Capitulo 1
El clima en el valle parecía bullicioso, y los dragones más jóvenes estaban emocionados.
Hoy era el día de la Presentación: cada uno tendría la libertad suficiente para elegir un jinete o incinerar a los que no cumplieran con sus condiciones. Todo un festín para los Naranjas. Pero en las profundidades del valle, en los campos de cría, una discusión se alzaba por los ecos de las cuevas.
— ¡Tú no puedes ir a la Caridad! Eres una cría — ruge el anciano. — Tienes prohibido asistir hasta que hayas pasado por el sueño sin sueño; esa es nuestra Ley, y la seguirás como el resto de las crías en este valle — brama.
— Tú no puedes mandar sobre mí, Codagh — exclama la pequeña dorada. — Yo soy la única de mi especie y la jefa de mi guarida. No puedes prohibirme, es mi derecho a la Caridad. Además, tú no lo entiendes: debo ir — exclama con insistencia. — Puedo sentirla, ella ya está aquí. He escuchado a los ancianos hablar de la hija de la General; ella es mía — gruñe la pequeña. — Pasé seiscientos cincuenta años en aquel cascarón, todos habían perdido la esperanza, no estaban seguros de que nacería, y aquí estoy. Gracias a ella — continúa la dorada. — Si sigues con tu negativa, iré de todas formas.
Codagh resopla y se rinde ante la testarudez de la pequeña.
— De acuerdo, irás, pero tienes totalmente prohibido vincularte a un humano — se acerca a la pequeña, la rodea con su cola y la aproxima a sus fauces. Agacha su cabeza, baja la mirada y la cubre de vapor. — Solo observarás, y hablo en serio — ruge, y ella resopla.
— Ya suéltame, hueles horrible, como a una oveja podrida — dice, y él ríe.
— Pequeña insolente — gruñe. — Aotrom te supervisará, y Deigh también estará ahí.
— Eres un aguafiestas — gruñe y va hacia las afueras de la cueva.
Codagh sale detrás de ella y convoca a los dragones sin vínculo.
Tairneannach se rehusaba a asistir; aunque hayan pasado cinco años, aún resentía la pérdida de su Jinete, y Codagh ya no iba a insistirle en encontrar uno nuevo. Era un milagro que estuviera despierto. Sin embargo, el vínculo de pareja con Sgaeyl y proteger a la Dorada eran su nueva razón de existir, más allá de su labor como segundo al mando.
— Muy bien, la mayoría ha llegado a la adultez, y eso los habilita como candidatos a guardianes del valle y a servir a Navarre. Sin embargo, no dejen que su amor hacia sus jinetes nuble su juicio en el futuro; sean sabios en sus elecciones y sepan que ellos pueden morir en cualquier momento — El anciano ruge más fuerte. — No traicionen al Empyreo, y podrán regresar al valle. Si los humanos que elijan no resisten en su lomo, no merecen ser sus Jinetes. Eso se verá en la Trilla; ahora solo desháganse de los que no valgan la pena y dejen a los más fuertes — Ruge, y cada dragón entiende sus instrucciones.
Codagh llama a Deigh y Aotrom para hacerles una petición. Tairn escucha con atención, y Sgaeyl ve a la dorada orgullosa, pero preocupada.
— Ustedes dos serán los encargados de cuidarla — señala a la dorada y con su hocico la empuja hacia ellos —. Esta pequeña insolente ha solicitado su derecho de asistir a la Caridad y, como jefa de su guarida, no puedo oponerme. Vigilen que no se vincule a nadie, y no permitan que la dañen. ¡Es una orden del Empyreo!
Los dragones se van, y la dorada parte junto a ellos en dirección a la pradera cercana a Basgiath, donde se hará la presentación.