Capítulo 1 La Vida de Serena en la Manada
El amanecer llegaba lento a las montañas de los Cielos Grises. La manada ya estaba en movimiento: aullidos, carreras, órdenes. Todos parecían encajar en ese engranaje perfecto… todos menos ella.
Serena Kaelith avanzaba con la cabeza gacha, cargando un cesto de leña dos veces más grande que su cuerpo. El aire frío le mordía la piel, pero el peso que realmente la aplastaba no era el de la carga, sino el de las miradas.
Era la omega.
La última en comer.
La primera en ser usada.
Desde que tenía memoria, había sido el blanco de la humillación. La hija del alfa la trataba como una sirvienta; los demás jóvenes, como un estorbo. Y aunque su sangre ardía de rabia muchas veces, jamás respondía. Había aprendido que alzar la voz solo empeoraba las cosas.
—Apúrate, Serena —escupió Lyanna, con una sonrisa cruel—. Ni siquiera para acarrear leña sirves.
Ella apretó los labios y siguió caminando. No iba a darles la satisfacción de verla derrumbarse.
El verdadero motivo de su desprecio no era solo su lugar como omega. Era que a sus veintidós años, Serena aún no había despertado a su loba. Todos los de su generación habían sentido ya el rugido interior, habían corrido libres bajo la luna. Ella, en cambio, solo tenía silencio. Un vacío que la consumía.
Pero en las noches, cuando el campamento dormía, Serena se escapaba al bosque. Caminaba descalza entre la hierba húmeda, buscando respuestas en el brillo plateado de la luna. A veces, su corazón latía con tanta fuerza que sentía que algo dentro de ella quería romperse.
Soñaba con un aullido que no era suyo, profundo y feroz, que resonaba en su pecho como un eco lejano. Soñaba con ojos rojos ardiendo en la oscuridad. Y cada vez que despertaba, la sensación de pertenecer a algo más grande que la manada la quemaba por dentro.
Sin embargo, la realidad era otra.
Para los demás, Serena no era más que la oveja débil del rebaño.
Para ella misma, era un misterio sin respuesta.
Mientras descargaba la leña en la aldea, escuchó a dos lobos murmurar cerca de la hoguera:
—Deberían expulsarla. Es inútil.
—No… peor aún. Es un error de la Luna.
Serena fingió no escucharlos, pero esas palabras se clavaron en su pecho. Cerró los ojos un instante, conteniendo la rabia. Algo vibraba en sus entrañas cada vez que la llamaban débil, algo oscuro y salvaje que luchaba por liberarse.
Ella no lo sabía, pero su silencio estaba a punto de terminar.
La Luna esperaba.
La Sangre también.
Y cuando ambas se encontraran en su interior, ya nadie volvería a llamar a Serena omega.