Los desafortunados infortunios de la vida de Adrian Wilson

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Summary

Adrian Wilson es un hombre atrapado en la monotonía; una vida ordenada, carente de emociones y llena de rutinas. Una mañana cualquiera, se pregunta por qué sigue aquí y decide hacer una lista de pros y contras. El resultado es aplastante: los infortunios superan las razones para continuar. Cansado de intentarlo, toma la decisión de acabar con su vida. Pero lo que pensaba que sería un instante fugaz se transforma en algo inesperado. Mientras cae desde lo alto, su vida entera desfilan frente a sus ojos, no como simples recuerdos, sino como escenas vivas que lo obligan a cuestionar cada momento que lo llevó a esa fatídica decisión. Entre el pasado, el presente y un futuro… Adrian descubrirá que incluso en la caída hay revelaciones capaces de alterar tu destino. Esta obra esta registrada en Safecreative: Queda estrictamente prohibido el plagio, la distribución, reproducción o adaptación de este contenido en cualquier plataforma sin mi autorización. Si te gusta mi trabajo, te invito a apoyarlo directamente desde aquí, ayudándome a crecer y seguir creando.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Cuando estás a punto de morir, tu vida suele pasar frente a tus ojos; tu primer beso, la primera vez que aprendiste a andar en bici, aquella ruptura que te dejó sin aire, la emoción al recibir tu licencia de conducir... y posteriormente estrellar el auto una semana después. Incluso los pensamientos más absurdos se quedan ahí, alimentando la incertidumbre del momento.

«¿Y si dejé la estufa encendida?», pensó Adrian. Aunque ya no vaya a estar presente, sería una lástima que las pocas cosas con valor sentimental desaparecieran en un incendio.

«¿Por qué no le hablé aquella vez?».

Oh, esa es una de mis favoritas. Todos se la hacen, siempre, es casi una frace estándar. La vida que podrías haber tenido con un poco de "iniciativa", la excusa que te susurras: "tal vez no habría funcionado".

«¿No creo que alguien me extrañe? ¿Siquiera sabrán que existo?».

Aquí es donde empieza la lástima.

—¿Quién dijo eso?

Bien, ya era hora de salir de tus pensamientos, el mundo no gira alrededor de ti. Permíteme presentarte.

Adrian Wilson. Veintinueve años. Cabello castaño, ojos negros, comunes... Alto, aunque no siempre lo fue; pegó el estirón a los diecisiete, y antes de eso sus hermanos lo apodaron como umpa lumpa. Contador. No muy sociable. De esas personas que repiten, casi como un mantra, que su vida es gris, monótona, sin sentido. Y aquí entre nos, cómo no, si es contable. Es qué, quién se despierta un día y dice, "seré contador".

Pero si Adrian se hubiera detenido un minuto a pensarlo, quizá no estaría cayendo del Empire State Building justo ahora. Qué tan desdichada tiene que estar tu vida para ponerle fin...

—¿Qué? ¿Quién dijo eso, hay alguien ahí?

Para contestar esa pregunta debemos remontarnos...

—¡Debo estar enloqueciendo! ¿Por qué escucho una voz? Debo de estar inconsciente ya...

—¿Podrías dejar de interrumpir?

Retomando lo que estaba diciendo. Nos remontaremos al nacimiento de la vida de Adrian.

—Eso es. Estoy muerto y mi castigo será caer una y otra vez mientras escucho una molesta voz, narra mi vida hasta que entienda lo valiosa que era. Patético. ¡Esto es patético! Sí hubiese querido un sermón o reflexionar al respecto, habría acompañado a mi madre un su loco viaje de autoconocimiento y esa basura de alinear chakras.

Adrian reacciona confundido. Empieza a dudar si sigue vivo o si ya está en un limbo donde van las almas con objetivos incumplidos. Pero no, sigues con vida. Todavía caes al vacío mientras una multitud despavorida observa desde abajo tu inminente caída.

—¿Un objetivo no cumplido? ¿Y quién se supone que eres? Es mi primer suicidio y aún no entiendo nada.

Cuando se trata de positivismo, las personas siempre usan esa frase trillada de eslogan; "La esperanza es lo último que se pierde".

Pero sí se pierde. Tal vez no de inmediato, pero en un año, en una semana... en una vida de numerosos infortunios. Pongamos de ejemplo a nuestro sujeto: un hombre común, cuerpo poco fornido, rasgos afligidos, vida rutinaria, también es un tanto pedante y aburrido. ¡Yo también pensaría en suicidarme si fuera él! Trabajador inagotable, mal pagado en un cubículo de oficina, una abeja más entre miles. Si aún conservara un rastro de esperanza no habría optado por terminar con su vida. En cambio, se escuda en el humor sarcástico que suele ocultar inseguridad en la mayoría de las veces. Así que podemos concluir que lo último en morir en las personas no es la esperanza: es el sentido del humor.

—¿Quién eres? ¿Cómo puedo escucharte? Si voy a morir al menos podrías contestar mis preguntas. ¡Es lo justo!

—¿Lo justo, Adrian? Lo justo habría sido no saltar. Has detenido media manzana alrededor del Empire State. patrullas, bomberos, una ambulancia... Dato inútil o tal vez útil, cuando un aviso entra como prioridad, otro baja en la fila; quizá ahora mismo hay alguien que sí necesita... Bueno, ya para que lamentarse. Ella no ira a ningún lado.

En fin, preguntas, preguntas, Adrian siempre parece tener un montón.

Confundido, cierra los ojos con fuerza y murmura que está en una pesadilla. Al abrirlos de nuevo, sigue escuchando aquella dulce, gentil y melodiosa voz, respirando agitado, mirando a su alrededor para encontrar de dónde proviene.

No es tan difícil deducirlo. Mi papel aquí es importante; ¡soy Dios! Soy la que ha visto cada paso. Soy el ente que lo sabe todo. De mí depende mostrar al espectador los acontecimientos que lo llevaron a saltar de uno de los edificios más altos de Nueva York. Sé lo que piensas antes de que lo digas. Mi trabajo aquí es conocer todo y a todos.

Yo soy la narradora de la vida de Adrian Wilson.