prologo: ¿como termine aqui?
Se dice que hace 3000 años nuestro mundo ardió hasta los cimientos.
Nuestros mares hirvieron convirtiendo un océano de vida en una tumba inerte, nuestros bosques fueron reducidos a piezas de carbón humeante.
Nadie sabe a ciencia cierta que lo desencadeno, ni de donde vino la catástrofe, pero la vida que nuestro pueblo alguna vez disfruto se había terminado.
Teorías varias se han alzado desde los años de la ceniza, hasta nuestros años
Algunos dicen que fue la ira de Dios por nuestros fracasos como especie, otros dicen que fue nuestra propia arrogancia, unos más dicen que se derivó de una lucha en las estrellas lejanas.
Y a muchos otros ya no les importa este hecho.
Yo me incluyo en este grupo.
De cualquier forma, nuestra especie se levantó de esta catástrofe, en buena parte gracias a nuestro guardián y fundador sin nombre, que con valor dio 30 años de su vida para unir a muchos de nosotros a través del mundo, sin importar su estatus, su cultura o qué hubieran sido antes de que el mundo ardiera.
Con compasión peleo por rescatar las cenizas de lo que alguna vez fuimos, cada arca genética y pieza de tecnología apenas funcional excavada de las ruinas de nuestro mundo azul
Sus acciones hoy sostienen a nuestra nación y a nuestra gente, y si bien no pudimos reconstruir un mundo igual al de nuestros antepasados, podemos tener la calma de que poco a poco Forjamos el nuestro.
—De cualquier forma, creo que esta parte de la historia ya la conocen, cadetes, desde su infancia, nos cuentan lo mismo, pero haré la pregunta de igual forma.
«Aunque me fuercen a explicarlo en este programa». —¿Alguien puede decirme cómo conocemos a estos 30 años?
Observe el salón de mis estudiantes en búsqueda de alguien respondiera, mientras me distraía cada tanto viendo mi reflejo en las losas que estaban tan pulidas como espejos cristalinos
—¡Sí!, señora Ginna, lo conocemos como los Años de la Ceniza —respondió, Marlene una joven de cabello negro y tez oscura, bien vestida con su uniforme blanco con un árbol plateado marcado en su pecho mientras levantaba su mano.
—Correcto, señorita Marlene, ya puede bajar su mano.
Continúe mi lección por un rato más, aunque honestamente no me gustaba el material que me obligaban a darles a estos cadetes.
"«Algunas veces me pregunto si es correcto negarles, la historia imperial de esta forma en el programa».
Pero al final no tenía voz en esos asuntos
Al final son eran divagaciones mías después de todo. Tras unas preguntas más, les dejé leer un poco a mis estudiantes en su libro de texto y me relajé en mi escritorio mientras ellos continuaban subrayando algunas páginas.
Cayó un poco de silencio mientras la clase realizaba su trabajo, así que pude darle algo de paz a mis sentidos suprimidos, o por lo menos eso esperaba. Fue entonces cuando un chillido fuerte como el de un pequeño roedor, me hizo sobresaltar de mi asiento por lo agudo que fue.
—¡¿Qué fue eso?! —preguntó uno de los estudiantes del fondo.
"«Una molestia, pero es mejor no decirlo de esta forma».
Me levanté a buscar la fuente de aquel chillido y comencé a escuchar y observar entre los asientos de todos los estudiantes hasta encontrar la fuente del sonido, esto me condujo a un joven que con prisas ocultaba su mochila detrás de su asiento.
—¿Puedo ver? —pregunté, tratando de ser formal pero firme en mi petición.
—Yo...
—Solo déjame ver, todo va a estar bien muchacho.
Al estar cerca de él, pude percibir un olor particular proveniente del interior de esa mochila.
A regañadientes, el joven me abrió su mochila y, al interior, pude ver al causante de aquel ruido.
Se trataba de una pequeña bola de pelos blindada.
—Un ratón acorazado, ¿sabes? De niña solía tener uno —dije mientras trataba de evitar que la sonrisa se me escapara.
Al confirmar de que se trataba mire al resto de estudiantes.
"«Extrañamente sus rostros permanecen tensos, algunos incluso se echan para atrás».
—Señora Ginna, sus ojos están... —dijo una joven que me miró, apartando la mirada .
"«¿Mis ojos?».
Ha claro…
Me tallé los ojos por un momento y, concentrándome un poco, calmé mi alegría inicial.
—Lo lamento si el brillo los asustó un poco. Es normal cuando te has hecho ya varios cambios con el pasar del tiempo.
Intenté extender la mano para tomar al pequeño animalito, pero el joven me apartó con un manotazo.
—No le haré daño, lo prometo—dije mientras acercaba mi mano con cuidado hacia la criatura.
Me miró pensativo, y los demás de la clase me miraron también, pero al final el joven cedió y me entregó el pequeño roedor, el cual sin miedo saltó de su mochila a mis manos y comenzó a dar vueltas de un lado a otro.
—Perdónelo, maestra. Es solo que no puedo dejarlo en casa, ya que vivo con algunos compañeros de cuarto no muy confiables —dijo el joven mientras intentaba disimular el temblor que se observaba en todo su cuerpo, conforme hacia contacto visual conmigo
"«A veces odio estos ojos».
—No te preocupes, aunque tengo una pregunta: ¿No tienes familia contigo que pueda cuidar a…?
"«Ahora que lo pienso, no sé cómo se llama este pequeño roedor».
—No, señora. Los perdí hace mucho, por lo que vivo por mi cuenta.
—Entiendo… ¿Cuál es tu nombre y el nombre de tu pequeño compañero?
—Yo soy Josué, y el pequeño se llama Titán.
«Así que te llamas titan amiguito, me gusta el nombre».
—Muy bien, Josué. Guarda a tu amigo e intenta hacer algún apaño en casa para que no te hagan una amonestación grave. Dentro de la Corporación, este tipo de animales a veces se clasifican como plaga. ¿Entendido?
«Me pregunto si todavía tendré el toque».
El roedor sigue jugando en mi mano hasta que se me ocurre una idea.
Antes de entregarle su roedor, empecé a escanear la coraza blindada que cubría su espalda, pasando mis dedos por su superficie. Cuando era niña, el mío tenía una pequeña placa de presión que, si presionaba lo ponía a descansar. “Debería estar por... Bingo”.
Con suavidad, toqué la pequeña placa en su espalda, y la mezcla de ternura, blindaje y pelos se estiró y comenzó a entrar en un pequeño sueño.
—¡Espere!, ¿qué le hizo...? —Exclamo Josué preocupado
—¡Ey! Tranquilo joven, solo está dormido. Así no interrumpirá la clase.
Su enfado cambió a una mirada de tranquilidad, y, tras entregarle su roedor nuevamente, me propuse terminar las introducciones.
Finalmente, cumplida la hora, la campana sonó y los muchachos tomaron sus mochilas para salir a toda velocidad del salón.
Algunos me saludaron, pero los únicos que parecían hacerlo de forma genuina eran Josué y Marlene.
«Sé que no se podrá, pero me gustaría ver a Titán de nuevo». pensé sintiendo un poco de tristeza, aunque ellos no la notarían.
—Y antes de que se vayan, chicos, recuerden: en Seguridad debemos saber tanto de habilidades para proteger al público como de habilidades que nos permitan entender a la población. Así que no descuiden ni esta clase ni las subsiguientes.
Dije esto de forma enérgica, pero pareció caer en oídos sordos, puesto que la mayoría ya se habían ido.
«Es normal. A mí también me aburrió el aspecto social de esta academia hace años, pero por lo menos desearía que no se quisieran ir con tanta prisa»
«No estoy hecha para esto. ¿A quién se le ocurre mandarme a ser maestra, por un demonio?»
Mientras acomodaba mis papeles para retirarme, una voz masculina que reconocía con mucho desdén me llamó desde la entrada.
—Ginna, puedes venir un momento para acá —dijo la voz en un tono burlón pero formal.
«No, tú de nuevo». pensé para mis adentros
—¿Qué quieres, Baltazar?
—Un miembro del equipo de monitoreo me dijo que en tu sección podríamos tener alguna plaga molesta.
«Por supuesto que tienes que venir a joder por esto»
—Son solo niños, Baltazar. Déjalos ser aunque sea un poco, además lo tiene bien cuidado.
—Sabes que son las reglas, Ginna —dijo Baltazar mientras se acercaba hacia mí, portando el mismo uniforme negro que todos en las ramas altas utilizamos.
«Aunque, para mí, él sigue sin merecerlo»
—Además, ahora pertenecen a nuestra Corporación de Seguridad y deben comportarse como tal ¿no es así Ginna?
Baltazar entonces saco de su bolsillo y se puso a jugar con sus alas de plata, un símbolo de honor en nuestro para nuestros rangos, que con esfuerzo solo unos pocos suelen conseguir.
La forma en que trataba como un juguete nuestro legado, me daba un escalofrió en lo profundo de mis huesos.
Y así por instinto termine respondiendo sin contenerme.
—O quizás el departamento de tu padre debería dejar de reclutar niños de 15 años para ir a patrullar nuestras calles, en especial si aún tienen que traer a su mascota a clase, ¿No opinas lo mismo Baltazar?
—Como tú digas, Ginna, pero si hay una plaga, serás la primera que arroje a los lobos.
Sus palabras fueron acompañadas con una sonrisa similar a las fauces traicioneras de un lobo en forma humana.
—¿Para qué arrojarme si ya tengo uno bastante fuera de forma frente a mí?
Mi comentario no pareció agradarle nada, en vista de las muecas en su cara y su semblante sombrío reflejado en su piel pálida, pero al final, tras un resoplido, finalmente cambio de tema.
—Tu padre quiere que lleves unos documentos. Recógelos junto a la oficina de Julia.
—¿Eso es todo Baltazar?
—Sí.
—En ese caso, quítate de mi camino, Baltazar.
—Como tú digas, pero antes de que te vayas, dile a tu padre que todos apreciamos su trabajo —mientras Baltazar decía esto, retiraba su cuerpo del camino y me mostraba esos ojos iluminados en un tono anaranjado brilloso, muy inusual para él.
«Es extraño que Baltazar diga algo así» de cualquier manera me sirve para quitármelo de encima.
—Él no necesita cumplidos del departamento de tu padre. Ahora, lárgate, Baltazar.
Sin más interacción, nos separamos de aquel lugar, y caminé hacia la oficina de Julia, una amable señora que nos hacía un café de cuidado a varios en la sección de Seguimiento Constante y Educación.
Casi llegando, decidí revisar mi bolsillo y de ahí saqué mi propias alas. Ahí se observaban las cuatro alas plateadas que rodeaban un corazón en el centro del símbolo metálico.
«Esto no es un juguete para estar haciendo trucos con él»
Grabado en su superficie se mostraban las inscripciones de mi nombre y el nombre de mi padre, puestas una al lado de la otra.
Guardé con cuidado el símbolo de nuevo de en mi bolsillo y mientras lo hacia una llamada de alguien resonó en mi celular, al revisar pude ver el mensaje de Larissa… ella y yo… supongo que la mejor forma de decirlo es que era alguien que me importaba.
—¿Aun no termina tu turno, Gin?
—¿Dame un poco de tiempo, lari entregare unas cosas a mi padre y después iremos a comer, te parece?
—De acuerdo solo no me dejes esperando, la última vez la comida que ordene para ti termino por enfriarse.
Terminamos de mensajear poco después y continue con mi labor aquel día, en retrospectiva el trabajo se había vuelto monótono, pero de alguna manera extraño todo eso…
Una vez recogí los documentos y el café, me dirigí a la oficina de mi padre, pero conforme me acercaba note que algo no se sentía bien, se hacía más penetrante, era como estar en un carrusel al cual nunca quisiste subir, uno donde tu estomago se revuelve con cada vuelta.
Sabía que mis sentidos podrían estarme jugando una mala pasada al haberlos suprimido todo el día, pero claramente mi cuerpo captaba algo que no me estaba agradando, por lo que aceleré el paso, subiendo varios pisos lo más rápido que pude.
—¿Y qué ocurrió después?
Finalmente, llegué a la oficina, y un hedor extraño inundó mi nariz, una mezcla de olor a hierro y un olor químico. Justo antes de abrir la puerta un sentimiento pesado apretó mi corazón, como si algo de verdad no estuviera bien.
Mis manos temblaban mientras giraba la manija pero al final termine abriendo esa puerta…
……
…….
………
—¿Y qué viste, si se puede saber? —preguntó una voz mientras, lentamente, mi consciencia se transportaba a la realidad de nuevo.
«A veces desearía no tener que responder preguntas de mi psicólogo cada tanto»
—Yo… prefiero no hablar de eso.
—Entiendo, señorita Ginna. Esto es un proceso lento y, poco a poco, irá mejorando con las sesiones, pero debe ser constante.
—Yo… lo sé doctor.
Miré a mi alrededor y vi la mesa de la sala de terapia. Un vaso de agua reposaba cerca mío, junto a mi insignia.
«Esto empieza a ser insoportable»
—Si necesita ponerse más cómoda, puede quitarse sus lentes. A mí no me dan miedo las personas de su tipo —dijo el doctor con una sonrisa en su rostro.
Pero yo no estaba concentrada en responder a eso.
—Me disculpa un momento. Necesito tomar mis medicinas —mientras me disculpaba, tomé el frasco que tenía guardado en mi gabardina.
Con un movimiento rápido, abrí el frasco y engullí una buena cantidad de pastillas.
«Finalmente, un poco de paz»
—Ginna… Ya hemos hablado del consumo de tus “medicinas”, esto no ayuda a tu progreso.
El semblante de su rostro se disuelve entre la frialdad y la indiferencia al terminar sus palabras.
—Lo sé, doctor, pero por ahora me mantiene funcionando —mientras más hablaba, podía sentir cómo el estimulante hacía efecto, calentando mis músculos y venas por todo mi cuerpo.
—Eso no es una excusa, Ginna. ¡Podrías terminar matándote!
—A estas alturas, ¿qué más da…?, doctor.
—Ginna…
—Lo siento, doctor. Tengo cosas que hacer, por lo que tengo que salir un poco antes. ¿Me disculpa?
El doctor me miró con una mezcla de resignación y compasión en sus ojos decaídos, mientras encogía sus hombros.
—Está bien, pero vaya con cuidado.
—Lo haré, doctor.
Realmente, no tenía nada por lo que irme.
Pero creo que estoy agotada. Igual, el trabajo siempre llega, aunque sea mal pagado en estos momentos.
Al salir del lugar y dirigirme a la calle, que permanecía algo sucia mientras los autos pasaban de un lado a otro, observé cómo varios cuervos rojos se posaban sobre los cables de electricidad, mirando hacia abajo como si esperaran algo.
El cielo permanecía nublado, pero no había ni una gota de agua cayendo, aunque el entorno estaba húmedo, como si hubiera llovido recientemente.
Mientras divagaba viendo el cielo, una notificación de mi celular comenzó a sonar con urgencia, y cuando la revisé, observé algo que no me gustó ver.
“Reporte de un niño perdido”
Ya van varios esta semana…
El mensaje llevaba un adjunto de texto más abajo, con la foto del niño: un pequeño de tez morena y cabello rojizo, además de un mensaje desesperado de alguien que rogaba que alguien lo encontrara.
«Aunque imagino que no fui su primera opción»
—Por lo menos ya tengo algo que hacer.
guardé mi celular y al observar la calle un poco más, vi a una mujer pasar junto con su hijo pequeño al otro lado de la calle.
Instintivamente les sonreí y el brillo de mis ojos debió incrementarse bastante, ya que sentí el calor corriendo a través de mis venas.
«O quizás es mi “medicina”»
Sin embargo, no recibí un saludo de regreso, en su lugar la madre, tomando al niño de la mano, mientras se alejaba a toda velocidad a pesar de que estábamos a una calle de separación.
Por más común que fuera esto, desearía que alguien me devolviera el saludo de vez en cuando.
«Supongo que tenía prisa… a quien quiero engañar, se porque se alejó»
Al menos tenia de consuelo la mirada atenta de un felino negro, que me miraba desde el techo de una de las casas al otro lado de la calle.
Al menos el me observa sin miedo en su expresión, aunque su mirada penetrante era curiosa cuanto menos…debía ser de un hogar bastante decente al ver como se alzaba en su collar una hermosa piedra azulada, que se desvaneció junto a el entre las azoteas de los edificios una vez perdió el interés en mí.
«Gracias supongo…»
Había decidido caminar un poco por ahí y vi cómo un charco se había formado en el suelo de la calle que conectaba a la carretera y por un instante, aproveché para mirarme.
Mi rostro no parecía el de una persona agradable. No había notado cuánto color y cuánto peso había estado perdiendo. Mis ojos verdes brillaban como dos pequeñas estrellas, cuyo brillo apenas era manejables con los lentes oscuros que opacaban su luz.Además, las venas de mi cuello estaban tan resaltadas, que parecía que fueran a reventar.
Mientras fijaba la imagen de mí persona en mi mente, vi cómo una gota de un líquido extraño caía de mi nariz y se mezclaba con el charco, haciendo aparecer un tono arcoíris.
Revisé mi nariz y, en mis dedos, observé cómo unas gotas seguían brotando hasta que, de un momento a otro, dejó de fluir.
«Quizás debería ver a un médico pronto”»
Aunque no sabía si tendría el dinero para pagarlo.
Sin más que pensar, ajusté mi gabardina color verde y acomodé el incómodo monitor de tobillo que tengo, mientras me ajustaba el pantalón.
—Ojalá un día no tenga que volver a revisar este celular.
Dicho esto, me puse en marcha en busca del cliente que tuvo la decencia de contactarme.