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El eco de unos tacones rompía el silencio de un pasillo blanco, iluminado por ventanales que en realidad eran pantallas. Estas se encendían al paso del Líder Kim Jin, proyectando su silueta imponente hasta que llegó a su balcón privado. Desde allí contempló el muro casi negro. Alguna vez níveo, ahora estaba tatuado con sangre seca y restos de quienes se atrevieron a desafiarlo.
—Líder Kim, el experimento Siete ha capturado a un grupo de rebeldes. ¿Autorizamos? —preguntó un soldado desde una de las pantallas.
Jin soltó una carcajada corta.
—Sí… y traigan mi silla. Quiero ver a esos ridículos morir.
Trajeron su trono, un asiento lujoso adornado en oro y seda rosa. Jin se dejó caer en él, sonriendo con deleite, ansioso por presenciar la ejecución.
—Ah, mi chico Siete… siempre sabes cómo alegrar a tu líder. Todos deberían seguir tu ejemplo.
De las sombras surgió una figura de cabello castaño con destellos dorados, arrastrando a varios hombres encadenados. Vestía un traje formal con bordados plateados de estilo tradicional coreano. En el pecho llevaba una inscripción simple: Siete. Con reverencia impecable, se inclinó.
—Le traje un regalo, Líder Kim.
—Ven a mi lado, Siete —ordenó Jin, extendiendo la mano con diversión.
El muchacho avanzó con calma, pero la sonrisa de Jin se torció de pronto en una mueca de asco.
—Uh… pensándolo bien, nadie merece estar junto al Rey.
De un tirón lo tomó del cabello, obligándolo a mirarlo.
—¿Qué te crees, eh? —gruñó—. Debiste agradecer mis halagos, maldito mutante.
El silencio se tensó. Nadie se movió. Nadie respiró.
Con brutalidad, Jin estampó la cabeza de Siete contra el suelo y la aplastó bajo su pie una y otra vez, riendo de forma desquiciada.
—¡Odio tu maldita expresión vacía! —escupió, pisoteándolo con furia—. Siempre inexpresivo, como si no fueras humano.
Finalmente levantó la mirada hacia los soldados.
—Corten sus cabezas y cuélguenlas en el muro.
Azotando las puertas a su paso, abandonó la sala.
Solo entonces Siete se incorporó lentamente. Con la nariz rota y sangre en la frente, se sacudió el polvo de la ropa como si nada hubiera pasado.
—Siete… —musitó un soldado, temeroso.
—Hagan lo que ordenó el Líder Kim. Yo iré con el científico Park —respondió con frialdad, y se marchó sin mirar atrás.
Lo último que escuchó fueron los gritos de las víctimas inocentes, pagando el precio de la ira de su Rey.
Las puertas se cerraron tras la sombra de Siete, y los lamentos se apagaron poco a poco, tragados por muros manchados de sangre. Afuera, más allá de esa fortaleza teñida de crueldad, otro nombre resonaba en los campos de batalla: Kim Namjoon.
Mientras Jin celebraba ejecuciones, Namjoon mantenía un silencio calculado en su propia mansión. Ambos compartían apellido, pero nada más; eran dos fuerzas opuestas que se disputaban un mismo país desgarrado.
El estruendo de espadas se filtraba por los muros de la residencia de Namjoon. Afuera, soldados entrenaban sin descanso; botas golpeaban la tierra, voces de mando retumbaban, el sudor caía en charcos de polvo.
Dentro, en contraste absoluto, reinaba un silencio solemne. El despacho de Namjoon estaba rodeado de estanterías de madera oscura, plantas que trepaban hacia la luz y el crujido leve de páginas al pasar. El líder hojeaba reportes: territorios perdidos, capturas recientes, victorias que ya no le sabían a gloria. Él nunca pidió esa guerra.
El timbre metálico del teléfono lo arrancó de sus pensamientos.
—Diga —respondió sin apartar la mirada de los documentos.
—Señor… disculpe la interrupción. El capitán Jeon ha regresado, pero está furioso. Dice que… —la voz se apagó cuando la puerta se abrió de golpe.
Jungkook irrumpió en la sala como una tormenta, con el ceño fruncido y la respiración pesada.
—Jeon… —Namjoon lo saludó con una calma ensayada.
—¡Cómo es posible que me voy un día y te roban hombres! —gruñó Jungkook, descargando un golpe contra el escritorio.
Dos guardias entraron de inmediato, lanzas en mano, listos para atravesarlo. Namjoon levantó apenas la mano, y la tensión quedó suspendida en el aire.
—Hablaré con él. Retírense.
El cuarto se redujo a respiraciones contenidas y al parpadeo tembloroso de una lámpara de aceite.
—Si sigues con estos arranques, tendré que castigarte otra vez y encerrarte —Namjoon masajeó el puente de su nariz, agotado—. Ya sé lo de los hombres.
—¡Pues entonces actúa! —Jungkook apretó los dientes—. Jin no va a dejarlos vivir. Y tú aquí, regando tus plantas como si nada.
Namjoon cerró el informe con un golpe seco. En su mirada no había ira, sino una resignación gélida. Abrió un cajón y dejó un pequeño frasco sobre la mesa.
—Tómate tu dosis antes de seguir gritando.
Jungkook resopló, pero tragó dos pastillas sin rechistar. La furia se le diluyó en cansancio, y su voz perdió filo.
—Intenté convencerlos. Ninguno habla. Los controla demasiado bien —admitió, hundiendo los hombros—. Lo odio.
Namjoon se incorporó de su silla, un trono de madera tallada con brazos dorados que parecía demasiado solemne para un hombre que suspiraba tanto.
—Hablaré con Hope. Las armas deberían estar listas ya. Solo con ellas podremos enfrentarnos a Jin.
—Iré contigo —dijo Jungkook, acariciando con fastidio el mango de su pistola—. Esta vez no pienso fallar.
Ambos salieron del despacho. No intercambiaron más palabras; el silencio que los envolvía era un acuerdo tácito, el de quienes se entienden mejor cuando callan.