Introducción
Mi nombre es Orión, y esta vez les traigo una historia que nació lejos de casa, en un rincón olvidado del mundo. Pero antes de entrar en ella, quiero comenzar desde el principio.
Movido por el deseo de encontrar relatos que merecieran ser contados, decidí partir hacia Inglaterra, a un pueblo escondido entre colinas y nieblas, un lugar tan apartado que parecía resistirse al paso del tiempo. Su nombre: Kettlewell, en Yorkshire.
El viaje fue largo, agotador, pero mis ansias de aventura eran más fuertes que el cansancio. Soporté trenes interminables, carreteras solitarias y un viento frío que parecía seguirme a cada paso. Y al fin, tras muchas horas, lo vi: un pueblo de calles estrechas y casas de piedra, donde la arquitectura parecía susurrar secretos y la naturaleza lo abrazaba con un aire casi sagrado.
La gente allí era amable, demasiado amable quizás, como si cada habitante conociera a los demás de toda la vida. Sin embargo, yo apenas tuve tiempo para fijarme en los detalles. El cansancio pudo más que mi curiosidad. Apenas crucé la puerta del hotel, me dejé caer sobre la cama sin siquiera desempacar, y me perdí en un sueño pesado.
Al día siguiente desperté con nuevas fuerzas y con mi única herramienta imprescindible: mi celular. No me importaba maleta ni comodidades; lo único vital para mí era grabar cada conversación, cada historia, cada detalle que pudiera convertirse en parte de una crónica.
Durante horas recorrí calles y plazas, hablándole a quien quisiera regalarme unos minutos. Escuché sobre seres sobrenaturales, cementerios antiguos, almas que rondaban las colinas, caballeros olvidados y hechiceros de tiempos pasados. Historias bonitas, sí, pero sin vida. Ninguna de ellas me estremecía, ninguna me daba esa punzada en el pecho que uno siente cuando encuentra un relato digno de ser contado. Eran palabras vacías, ecos que se apagaban antes de dejar huella.
Así pasaron cinco días, y la desesperación comenzó a morderme. Mi tiempo era limitado: solo siete días para descubrir algo que mereciera escribirse.
En ese lapso, hubo un detalle que me llamó la atención: un hombre. Siempre lo veía, sin importar en qué rincón del pueblo me encontrara. Viajaba en un extraño vehículo, mitad moto, mitad camioneta destartalada, con el que recolectaba la basura de los vecinos. Separaba lo que servía, reciclaba lo que podía, y aceptaba cualquier pago: monedas, pan duro, ropa vieja... lo que fuera. Muchos lo consideraban un loco, y entre murmullos me decían que la gente solo lo ayudaba para deshacerse de su propia carga. Sin embargo, su presencia constante era imposible de ignorar. Pueblo pequeño, sí, pero él siempre estaba ahí, como una sombra que nunca me perdía de vista.
Ya en el sexto día, agotado y frustrado, decidí rendirme un poco. Entré en un bar buscando un respiro, tal vez un trago que calmara la ansiedad de no encontrar nada. Me serví la primera copa, y apenas probé el licor, una voz áspera y cansada me interrumpió desde mi lado:
—Veo que buscas historias, muchacho.
Giré el rostro, y lo vi. Era un anciano de aspecto peculiar: barba larga y canosa, cabellos grises que caían desordenados sobre sus hombros, ropa gastada pero curiosamente arreglada. Había en él algo extraño, como si no encajara del todo en ese lugar.
—Cazador de historias, ¿verdad? —dijo sin rodeos.
Lo miré sorprendido y asentí.
—Sí, señor. Llevo ya cinco días aquí, escuchando relatos de todo tipo... pero ninguno me ha atrapado. Nada que valga la pena escribir.
El anciano sonrió de forma torcida y levantó la botella que señalaba con el dedo huesudo.—Cómprame una de estas, muchacho... y te contaré una historia que nunca olvidarás.
—¿Tres cientos dólares? —protesté cuando el chico de la barra me dijo el precio.
—¿Quieres la historia o no? —replicó el viejo con un brillo extraño en los ojos.
Con un suspiro, saqué el dinero. Más le vale que sea buena, pensé mientras cargaba con aquella botella tan cara como mi desesperación.
Sin perder tiempo, me llevó en su extraño vehículo hasta su casa. “Casa”, dije en mi mente, pero en realidad era poco más que cuatro paredes húmedas, un techo bajo, una ventana rota y una puerta que parecía sostenerse por costumbre. El interior apenas tenía lo indispensable: una cama vieja cubierta de sábanas parchadas, una mesa roída, una estufa de dos hornillas y una cafetera que parecía más antigua que él mismo.
Se sentó en la cama con un movimiento cansado, arrastró una pequeña mesita y colocó la botella encima junto a dos vasos. Me señaló un taburete de madera gastado.
—Siéntate. —Dijo mientras servía dos copas. Levantó la suya y la hizo sonar contra la mía—. ¿Quieres escuchar mi historia, o no?
Bebimos. Yo encendí mi celular en modo grabadora. No pensaba perderme ni una palabra.
El anciano se aclaró la garganta y comenzó:
—Yo nací en esta misma casa, en el año 1945. Mis padres eran pobres, muy pobres. Mi padre hacía lo mismo que hago yo ahora: recoger la basura de los vecinos, separar el metal, el papel, el plástico... y lo demás lo compraban las grandes empresas de abono. El pago nunca era fijo: unas veces dinero, otras comida, otras ropa usada. Así crecí, con lo poco que teníamos en la mesa.
Mi infancia fue dura, sin escuela, sin lujos. Mi padre trabajaba de lunes a domingo, sin descanso. Mi madre remendaba la ropa que nos regalaban, hacía las compras con lo poco que había y preparaba la comida como podía.
En 1957, yo tenía apenas doce años cuando comencé a trabajar con mi padre. Juntos recogíamos basura, partíamos leña, limpiábamos solares. Y cuando no había de eso, yo me las ingeniaba: repartía periódicos, llevaba correspondencia, hacía mandados. Cualquier cosa por un poco de dinero extra.
Recuerdo bien el día que le llevé mis primeras monedas a mis padres. Ellos me miraron con seriedad y me dijeron que no, que ese dinero no era para la casa. Que debía guardarlo, porque sería mi futuro. Y así lo hice. Encontré un balde plástico con tapa, lo limpié bien, y allí fui echando, poco a poco, cada centavo ganado con mi esfuerzo.
En 1964, con diecinueve años, ya trabajaba en una finca que me había dado cobijo desde hacía mucho tiempo. Allí aprendí de todo: agricultura, ganadería, administración, el cuidado de la tierra y de los animales. El patrón confiaba en mí, me pagaba bien y me enseñaba cada secreto del campo. Y gracias a eso, mi familia y yo comenzamos a vivir un poco mejor. Pobres aún, sí, pero al menos había esperanza.
Mil veces intenté sacar el dinero que había guardado, pero mis padres nunca me lo permitieron. “Cumple tu sueño, hijo”, era lo único que decían.
Hasta aquella noche.
Después de cenar, mis padres enfermaron de golpe. Cayeron en cama. Llegaron médicos, vecinos, todos queriendo ayudar. Pero entonces descubrí la verdad: ellos habían ocultado su enfermedad durante años. Era cáncer. Y el tratamiento costaba más de lo que yo podría ganar en una vida.
Recuerdo a mi padre, tendido en la cama, sujetando mi mano con fuerza. Lo vi a los ojos, y en su mirada no había miedo, solo determinación.
—Estoy dispuesto a dar mi vida por tu futuro, hijo mío —me dijo.
Dos meses después, murió mi padre. Y un mes después, mi madre.
Me quedé solo... pero esas palabras me siguen a todas partes:
“Daré mi vida por tu futuro, hijo mío.”
Saqué todo el dinero que había juntado en mi balde de ahorros y, sin pensarlo demasiado, tomé la moto que había sido de mi padre. Con ella me dirigí hacia donde estaba mi amigo y maestro, un hombre sabio en el campo: un ganadero respetado. Me paré frente a él con la decisión clara en mis labios:
—Quiero ser como usted, ganadero y agricultor. Y aquí tengo todo esto para empezar.
Ese día no solo inicié un camino, sino que también cumplí el sueño de mis padres.
Para 1970 ya era dueño de mi propia finca. Había terminado la escuela, el colegio, como siempre quisieron mis viejos, y a mis 25 años me consideraba un joven exitoso. Me inscribí en la universidad para seguir superándome, y mi finca prosperaba: vendía carne, lácteos, legumbres... poco a poco me convertí en un verdadero señor de negocios.
Fue en una de esas fiestas del pueblo, cerca de Navidad, cuando la vida me sorprendió. En medio de bailes, risas y música, choqué por accidente con una mujer en la plaza. Llevaba un refresco en la mano, y al caer sobre mí me manchó la camisa.
—Discúlpeme, lo siento mucho —dijo con apuro.—No pasa nada, fue un accidente... descuide —le respondí, aunque lo cierto es que en cuanto la miré a los ojos algo dentro de mí se iluminó.
Desde ese instante su rostro quedó grabado en mí.
El fin de semana siguiente, en la venta del pueblo donde todos acudían a comprar mercadería, la volví a ver.
—Mi nombre es Jennifer —me dijo sonriendo.—Yo soy Kael, un placer —contesté.
Desde aquel día nació una amistad que pronto floreció en amor. Sin darme cuenta ya estábamos viviendo juntos, y fueron tres años de felicidad sincera.
Pero como en toda historia, había un vacío que nos carcomía: por más que lo intentábamos, no podíamos tener hijos. Esa frustración se convirtió en un muro entre nosotros. Llegaron las discusiones, las peleas, y poco a poco lo que construimos empezó a tambalear. Una mañana, sin decir más, la vi recoger sus cosas. Cruzó la puerta sin mirar atrás... y jamás la volví a ver.
El dolor me hundió. Para distraerme me uní a los mozos, trabajando codo a codo con ellos, pero pronto comprendí que los animales y las plantas sienten lo que uno lleva dentro. Los plantíos comenzaron a secarse, mis animales enfermaron, y aquella finca llena de vida se fue apagando conmigo. La venta cayó, uno a uno los mozos se marcharon, y yo quedé solo entre ruinas.
La depresión me arrastró hacia el alcohol y las apuestas. Al principio pensé que nada podía empeorar: ya había perdido a mis padres y a la mujer que amaba... ¿Qué más podría quitarme la vida?
Y me lo quitó todo.
En borracheras y noches de apuestas terminé perdiendo mi finca, mis animales, mi casa, mis huertos. Todo se esfumó. Lo único que me quedó fue la vieja casa donde crecí, y un puñado de recuerdos que dolían más que consolaban.
El dinero ahorrado también se desvaneció en ese abismo de errores. Y cuando me vi sin un centavo, sin siquiera poder comprar un pedazo de pan, entendí que lo único que me quedaba era volver a lo que mejor sabía hacer: recoger basura en la moto que un día fue de mi padre.
Y así llegué a 1975. Treinta años de vida encima, perdido, jodido y alcohólico. Pasaba los días recogiendo basura y las noches gastando hasta el último centavo en alcohol.
Un día, cruzando el puente del General —llamado así porque lo construyó un militar durante la guerra—, el sol reflejó algo en la orilla del río que corría bajo el puente. Me detuve y bajé. Entre tierra, lodo y suciedad encontré dos brazaletes de lo que parecía ser oro puro. Tenían inscripciones extrañas, como garabatos que no podía comprender.
—Rayos... creo que la suerte por fin me sonríe. —dije entre risas—. ¡Ya dejaré de ser pobre con esto!
Me los puse, uno en cada muñeca. Encajaban a la perfección, como si hubieran sido forjados para mí. No le di más vueltas y seguí mi ruta, recogiendo basura como siempre.
Fue entonces cuando la vi. Jennifer. Bajaba de un vehículo lujoso, con dos niños de la mano: un varón y una niña. Reían juntos, parecían felices. Yo, cubierto de sudor y mugre, me detuve cuando me hicieron señas. Bajé la cabeza, avergonzado.
—Aquí tiene, señor. —me dijo ella, extendiéndome unas monedas.
No sé si fue mi voz quebrada, o mi rostro destruido por los años, pero ella me miró con los ojos entrecerrados... como si en el fondo supiera quién era. Yo no aguanté. Mi mundo se vino abajo en un instante.
Dejé la ruta y me fui directo a la cantina. Compré una botella y me refugié bajo un árbol, ahogado en lágrimas. Bebí hasta perderme. Cuando la botella se acabó, subí a la moto y, sin pensar, fui directo a su casa.
Golpeé el portón con piedras y patadas mientras gritaba:
—¡Maldita! ¡Mira lo que hiciste! ¡Me arruinaste la vida! ¡Lo perdí todo por tu culpa!
Entonces apareció ella, y detrás de sus pasos, aquel hombre.
—¿Kael? —dijo, sorprendida.—¡Sí! Mírame, mírame bien... ¡Así me dejaste! Perdí todo lo que construí, ni siquiera terminé mis estudios... ¡me quitaste la vida!
El hombre salió de inmediato y me golpeó en la cara con fuerza.
—¡No le hables así a mi esposa, maldito vago borracho!
Caí al suelo, sangrando, la cara desfigurada. Los vecinos nos separaron, y yo, tambaleante, me levanté, la miré una última vez... y me subí a la moto.
Con el ojo cerrado por los golpes, la visión nublada y el alcohol corriendo por mis venas, no vi que tomaba la vía en sentido contrario. Justo al llegar al puente del General un vehículo frenó en seco. No tuve tiempo. Le golpeé de costado y salí disparado. La moto me arrastró al río, y mientras caía vi la luna brillar en el cielo antes de hundirme en la oscuridad del agua.
Sentí cómo me faltaba el aire. Mis pulmones ardían. La corriente me arrastraba. Y entonces, todo se apagó.
Pero no morí.
Y mientras servía otra copa, me dijo: “Aquí, jovencito, comienza la historia de un mundo olvidado por los dioses y abrazado por la magia: un mundo de hechizos, guerras, amores imposibles, lealtades inquebrantables, mentiras venenosas, sacrificios y aventuras que desafían al tiempo. Un mundo llamado Isphiria.”
Esta no será una simple historia... será una travesía. Una serie de varios libros que nos llevará de batalla en batalla, de región en región, descubriendo cada raza, cada planta, cada bestia, cada criatura que habita en estas tierras. Una enciclopedia viva que guardará el conocimiento de todas las razas, un bestiario con los monstruos que acechan, y pequeñas historias paralelas que revelarán secretos de cada personaje.
Isphiria no será solo palabras: será música que atraviesa el alma, poemas que sangran sentimientos, ilustraciones que darán rostro a cada leyenda, enseñanzas escondidas entre las sombras y sacrificios que marcarán cada página.
Esta será una saga destinada a ocho libros, cada uno más profundo, oscuro y deslumbrante que el anterior.
Espero que me acompañen en este viaje y que, juntos, crucemos de extremo a extremo el vasto mapa de Isphiria.
Porque una vez que entres... ya no habrá regreso.