El Espectáculo de las Marionetas

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Summary

Mientras caminaban hacia la parada del autobús, el aire frío de octubre les erizaba la piel, pero la calidez de la emoción las mantenía radiantes. Ya fantaseaban con la posibilidad de convertirse en las organizadoras más populares de la universidad, recordadas no solo por la fiesta sino por la originalidad y el ingenio con que sorprendieron a todo el grupo. La promesa de una noche inolvidable no era solo una frase bonita: sentían que, en ese preciso instante, estaban a punto de escribir una página única en la historia de los Halloween universitarios.

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2
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n/a
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18+

Capítulo 1

Leonora y Carolina llevaban semanas planeando la fiesta perfecta de Halloween. Todo comenzó cuando uno de sus profesores de la universidad les mencionó un sitio para acampar que parecía hecho a la medida para una celebración inolvidable. El lugar tenía todo: espacio para hogueras, carpas, cabañas y, lo más importante, una atmósfera misteriosa y emocionante. Pero lo que más les atrajo fue saber que apenas al llegar los visitantes serían recibidos por una atracción peculiar: “Un espectáculo de marionetas”.

-profesor ¿quién en esta actualidad quiere ver un espectáculo de marionetas? - dijo Leonora entre burla, pero el profesor no lo tomo a mal.

-es verdad que esos espectáculos en la actualidad están pasados de moda, pero según dicen “aquellos que participan en el espectáculo de marionetas jamás regresarán y serán devorados por el titiritero”-

-vamos profe, eso es un cuento para aterrar a los niño-

-pero servirá para ustedes, mi contacto dice que es un lugar exclusivo y económico, además lo tiene todo, sé que se divertirán y no gastaran mucho-

Leonora y Carolina intercambiaron miradas llenas de expectativa y complicidad. Analizaron un par de veces la situación: el presupuesto del grupo era limitado, y sabían bien que la mayoría de sus compañeros gastarían una buena parte de sus ahorros en disfraces elaborados y botellas de alcohol para la ocasión. Por eso, la idea de encontrar un sitio exclusivo y accesible resultaba casi imposible de rechazar. Más aún si sumaban el misterio de la leyenda del titiritero y la promesa de un espectáculo insólito.

Con la emoción creciendo, ambas se acercaron al profesor al final de la clase, sorteando las bromas del grupo y las miradas curiosas. - ¿Nos podría dar el número de contacto del lugar, profe? -, preguntó Carolina, intentando sonar casual, aunque los nervios la traicionaban un poco. El profesor, con una sonrisa cómplice, sacó una pequeña libreta del bolsillo de su saco y anotó el número en un papel. -Díganle que van de mi parte, seguro les hace un buen precio-, añadió en voz baja, como si estuviera compartiendo un secreto.

Con ese papel doblado y guardado con recelo en el bolsillo de la mochila, Leonora y Carolina salieron de la universidad imaginando todo lo que podrían lograr. Ahora sí, la posibilidad de organizar una fiesta legendaria estaba al alcance de sus manos. Podrían reservar el espacio antes de que alguien más se les adelantara, planear cada detalle con tiempo y, sobre todo, vivir una experiencia única en un lugar lleno de rumores y de historias que parecían salidas de un cuento de terror.

Esa misma tarde, mientras caminaban hacia la parada del autobús, comenzaron a hacer planes: qué decoración llevarían, cómo organizarían el transporte y, por supuesto, cómo aprovecharían el misterioso espectáculo de marionetas para añadir un toque especial a la noche. Sabían que aquel papel con el número podía cambiarlo todo, convirtiendo su Halloween en el más recordado de la universidad.

El trayecto en autobús pareció eterno para Leonora y Carolina, mientras el bullicio de la ciudad quedaba atrás y el camino se perdía entre campos envueltos en una niebla tenue. A cada kilómetro, la anticipación se mezclaba con el cosquilleo de los nervios. Al fin, el vehículo se detuvo frente a un portón de hierro forjado cubierto de luces titilantes y guirnaldas de calabazas, donde comenzaba el sendero hacia la entrada principal. El terreno estaba adornado con figuras de brujas y fantasmas de tamaño real, y telarañas artificiales colgaban entre los árboles, creando una atmósfera digna de una película de terror, pero con el toque elegante de una gala exclusiva.

Cerca de la entrada, ambas notaron a una joven de complexión delgada, cuya presencia destacaba incluso entre la decoración exuberante. Su cabello plateado caía como una cascada brillante sobre sus hombros, y sus ojos grises, profundos y enigmáticos, parecían cambiar de tonalidad según la luz. Llevaba un disfraz que combinaba lo etéreo y lo sofisticado, como si un ángel hubiera descendido para disfrutar de la fiesta. Leonora y Carolina intercambiaron una mirada sorprendida antes de acercarse a la joven.

—Venimos de parte del profesor Ulises, de la Universidad Central —dijo Carolina, procurando sonar segura.

La joven sonrió con una amabilidad natural y una chispa de complicidad en la mirada.

—¡Vaya, el profesor siempre manda a sus mejores estudiantes! Soy Idril, la encargada del lugar. Pasen, por favor, les daré un gran precio —dijo, invitándolas a cruzar la entrada.

Una vez dentro, Idril les entregó un panfleto impreso en papel satinado, donde se detallaban los diferentes paquetes para fiestas. Tras una rápida revisión, Idril les sugirió el paquete de lujo.

—Incluye todo lo que puedan imaginar: música, barra libre, bocadillos temáticos, efectos de luces, el famoso espectáculo de marionetas y, para entusiasmar aún más, un premio especial al mejor disfraz —explicó.

Ambas jóvenes, aún sorprendidas por el costo accesible, no tardaron en aceptar la oferta. La idea de disfrutar de todos esos servicios sin vaciar sus bolsillos era demasiado tentadora como para dejarla pasar.

—Disculpe, señorita Idril —preguntó Leonora, intrigada—, ¿cuál es el premio al mejor disfraz? -

Idril, con una sonrisa misteriosa y elegante, negó con la cabeza.

—Eso es un secreto —respondió—. Si se los dijera, no tendría sentido que apostaran por el paquete sorpresa, ¿verdad? Solo puedo asegurarles que será algo inolvidable. -

La respuesta avivó aún más la emoción de Leonora y Carolina, quienes ya imaginaban la competencia por el galardón, la intriga flotando en el aire y la expectativa creciendo entre sus amigas. Idril las condujo por el vestíbulo, mostrándoles los salones decorados con guirnaldas de hojas secas, manteles negros y centros de mesa en forma de calavera. Los ventanales ofrecían vistas a un bosque sombrío, y de fondo sonaba una melodía suave que anticipaba la atmósfera de misterio.

A cada paso, las jóvenes sentían que aquella noche prometía mucho más que solo una fiesta: sería una experiencia para recordar por siempre, marcada por el encanto del lugar, la hospitalidad de Idril y el halo de leyendas que envolvía el espectáculo de marionetas. Así, con el corazón palpitante y una sonrisa cómplice, Leonora y Carolina se adentraron en el complejo, listas para dar inicio a la celebración que, quizás, cambiaría la manera en que todas y todos recordarían Halloween en la universidad.

Idril las condujo hacia el área de acampada, uno de los espacios más encantadores y sorprendentes del complejo. El lugar estaba vestido para la ocasión: brujas con largas narices y sombreros puntiagudos colgaban de las ramas más altas, mientras esqueletos articulados parecían danzar en las ráfagas de viento. Fantasmas de tela blanca flotaban de un lado a otro, moviéndose suavemente entre las guirnaldas de calabazas talladas e iluminadas por dentro, creando destellos anaranjados por todo el espacio. Pequeñas tumbas falsas se distribuían estratégicamente sobre la hierba, de las cuales emergían manos esqueléticas de plástico, algunas sosteniendo flores marchitas y otras simplemente amenazando con atrapar a los incautos. En rincones sombríos sobresalían figuras de zombies, tan realistas en sus gestos y vestimenta que parecían acechar desde lo profundo de algún relato de terror.

Leonora y Carolina recorrían el lugar maravilladas, deteniéndose en cada detalle, comentando lo ingenioso y creativo de los adornos. Idril, siempre atenta a sus reacciones, las llevó al centro del área donde se encontraba la hoguera, rodeada de bancos de madera y piedras decoradas con pinturas alusivas a Halloween. —Sé que ya no son niñas, pero seguro aún disfrutan la magia de asar malvaviscos junto al fuego, ¿no? — preguntó con una sonrisa traviesa, sugiriendo que ese pequeño placer no tenía edad. —Como pueden ver, aquí tienen el escenario perfecto para su fiesta— añadió, haciendo un gesto amplio con los brazos para abarcar todo el espacio.

Ambas asintieron con entusiasmo, compartiendo la sensación de que el sitio superaba sus expectativas. —Sin duda alguna es perfecto, aunque sigue siendo extraño que sea tan económico— comentó una de ellas, aún sorprendida por el precio accesible de un lugar tan bien ambientado. Idril soltó una risa ligera y explicó con franqueza: —Eso es porque solo rento este lugar en temporada de Halloween y, entre los salones y áreas temáticas que tengo, la verdad es que se obtiene una buena ganancia. Además, disfruto mucho ver la creatividad y alegría que traen las celebraciones—.

El aire estaba impregnado de un aroma a tierra húmeda y hojas secas, y poco a poco la emoción se apoderó de las chicas ante la perspectiva de compartir esa experiencia con todo el grupo. El entorno les inspiró ideas para decorar aún más, añadir juegos y organizar actividades que hicieran de la fiesta algo verdaderamente especial. Incluso fantasearon con cuentos alrededor de la hoguera y competencias de disfraces que desatarían risas y sorpresas entre sus amistades.

—Entonces, ¿qué dicen? ¿Se van por el paquete de lujo? —preguntó Idril, con una chispa de complicidad en la mirada, mientras extendía ante ellas un elegante contrato adornado con filigranas doradas y el logo del complejo. Leonora y Carolina intercambiaron una mirada breve y, sin dudarlo, aceptaron la oferta. Rápidamente firmaron el contrato, sintiendo que daban un paso más hacia la noche más memorable que jamás hubieran planeado.

—Bueno, chicas, todo está listo. Déjenme el nombre de todas las personas a las que invitarán y les tendré listas las invitaciones en dos días —dijo Idril con una eficacia que sólo tienen quienes disfrutan lo que hacen. Sacó de su bolso una libreta de tapas brillantes y un bolígrafo plateado, lista para apuntar.

Carolina, aún sorprendida por la atención al detalle, la miró con asombro. —¿También se encargan de las invitaciones? —preguntó, cada vez más convencida de que el paquete de lujo incluía mucho más de lo que imaginaban.

Idril sonrió y asintió, mostrando una seguridad tranquila. —Por supuesto, es lo menos que puedo hacer después de que tanta gente vendrá a este lugar. Después de todo, será una noche inolvidable. Mi objetivo es que ustedes solo se preocupen por disfrutar y sorprenderse —aseguró, cerrando un ojo en un guiño juguetón.

Las dos amigas sacaron su libreta y comenzaron a escribir, pensando en cada nombre con cuidado: amistades cercanas, compañeros de clase, incluso aquella persona a la que siempre veían en la biblioteca pero que nunca se atrevieron a invitar a una fiesta. Cuando terminaron, entregaron la lista a Idril, quien la recibió con una sonrisa enigmática. —No se preocupen, tendré todo listo sin falta alguna. Las invitaciones serán tan misteriosas y atractivas que nadie podrá resistirse a asistir —prometió, haciendo que la emoción de Leonora y Carolina aumentara aún más.

Al despedirse, Idril les agradeció su confianza y las acompañó hasta la salida del complejo, deseándoles una tarde tranquila para que pudieran seguir planeando. Leonora y Carolina se alejaron conversando en voz baja, rebosantes de felicidad y con la mente llena de ideas creativas para la fiesta. Imaginaban la reacción de sus compañeras al recibir las exclusivas invitaciones, el efecto sorpresa al cruzar el umbral del complejo, y, sobre todo, la anticipación de la gran broma que planeaban para Alissa.

Mientras caminaban hacia la parada del autobús, el aire frío de octubre les erizaba la piel, pero la calidez de la emoción las mantenía radiantes. Ya fantaseaban con la posibilidad de convertirse en las organizadoras más populares de la universidad, recordadas no solo por la fiesta sino por la originalidad y el ingenio con que sorprendieron a todo el grupo. La promesa de una noche inolvidable no era solo una frase bonita: sentían que, en ese preciso instante, estaban a punto de escribir una página única en la historia de los Halloween universitarios.

Por la noche, en sus habitaciones, repasaron la lista de invitados y comenzaron a imaginar los disfraces, los concursos, incluso los posibles juegos de terror que podrían organizar. Cada mensaje que intercambiaban era un destello de complicidad, una apuesta a que, al finalizar la celebración, nadie quedaría indiferente y todas las personas hablarían de la inolvidable noche que Leonora y Carolina ayudaron a crear.

Tal y como Idril había prometido, dos días después las invitaciones estuvieron listas, superando cualquier expectativa. Leonora y Carolina fueron a recogerlas al complejo y, al verlas, quedaron completamente fascinadas: cada invitación era una auténtica obra de arte. El papel era grueso, elegante y con detalles en relieve, adornado con filigranas doradas y una calavera minúscula tallada en la esquina superior. Al abrirlas, una melodía escalofriante se activaba, sumergiendo a quien la sostenía en una atmósfera de misterio y anticipación. Hasta las personas más audaces vacilaban antes de desplegar el mensaje oculto en el interior, como si temieran que algo saltara de las sombras.

No podían esperar más, así que al día siguiente comenzaron a repartir las invitaciones en persona. Cada entrega se convirtió en un momento especial, con palabras cuidadosamente escogidas para avivar la emoción del evento. Leonora y Carolina caminaban por los pasillos de la universidad y por los rincones del campus, buscando a quienes habían incluido en su lista. Las reacciones eran diversas: algunas amistades gritaban de alegría al recibir el sobre, otros miraban de reojo, intrigados por el aura inquietante y sofisticada de la invitación, y más de uno preguntó, medio en broma y medio en serio, si el evento sería realmente seguro. Todo eso, por supuesto, solo aumentaba el entusiasmo colectivo.

Finalmente, con determinación y una pizca de nerviosismo, Leonora y Carolina se dirigieron a la biblioteca para entregar la invitación más importante: la de Alissa. Ella estaba sentada en una mesa, rodeada de libros y apuntes, absorta en sus estudios. Leonora se acercó primero, saludando con energía. —Hola, Alissa, toma —dijo mientras le entregaba el sobre con una sonrisa cálida—. Es una invitación a la mejor fiesta de Halloween que vas a ver, una noche que dejará a todos con la boca abierta. Debes ir, estás cordialmente invitada, ¡no nos puedes dejar plantadas! - Carolina la secundó, asegurándose de que la invitación fuera formal y especial.

En un primer momento, Alissa pensó en rechazarla. Recordó las bromas y las veces que había sido excluida por sus intereses poco comunes y su facilidad para sacar dieces. Pero la insistencia de las dos amigas, su entusiasmo y el brillo en sus ojos, la hicieron titubear. Tal vez, pensó, esta era la oportunidad de integrarse y dejar de ser solo “la nerd”. Quizá, con el disfraz adecuado, podría sorprender a todas las personas y, por qué no, llamar la atención del chico que le gustaba desde hacía tiempo. Respiró hondo, tomó la invitación y, con una tímida sonrisa, aceptó. —Gracias… claro que asistiré —respondió, sintiendo una mezcla de nervios y esperanza mientras guardaba la invitación entre sus libros, como si fuera un talismán para una nueva etapa.

El día de la repartición de las invitaciones se convirtió en uno de los más comentados del campus. En cada rincón se hablaba de los detalles del sobre, de la melodía misteriosa, de los rumores sobre los juegos que habría y, sobre todo, de la lista de asistentes, que iba creciendo conforme más personas se enteraban. Leonora y Carolina, al ver el efecto que causaban sus invitaciones, supieron que estaban a punto de crear algo inolvidable. La emoción era contagiosa, y hasta quienes no solían ir a fiestas comenzaron a mostrar interés, intrigados por la promesa de una noche llena de sorpresas y momentos únicos.

Así, la cuenta regresiva para la gran fiesta de Halloween inició con entusiasmo renovado, y en el aire se respiraba una mezcla de expectativa y misterio, como si el complejo y sus organizadoras fueran capaces de transformar una simple reunión en una auténtica leyenda universitaria.


A medida que los días pasaban, la expectativa crecía entre quienes habían recibido la invitación. Se formaron pequeños grupos de chat donde especulaban sobre la misteriosa atracción de marionetas y quién se atrevería a participar primero. Algunos comenzaron a coleccionar historias de miedo para compartir cerca del fuego, mientras otros debatían sobre el disfraz más original.

Alissa, decidida a no dejar que la emoción de la invitación se disipara, se permitió una tarde para adentrarse en una de las tiendas más antiguas del barrio, un lugar donde los recuerdos parecían habitar entre disfraces olvidados y cajas polvorientas. El local, iluminado por la luz tenue de unas lámparas retro, desprendía un aroma a madera vieja y a historias sin contar. Apenas cruzó la puerta, el dueño, un hombre de cabello gris y trato gentil, la recibió con una sonrisa que parecía haber visto mil fiestas y travesuras en su vida.

Alissa se acercó al mostrador y, tras un breve saludo, le explicó con cierta timidez que buscaba un disfraz realmente aterrador, pero que no podía gastar demasiado. El hombre, entendiendo la naturaleza de su búsqueda y el brillo de anticipación en sus ojos, la invitó a recorrer los pasillos estrechos, repletos de trajes de vampiro, brujas, espectros y criaturas de pesadilla, cada uno con detalles únicos: capas de terciopelo, máscaras agrietadas, sombreros con plumas y telas que parecían estar hechas para noches mágicas.

Mientras revisaba las opciones, él compartía anécdotas sobre las fiestas del pasado y cómo ciertos disfraces siempre conseguían robar miradas. Alissa, entre risas y sonrojos, confesó que quería destacar esa noche, no solo por el terror sino también por la originalidad. El dueño, con picardía, le aseguró que con uno de sus disfraces, no solo llamaría la atención de todo el campus, sino que seguramente sorprendería a aquel chico especial que rondaba sus pensamientos. Alissa no pudo evitar ruborizarse, aunque agradeció la complicidad y el consejo del hombre.

Después de probarse varios atuendos y discutir sobre cuál sería el más impactante, Alissa se decidió por un disfraz que combinaba misterio y elegancia: una túnica negra con detalles en rojo profundo y una máscara tallada que evocaba antiguos cuentos de fantasmas, un vestido de seda adornado con lo que parecían ser enredaderas y pequeños huesos de plástico bien pintados unidos en este, algunos accesorios como una pequeña muñeca de trapo que parecía estar rota y vieja, algunas gotas de sangre bien pintadas en todo el vestuario y un pequeño kit para maquillarse. El dueño se aseguró de ajustarlo a su presupuesto y, antes de despedirse, le deseó la mejor de las noches. Alissa salió de la tienda con el disfraz envuelto en papel de seda, sintiendo que, por primera vez, la noche de Halloween tenía el potencial de ser una experiencia completamente nueva y memorable, una oportunidad para reinventarse y, quizás, ser protagonista de su propia historia.


Alissa llegó esa mañana a la universidad con el corazón palpitante y una mezcla de ansiedad y emoción. Mientras cruzaba los pasillos, observó a sus compañeros en pequeños grupos, compartiendo risas y comparando ideas para los disfraces más originales y aterradores. El aire estaba impregnado de rumores sobre la fiesta de Halloween, y la expectativa parecía crecer con cada comentario.

De repente, una voz conocida la sorprendió. Estela, una chica de rostro amable pero mirada inquieta, se le acercó desde el extremo del corredor. Había cambiado de clase no mucho tiempo atrás, tras un episodio desagradable provocado por Carolina y Melissa. Alissa recordaba vagamente los murmullos: el encierro en el baño, la humillación de haberla bañado con cubetas llenas de orina, la soledad de Estela tras aquella tarde infame que marcó el resto de su ciclo escolar.

—Alissa, ¿es cierto lo de la invitación? ¿Qué Leonora y Carolina te buscan para su fiesta? —preguntó Estela en voz baja, como temiendo que el eco la traicionara—. No quiero asustarte, pero… ¿no te parece raro? Ellas casi siempre se burlan, te hacen menos. A mí me hicieron la vida imposible, hasta tuve que cambiar de clase. De verdad, piénsalo bien antes de ir. -

Alissa se quedó en silencio, sintiendo la invitación arder en su mochila como si de un secreto peligroso se tratara. Las palabras de Estela revolvieron en su interior antiguos temores, haciéndola recordar las miradas burlonas, los apodos, las veces que se había sentido fuera de lugar. Sin embargo, también sentía la chispa de una nueva determinación: la oportunidad de aparecer ante todos bajo una luz diferente, de romper con la imagen de siempre y, tal vez, de vivir algo realmente extraordinario.

Tomando aire, se obligó a sonreír y sujetó la correa de su mochila con fuerza.

—Gracias por decírmelo, Estela. De verdad. Lo tendré en cuenta… Pero ¿sabes?, algo me dice que esta vez quiero intentarlo. No quiero que el miedo me siga deteniendo —respondió, con una mezcla de inseguridad y esperanza.

Estela la miró, comprendiendo en sus ojos la necesidad de darle una oportunidad a la noche y a sí misma. Alissa siguió su camino, ahora más consciente del riesgo que asumía, pero también sintiéndose valiente, lista para enfrentar lo que fuera que le tuviera preparado esa fiesta de Halloween, con su disfraz nuevo y una historia por escribir.

Lo que Alissa ignoraba por completo era que, mientras ella se ilusionaba con la oportunidad de brillar en la fiesta, Leonora y Carolina tejían a sus espaldas una trampa cuidadosamente planeada. Para ellas, la noche de Halloween no sería solo una velada de disfraces y diversión, sino el escenario perfecto para humillar a quien consideraban demasiado confiada, demasiado “diferente”. Sabedoras de los sentimientos de Alissa por Sebastián, decidieron utilizar ese punto débil como anzuelo.

Días antes de la fiesta, aprovecharon un receso para abordar a Sebastián, el chico por quien Alissa suspiraba en secreto. Carolina, con una sonrisa que disfrazaba sus intenciones, se inclinó hacia él y susurró con complicidad:

—Tienes que invitarla a la fiesta. Para ella será inolvidable… Será la estrella de la noche, pero no de la manera que imagina. Vamos a hacer que se arrepienta de haber entrado a esta universidad y de creerse la niña inteligente. Hay que darle una lección que jamás olvide… Y para que no sospeche nada, será mejor si la invitas tú —remató, lanzándole una mirada significativa.

Sebastián, divertido por la propuesta y contagiado por las risas de Leonora y Carolina, aceptó el plan sin detenerse a pensar en las consecuencias. Todo quedó pactado: Alissa sería el centro de atención, pero en un cruel juego preparado especialmente para ella.

Las horas de clase se deslizaron con rapidez, apenas un telón de fondo para la inquietud creciente que vibraba en el ambiente. Finalmente, la campana de salida sonó, y Leonora y Carolina, luciendo sonrisas impecables, se acercaron a Alissa como si de viejas amigas se tratara.

—Esperamos que ya estés lista, querida. No olvides que la fiesta empieza a las 8:00 p.m. —dijo Leonora, el tono de su voz impregnado de una amabilidad fingida

—. No puedes faltar, ¿eh? Ni se te ocurra —añadió Carolina, entrecerrando los ojos de forma casi imperceptible.

Alissa, sintiéndose extrañamente incluida en ese selecto círculo, asintió con una sonrisa temblorosa, aunque en su interior aún bailaban los ecos de la advertencia de Estela. De pronto, Leonora le hizo una señal a Sebastián, quien obedeció al instante y se aproximó con aire seguro.

—Hola Alissa —dijo él, dedicándole una sonrisa que hizo que todo el mundo alrededor se desvaneciera por un instante—. Me preguntaba si te gustaría ser mi pareja para la fiesta. ¿Te gustaría ir conmigo? —preguntó, como si lo hubiera estado planeando desde siempre.

La invitación cayó sobre Alissa como una lluvia cálida: era la escena que tanto había imaginado. El corazón le latía tan fuerte que sentía que cualquiera podría escucharla. Sin pensarlo demasiado, aceptó con alegría.

—Genial, entonces paso por ti a las 7:00 a tu casa, para que tengamos tiempo de llegar juntos. Así que ponte terrorífica —añadió Sebastián, guiñándole un ojo antes de alejarse.

Detrás de él, Leonora y Carolina se miraron con complicidad y no pudieron contener una risa burlona, seguras de que su plan marchaba tal y como lo habían ideado. Alissa, sin percatarse de nada, se quedó absorta en la emoción, imaginando la noche que la esperaba: una noche en la que, sin saberlo, caminaría directamente hacia el centro de una cruel mascarada.

Mientras tanto, la expectativa y el nerviosismo bullían en su pecho. Volvía a repasar en su mente cada detalle del disfraz, preguntándose si lograría realmente sorprender a todos, y sobre todo, a Sebastián. Lo que ella anhelaba era ser vista por quienes nunca la habían notado, demostrar que podía reinventarse y dejar atrás la sombra de las humillaciones pasadas.

Pero, sin sospecharlo, estaba a punto de descubrir hasta dónde puede llegar la crueldad disfrazada de cortesía, y cómo en la noche más oscura, la valentía de una persona puede encender su propia luz.


Alissa volvió a mirarse en el espejo, incapaz de reconocer a la persona que le devolvía la mirada. Su hermana Cordelia, con manos hábiles y creatividad sin límites, había transformado a Alissa por completo. El maquillaje era tan meticuloso que cada sombra y línea acentuaba el misterio, mientras que el disfraz, con telas oscuras y detalles inquietantes, evocaba la temida imagen de las Wiccas de leyenda, esas figuras que en tiempos pasados protagonizaban las pesadillas de los niños.

Por un instante, Alissa se quedó sin palabras, asombrada ante el resultado. Nunca se había visto tan convincente, tan irreconocible, tan poderosa. El atuendo encajaba perfectamente en la atmósfera de la noche, una mezcla de magia ancestral y amenaza latente, donde lo sobrenatural parecía al alcance de la mano.

Cordelia la observó con satisfacción, ajustando con precisión el último accesorio —un amuleto negro— sobre el cuello de Alissa. Su sonrisa era amplia y traviesa.

—Te ves espantosa, hermanita, no cabe duda de que soy un genio del maquillaje. Si no ganas el concurso esta noche, de verdad me voy a molestar conmigo misma —exclamó Cordelia, soltando una risa contagiosa que rompía la tensión del momento.

Alissa, contagiada por la alegría de su hermana, giró sobre sí misma, dejando que la falda de su disfraz se agitara como una sombra viva. Se acercó al espejo una vez más, perdiéndose en el reflejo: ya no era la persona tímida que siempre pasaba inadvertida, sino una manifestación de esas leyendas oscuras, lista para deslumbrar —y tal vez intimidar— a quienes la vieran en la fiesta.

Por primera vez en mucho tiempo, Alissa sintió que podía ser quien quisiera, que podía dejar atrás las viejas humillaciones y presentarse al mundo con una nueva identidad, tejida entre la complicidad de su hermana y el misterio de la noche que estaba por comenzar.

El sonido estridente del claxon la sacó de sus pensamientos, arrancándola de ese universo de nerviosismo y expectativa en el que se encontraba sumida. Alissa, sobresaltada pero curiosa, se asomó por el balcón: abajo, Sebastián la esperaba disfrazado como un impecable zombi pirata, con el maquillaje perfectamente desfigurado y una chaqueta raída que le confería el aire de un corsario resucitado. La escena era tan surrealista que, por un momento, Alissa olvidó sus temores.

Cordelia descendió juntos los escalones, su presencia sólida y confiable endulzando la atmósfera fría y nocturna. Con una sonrisa de socarrona complicidad, saludó a Sebastián, quien, aunque nervioso, intentaba mantener la compostura ante la hermana mayor de Alissa.

—Un gusto conocerte. Soy Cordelia, la hermana mayor de Alissa—dijo, extendiendo la mano con firmeza—. Ojalá se diviertan mucho esta noche. Y por favor, no beban demasiado, que veo que manejarás. Pero si quieren tomar, mejor me llaman y yo los recojo. Prefiero prevenir que lamentar —advirtió con una mezcla de ternura y determinación.

Sebastián, agradecido por la advertencia y el recibimiento, prometió solemnemente que cuidaría de Alissa. Adoptando esa actitud galante que parecía haber heredado de algún cuento antiguo, abrió la puerta del carro y la ayudó a subir, atento a cada detalle como si el ritual de la noche dependiera de su delicadeza.

Pero antes de que pudiera subir él mismo, Cordelia lo detuvo con una mirada intensa, capaz de atravesar cualquier disfraz.

—Mi hermana es muy importante para mí. Si le pasa algo, te buscaré para romperte la cara, te lo advierto —sentenció, con esa voz grave que no admitía réplica y que convertía la amenaza en una declaración de amor feroz.

Esas palabras se grabaron en la mente de Sebastián, quien, ya dentro del vehículo, soltó un suspiro pesado, como quien anticipa el peso de un secreto compartido. Se preguntó si la broma que Leonora y Carolina habían tramado para Alissa complicaría la velada más de lo previsto, y por un instante deseó que la noche transcurriera sin más sobresaltos.

Mientras el motor rugía suavemente y los faros del carro cortaban la oscuridad, Alissa observaba el paisaje pasar tras la ventanilla, sintiendo cómo la magia de su disfraz y el aura de la noche la envolvían. Camino a la fiesta, entre luces lejanas y sombras danzantes, intuía que estaba al borde de un momento decisivo: el inicio de una noche en la que cada gesto, cada palabra y cada secreto podrían transformar el curso de su destino. La ciudad aguardaba, vibrante y misteriosa, lista para recibirla y ser testigo de su reinvención, aunque nadie —ni siquiera ella misma— podía anticipar los desafíos y revelaciones que estaban por venir.

Al llegar al lugar donde se llevaría a cabo la fiesta, Alissa y Sebastián se encontraron frente a una escena tan sobrecogedora que, por un instante, se sintieron transportados a otro mundo. El edificio, una antigua casona de fachada neogótica, estaba iluminado por antorchas titilantes y guirnaldas de luces anaranjadas que dibujaban sombras danzantes en la piedra. Al cruzar el umbral, una ráfaga de aire frío les erizó la piel y la niebla artificial, densa y misteriosa, se arremolinaba alrededor de sus tobillos, envolviéndolos en una atmósfera de cuento macabro.

El vestíbulo era un despliegue de creatividad escalofriante: fantasmas hechos de sábanas viejas colgaban del techo, movidos por hilos invisibles, mientras zombis y calaveras parecían acechar desde cada rincón. Había momias cuidadosamente envueltas en vendas amarillentas y espectros proyectados en las paredes que se desvanecían al pasar junto a ellos. Un ejército de calabazas talladas, iluminadas desde dentro, creaba caminos de luz temblorosa sobre el suelo, y brujas con sombreros puntiagudos intercambiaban miradas malignas desde los ventanales cubiertos de telarañas artificiales.

La música, una mezcla entre melodías tenebrosas y ritmos electrónicos vibrantes, impregnaba el ambiente de energía y desconcierto, mientras las luces estroboscópicas y los destellos morados y verdes hacían que todo pareciera moverse y cobrar vida propia. El aire olía levemente a incienso y caramelo, y, entre los asistentes disfrazados, era difícil distinguir a las personas de las criaturas de la decoración.

De pronto, el bullicio se vio interrumpido por una voz potente y teatral: —¡Bienvenidos, mortales incautos, a esta velada que estará llena de horrores! — retumbó una figura que emergió de entre la niebla. Se trataba de una mujer, su presencia casi espectral, vestida con un esmoquin raído, manchado de tierra y salpicado de lo que parecía sangre. En una mano, sostenía una marioneta que movía con destreza, y otra marioneta más pequeña reposaba sobre su hombro, con una sonrisa torcida y ojos vidriosos que parecían vigilarlo todo.

El grito los tomó por sorpresa: tanto Sebastián como Alissa soltaron un chillido que se perdió entre las risas y murmullos de quienes observaban la escena. La mujer, lejos de ofenderse, estalló en una carcajada auténtica y contagiosa. —¡Me encantan esos gritos! Soy Idril, la encargada de este lugar infernal. Sean bienvenidos y diviértanse mucho; espero que griten de terror y que el miedo les haga entrar en pánico— proclamó, mientras les entregaba, con gesto ceremonioso, unos brazaletes morados de papel, marcando su entrada oficial al reino de las sombras.

Ambos respiraron aliviados después del susto, pero casi de inmediato se contagiaron de la alegría y el asombro de los demás. Se miraron y, entre risas francas, comprendieron que esa noche prometía no solo sobresaltos, sino también recuerdos inolvidables.

Idril, envuelta en ese halo de extravagancia que parecía mezclarse con la propia atmósfera de la fiesta, les entregó a Sebastián y Alissa una pequeña bolsa rebosante de malvaviscos frescos, suaves y perfumados, junto con otra bolsa en forma de calabaza, cuidadosamente decorada, que contenía una selección de dulces tan variados como los propios disfraces de los invitados. —Hay una fogata en el área de acampada, donde será su fiesta. Sigan el sendero iluminado por los muertos —indicó Idril, señalando con teatralidad el camino ante ellos. A lo largo de ese sendero, decenas de esqueletos articulados y lápidas meticulosamente talladas custodiaban el paso, creando un corredor que mezclaba lo macabro con lo magnífico; cada detalle revelaba el esmero y la imaginación desbordada de la anfitriona.

El lugar era una manifestación viva de la creatividad de Idril, en la que nada parecía estar fuera de lugar; desde las sombras proyectadas por las antorchas hasta los aromas dulces que flotaban en el aire, todo invitaba a perderse en el misterio y la celebración. Sebastián, contagiado por el entusiasmo, exclamó: —¡Esto es genial! Vamos, Alissa, hay que tomarnos una fotografía y subirla a las redes—. Sin dudarlo, le pidió a Idril que capturara el momento inolvidable. Idril aceptó encantada, acomodando la cámara con destreza, y los retrató mientras el resplandor de las luces y la niebla envolvía sus siluetas, dándoles un aire casi fantasmagórico.

Con la foto tomada y los dulces en las manos, ambos avanzaron hacia el corazón de la fiesta, guiados por aquel sendero de muertos que parecía susurrar historias en cada paso. Idril los observó alejarse con una sonrisa satisfecha, girando sobre sí misma mientras sostenía a una de sus marionetas y la otra reposaba sobre su hombro. El eco de sus risas se mezclaba con el viento helado de la noche, y, en un susurro apenas audible, dejó escapar: —¿Qué te parece, Profe Ulises? Esta vez también será un maravilloso acto—. Sus palabras flotaron en el aire, como un conjuro amable, antes de perderse entre las sombras y el bullicio, prometiendo que aquella velada, envuelta en misterio y magia, sería recordada por mucho tiempo.

Tan pronto como llegaron, Sebastián y Alissa se mezclaron entre la multitud, rodeados de una atmósfera misteriosa en la que nadie parecía reconocerse; los disfraces estaban tan bien logrados que cada uno competía por ser el más original y aterrador. Incluso Leonora y Carolina, amigas cercanas, no lograban distinguir a Alissa, y con la música retumbando en el aire, fue imposible que contactaran a Sebastián. Curiosamente, a él pareció no importarle y, olvidando la broma que habían planeado para Alissa, se permitió el lujo de conocer a fondo a la chica “nerd”.

Alissa, divertida y tímida, irradiaba amabilidad y alegría. Su sonrisa tenía algo especial, y al observarla detenidamente, Sebastián se dio cuenta de que no era nada fea; simplemente su timidez la mantenía en las sombras. Sin pensarlo demasiado, se animó a bailar con ella y juntos se sumergieron en las distintas actividades que Idril había organizado para la noche. Entre risas y juegos, ambos se aventuraron en el famoso laberinto de la perdición, un espacio lleno de espectros, fantasmas y perros infernales, donde debían encontrar una tableta de chocolate en forma de pirámide. La competencia era feroz, pues el premio mayor era una Tablet de última generación.

Los gritos y carcajadas se mezclaban en el ambiente: Alissa soltó un chillido cuando un fantasma apareció de la nada, mientras que Sebastián pegó un brinco al ver cómo un espectro caía desde lo alto del jardín. Entre sustos y diversión, ambos se fueron olvidando de sus inseguridades, disfrutando cada momento de esa noche única e irrepetible.

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