Prologo.
Prologo.
Ahí estaba yo, de rodillas en la arena húmeda, quemando nuestras cartas bajo la luz violácea del amanecer.
Había escuchado que el fuego purifica, que las llamaste liberan de los recuerdos que pesan demasiado, pero nadie me advirtió que el viento de la playa jugaría en mi contra, arrastrando los trozos de papel medio quemados hacia la orilla, donde las olas los devoraban con indiferencia.
La playlist de aquel verano sonaba desde mi teléfono, ahogada por el rumor del mar, canciones que habíamos elegido entre risas, con los pies enterrados en la arena y la piel pegajosa de bronceador, nuestras canciones, las que ahora sonaban como un eco de algo que ya no existía; una carta se resistió a arder, la reconocí al instante: estaba escrita en ese papel azul pálido que compramos en el puesto de la esquina, el mismo tono del mar en días tranquilos.
No la leí, no hacía falta, recordaba cada palabra, cada promesa hecha a medias entre besos salados y noches sin luna, la sostuve sobre las llamas, dejando que el calor la chamuscara sin destruirla del todo, luego, con un gesto que ni yo misma entendí, la guardé en el bolsillo de mi short desgastado. Justo cuando el sol asomaba sobre el horizonte, juré escuchar tu risa entre el sonido de las gaviotas; como si el mar, en un acto cruel de ironía, decidiera devolverme solo el recuerdo de lo que ya se había llevado…