Éter: Susurros en el silencio

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Summary

En el pueblo minero de Kragveld, sepultado bajo una nieve eterna y una plaga implacable que devora a los suyos, Sarya Lestarus teje telas raídas para comprar un día más de vida a su padre moribundo. El éter corrupto, veneno y salvación del imperio, envenena el aire y las esperanzas.Cuando soldados de Varkandor imponen una cuarentena asfixiante, Sarya vislumbra una salvación. Pero su hermano Kasius irrumpe en la noche, marcado por un crimen desesperado y ojos atormentados por horrores que no nombra. Entre promesas rotas y sombras traidoras, Sarya debe elegir: aferrarse a la ilusión de ayuda, o huir con Kasius al frío desconocido, donde la sangre en sus manos podría ser solo el comienzo

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Sombras en la Nieve

Sarya tropezaba en la nieve, que se amontonaba por doquier. Pintaba de blanco los tejados de las chozas de piedra. El musgo, endurecido por el inflexible frío de las Cordilleras de Kremvar, sellaba sus grietas. El gélido susurro del viento le helaba las manos mientras cargaba telas al mercado.

La plaza del mercado rugía con gritos, trueques y el crujir de la nieve bajo botas gastadas. Los hambrientos rebuscaban entre el olor a carbón y cuero viejo.

En un puesto destartalado, que parecía danzar por su fragilidad, Sarya cosía. Sus dedos aferrados a las agujas, la mirada perdida en el suelo lodoso. Un leve golpe contra la madera la trajo de vuelta.

“Te ves cansada, hija,” dijo doña Valeria. Su sonrisa era cálida pero frágil, como una vela a punto de apagarse. Ajustó el pañuelo que contenía su cabello gris y apretó levemente el hombro de Sarya. “¿Cómo sigue tu papá?”

“Igual,” murmuró Sarya. “Anoche tuvo otro episodio.” Un suspiro la llevó a la nada, sumida en pensamientos.

Valeria, apilando cajas y acomodando telas, ayudaba a la joven perdida. “¿Y tu hermano, cómo le va?” preguntó con tono tranquilo. Aunque una chispa de angustia asomaba en sus ojos arrugados.

“Se esfuerza mucho,” respondió Sarya. Apartó un mechón de su castaño cabello, con un dejo de frustración en la voz. “Siempre le digo que no se exija tanto, pero es inútil.”

Una discusión se escuchó desde un puesto cercano. Sarya y Valeria se detuvieron. La mirada fija en una mujer demacrada que ofrecía un anillo oxidado por un frasco de hierbas contra la plaga.

Valeria, dándose aire con un pañuelo, frunció el ceño. “Mira eso, tres mineros más cayeron esta semana. Solo nos queda rezar.”

El día en el mercado murió poco a poco. Dejó a Sarya con unas pocas monedas que apenas alcanzaban para algo. Apretó la bolsa, que parecía burlarse de sus esfuerzos. “¿Hierbas para papá o un caldo?” se preguntó.

Un murmullo creció en la plaza, silenciando los trueques. Un cuerno resonó. Una docena de soldados de Varkandor irrumpieron, custodiando a figuras con túnicas. Los locales contuvieron el aliento.

Los enviados escudriñaban Kragveld con ojos que atravesaban la malla más templada.

Un heraldo, con la barriga abultando su vestimenta, dio brincos para hacerse notar. “¡Reúnanse todos!” alzó la voz, soberbio. “El cónclave ha decidido poner al valioso pueblo de Kragveld bajo cuarentena. Estos especialistas de Varkandor examinarán a los enfermos mañana y evaluarán la situación.”

Sarya caminó a casa, el eco de esas palabras pesando en su pecho. Entre paredes mohosas, Remon yacía postrado, delgado, con cuencas marcadas, como si su vida escapara de su cuerpo. Su respirar era lento, un sueño continuo.

Sarya machacaba hierbas, pensando en el heraldo. ¿Podrían curar a su padre? Preparó un brebaje y dejó avena rancia y pan duro para Kasius.

Exhausta, se recostó en el suelo, mirando el techo agrietado. “¿Esos tipos de túnicas podrán ayudar a papá?” murmuró. “Ninguno nos miraba.” Con dudas y una chispa de esperanza, el sueño venció sus párpados cansados.

Un crujido fuera la despertó antes del amanecer. Una fuerza se abalanzó sobre ella, haciéndola forcejear.

“¡Por Ostero, hermana, soy yo, cálmate!” susurró Kasius, pálido como quien ha visto un muerto. Los ojos fijos en la puerta.

“¿Qué rayos te pasa, Kasius?” Antes de que terminara, él la cortó.

“Alista tus cosas y las de papá,” susurró, temblando. “Nos largamos.”

“¿Huir?” exclamó Sarya, asustada. “¿Por qué?”

Kasius, absorto, empacaba con manos callosas. Sarya sintió el pánico crecer. Imágenes de desastre azotaban su mente. Vio la espada corta en su cintura, la ropa manchada de sangre. Su corazón se detuvo.

“¿Kasi?” dijo, la voz rota. “¿De dónde sacaste eso? ¿Qué hiciste?”

“Lo que debía,” respondió Kasius, la voz temblorosa. “Yo… maté un soldado.”

El silencio aplastó la habitación. ¿Fugitivos? ¿Resistiría papá? Las imágenes quebraron a Sarya. Rompió en llanto. “Iban a curar a papá,” sollozaba.

Kasius, joven trabajador que lo daba todo por su familia, tenía las manos manchadas de sangre, no solo de tierra. Se acercó y posó una mano sobre ella. “Te lo explicaré, pero no ahora,” dijo, con miedo y firmeza. “Sé fuerte, Sary. Confía en mí.”

Con dudas, Sarya se puso de pie. Frente a Kasius, su respirar se calmó. Pero su rostro condensaba un torbellino de emociones: tristeza, ira, miedo. Alzó las manos hacia él. Kasius cerró los ojos, esperando un golpe.

“Quítate la camisa,” murmuró Sarya, con ojos vidriosos. Desabrochó los botones manchados de sangre.

Se dirigió a empacar ropa y medicinas para Remon. Kasius, como ratón huyendo de un cazador, vigilaba la ventana. “¿Cómo planeas que salgamos?” preguntó Sarya, parada en el centro de la habitación. Sostenía una bolsa de tela cosida con esfuerzo días atrás.

“Necesitamos una distracción,” dijo Kasius, pensativo. “Escaparemos por el bosque.”

“¿Y luego qué? ¿A dónde iremos?” protestó Sarya, agitando las manos. “¿Has pensado en eso? ¿En papá? ¿En nosotros?”

Kasius, con impotencia e ira, apartó la vista de la ventana. “¡Ya basta, maldición!” alzó la voz, rudo. “Justamente por pensar he hecho todo esto.”

“¡Y una mierda!” reclamó Sarya, molesta, golpeándolo en el pecho. “¿Te pedimos que te mancharas las manos? ¿Que mataras? ¿Cuál era tu gran plan? ¿Robar esos malditos cristales de éter y venderlos en el mercado negro?”

“¡Maldita sea, cállate!” gritó Kasius, la voz ronca, apretando los puños. “No lo entiendes.”

“¿Entender?” replicó Sarya, igualando su tono. “Tú eres el idiota que no entiende. Ellos pueden ayudar a papá, podrían… salvarlo.”

Con lágrimas en los ojos, Kasius tomó a Sarya por los hombros. Midió su fuerza con poco éxito. “Ellos están aquí para matarlo,” dijo, la voz temblorosa.

“¿Matarlo?” repitió Sarya, estupefacta. “No lo entiendo. Vienen de Varkandor, son especialistas. ¿Por qué harían eso?” Aún incrédula, intentaba procesar lo dicho.

Kasius la soltó. Buscaba fuerzas, como si hablar fuera exhaustivo. Se sentó, momentos después más calmado. “Orvin y yo perdimos una apuesta con los mayores. Al ser los más jóvenes, nos enviaron al pozo por agua,” dijo, comenzando a temblar. “Al volver, cerca de la entrada, escuchamos gritos de súplica.” Se le cortó la voz. Lágrimas brotaron poco a poco. Continuó, sin embargo. “Nos escondimos. Los gritos de horror nos torturaban. Eran soldados. Escuché al de la risa burlona decir que no pueden quedar sobrevivientes en la mina. Que nuestra tarea estaba completa. Solo faltaba el asunto con los enfermos.”

Sarya se llevó las manos a la boca, en shock. Entendía lo que venía. Todo ápice de esperanza se diluía. Frente a ella, su fuerte hermano se derrumbaba, sollozando a moco tendido.

“Cuando era seguro, entramos a la mina,” dijo Kasius entre sollozos. “Cuerpos bañados en sangre. Todos estaban muertos, Sary. Muertos.”

Las palabras penetraron en Sarya. Su cuerpo se congeló. Parecía un peleador que se rinde ante la pelea. Su cara lo decía todo. Kasius se acercó a su padre enfermo. Lo miró con ojos tristes. Posó la mano sobre su cabeza, acariciando su cabello cenizo. “No sé por qué nos quieren a todos muertos, pero creo que se relaciona con la plaga,” continuó, la voz más calmada y llena de convicción. “Es por eso que debemos huir. Podemos comenzar en otro sitio. Orvin nos espera en las afueras con caballos y carretilla para papá.”

Sarya se acercó por detrás. En intento de cargarse de energía y compartir el peso, se unieron en un abrazo fraternal.

Ya el sol comenzaba a recibir a Kragveld. Algunos se encontraban en su rutinaria labor. Entre las carentes chozas, se avistaban soldados con figuras de túnicas yendo a ver a los mineros caídos por la plaga. Entre la nieve y los barrosos caminos, alguien iba con paso firme. Cruzó la plaza en dirección a los almacenes de grano. Se detuvo frente a la estatua de Ostero, apretando su bolsa de tela cargada. “Oh patrón mío, cuidador y benefactor de obreros, por favor, dame fuerzas,” suplicó Sarya. Luego se acercó sin llamar la atención a los almacenes. Sacó de la bolsa lo necesario. Pronto, la blancura de la nieve reflejó rojo intenso que no tardó en pintar el lugar. La multitud agitada comenzó a reunirse alrededor. Murmullos crecían con las vivas llamas. “¡Por Ostero, se queman los almacenes!” se lamentó un local, viendo cómo su único plato de comida al día ardía en las llamas.

Sarya aprovechó y apuró el paso para salir y encontrarse con Kasius y Remon. Al pasar cerca de una choza donde revisaban a un minero enfermo, una de las figuras con túnicas salió a la puerta, apurado por el agite del incendio. De reojo, Sarya vio cómo sostenía un trozo de piedra con un leve resplandor verde entre sus delicadas y blancas manos. Sus inexpresivos ojos emanaban una tenue luz. Sarya pasó rápido. Pero dentro de ella sintió un lazo que la unía a la piedra, como si la detectara algo en ella. Agitó la cabeza y volvió en sí para seguir su camino. El hombre en túnica se percató de la reacción de la piedra. Buscó rápido entre la multitud. Mientras tanto, la piedra y sus ojos se normalizaban a la sombra del ojo de los locales. Pero no vio a nadie.

Detrás de una carreta rota, estaba escondido Kasius. Entre sus brazos cargaba al sentenciado Remon, cubierto con sábanas para ocultar su ser. Pisadas se acercaban a paso veloz. “Está hecho,” dijo Sarya, con voz agitada, buscando respirar. “Debemos salir rápido.”

“Orvin nos espera. Si partimos ahora, tardaremos tres días en llegar a Varkandor,” dijo Kasius. Sarya tomó las bolsas con las cosas de todos. Se disponían a partir. Pero una voz cortante los detuvo.

“Pensé que mis ojos me habían engañado,” dijo la señora Valeria, con ojos vidriosos pero una mirada despiadada, como un asesino. Su mano posaba sobre su pecho. “¿Por qué nos has hecho esto?”