La cuna del pecado

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Summary

Tras la muerte de su padre, Danielle Lombard se convierte en el centro de un juego de poder, apariencias y rumores en Saint-Lys. Con Adrien y Lucien Durand como parte de su vida desde la infancia, y la llegada de una nueva familia que promete cambiarlo todo, Danielle deberá decidir si seguirá el camino que otros trazan para ella… o el que dicte su corazón.

Genre
Romance
Author
Sselyy
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter I - Cuando callaron las risas.

Mi hogar siempre fue más que una mansión: era un refugio levantado a las afueras de Saint-Lys, rodeado de jardines interminables que parecían perderse en la niebla de la mañana.

Pero no me encontraba sola, crecí allí con Lucien y Adrien, mis vecinos. Dos hermanos tan distintos como el día y la noche.

Lucien y Adrien Durand llenaron mis días. Nos conocíamos desde que apenas sabíamos pronunciar nuestros nombres, porque nuestras familias estaban unidas por lazos que iban más allá de la amistad.

Adrien, como primogénito, aprendió pronto a ser correcto, a mostrar compostura ante los adultos. Pero lejos de esas miradas se revelaba como era realmente: cálido, sonriente, capaz de hacerte sentir en paz con solo una palabra.

Lucien era lo contrario: extrovertido, impulsivo, arrastraba a todos con su energía. Con él aprendí a reír sin medida y a desafiar reglas que de otra forma jamás me habría atrevido a romper.

Con ellos compartí tardes de juegos, paseos bajo la lluvia y lecturas a escondidas. Mientras tanto, los adultos hablaban de herencias y tierras, palabras que no entendíamos pero que pesaban sobre nosotros.

Mi padre fue mi único refugio verdadero. Respetado por todos, un hombre de carácter firme cuya sola presencia imponía silencio. Pero conmigo era ternura. Me enseñó a amar los libros, a perderme en mundos que parecían infinitos. La biblioteca era nuestro templo, sus manos guiaban las mías sobre las páginas. Para mí, él era invencible.

Mi madre sin embargo... nunca lo fue. El alcohol la fue consumiendo hasta convertirla en un fantasma dentro de nuestra propia casa. Cuando era niña, pensé que podía salvarla con mis sonrisas. Pero al entrar en la adolescencia lo comprendí: su lejanía era una batalla perdida. Entre nosotras quedó un silencio áspero, lleno de reproches que jamás dijimos en voz alta.

Nunca tuve más hermanos o hermanas, el doctor nunca pudo encontrar una razón por la que mi madre no podía darle más hijos a mi padre, este motivo desató muchas discusiones interminables entre mis padres. Al final terminé siendo la única hija de Beatrice y Frederik Lombard.

Todo se quebró el día que mi padre murió. Apenas había cumplido 17 años y le esperaba con ansias de un largo viaje de negocios en el que se encontraba. Fue repentino, brutal, un golpe que resonó más allá de los muros de la mansión. Su muerte no solo me destrozó a mí: sacudió a la sociedad entera. Frédérik Lombard no era un hombre cualquiera; era un símbolo de respeto y poder, y su ausencia dejó un vacío imposible de llenar.

Tras su entierro, en el cual nos vimos obligados a enterrar un ataúd vacío, la mansión cambió de rostro. Henri Lombard, hermano de mi padre, se instaló con la excusa de "administrar los bienes". Era frío, calculador, incapaz de ver la casa como un hogar. Donde antes había serenidad, él trajo banquetes ruidosos, gastos excesivos y un desorden disfrazado de elegancia.

Con Henri, la mansión dejó de ser un hogar. Los pasillos que antes me parecían seguros se volvieron fríos, y cada habitación cargaba con un nuevo aire de vigilancia. Ya no se hablaba de mi padre con respeto, sino de cuentas, de gastos, de fiestas que parecían nunca acabar.

Mi madre insistía en que debía presentarme a la sociedad, que debía casarme, para unir alianzas con otra familia poderosa y tener hijos antes de que mi cuerpo perdiera su joven figura.

Con Henri, la mansión dejó de ser un hogar. Los pasillos que antes me parecían seguros se volvieron fríos, y cada habitación cargaba con un nuevo aire de vigilancia. Ya no se hablaba de mi padre con respeto, sino de cuentas, de gastos, de fiestas que parecían nunca acabar.

Él disfrutaba rodearse de invitados, de risas ruidosas y copas rebosantes. Yo observaba todo desde la distancia, sintiéndome una extraña en mi propia casa. Los criados andaban nerviosos, Marie bajaba la mirada para no discutir con él, y yo... yo solo me refugiaba más en la biblioteca, entre páginas que no podían protegerme del todo.

Mi madre parecía hundirse más con cada banquete. Ya no intentaba ocultar su dependencia. Caminaba como una sombra entre las fiestas, con la sonrisa apagada y la copa firme en la mano. Intentaba hablar con ella, pero nuestras palabras chocaban contra un muro de silencio. Sus ojos, siempre perdidos, evitaban los míos. Esa lejanía se volvió insoportable.

Recuerdo la primera noche en que organizó un banquete. Los pasillos estaban iluminados con candelabros, el olor a vino y carne asada impregnaba el aire, y los salones se abarrotaban de gente que apenas conocía. Sus risas resonaban como cuchillos contra la memoria de mi padre.

Me sentí fuera de lugar. Caminaba entre vestidos brillantes y voces estridentes, sin reconocer mi propia casa. Marie, mi sirviente personal me buscaba con la mirada, como si temiera perderme entre tanta confusión, y mi madre... mi madre se aferraba a su copa, con una sonrisa torpe que dolía más que cualquier herida.

Intenté desaparecer entre la multitud, pero entonces escuché una voz conocida:

—Danielle. —Lucien apareció frente a mí con una sonrisa descarada—. Pareces un fantasma en tu propia casa.

—No... no me siento parte de esto. —Bajé la mirada hacia mi copa vacía.

—Claro que no —interrumpió Adrien, uniéndose a nosotros—. Esta no es tu casa, no así. Henri la ha convertido en un circo.

—Adrien... —le advertí en voz baja, mirando alrededor.

Él sonrió, encogiéndose de hombros.

—¿Y qué? No creo que le importe lo que diga, está demasiado ocupado bebiendo con sus nuevos amigos.

Lucien soltó una risa rápida.

—Tienes que admitirlo, Danielle. El viejo sabe gastar. Mira esos candelabros, ni en París se ven tan brillantes.

—Eso no es algo de lo que deba enorgullecerse —contesté, más molesta de lo que pretendía

Adrien me miró con seriedad.

—Tienes razón. Esto no honra a tu padre.

El aire quedó suspendido un momento. Lucien se inclinó hacia mí, bajando la voz.

—Ven, vamos al jardín. Aquí adentro parece que todos han olvidado quién era Frédérik.

—Lucien... —quise protestar, pero él ya me tomaba de la mano.

Adrien intervino, con calma.

—Déjala decidir. Danielle, si quieres quedarte, me quedaré contigo.

Los miré a ambos. El bullicio del salón me asfixiaba, y la risa de Henri al otro extremo de la mesa me atravesaba como un cuchillo.

—Vamos afuera —dije al fin.

Lucien sonrió, victorioso. Adrien suspiró, resignado, y me ofreció su brazo.

—Entonces salgamos. El aire fresco nos hará bien.

En ese momento supe que nada podía devolverme lo perdido. La ausencia de mi padre lo cambiaba todo. Los negocios que él había manejado con firmeza ahora se veían envueltos en decisiones apresuradas de Henri, y yo sabía que tarde o temprano ese descontrol nos alcanzaría.

Al caminar por el jardín, me pregunté en qué momento había dejado de ser niña. Tal vez fue el día del entierro, o tal vez mucho antes, cuando comprendí que la vida no me regalaría eternidad.

Lo cierto es que mi infancia terminó aquella ese dia en que la tierra cubrió el ataúd vacío de mi padre. Y lo que vino después ya no fueron juegos ni risas inocentes, sino la lenta certeza de que las sombras habían encontrado su lugar en la mansión Lombard... y no pensaban marcharse.


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