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Un poco obsesionado

Summary

Louis es un estudiante en su último año de preparatoria, vive solo en un departamento y tiene un crush secreto por su vecino quien es casi 10 años mayor que el. Pero Harry tambien oculta un gran secreto, una obsesión que lo lleva a rozar la locura

Status
1yr ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

La lluvia golpeaba los vidrios del edificio de departamentos como pequeñas piedras. En el tercer piso, Louis ajustó nervioso la cinta de su falda escolar plisada mientras miraba el reloj. El bus pasa en cinco minutos.
Louis resopló mientras ajustaba la cinta de su falda plisada por última vez. El espejo del recibidor le devolvió la imagen de sus medias blancas hasta la rodilla, torcidas en el tobillo izquierdo. Se agachó para corregirlas, sintiendo cómo el tejido elástico se tensaba contra su piel. Fuera, la lluvia había convertido las aceras en espejos oscuros que reflejaban las luces de los faroles.
Al cerrar la puerta de su departamento, casi choca contra un torso sólido. Harry, su vecino del piso superior, sostenía una bolsa de basura con una mano mientras la otra se extendía instintivamente para evitar la colisión.
—Cuidado, pequeño —murmuró Harry, su voz grave como el rumor de la lluvia contra el edificio. Sus ojos verdes recorrieron la figura de Louis: la falda azul marino, las medias, los zapatos escolares de charol. Un músculo le tembló en la mandíbula antes de esbozar una sonrisa demasiado perfecta—. Día de uniforme completo, veo.
Louis retrocedió un paso, sintiendo el calor subirle al cuello. —Sí, los jueves tenemos inspección —farfulló, apretando las correas de su mochila.

Harry inclinó la cabeza, dejando caer la bolsa de basura junto a la puerta de salida. Su camiseta blanca, pegada al pecho por la humedad, revelaba la definición de su torso. —¿Necesitas que te lleve? Mi coche está abajo. —La oferta sonó casual, pero sus nudillos estaban blancos al aferrar la barandilla de metal.
En la calle, un claxon rompió el momento. Louis saltó como un gato asustado. —¡Es mi bus! —giró hacia las escaleras, tacones escolares repiqueteando contra el mármol—. Gracias, Harry, pero... ¡luego hablamos!
Harry no respondió. Solo observó cómo la falda plisada de Louis ondeaba al tomar la curva de los escalones, cómo los tendones de sus pantorrillas tensaban las medias blancas. La puerta del edificio se cerró con un golpe sordo cuando Louis desapareció en la tormenta. Harry permaneció inmóvil, respirando el aire que aún guardaba el aroma de champú de manzana y nervios adolescente. Un año. Trescientos sesenta y cinco días coleccionando migajas: el roce casual en el ascensor, la risa aguda filtrándose bajo su puerta, la sombra de Louis pasando como un suspiro por el ojo de la cerradura cuando limpiaba el pasillo. Su obsesión era un animal bien entrenado, silencioso bajo la piel, invisible tras la sonrisa de vecino amable.

En el apartamento de Harry, todo guardaba un orden militar. Excepto el cajón inferior de su escritorio. Ahí, bajo facturas y manuales de contabilidad, una foto recortada mostraba a Louis riendo en el parque el verano pasado, las piernas desnudas bajo unos shorts cortísimos. Junto a ella, un listón azul marino arrancado de una vieja falda escolar encontrada en la lavandería del edificio. Harry no tocó esos objetos ahora. Se limitó a mirar por la ventana mientras la lluvia dibujaba caminos en el cristal, siguiendo la ruta del autobús escolar con los ojos hasta que se perdió entre los edificios. Su puño se cerró contra el marco frío. *Pequeño imprudente*, pensó, *caminando solo bajo esta lluvia*. El deseo de seguirlo, de vigilarlo desde algún rincón oscuro del instituto, le quemaba las venas como ácido. Pero no. La paciencia era su armadura.
En la sala de clases, Louis se frotó los brazos. El aire acondicionado golpeaba su piel desnuda entre los calcetines altos y el dobladillo de la falda. "¿Louis? ¿Estás con nosotros?" La voz de la profesora de química cortó su ensoñación. Había estado recordando la manera en que los dedos de Harry, grandes y con venas marcadas, casi habían rozado su cintura en el choque del pasillo. "S-sí, señora Perkins", tartamudeó, sintiendo cómo el rubor le subía desde el escote del uniforme.

Durante el recreo, apoyado contra los casilleros metálicos, Louis mordisqueó su manzana con demasiada fuerza. *¿Por qué piensas esas cosas?*, se regañó mentalmente mientras observaba a sus compañeros pasar. Harry era solo... Harry. El vecino que una vez le había arreglado la cadena de su bicicleta bajo la lluvia. El que le guardaba los paquetes cuando su madre viajaba. Nada más. Absolutamente nada más. Louis apretó los ojos, como si pudiera expulsar la imagen de aquellos hombros anchos bajo la camiseta mojada. Era ridículo, incluso peligroso, imaginar calor en esa mirada verde cuando solo había cortesía vecinal.

El timbre del final de clases sonó como un alivio. En el autobús de regreso, Louis apoyó la frente contra el vidrio frío. Cada gota de lluvia que resbalaba parecía arrastrar consigo sus pensamientos intrusivos. Harry tenía casi treinta años. Vivía solo, trabajaba en algo aburrido con números, coleccionaba tazas de café raras. Era el tipo que le devolvía el saludo con un "Hola, pequeño" educado y nada más. *¿Por qué demonios tu mente convierte eso en... en otra cosa?*, se reprochó, clavando las uñas en sus muslos bajo la falda. La imagen de aquellos dedos grandes, cerca de su cintura, era solo un accidente. Harry había sido rápido, profesional incluso, al evitar que tropezara. Nada de toques innecesarios. Nada de miradas prolongadas. Solo un vecino útil que sabía cambiar llaves de agua y nunca pedía nada a cambio.

Al entrar al edificio, Louis evitó mirar hacia el tercer piso —el piso de Harry—. Subió las escaleras de dos en dos, respirando aliviado al encontrar el pasillo vacío. Pero al abrir su puerta, algo blanco y cuadrado brilló contra el felpudo. Un sobre de papel rígido, sin remitente. Dentro, una postal antigua de Edimburgo bajo la nieve. En el dorso, una letra pulcra y angular: *"Encontré esto y pensé en tu proyecto de geografía. Espero que ayude. H."* Louis sintió un vuelco extraño en el estómago. Amable. Solo amable. Harry sabía que tenía ese trabajo atrasado porque su madre se lo había comentado en el ascensor la semana pasada. Nada raro. Absolutamente normal.

En su apartamento, Harry escuchó el portazo del departamento de abajo. Un sonido familiar, como el latido de un reloj. Se acercó al ventanal que daba al patio interior. Desde allí, a través de las persianas semiabiertas de Louis, podía distinguir la silueta del chico inclinado sobre la mesa de la cocina, examinando la postal. Harry sonrió, un gesto íntimo que nunca mostraría en público. El papel era de 1947, adquirido en una subasta online por un precio obsceno. Valía cada centavo por esa curva de sorpresa en los labios de Louis, visible incluso desde la distancia. Su dedo trazó el contorno de la historia de la postal, el autobús perdido. Harry cerró los ojos. Reconoció cada detalle: gaitas, tartan, whisky de malta. "¡Perfecto!", exclamó Louis, y Harry sintió el eco de su voz como un roce físico. Bajó la persiana lentamente. La postal era solo el principio. La paciencia, después de todo, tenía sus recompensas.

Louis dejó la postal sobre su libro de geografía. El frío del papel contrastaba con el calor que le quemaba las orejas. *Es solo un vecino amable*, repetía mentalmente mientras abría el refrigerador. Pero sus manos temblaban al servir agua. En el silencio de la cocina, cada crujido del edificio parecía un susurro de Harry diciendo "pequeño". Apoyó la frente contra la puerta de la nevera. El metal frío no calmaba el caos interno. ¿Por qué regalarle algo tan específico? ¿Por qué recordar un proyecto menor mencionado de pasada? Louis apretó el vaso hasta que los nudillos palidecieron. Era imposible que Harry... No. Simplemente un hombre solitario siendo amable con el hijo de su vecina. Nada más.
Arriba, Harry abrió el cajón inferior del escritorio. Sus dedos rozaron el listón azul marino antes de cerrarlo con suavidad quirúrgica. No necesitaba tocarlo. La imagen estaba grabada en sus párpados: Louis aquella tarde de junio, saltando un charco con los calcetines bajados, la falda ondeando como bandera de rendición. Harry se dirigió al baño. Bajo el agua helada de la ducha, imaginó las gotas recorriendo esas mismas piernas que él vigilaba desde lejos. "Pronto", murmuró contra la pared de azulejos. El proyecto de Edimburgo tenía fecha de entrega en dos semanas. Dos semanas para planear la siguiente "casualidad". Un libro, quizás. O una excusa para subir y "ayudar" con el montaje de la maqueta. La sonrisa que dibujó entonces era genuina, peligrosamente cálida. La paciencia era un arte. Y él era un artista
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