Lo invisible tambien late.

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Summary

En la guerra de la Fractura del Latido, Elyrion perdió a su Emperador y casi a su heredera. Para salvarla, la Emperatriz Vaelis abrió un portal hacia la Tierra, fusionando el destino de su hija con el de una familia humana. Iria Arens siempre se creyó una chica normal, hasta que la magia del Elaris despierta en ella. Descubre entonces que es Libea Saelar, heredera de un linaje oculto y clave para restaurar el equilibrio entre mundos. Un pasado enterrado, un reino en ruinas y un enemigo envuelto en sombras la esperan. Y el latido que una vez fue fracturado decidirá si ambos mundos sobreviven… o caen en la oscuridad.

Genre
Fantasy
Author
Carmen
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

La fractura del latido





Prólogo


Un aullido infernal quebró la quietud de la noche en Elyrion. De entre las sombras emergió una bestia colosal. Su cuerpo, antaño majestuoso, estaba ahora consumido por la corrupción. El pelaje ennegrecido supuraba oscuridad líquida, que caía al suelo como humo espeso y venenoso. Las grietas que recorrían su piel brillaban con una luz roja enferma, y de sus fauces escapaban respiraciones que apagaban la luz a su paso. Sus ojos, dos brasas encendidas, ardían con rabia y dolor… y en lo más profundo, un eco de lo que una vez fue. Donde pisaba, la hierba moría; las piedras se agrietaban. De un golpe hizo añicos las puertas de mármol de la sala del trono y avanzó entre las columnas.


Eldan, Emperador de Elyrion, lo esperaba rodeado de sus guardianes imperiales. Alzó la mano invocando un destello de luz plateada: la magia ancestral Elaris despertó a su llamado. Los guardianes desenvainaron sus espadas al tiempo que el Grivan avanzaba con un gruñido.


—¡Detente aquí! —tronó el Emperador—. No permitiré que profanes este lugar sagrado.


El Oscurecido respondió con una risa helada. Al instante, extendió su brazo y lanzó una ráfaga de energía oscura. La bestia se abalanzó sobre los guardianes, desatando el caos. Un guardián voló por los aires tras el zarpazo del monstruo; otro cayó, derribado por una oleada de sombras que el Oscurecido proyectó con un gesto.


Entonces Eldan concentró su poder: un escudo de luz brotó a su alrededor. La magia oscura chocó contra la barrera plateada con tal fuerza que todo el palacio tembló. Vaelis, la Emperatriz Guardiana, presenciaba la titánica lucha con el corazón en un puño, sintiendo el antiguo poder vibrar en sus venas.


—Has osado traer la oscuridad a Elyrion… ¿Por qué destruyes lo que juraste proteger? —rugió Eldan, aferrando su escudo luminoso.


La pregunta hizo que el Oscurecido vacilara un instante. Sus ojos de sombra se posaron en Vaelis con un destello de algo parecido al dolor, pronto reemplazado por odio.


—No es por ti que estoy aquí —escupió con frialdad—. Este reino me pertenece… y lo recuperaré con sangre y oscuridad.


Sin más, formó una lanza de sombras entre sus manos y la arrojó. La barrera de luz estalló en mil pedazos y el impacto lanzó al Emperador contra el trono. Eldan cayó por los escalones de mármol y quedó tendido. Los guardianes restantes quisieron acudir en su ayuda, pero el Grivan les cortó el paso con un rugido feroz.


—¡No! —gritó Vaelis, viendo a su amado caer.


Ignorando el peligro, corrió hacia el Emperador. Se arrodilló a su lado y le alzó la cabeza con sumo cuidado. Eldan la miraba con dificultad; sangre oscura manaba de la comisura de sus labios.


—Vaelis… —susurró él, esbozando una débil sonrisa—. Mi amada…


El fragor de la batalla alrededor se desvaneció para Vaelis; solo existían ellos dos en ese momento. Con manos temblorosas, trató de canalizar su magia sanadora hacia la herida abierta en el pecho de Eldan, pero la oscuridad que la corroía impedía que el Elaris surtiera efecto.


—Escucha… Vaelis… No queda tiempo —jadeó Eldan—. Debes proteger… a la niña.


Un escalofrío recorrió a Vaelis al comprender. Instintivamente llevó la mano a su vientre, donde latía la hija de ambos aún por nacer.


—Eres la Guardiana del Elaris… la última esperanza de Elyrion —susurró él—. Sobrevive… por nuestra hija.


—Eldan, por favor… —sollozó ella, negando con la cabeza mientras las lágrimas le nublaban la vista.


—Te amo, Vaelis… siempre… —alcanzó a decir el Emperador, dejando escapar su último aliento con esas palabras.


La mano de Eldan cayó inerte y sus ojos se apagaron. Vaelis lo estrechó contra sí, apoyando su frente en la de él, y un llanto desgarrador brotó de su pecho. En segundos, el Emperador de Elyrion, su gran amor, había muerto.


El salón quedó en silencio. Solo se oían los quejidos de algunos guardianes heridos. El Oscurecido, aún empuñando su espada oscura, contemplaba a Vaelis arrodillada junto al cuerpo sin vida de Eldan. Por un instante, algo como la duda o el dolor brilló en sus ojos al verla llorar, pero enseguida desapareció.


Con manos temblorosas, Vaelis cerró los ojos de Eldan y depositó su cuerpo con suavidad sobre los escalones del trono. Luego se puso de pie. Las lágrimas seguían rodando por sus mejillas, pero en su semblante empezaba a arder una determinación fría.


El Oscurecido avanzó un paso con la espada en alto. La luz de la luna entraba por los vitrales rotos, recortando su figura. Vaelis no retrocedió; sintió la energía del Elaris encenderse con su ira y sus manos comenzaron a brillar.


—¿Cómo pudiste hacer esto? —clamó Vaelis, con la voz quebrada por el dolor y la rabia—. ¡Destruiste todo lo que amábamos… mataste a mi amado!


El Oscurecido se detuvo. A sus pies, el Grivan se desvaneció en humo.


—Vaelis… —murmuró él, y en esa sola palabra hubo un dejo de tristeza.


—¡No pronuncies mi nombre con falsa compasión! —replicó Vaelis, alzando su mano envuelta en luz—. Aún puedes renunciar a esta locura… No sigas el camino de la oscuridad, te lo suplico.


La resolución del Oscurecido flaqueó un momento; sus dedos temblaron sobre la empuñadura de la espada. Pero enseguida la amargura endureció de nuevo su mirada.


—Ese tiempo quedó atrás —dijo con amargura—. Elyrion me rechazó… tú me rechazaste. Ahora todo arderá y renacerá de las sombras.


Antes de que Vaelis pudiera responder, trazó un signo en el aire. Al instante, látigos de sombra brotaron del suelo y azotaron el escudo de luz que ella erigió a toda prisa. Los golpes de oscuridad hicieron crujir las columnas mientras luz y sombra chocaban con furia.


Vaelis resistió la embestida y contraatacó. Dio un paso al frente, empujando al Oscurecido con su escudo resplandeciente, y concentró su energía en una lanza de luz pura que surgió entre sus manos. Con un grito, la arrojó directa al pecho de su enemigo. El Oscurecido aulló cuando la lanza lo atravesó, clavándolo contra un muro. Su armadura se resquebrajó y humo negro emanó de la herida.


Aprovechando el momento, Vaelis tomó la espada cristalina de Eldan que yacía en el suelo y se abalanzó sobre el Oscurecido. Él alzó su espada a tiempo, y las hojas chocaron con un destello cegador que pulverizó los vitrales restantes.


El Oscurecido cayó de rodillas. Las sombras que lo envolvían se desvanecieron, dejando al descubierto un rostro joven y pálido bajo la capucha rota. Jadeaba, acorralado contra un pilar caído.


Vaelis alzó su espada, apuntando al corazón de aquel que antaño quiso. Un solo golpe bastaría para acabar con él.


El Oscurecido elevó la mirada. Sus ojos, habitualmente impenetrables, brillaban ahora con terror… ¿y arrepentimiento? Vaelis reconoció en ese semblante al hombre que había conocido antes de que la oscuridad lo consumiera.


Sintió que algo se rompía dentro de ella. Su brazo tembló y la espada quedó suspendida en el aire.


—No… no puedo —susurró Vaelis, ahogada por un sollozo.


El Oscurecido aprovechó la vacilación. Una oleada de energía oscura brotó de sus manos y golpeó a Vaelis de lleno en el pecho. La explosión la lanzó hacia atrás; la espada de luz se le escapó de las manos y se desintegró en el aire. Vaelis cayó con fuerza sobre el mármol agrietado, sintiendo que el mundo daba vueltas a su alrededor.


Con el cuerpo adolorido, se obligó a incorporarse. A pocos metros, el Oscurecido también se levantaba tambaleándose. Ambos estaban al límite de sus fuerzas; el próximo movimiento definiría todo. Él volvió a rodearse de sombras, reuniendo su poder para un último ataque: en su mano se formó una lanza negra idéntica a la que había herido de muerte al Emperador.


La furia que había sostenido a Vaelis se había apagado, dejándola vacía. Entendió con tristeza que nunca podría matarlo. Pero la vida de su hija latía en su interior. Debes sobrevivir… protege a la niña, resonó la voz de Eldan en su mente.


El Oscurecido gruñó, alzando su lanza de tinieblas listo para arrojarla. Vaelis supo que no vencería esa noche… pero aún podía salvar a su hija.


Cerró los ojos un instante y se concentró en el Elaris que corría por su sangre. El mármol manchado de sangre aún retenía ecos de la energía de los caídos. Nada se perdía, todo volvía al Elaris. Vaelis lo sintió y lo canalizó, llamando a un poder que trascendía la muerte.


El suelo vibró y un resplandor turquesa se abrió detrás de ella: un portal oval de luz giratoria. A través del umbral brillante se vislumbraba un cielo nocturno desconocido, con una luna solitaria y luces extrañas de otro mundo. Era la Tierra, un refugio más allá del alcance de la oscuridad.


La aparición del portal desató un vendaval en la sala, apagando por un segundo las sombras del Oscurecido. Vaelis sintió sus últimas energías desvanecerse al mantener abierto aquel umbral.


—¡No escaparás! —bramó el Oscurecido, lanzándose hacia ella con odio desesperado, intentando sujetarla antes de que cruzara el portal.


Vaelis dio un paso atrás y se sumergió en la luz, justo cuando la mano enguantada del Oscurecido intentaba aferrarla. Ella volvió la vista por última vez. En los ojos de su enemigo ardían la cólera y la desesperación… y tal vez un ruego mudo.


—Adiós… —susurró la Emperatriz, con la voz entrecortada.


La luz del portal los envolvió. Vaelis sintió la magia pura protegiéndola, mientras a su lado el Oscurecido lanzaba un alarido de agonía. Su esencia oscura no podía cruzar ese umbral sagrado, y la luz lo desgarró: jirones de sombra se desprendieron de su cuerpo como ceniza al viento.


Un destello final sacudió el portal y expulsó al Oscurecido de regreso al salón del trono. Cayó como un muñeco roto; su armadura se hizo trizas contra el mármol. Sobrevivió, pero apenas.


—¡No…! —rugió con la voz quebrada, extendiendo una mano hacia el portal mientras este se cerraba.


La última visión de Vaelis al desaparecer fue la del Oscurecido, derrotado de rodillas con odio y dolor en la mirada; el cadáver de Eldan yacía a los pies del trono vacío.


Vaelis cayó de rodillas en la Tierra cuando el portal se apagó tras ella. La noche aquí estaba silenciosa y fría, y al alzar la vista contempló un cielo extraño, con una sola luna brillando entre estrellas desconocidas.


Un sollozo escapó de sus labios. Estaba herida y exhausta; el peso de la pérdida de Eldan y la caída de Elyrion amenazaba con aplastarla. Pero entonces sintió un latido cálido en su vientre que le recordó por qué debía seguir viviendo.


Aquella noche, comenzó lo que después sería recordado como la Fractura del Latido.