Capítulo 1 - Murmullo
Nacho caminaba por el pasillo central de la escuela como si el mundo le debiera algo. No era el más alto, ni el más fuerte, ni el más popular, pero tenía algo que lo hacía destacar: una seguridad arrogante que lo envolvía como una capa invisible. Su mirada siempre iba por encima de los demás, como si estuviera observando desde una torre de superioridad intelectual. No creía en fantasmas, ni en energías, ni en nada que no pudiera explicarse con lógica. Para él, todo lo misterioso era una excusa para la ignorancia.
—¿Viste el video del tipo que dice que vio un duende en su patio? —preguntó uno de sus compañeros mientras caminaban hacia la salida.
Nacho soltó una carcajada seca, sin siquiera mirar al que hablaba.
—¿Duendes? ¿En serio? ¿Qué sigue? ¿Un unicornio con problemas de autoestima?
Los demás rieron, pero no con la misma intensidad. Algunos lo hacían por costumbre, otros por miedo a quedar del lado equivocado de su sarcasmo. Nacho no era cruel, pero sí implacable. Su forma de ver el mundo no admitía grietas, y cualquier intento de introducir lo inexplicable era recibido con burla.
Ese día, sin embargo, algo distinto flotaba en el aire. No era el clima —aunque el cielo estaba más gris de lo habitual— ni el ambiente escolar. Era una conversación que se deslizaba entre los murmullos del patio, como una melodía disonante que no encajaba con el resto.
Nacho se detuvo al escucharla, y lo hizo no por interés, sino por curiosidad estratégica. El tono del chico que hablaba era demasiado serio, demasiado preciso. No parecía estar inventando una historia para impresionar. Y eso, para Nacho, era raro.
—Mi papá es comandante —decía el chico, rodeado por tres amigos que lo escuchaban con atención—. Y hace unos meses trabajó en un caso que lo dejó... diferente. Nunca lo había visto así. Él no cree en nada, ni siquiera en Dios. Siempre se burlaba de los que sí. Pero después de ese caso...
Se acercó, sin decir nada. Se colocó a una distancia prudente, lo suficiente para escuchar sin parecer interesado. El chico continuó.
—Era un circo. Uno que quedó abandonado de repente. Nadie sabe por qué. Mi papá recibió una llamada de uno de sus compañeros, y lo que le contó fue... horrible. Todos los integrantes del circo fueron encontrados muertos. Pero no fue cualquier muerte. Sus rostros... estaban congelados en una expresión de terror que no parecía humana.
Uno de los amigos del chico se estremeció. El otro preguntó:
—¿Y qué pasó con el payaso?
El chico bajó la voz.
—Ese es el problema. Nadie sabe dónde está. Era el más raro de todos. Vivía en una casa de acampar dentro del terreno del circo. Practicaba cosas... turbias. Mi papá dijo que encontraron símbolos, escritos, cosas que no pertenecen a ninguna religión conocida. Algo oscuro. Algo que hizo que tanto el jefe del comando —un tipo que se burlaba de todo lo espiritual— como mi papá se acercaran a Dios por primera vez.
Nacho no pudo evitarlo. Se acercó más y soltó su comentario con la misma arrogancia de siempre.
—¿Y tú crees eso? ¿De verdad crees que un payaso con una tienda de campaña puede hacer que un comandante se convierta en creyente?
El chico lo miró con una seriedad que descolocó a Nacho por un segundo.
—No estoy hablando bien de mi papá porque sea mi papá. Estoy diciendo que lo que escuchó... lo cambió. Y eso que te conté es apenas un parpadeo de todo lo que él sabe.
Nacho sonrió con burla.
—Entonces dime dónde está ese circo. Quiero ir a ver si el payaso me hace creer en fantasmas.
El chico dudó, pero respondió.
—Está a quince minutos caminando desde aquí. Pero te advierto algo: no vayas. Yo intenté entrar una vez. No pude. Sentí algo... pesado. Como si el aire estuviera cargado. Como si alguien me estuviera mirando. Me sentí confundido, incómodo. Y eso que no vi nada.
Nacho lo miró con desprecio.
—Tal vez deberías dedicarte a estudiar en vez de inventar cuentos. Nos vemos.
Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y comenzó a caminar. No hacia su casa. No hacia la parada del autobús. Sino hacia el lugar que acababa de escuchar. El circo abandonado.