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Capitulo uno
El despertador sonó a las siete, pero yo ya estaba despierta. No por costumbre, sino por inquietud. Cada día se sentía como una cuenta regresiva hacia un destino que no había elegido.
Me levanté con la misma energía que fingía cada mañana. Entré al baño, me lavé la cara con agua fría, como si pudiera borrar el peso de mis pensamientos. Luego me senté frente a la mesa, encendí la computadora y comencé mi clase virtual. Estaba a punto de cumplir la mayoría de edad y también de graduarme de la secundaria. Soñaba con ir a la universidad, aunque sabía que los sueños, en mi mundo, eran un lujo peligroso.
A pesar de vivir en pleno siglo XXI, no tenía vida social. No conocía parques, ni centros comerciales, ni amigas con quienes compartir secretos. Mi padre trabajaba para la mafia y controlaba un barrio apodado por la organización como La Viuda. No era el jefe, pero desobedecía muchas de sus reglas. Yo lo sabía, pero nunca me atrevía a decir nada. En ese mundo, el silencio era más seguro que la verdad.
Dicen que soy hermosa e inteligente. Tengo la piel bronceada, los ojos marrones, el cabello oscuro y una cintura que parece dibujada por el sol. Mi madre me heredó rasgos latinos y una dulzura que sobrevive en mis gestos, a pesar de todo.
Sé lo que el dinero puede dar, pero también lo que puede arrebatar. En unas semanas, mi padre me entregará en matrimonio a uno de los mafiosos más influyentes de la organización. Es parte de un acuerdo con el jefe de la mafia de Estados Unidos. Mi padre robó dinero, y para no perder la vida, me ofreció como moneda de cambio.
En el trabajo, es un peón obediente. En casa, un tirano salvaje. Todos lo obedecen sin hablar, por miedo a los castigos de Alimenes.
Después de clase bajé a desayunar. Saludé a los empleados y pregunté a la señora Lucía:
-¿Dónde está mi padre?
-Salió temprano. Lo llamaron -respondió ella con voz baja.
Comí pan con huevo, mi favorito, acompañado de avena. Lavé mi plato y caminé hacia la piscina. Metí los pies en el agua, buscando un alivio que no encontraba.
La señora Lucía se acercó:
-¿Qué te pasa, niña?
-Nada... Solo que no sé si tengo oportunidades reales. Ya sabes cómo es mi padre. Me juzga por mi cuerpo, por la vida que me da. No es la más hermosa, ni la más libre.
La tarde pasó lenta, como si el sol también estuviera atrapado. Al llegar la noche, cenamos todos menos él. Recogimos la mesa en silencio y nos retiramos a nuestras habitaciones.
Un grito rompió la calma.
-¡Anna! -se oyó desde la sala.
Bajé. Mi padre estaba borracho. Me tomó del cabello y me exigió una botella.
Así pasó la noche. Alimenes me miraba como a una empleada más, no como a su hija. Los demás se escondían, temiendo vivir lo mismo que yo.
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Espero y les guste mí historia
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