Capitulo 1 El eco de la piedra Antigua
Elara Vance desde muy joven fue una chica solitaria, siendo hija única, de unos padres que nunca estaban presentes, ella desde muy joven le encantaba todo lo que tenía que ver con historia e investigaciones, por ellos de especializó en eso, cuando se graduó, estuvo sola, sus padres habían muerto hace algún tiempo en un accidente de auto, pero s Elara sinceramente no le afectó demasiado, ya que ellos nunca estaban presentes, ella no tenía abuelos, ni tíos, estaba sola en el mundo, así que se enfrascó solamente en aquello que ls hacia feliz y la entretenía, la investigación, co. El pasar de los años, Elara empezó a ser reconocida en el mundo como la investigadora de la tierra, ya que había descubierto más cosas en el mundo en menos de una década que muchos otros investigadores, Elara, con tan solo veinticinco años se ve atraída por una historia, una historia que la llevaría a un sitio desconocido, pero después de todo, para ella todo era desconocido hasta encontrar la verdad y el origen, esto la llevaría a una investigación en un lugar llamado Hawthorne
Elara Vance, ataviada con su ropa de trabajo (una camisa de franela, pantalones de carga y unas botas gastadas), no era el tipo de persona que creía en fantasmas. Para ella, los "susurros" de la casa encantada de la calle Hawthorne eran simples corrientes de aire que se filtraban por las ventanas rotas. La "presencia malvada" que la gente sentía en el antiguo sanatorio de Blackwood, en cambio, era un patrón electromagnético irregular que había estado rastreando durante semanas. Un misterio que prometía una explicación, no una leyenda.
Su vida era un ejercicio de lógica y ciencia. Cuando otros veían el terror, Elara veía datos. Y los datos la habían traído a este lugar, un edificio del siglo XIX, cubierto de hiedra y sumido en un silencio opresivo. La entrada era un pasillo largo y oscuro, y el aire era tan frío que parecía congelar el sonido. Elara encendió su linterna. El haz de luz se deslizó sobre las paredes, revelando la pintura descascarada y el moho que se aferraba a la humedad como una plaga.
El medidor que llevaba en la mano, un dispositivo que había modificado ella misma para detectar anomalías específicas, emitía un zumbido constante y bajo. En la planta baja, el zumbido se intensificó, llevándola a lo que había sido el ala de hidroterapia del sanatorio. Era un lugar horrible, con tanques de agua oxidados y tuberías enredadas como si fueran serpientes muertas. El medidor comenzó a sonar de forma frenética.
“Bingo”, susurró Elara para sí misma.
La fuente de la señal era una pared que no tenía nada de especial. Elara la examinó minuciosamente. No había nada a simple vista, pero el zumbido del medidor la obligó a seguir.
Apartó unos ladrillos sueltos, revelando una pequeña cavidad. Su corazón dio un vuelco. No encontró la causa del problema, sino algo totalmente inesperado: un disco de piedra de unos treinta centímetros de diámetro, con símbolos tallados que brillaban suavemente.
Los símbolos eran una réplica exacta de los que había visto en unas fotografías de unas pinturas rupestres encontradas en Perú, que se suponía que no tenían ninguna conexión con este lugar. Elara se lo pensó por un segundo, su lado científico y su lado curioso debatiéndose. La curiosidad, como siempre, ganó.
Con los guantes puestos, tomó el disco. Al tocarlo, una onda de energía recorrió su cuerpo, los símbolos se encendieron con una luz azul cegadora, y un zumbido vibrante llenó el espacio. El aire a su alrededor se retorció, y en el centro de la habitación se abrió un portal, un vórtice brillante y parpadeante que distorsionaba la realidad.
Elara se quedó helada de asombro. Había pasado su vida entera buscando respuestas, desmintiendo mitos y leyendas, y ahora, uno de ellos estaba frente a ella, tangible y real. El disco en sus manos vibraba con una fuerza magnética, atrayéndola hacia el portal. La investigadora, incapaz de resistirse a su naturaleza, dio un paso adelante. No tenía miedo, solo una necesidad abrumadora de saber qué había al otro lado. Cruzó el umbral de luz, y el mundo que conocía se desvaneció, reemplazado por un cielo con dos lunas y un aire que olía a tierra húmeda y magia.
Elara Vance ya no estaba en el sanatorio de Blackwood en Hawthorne. Estaba en Eladoria. Y la aventura apenas comenzaba.