Waves
La niebla nunca se iba del valle de Nymros.
Estaba allí al amanecer, colgando como un velo húmedo sobre los tejados, las ramas secas y los senderos que se perdían en el bosque. Era densa, casi viva. Los ancianos decían que tenía memoria, que guardaba las voces de quienes no regresaban.
Lior lo sabía.
Había pasado ocho años huyendo de ese lugar. Ocho años intentando olvidar la noche en que su hermano gemelo, Elyas, desapareció sin dejar rastro en el bosque. Solo una linterna apagada, huellas que se perdían en la hojarasca, y un silencio tan profundo que parecía imposible de romper. La búsqueda duró tres días. Luego, nada.
Ahora, Lior regresaba.
Tenía veinticuatro años. Un cuaderno de dibujos bajo el brazo, una maleta con ropa apenas suficiente, y la dirección escrita a mano de la casa abandonada de sus abuelos. La puerta crujió al abrirse. El polvo recibió su presencia con indiferencia. Y el bosque, allá afuera, no había cambiado en absoluto.
—Lo extrañaba —murmuró Lior, sin saber si hablaba del lugar o de su hermano.
Las primeras noches fueron tranquilas. Demasiado. Salía por las tardes a caminar, siempre bordeando el límite del bosque. Dibujaba las ramas retorcidas, los nidos vacíos, las sombras que parecían moverse aunque el aire estuviera quieto. Pintaba como si su mano supiera algo que su mente aún no recordaba.
Y entonces, apareció él.
Un hombre alto, vestido con ropa oscura, parado entre los árboles como si formara parte del paisaje. Lior lo vio desde el sendero. No se movía, no hablaba. Solo lo observaba.
Al día siguiente, lo volvió a ver. Más cerca. Entre la niebla, al borde del claro.
A la tercera vez, lo encontró frente a él.
—Eres tú —dijo el hombre con voz grave.
—¿Nos conocemos? —preguntó Lior, confundido.
—Me has pintado.
Lior frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tu cuaderno —dijo el hombre—. El del banco del lago. Llevas dibujándome desde que llegaste.
Y era cierto. En sus bocetos, el mismo rostro aparecía una y otra vez. Siempre entre ramas, niebla, o reflejado en el agua. Un rostro que parecía recordar desde antes de conocerlo.
—¿Quién eres?
—Me llaman Thorne. Cuido el bosque.
—¿Guardabosques?
—Algo así —respondió con una sonrisa apenas perceptible.
Desde aquel día, Thorne comenzó a aparecer con frecuencia. A veces solo. A veces con una palabra, una advertencia, una mirada que dejaba a Lior sin aire. No era exactamente amable, pero tampoco hostil. Había algo contenido en él. Una energía que no terminaba de romperse.
—No deberías caminar solo al anochecer —le dijo una tarde.
—¿Por qué?
—El bosque escucha. Y recuerda.
—¿Qué recuerda?
Thorne se le quedó viendo.
—A tu hermano.
Ese fue el primer momento en que Lior sintió miedo.
Elyas tenía solo dieciséis cuando desapareció. Nadie supo qué pasó. Ningún cuerpo. Ningún rastro. Solo la certeza de que no había salido del bosque.
—Él no se perdió —dijo Thorne, días después, mientras caminaban entre árboles centenarios.
—¿Entonces qué pasó?
—Se quedó.
—¿Cómo puedes saber eso?
—Porque yo estaba allí.
Lior se detuvo.
—¿Qué dices?
—La noche que desapareció… lo vi. Lo seguí. Lo llamé. Pero no quiso volver.
Lior lo miraba con los ojos abiertos, respirando con dificultad.
—Estás mintiendo.
—No. Nunca mentiría sobre él.
—¿Por qué no lo dijiste antes? ¿Por qué no ayudaste?
—Porque no podía. Hay lugares del bosque donde ni yo tengo poder. Y Elyas eligió. Fue su decisión.
—¿Decisión de qué?
Thorne no respondió.
Las noches se volvieron más inquietas. Lior soñaba con voces entre las ramas. Con su hermano riendo en la distancia. Y con Thorne, parado bajo la luna, con los ojos brillando como si contuvieran constelaciones enteras. Despertaba con el corazón latiendo fuerte, con el nombre de Elyas en la boca.
Y una noche, soñó con algo más.
Un lazo de luz, atado entre su pecho y el de Thorne. Una conexión invisible que parecía latir con cada respiración.
Cuando se lo contó a Thorne, este no pareció sorprendido.
—Lo has sentido, ¿verdad?
—¿Qué cosa?
—La marca. El vínculo.
—¿Vínculo de qué?
—El bosque elige a los que pueden escuchar. Elyas escuchaba. Y tú también.
—¿Por eso he soñado contigo desde niño?
Thorne asintió, en silencio.
—¿Qué eres?
El hombre levantó la mirada hacia las ramas altas, cubiertas de musgo.
—No soy solo un hombre. Y no soy un monstruo. Soy… lo que quedó de algo antiguo. Algo que custodia. Algo que protege. Y a veces, algo que ama.
Lior no supo qué decir. Su corazón golpeaba contra el pecho como si buscara salir.
Pasaron semanas.
Thorne aparecía cada vez más cerca. Lior notaba cómo sus dedos se rozaban sin querer. Cómo las palabras se acortaban. Cómo los silencios pesaban más que las frases.
Una tarde, bajo la lluvia, Lior lo esperó en la entrada del bosque. No dijo nada. Thorne lo miró, mojado por completo.
—No tienes que tener miedo de mí —dijo Thorne—. Nunca lo tuviste, en realidad.
—No te temo —respondió Lior—. Solo me confundes.
—Eso también es parte de mí.
Y entonces, sin pensar, Lior lo abrazó.
Fue breve. Pero fue real. Los brazos de Thorne alrededor de su cuerpo, cálidos, firmes, antiguos. Un consuelo y una promesa.
—¿Dónde está mi hermano? —preguntó Lior días después.
—Vive en otro plano. Con los antiguos. No sufre. No está atrapado. Está en paz.
—¿Puedo verlo?
—Quizá, una vez más. Pero no podrías quedarte. Tú perteneces a este lado.
—¿Y tú?
Thorne dudó.
—Yo ya no pertenezco a ningún lado.
—Entonces quédate conmigo.
Thorne bajó la mirada. Pero en sus labios se dibujó algo parecido a una sonrisa.
—Te lo dije, Lior. Te he visto desde antes que supieras mi nombre. Y aún así, sigues aquí.
—¿Significa eso algo?
—Significa todo.
No se besaron esa noche. No se tomaron de la mano. Solo caminaron juntos, más profundo en el bosque, mientras la niebla se abría ante ellos como un suspiro.
El vínculo entre ambos no era pasión inmediata, ni deseo ciego. Era algo más silencioso. Más duradero. Como la savia que corre bajo la corteza de los árboles, invisible pero constante.
Lior no encontró a su hermano. Pero encontró a alguien que le hablaba con la verdad. Alguien que no era humano… pero lo entendía más que nadie.
Y eso era suficiente.
Porque bajo la piel del bosque, algunos corazones siguen latiendo.
Incluso después de ser olvidados.