans vagó durante varios días, poniendo a prueba sus límites hasta que el cuerpo terminó por obedecerle por completo. Descubrió que ya no respondía a las leyes humanas, salvo por la necesidad de dormir. El sol lo atravesaba sin quemarlo, la lluvia no lo mojaba. Era como si cada elemento lo reconociera como ajeno, como una grieta en la realidad.
El murmullo de Azrakel siempre estaba presente. A veces lo tentaba, otras lo insultaba, pero Hans lo dominaba cada vez, lo domaba a su antojo. El demonio ansiaba salir, probar su fuerza, recuperar el dominio perdido; pero él lo contenía con soberbia, recordándole una y otra vez que, por primera vez en la historia, no era un demonio quien poseía a un hombre, sino lo contrario y que no le quedaba más remedio que ser su servidor.
Una noche llegó hasta él un sonido que le resultaba familiar, pero nada agradable. Sintió cómo la ira iba apoderándose. Era una especie de templo, con símbolos de fe: cruces de madera en las grandes puertas de la entrada, vitrales con imágenes de santos y dioses, y un altar. Caminó hasta allí con paso apurado. Al poner un pie dentro, se sintió extraño, como si el aire se tensara alrededor.
Entonces lo vio: un círculo pintado con sangre en el suelo, dentro de él un pentagrama, y en las puntas, velas negras encendidas que chisporroteaban. En el centro, un niño, a punto de ser sacrificado.
Del fondo del templo surgió un grupo de hombres vestidos con túnicas negras. Llevaban cruces, dagas y cadenas; sus ojos brillaban con un sadismo enfermizo. Era una secta, de esas que jugaban con la fe de las personas para luego secuestrarlas. Actuaban igual que la misma secta que lo había asesinado a él y a su esposa. Hombres surgidos de lo más ruin de la humanidad. Eso era lo que había encendido su furia minutos antes. Hans reconoció en ellos un peligro latente.
—¡Amárrenlo también a él! —gritaron al percatarse de su presencia—. Nadie te manda a meter las narices donde no te han llamado, estúpido… ¡agárrenlo!
Hans arqueó la ceja derecha. Su instinto lo invitaba a reír, pero en lugar de eso se adelantó con calma, caminando directamente hacia ellos.
—¿“Estúpido”, dices? —su voz resonó en todos los rincones, con un eco mezcla de humano y demonio—. ¿Sabes siquiera con quién hablas?
El líder era el más fanático de todos; se dio cuenta de que no era un humano. Levantó una cruz de hierro, le costaba mantenerla erguida, era demasiado pesada. Agitado, apenas con aliento para pronunciar palabras, comenzó a recitar en latín, una especie de exorcismo. Las palabras llenaron la nave vacía, y sus compañeros comenzaron a repetirlas también. Hans sintió un leve ardor en la piel, pero más que dolor, fue irritación.
Azrakel rugió dentro de él. “¿Cómo se atreven a tratarnos así? ¡Déjame salir! ¡Déjame arrancarles la carne!”
Hans cerró los ojos y soltó una carcajada que hizo temblar a todos. El círculo protector donde intentaban guarecerse brilló con fuerza, y por un momento el híbrido sintió cómo el poder del exorcismo intentaba empujarlo. Pero no era suficiente.
—Bonito espectáculo —dijo, mientras sus ojos se encendían como brasas—. Pero yo no soy un demonio que puedan desterrar. Soy algo que no comprenden, y por su atrevimiento haré que paguen caro.
Avanzó, cruzando el círculo sin esfuerzo. Las llamas de las velas se apagaron de golpe. El líder retrocedió, incrédulo. Sus seguidores levantaron las dagas, pero sus manos no dejaban de temblar.
Hans levantó la mano derecha, y las sombras proyectadas en las paredes se agitaron como serpientes. Una oleada de terror los golpeó como nunca antes. Uno cayó de rodillas, llorando; otro soltó la daga y trató de huir, pero las puertas estaban selladas, igual que su destino. El líder intentó mantenerse firme, murmurando oraciones, hasta que Hans lo miró directamente a los ojos.
Entonces ocurrió.
Una oscuridad más profunda que una noche sin estrellas ni luna se extendió, cubriendo cada rincón. No fue voluntaria; brotó instintiva, como si respondiera al deseo de Hans de destruirlos. De la grieta emergieron fauces inmensas, negras, babeando maldad pura. Eran los Lobos del Abismo.
Las fauces lo atraparon todo en un segundo, arrastrándolo al vacío del Abismo. Todos sus cuerpos desaparecieron sin dejar rastro.
El silencio regresó.
Cuando la oscuridad se desvaneció, Hans, jadeante, contempló lo ocurrido. No había querido invocar a los Lobos, pero había sucedido. El poder más temido se había manifestado otra vez.
Azrakel carcajeó en su interior. “¡Sí! ¡Esa es la fuerza que hará temblar a los cielos y los infiernos! Usa a los Lobos, y nada se interpondrá en tu camino.”
Hans lo ignoró. Miró al suelo, donde estaba el niño atado con cadenas. Con un gesto hizo que despertara.
—Vuelve con tus padres —dijo, con un tono helado—. Diles que el Mensajero de Gehena camina entre los vivos y te salvó.
Caminó hasta el altar casi desgruido. Con la mano, arrancó lo que quedaba de la cruz de piedra. La sostuvo un instante, luego la dejó caer.
—No hay dioses aquí —susurró.
Esa noche, lejos del templo, se sentó bajo un cielo encapotado. Los truenos retumbaban, y Hans se dejó empapar por la tormenta. Todo le había dado en qué pensar: ese enorme poder que aún se manifestaba por instinto y no por control lo seguía inquietando. También sentía que algo se movía más allá del horizonte: demonios que lo buscaban, ángeles que lo vigilaban, humanos que lo temían. Aunque así como podía decidir si la lluvia lo mojaba o no, también podía decidir estar oculto o ser encontrado. La fusión prohibida había dado la primera vuelta a la rueda. Apenas era el comienzo.
Azrakel, ahora en un tono casi suave, sumiso, murmuró:
—Ya has probado un poco de tu fuerza. Pero aún no sabes cuánto puedes destruir. Pronto, los verdaderamente poderosos vendrán… y entonces sabrás si eres el amo, o solo serás su presa.
Hans cerró los ojos, sonriendo con cinismo.
—Que vengan.
Por primera vez, se sintió cómodo en su nuevo cuerpo. Se sintió poderoso. No era Hans Castillo Castillo, el hombre torturado, ni Azrakel, el demonio menguante. Era una aberración, un híbrido. Un rey sin corona, pero con un ejército latente en las sombras listos para respaldar con acciones, palabras y deseos.
La Tierra había recibido a su nuevo señor. Y él estaba dispuesto a reclamarla. Además, tenía algunos asuntos pendientes que debía atender y no iba a dejar que nadie se lo impidiera.
Los días siguientes terminaron de sellar la unión, consolidándolo como el absoluto amo de sus decisiones. Hans descubrió que, allí donde caminaba, las sombras parecían inclinarse hacia él, como si el mundo mismo reconociera a su nuevo huésped y le diera la bienvenida.
Solo los poderosos deciden su rumbo; los demás creen hacerlo, sin saber que alguien los gobierna desde las sombras. Él sería el gobernante, no el gobernado; el amo, no el esclavo; el que dicta las leyes, no el que las cumple.
La tierra misma crujía bajo su paso, incapaz de ignorar el abismo que ahora lo habitaba. Hasta los animales más feroces retrocedían.
Azrakel, aunque no podía tomar el control, siempre estaba murmurando, tratando de sembrar en Hans una maldad demoníaca:
—Podemos gobernar a todos, hombre. Humanos, demonios, ángeles, dioses… ninguno se compara con lo que somos juntos.
Hans sonreía apenas. Le complacía la soberbia del demonio, pero no la aceptaba.
—Te equivocas —respondía en voz baja—. No somos dos. Somos uno. Y yo decido.
Había dirigido su rumbo a la ciudad, aunque podía llegar allí desapareciendo entre sombras. Prefirió seguir su caminar; eso le complacía. Se topó con otro pueblo, más decadente que el anterior, hundido en pobreza. Calles de barro, casas de adobe a punto de derrumbarse. Los niños lo miraban con ojos huecos de hambre; las madres, con la resignación de quien espera milagros que nunca llegan.
Hans se detuvo en la plaza central. El silencio cayó de inmediato. Asqueado por tanta miseria, comprendió que, a pesar de no ser del todo humano, no era indiferente ante el sufrimiento. Tenía un hijo al que amaba, una esposa a la que amó. Eso nada podía cambiarlo, ni siquiera un ejército de demonios.
Un sacerdote salió de la iglesia del pueblo, una construcción escueta y raída que apenas se sostenía. Llevaba un crucifijo grande colgando del pecho, casi desproporcionado. Al verlo, los habitantes se reagruparon tras él, como buscando protección.
—¡Forastero! —dijo el sacerdote con voz temblorosa—. ¡Traes oscuridad contigo! ¡Te ordeno que abandones este lugar!
Hans lo miró con calma. En sus labios apareció una mueca, media sonrisa, esa soberbia que lo caracterizaba. Caminó hacia él, sin prisa.
—¿Oscuridad dices, anciano? —su voz se oyó gutural—. No traigo oscuridad. Yo soy la oscuridad.
El sacerdote levantó la cruz de su pecho, levantó la cara al cielo y rezó. La gente hambrienta no hizo más que mirar. Hans alargó la mano y, con un gesto apenas perceptible, la cruz se desvaneció. El sacerdote lanzó un grito ahogado.
Hans inclinó la cabeza hacia los habitantes.
—Solo estoy de paso. Pero quiero que sepan que ese dios al que rezan no vendrá a rescatarlos. Si quieren sobrevivir, háganlo solos.
Y se dio la vuelta. Solo quería dejarles claro que sus plegarias eran en vano, que nadie más que ellos mismos podía sacarlos de la miseria en la que los había hundido la fe.
Esa misma noche, mientras buscaba un sitio para dormir en un claro del bosque, lo sintió. Una presión en el aire, la temperatura bajaba bruscamente. No eran humanos esta vez. Eran demonios. Se acercaban con pasos que hacían temblar la tierra.
El primero apareció entre los árboles: gigantesco, de piel negra y cuernos retorcidos; en su cara solo había una enorme boca.
—Azrakel —gruñó la criatura—. Al fin te encontramos.
Hans se levantó con serenidad. No se inmutó siquiera un poco.
—No soy Azrakel. Soy Hans. Mucho gusto.
El demonio rió, mostrando colmillos como espadas.
—Una aberración. Era verdad lo que sentimos en Gehena. Entonces morirás como tal.
Se lanzó contra él. Hans no se movió. En cambio, dejó que todo se oscureciera a su alrededor. Por un instante, el bosque desapareció y solo quedó un abismo de oscuridad. Y de ese vacío, surgió Hans de nuevo.
Tomó al demonio por la garganta. Sorprendido, este intentó retroceder, pero era tarde. Con un movimiento brutal le arrancó la cabeza y, de una patada, arrojó el cuerpo al abismo.
Hans bajó la mano con la cabeza colgando, y la lanzó tras el cuerpo. Estaba alimentando a sus bestias. No necesitó a los Lobos: quería poner a prueba su propia fuerza. Ellos seguían allí, latentes, esperando la orden de su amo, pero no hicieron nada; ya no los invocaba por instinto. Solo aullaron, aprobando el control absoluto de su señor.
El bosque regresó, casi igual que antes, salvo por el aire cargado de terror. Azrakel rugía de euforia en su interior.
—¡Los Ereboros! ¡Nuestros hijos de sombra están domados! ¡Algo que yo no pude hacer cuando era solo un demonio! ¡Ahora nadie podrá detenernos!
Hans, respirando con calma, susurró:
—No son tuyos. Son míos.
Con esa demostración, el resto de demonios que lo acechaban desaparecieron en la distancia. El rumor de su nombre comenzaba a crecer. Pronto todos iban a saber quién era él: hombres y demonios.
Días después, sentado en una mesa de taberna en uno de los pueblos aledaños a la ciudad, escuchó por primera vez cómo lo nombraban.
—Dicen que hay un hombre que camina como sombra… lo han visto en varios pueblos. Lo llaman… el Mensajero de Gehena.
Hans sonrió. Él mismo se había dado ese nombre.
Esa noche, sentado en soledad, reflexionó. ¿Qué sería lo primero que haría al llegar a la ciudad? ¿Buscar a su hijo, o a los que asesinaron a su amada Eszter? Pensó en ella: su alma debía estar atormentada, igual que la suya lo estuvo en Gehena.
Debía trazarse algunos objetivos. Sabía que no era un héroe ni un salvador, pero tampoco un villano. Solo era el que rompió el equilibrio, la excepción que desafió la regla. Podía construir o arrasar con una ciudad entera. Y lo haría con la misma calma, con el mismo cinismo.
Miró hacia el horizonte, donde la luna iluminaba la penumbra de la noche. La voz de Azrakel volvió a hablar, ansiosa:
—Pronto vendrán los ángeles. Y los hombres. Y más demonios. La mayoría de ellos te teme, o le teme a lo nuevo. Y lo que se teme se quiere eliminar. Todos querrán destruirte.
—No tengo nada en contra de nadie. Pero si alguien quiere interponerse, déjalos venir. Vas a verlos arder.
El viento sopló fuerte, levantando hojas muertas caídas de los árboles. Y en esa noche quedó sellado el destino: el mundo ya no sería el mismo. Ya no sería solo el cielo y el infierno. Había nacido una fuerza que no respondía a ninguno de ellos.
Hans Castillo Castillo, Azrakel, el híbrido, el ambiguo, el Mensajero de Gehena.
Y apenas era el comienzo.