Diario del Demonio Celestial - Fragmentos

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Summary

¿Qué pasa cuando un linaje divino reaparece en un mundo moderno tras 120 años de olvido? Exploraremos como un joven adoctrinado por una malinterpretación, debe navegar entre su razón de ser y nuestro mundo contemporáneo.

Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 0: La convocatoria



Entre las montañas de Eldris se alzaba un templo blanco, rodeado por abedules plateados. El silencio de la montaña era roto únicamente por el crujido de grandes árboles al caer.


En su base, monjes corpulentos talaron leña: hombres cubiertos de pieles, levantando troncos como si no pesaran más que ramas, sin ayuda ni herramientas.


—¡Señor Khasan! ¡Señor Khasan! —Un grito en la distancia, proveniente de un joven monje que corría con pasos hundidos en la nieve.


Un hombre corpulento, barbudo, de cabello grisáceo, se irguió como un oso alfa.


—¿Qué sucede? Será mejor que no estés faltando a tu meditación sin motivo. —Su voz grave atravesó el silbido del viento como un trueno.


El joven monje se inclinó ante Khasan, jadeando para recuperar el aliento. Tras realizar una reverencia, sacó un sobre blanco sellado con la imagen de un loto.


—Ha llegado desde el Gran Templo, dicen que es urgente. —Respiraba con dificultad mientras arreglaba sus ropas desalineadas.


"¿Un mensaje del Gran Templo, eh?" Espero que no sea otra insistencia para reunirme con esa chiquilla que tiene por sucesora... Al abrir el sobre y comenzar a leer, las cejas del gigante se arquearon.


—¿Llegó algo más aparte del sobre? —preguntó Khasan. Al ver el estado del joven, le entregó una de sus gruesas pieles.


El muchacho se envolvió rápidamente.


—Gracias, señor Khasan. No, el sobre fue lo único que enviaron. —Sus ojos intentaron leer el contenido, pero Khasan guardó la carta entre sus ropas.


Khasan dejó escapar un suspiro profundo, luego hinchó el pecho y silbó con la fuerza de un tren en movimiento.


La mirada del joven monje se alzó hacia los grandes árboles, de donde emergió una manada de osos pardos. Tras frotarse los ojos, respiró con alivio; eran los monjes veteranos.


—Es hora de ir al Gran Templo —rugió Khasan, mientras hombres corpulentos acudían, cargando troncos sobre sus espaldas como si fueran insignificantes.


Los gigantes peludos se reunieron en el templo blanco, alrededor de una gran fogata que crepitaba entre pilares de troncos ancestrales, marcados por heridas de garras y cubiertos con pieles de bestias feroces.


Khasan tomó en sus manos un cuerno lleno de licor.


—Hoy ha llegado una convocatoria urgente de la Doncella Divina. —Los murmullos se extendieron como una brisa inquieta. Khasan golpeó uno de los pilares, y el estruendo resonó en todo el templo. El silencio regresó de inmediato—. Ya hemos rechazado dos veces la petición de conocer a la llamada "joven Doncella". Esta vez, parece ser un asunto distinto.


Un hombre que se apoyaba en su enorme hacha se puso de pie.


—¿Por qué debemos responder a su llamado? —Alzó el arma mientras recorría con la mirada los ojos de sus compañeros—. Ni siquiera nos revelan el motivo. ¿Cuánto tiempo más debemos esperar a que se dignen a visitar la tierra que protegió al reino durante el largo invierno?


Las hachas golpearon el suelo como tambores de guerra. Todas las miradas se posaron en Khasan, quien bebió de un trago el contenido del cuerno antes de arrojarlo al fuego.


—Tras ciento veinte inviernos y veinticuatro siglos —hinchó el pecho, la voz como un trueno antiguo—, es hora de mostrarle el valor de aquellos que lucharon junto a la maestra Brynja, la Demonio Celestial Protectora.


Su rugido resonó en cada rincón del templo.


Esa noche, se llevaron a cabo duelos y concursos de bebida en el recinto blanco. A la mañana siguiente, una comitiva reducida partió hacia la estación de trenes en la capital de Eldris.


—Abad, Abad —unos niños regordetes cruzaron la calle hacia Khasan—, ¿han cazado los osos? Mi madre dijo que vieron una manada cerca del pueblo.


Khasan puso su rodilla en tierra mientras los niños se abalanzaban sobre él.

—No, aún no. Dile a tu madre que mantenga las ventanas cerradas. —Acarició el cabello del niño más callado.


Un monje que cargaba tres sacos con leña llegó.

—Solo falta entregar esto. El más joven ya está con el resto en el andén, a nuestra espera. —Su barba castaña se arqueó mostrando una sonrisa picarona—. Oh, gran Abad…


Mientras tanto, entre las arenas del desierto de Black Lands, en Zarekh, se alzaba un templo rojo en torno a un pequeño oasis salino. Pequeñas carpas se extendían en la orilla, donde guerreros delgados y de tez morena descansaban, bebiendo té humeante bajo el sol implacable.


Entre estandartes tribales de llamas y lotos, se alzaba uno con la leyenda:


"De entre las cenizas de la desesperanza,

nació la Doncella que no buscó gloria, sino propósito.

Ella no fue elegida por sangre, sino por fe.

No fue armada por maestros, sino por voluntad.

Y por su fidelidad, recibió el don de la Llama Divina."


—El gran Khar ha estado inquieto últimamente —dijo una voz suave tras el velo bordado que cubría su rostro—. Ha dicho que una estrella marchita se ha alzado con mayor intensidad. —Su tono era servil, casi un susurro sagrado.


Frente a ella, sentado sobre un cojín de cordero, un joven desaliñado, con tatuajes que serpenteaban por su brazo y parte del rostro, escuchaba atentamente mientras comía caviar negro con dedos lentos y precisos.


Sus manos se detuvieron de pronto.


—Es una señal —dijo—. Debemos reunirnos pronto, por si acaso… —Al notar la mirada distante de la joven pitonisa, giró el rostro y vio a un guerrero que se acercaba hacia ellos a gran velocidad, levantando polvo tras sus pasos.


El guerrero llegó con la respiración entrecortada. Solo atinó a sacar un sobre blanco de su bolsa de cuero.


—Tra-traigo un mensaje ur-urgente, joven Tural.


Tural lo recibió con un leve ademán, mientras la joven pitonisa ofrecía al guerrero un té caliente, que este bebió con manos temblorosas.


Los ojos de Tural se abrieron de par en par, seguidos por una sonrisa amplia y decidida.


—El gran Khar estaba en lo cierto. —Dio unas palmadas vigorosas al guerrero—. Convoca a los jóvenes de sal. Que vayan a cazar un zorro rojo y se preparen pues debemos acudir al llamado con un obsequio.


La joven alzó la mano para recibir el sobre. Tras una lectura silenciosa, cerró los ojos y extendió los brazos al cielo.


—Comenzaré los preparativos —dijo—, y anunciaré nuestro viaje hacia el Gran Templo al gran Khar.


Mientras las comitivas de Eldris y Zarekh emprendían sus viajes, en el corazón de Argon, el Gran Templo se preparaba para recibirlos


Desde las sangrientas fronteras noroeste, llegó una caravana de vehículos oficiales que entró con discreción al estacionamiento del Gran Templo.


Un hombre con el rostro marcado por cicatrices descendió, escoltado por soldados en uniformes de combate.


Alzó la mirada hacia la cima del templo, donde un resplandor nocturno se filtraba entre la penumbra como un faro sagrado.


Su pecho se hinchó con una ventisca calurosa, entre vientos que parecían arder.


—Muestren sus respetos, señores —ordenó. Sus hombres inclinaron la cabeza en una reverencia dirigida al templo.


—Saludos, Lord Bolemir —dijo la Capitana del Dragón Rojo, saliendo a recibirlo en persona.


Al quedar frente a frente, atrajeron las miradas de quienes trabajaban en las inmediaciones. Eran dos colosos, cargados de historia, tensión y orgullo.


—Veo que llevas una insignia —dijo Bolemir con ironía, las cicatrices de su rostro estirándose mientras mostraba los dientes—. ¿Has conseguido al fin un esposo, Lady María?


"Bastardo insensible..."

—Lo esperan en la sala del trono, Lord Bolemir —respondió ella, girando su imponente figura para abrir paso al grupo.


—¿Se encuentra la Doncella Divina? —preguntó él, con una voz seca, cargada de antigua animadversión.


María lo observó desde arriba.

—¿Se encuentra bien Su Majestad? —preguntó ella. No hubo respuesta.