LA IRA QUE DEVORA

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Summary

El amor y la sangre no distan pero tampoco deberían cruzarse. Un secreto escondido tras sábanas, una traición imposible de perdonar y un crimen que desgarra. Un hombre descubre que su novia lo engaña con su propio hermano. Un instante de ira lo convierte en asesino... pero la muerte no calla y la culpa no duerme. Narrada desde tres voces -el asesino, la traidora y el muerto- esta historia explora lo que ocurre cuando el amor se pudre, cuando los lazos se rompen, y cuando el horror ya no vive en las sombras... sino dentro de cada uno. Nota: subiré un capítulo por semana, todos los miércoles.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Nos vamos.

El sonido del ventilador invadió la habitación, nuestros ojos ahogados en lágrimas seguían esperanzados en que todo fuera mentira, y nuestros labios palpitaban desesperados por decir que todas las blasfemias en contra del otro eran simples excusas para luego declarar el exorbitante amor que sentíamos. Pero, no, no era así, todo lo discutido tenía sus fundamentos, sus razones y sus porques. Ella me fue infiel, y si eso no es suficiente, fue con mi hermano. El asco que sentí al enterarme, la decepción y lo desesperante, toda esa mierda se acumuló en mi tonta mente, se enredó en mi cerebro como cuerda que busca privar de libertad. —Enserio lo siento —me dijo con la cabeza baja y la mirada puesta en su puño que apretaban las sábanas.

Me quede en silencio, porque la rabia que sentía pudiese que hiciera que actuase de formas horribles. En ese momento, mi imaginación lucubraba sobre actos insolentes hacia mi hermano y hacia mi ahora ex. Por un momento recordé las señales, esas que estúpidamente omití; como en aquella noche buena donde ambos no paraban de reírse, molestarse, darse empujoncitos juguetones, que yo, todo eso interprete como simple camaradería, como si ambos enserio fuesen mi familia y no dos cómplices perfectamente compinchados para apuñalarme a penasyo me dé la vuelta. Maldito yo, que con ceguera confié en otros ciegos, pero estos, ciegos de lujuria y traición.

—Me largo, ya no puedo seguir aquí­— dije, mientras, mis ojos hacían un repaso de esa habitación que más de 100 veces había albergado pasión desbordante, besos inquietos, caricias, ahora, al parecer, cuasi sinceras. En ese momento, la nostalgia me invadió y las lágrimas no quisieron quedarse en su sitio, solo salieron, desmedidas, asfixiantes.

—No, no te vayas, no sin darme un último abrazo, un último beso, un adiós adecuado… por favor.

¿A que carajos a se refería?, ¿Ultimo abrazo?, ¿Ultimo beso?, ¿Por qué querría yo una despedida “adecuada” ?, ¿Adecuada de qué?

—Ándate a la mierda y no vuelvas de ahí— dije con rabia contenida, mientras me levantaba.

Su reacción no se hizo esperar. Me agarro del brazo y con fuerza me jalo hacia ella, yo me deje caer.

—Lo siento Gael, lo siento, no puedo dejarte ir solo así— Sus palabras me incomodaron, a tal punto de alterarme, tanto que me levante de nuevo, esta vez, con fuerza, fuerza que hizo que mi cabeza chocara con su pronunciado mentón. No me disculpe, no pensé en hacerlo. Ella solo me miro con angustia y finalmente se resignó.

—Está bien, solo cierra la puerta con seguro.

Me fui.

La reafirmación.

El problema real de querer desvanecer los sentimientos no es olvidar, es simple y llanamente motivarte a querer seguir viviendo. Y seguir existiendo en este mundo donde ya todo me había atropellado, era algo que mi rota alma estaba necia a ejercer, pues soy tan cobarde o tan lleno de esperanzas, que creo que todo mejorara, y así siempre he sido, incapaz de apagarme, puesto que eso supondría darle la razón al dolor, y, ¿Qué es el dolor? si no más que algo que fue autoinfligido por uno mismo.

Pensé en llamarla, en perdonarla, incluso en pisotear lo poco que me quedaba de dignidad, tan solo para poder escuchar una vez más esas cálidas letras saliendo de su boca, esas que me hacían estremecer, esas que validaban por completo cualquier acto aberrante que esa figura femenina pudiese cometer, esas que… Mejor imagino que me las dice.

—Te amo.

Y yo, sonrió.

¡Dios mío! En que mierda estoy pensando, ¿Porque se me cruza esto por la cabeza?, debería estar más ocupado en analizar las mil cincuenta formas de vengarme de esa arpía y del bulto malformado al que tengo la obligación sanguínea de llamar hermano. Si, eso es, venganza, dulce y tentativa, satisfactoria y obligatoria, ¿No es la venganza acaso lo que nos hace humanos? Esto que siento quemándome en el interior, ese deseo de quemarlos vivos y escuchar como sus cueros explotan a fuego lento, si, que perfecto seria, que calmante. Pero obviamente, es mi perturbada imaginación hablando en voz alta.

<<Deberías hacer algo al respecto>> Me digo a mí mismo, compadeciéndome y apenándome por mi propia situación. Aunque no espero respuesta, porque el coraje que siento no solo es hacia esos dos amantes clandestinos, es también al mundo, a la inmundicia cruel que lo rodea, a la falta de cariño con la que nos criaron, a todo eso que hace que la personas ya no busquen algo a que apegarse, más bien, lo que buscan es como alejarse de todo y de todos, porque este mundo no para de contradecirse, no para de matarnos lentamente, este puto mundo no te deja estar tranquilo.

Tanto victimismo y tantos pensamientos de auto compasión, solo me cansan aún más. Estar absorto en las nimiedades de mi propia mente, lo único que hace es volverme cada vez más loco, más distante de la realidad, y bueno, ¿Quién no estaría así? Aún peor, después de haber recibido un bombardeo de emociones hace tan solo unas horas.

Tocan la puerta de mi cuarto. No quiero abrir, se lo que viene, sé que hay preguntas pendientes y más allá de eso, sé que no estoy en un estado mental adecuado para razonar. Quien esté detrás, insiste, hace retumbar la madera con decisión, pero, no hay palabras, solo ruido constante. Y me levanto, obligado por el escándalo.

Abro. Es mi hermano.

Silencio.

Nos quedamos viendo. El ambiente se tensa, todo se detiene, ninguno de los dos es capaz de decir una palabra. Una corriente de aire entra desde la ventana, y solo ahí, el idiota reacciona.

— Gael… no sé cómo decirte esto, lamento que te hayas enterado así— En el momento que pronuncio esas palabras me entraron arcadas, el solo pensar que al frente mío tenía al causante de todo mi malestar actual me daba asco. Y por supuesto, no atine a responder, solo agarre la manija de la puerta y la empuje para que por inercia el supiera que lo quiero lejos, tan lejos como sea posible, vaya pues, que se dirija derechito a la mierda, pero el, esa basura asquerosa, hizo fuerza y entro en contra de lo que alguien con un mínimo de raciocinio haría, luego, con su dos huevos, me abrazo, yo me quede inmóvil, pasmado por tan cruel acto, ¡Dios! Después de haberme arrancado el corazón, el idiota se atrevía a intentar consolarme dándome solo uno de los pedazos.

— Suéltame y lárgate— dije, con mis ojos llenos de lágrimas, con los recuerdos aun vivos en la memoria. El desgraciado solo me abrazo mas fuerte, y yo, movido por la rabia y el inmenso repudio que me causaba la situación, apunte con mi rodilla a sus pobres y descubiertos genitales, acto seguido, se agacho del dolor, gritando ahogadamente por sentir el punzante suplicio que yo le había causado intencionalmente, en ese momento aproveche para otra vez, con la misma rodilla, partirle la nariz, a ver si así dejo de compartir el mismo aire contaminado con ese desdichado ser que de familiar mío no tiene nada.

Lo que describiré a continuación, me regresa evolutivamente a la era donde reinaba la ley del más fuerte, así como primaba el hecho de que cuando te robaban a tu mujer, lo más sensato qué harías era batirte en un duelo a muerte por esa que de todas maneras prefería al otro.Así que, después del rodillazo en la jeta, y con la nariz partida en dos, el desgraciado ese, cayó al suelo, desangrándose, y todo hubiera acabo ahí, ¡Dios bendito! Juro que ya me había vuelto la razón a la cabeza, de no haber sido porque al desgraciado se le ocurrió abrir la boca, —Se que esto lo haces por que ella me ama más a mí, te entie…— no había terminado de articular la ultima palabra, cuando en mi nublado y repentino subidón de ira, le propine un puntapié en toda la sien.

Una calma escalofriante se apodero de la habitación. Dejo de moverse. Me quede pasmado, creyendo que reaccionaria enseguida, abalanzándose en mi contra y continuando la pelea que él, con sus palabras y acciones había causado, pero no, así que espere y espere, quedándome solo observando el cuerpo inmóvil. Y no sentí nada, ninguna emoción me recorría el cuerpo, solo había una neblina confusa que recorría mis ojos, esa sensación de cuando estas a punto de desmayarte, pero tampoco eso sucedió, y al cabo de unos largos 10 minutos por fin me di cuenta de lo que había pasado, y por supuesto, como siempre, ya era tarde.

El recuerdo

Esculque en sus bolsillos, saque la llave de su camioneta, cargue el cuerpo, lo deposite en la cajuela, lo tape con un plástico negro, me asegure también de atar el cuerpo para que no saliera volando, me monte, encendí, maneje, pensé, recordé.

Mauro, ese es su nombre, un nombre que a partir de hoy estará rebotando por todo mi ser, siempre recordándome, no solo que lo mate, también que en realidad fue un buen hombre, y esto no lo menciono a la ligera, ya que mientras manejo viene a mi mente todo lo que el cuerpo que ahora yace en la camioneta fue anteriormente, cuando aun circulaba el aire en sus pulmones.

—Tranquilo, respira y ven conmigo, yo te escucho y si es necesario, llorare contigo— es algo que Mauro habría dicho mientras acariciaría mi cabeza y la apoyaría sobre su pecho quedándose en silencio mientras mis lagrimas le mojan la ropa, mientras me deshago en pedazos y lamento el haber nacido, porque no soy mas que un despojo humano, un triste hombre que no pudo lidiar con un simple desliz, una pequeña equivocación que desde tiempos ajenos a mi conciencia existe, eso, eso a lo que llamamos infidelidad, ese error el cual necesita de dos almas enamoradas y de una destrozada, y vale aclarar, que incurrir en ese acto, no te hace mas o menos digno de la propia vida, y nadie es nada para decidir arrebatártela sin contemplación y sin el remordimiento que eso acarrea.

De pronto, como un rayo de luz entrando a primera hora por la ventana, recordé mi infancia, en específico un momento que, ahora que lo razono es hasta cruel. Ese día, nuestros padres habían salido al trabajo, Mauro y yo nos quedamos se supone haciendo tareas, aunque en realidad las desatendimos para salir a jugar fútbol en el patio, y mientras pateábamos tontamente el balón sin habilidad alguna, Mauro se me acerco al oído —No sé qué haría sin ti, tonto— Después de esas palabras, mi boca solo atino a balbucear y decir que sigamos jugando, que no me moleste, pero por dentro estaba llorando como el niño pequeño que era.

Un sinfín de lágrimas cubrían mi violento rostro, ríos caían hacia mi boca, hacia mi cuello, hacia mi ropa. Me comencé a inundar, sentí la asfixia típica de quien se está ahogando, y esperé morir, ahí, y que lo de mi hermano pareciese un accidente, pero claramente solo era un deseo, uno de alguien que quisiera retroceder el tiempo y deshacer todo lo que por ira provoco.

Me detuve cerca de un puente, esos que ahora nadie cruza por que a lado hay otro puente mas grande y con mayor capacidad de cargar con fantasmas mecánicos que van y vienen. Mire de lado a lado, arriba y abajo, me cerciore que no haya ningún alma, luego rápidamente saque el cuerpo de Mauro, la mejor persona que conozco, lo tire por el puente, sin contemplaciones, sin dudar, solo lo hice, para después echar a andar de inmediato la camioneta y largarme de ahí como delincuente acabando de robar a una señora de avanzada edad, así, con esa misma vergüenza, con ese mismo apuro y con esa misma sensación de haber cometido uno de los peores actos que un mal llamado ser humano habría de cometer.

En mi memoria se repite, una y otra vez, la imagen del cuerpo de Mauro reventándose contra las piedras del falso rio debajo de la estructura metálica corroída, flaca y débil. Cuando algún curioso paseando por el puente vea destrozada la humanidad de mi hermano, cuando pegue el grito al cielo y acto seguido después de un breve shock, llame a las autoridades correspondientes, cuando determinen que el desgraciado que yace en mil pedazos combinándose con las piedras fue un desafortunado que probablemente atrancado de deudas y desamores haya lanzado su humanidad contra el piso, solo cuando pase eso, mi mente podrá dejar de repetir, pero no descansar.

Llego a mi casa, entro en mi cuarto, agarro 3 corbatas, las ato entre sí, salgo al patio trasero, amarro la corbata compuesta a una rama del árbol que esta en medio, me subo a otra rama más baja, pongo en mi cuello un nudo, me lanzo, contemplo, me retuerzo, muero.

Me fui.