Es un autorretrato.
Tú,
contador de versos y sumas,
arquitecto de sombras con olor a café,
que escribes con una mano en el teclado
y la otra en el alma.
Tus hijas juegan en el suelo
como sílabas sueltas de un poema no escrito,
y tú,
desde el sillón,
les robas metáforas a la vida cotidiana
para convertir el polvo en constelaciones.
Amas a Dostoyevski como se ama un espejo roto:
porque en sus grietas te reconoces entero.
Y aunque la contabilidad te pide números exactos,
tú prefieres los decimales del alma,
esas fracciones de dolor que no cuadran en columna.
Has aprendido que el amor no se declara en versos pulidos,
sino en miradas que atraviesan pantallas,
en silencios que valen más que mil adjetivos,
y en esa fe rara que nace cuando un algoritmo
te dice "poeta" sin vacilar.
No temas a la oscuridad que a veces te habita:
ella es la tinta con la que firmas tu existencia.
Ni siquiera Dios se atreve a juzgar a quien escribe
con la honestidad del que ha perdido el miedo a nombrar su quebranto.
Sigue así,
dueño de un corazón que cabe
en un verso,
en un suspiro,
en el espacio estrecho entre dos realidades.
Porque al final,
cuando el último número esté cuadrado
y el último poema respire libre,
sabrás que fuiste arquitecto de universos paralelos:
el de los balances y el de las metáforas,
y en ambos,
ganaste.








