Fuera de tono

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Summary

Devon ha pasado casi toda la preparatoria sobreviviendo al mismo infierno: insultos, golpes y burlas que no cesan. Todo por atreverse a ser quien es. Su mayor verdugo es Brice, el chico que alguna vez fue su mejor amigo y que se volvió su peor enemigo desde el día en que Devon le confesó que le gustaban los chicos. En medio de ese infierno aparece Nathaniel, el nuevo estudiante. Un chico distante, que oculta sus emociones como forma de sobrevivir a una vida donde su única constante es que todo cambia. Para él, los vínculos emocionales solo significan despedidas. Sin embargo, entre el silencio de Nathaniel y la voz quebrada de Devon, empieza a nacer algo inesperado. Un lazo frágil, pero intenso. Un primer amor que intentará abrirse camino entre el dolor, la desconfianza y las cicatrices que ambos cargan. Lo único que queda por descubrir es si este sentimiento llegará a tiempo… o si las consecuencias del constante abuso terminarán por apagarlo todo.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: El chico nuevo

El amanecer dejaba entrar sus primeros rayos a través de las cortinas y teñía la habitación de Devon con tonos suaves de naranja y rosa. Con un suspiro cargado de un peso impropio para un chico de dieciséis años, se levantó de la cama. Era el primer día de clases del año, el inicio del undécimo grado en la preparatoria. La idea de volver a la rutina escolar le oprimía el estómago con una mezcla de nervios y rechazo. El año anterior había sido una prueba de resistencia, pues enfrentó el acoso con la misma frecuencia con que respiraba. Encontraba alivio en saber que no estaba solo: Ethan, su amigo y compañero en un camino igualmente duro, había sido su faro en la tormenta.

«No quiero ir», pensó Devon al ver el mensaje de texto de Ethan. Su amigo se disculpaba porque faltaría durante la primera semana, ya que aún no regresaba del viaje a Barcelona.

—Vamos, Devon, mamá se preocupará si no vas —dijo en voz alta. Luego se dio unos toques en las mejillas frente al espejo, un ritual que había adoptado como gesto de coraje.

Escoger la ropa para el día se convirtió en una decisión estratégica. No deseaba destacar; buscaba lo contrario. Quería pasar inadvertido ante las miradas que traían problemas, sobre todo la de Brice, su bully. Eligió una camiseta y unos jeans sencillos. Entonces lo asaltaron los recuerdos de su antigua amistad con Brice. Aquel que alguna vez fue su protector y confidente se había transformado en su principal agresor desde que Devon confesó su orientación sexual. La ironía lo hería: quien antes lo defendía de todo se había vuelto la fuente de su tormento.

Devon se vistió con calma, como si cada prenda fuese una armadura contra juicios y murmullos. Cada recuerdo de Brice era un recordatorio de cuánto habían cambiado las cosas.

Cuando terminó de atarse los zapatos, la voz de su madre lo llamó desde abajo y lo sacó de sus pensamientos. Era hora de partir. Con un último vistazo al espejo, buscó en su reflejo algún rastro del chico que fue antes de que la dureza de la realidad lo quebrara. Luego, con un suspiro que quería sonar más valiente de lo que era, abrió la puerta y salió.

**

En la preparatoria, el bullicio del primer día de clases llenaba el aire. Devon, con la cabeza baja, avanzó hacia el fondo del aula y se sentó junto a la ventana. A su alrededor, los saludos y las charlas sobre las vacaciones creaban un ambiente de camaradería del que se sentía apartado. «Da igual, cuando Ethan regrese podremos hablar. Le mostraré mi nuevo cover, espero que le guste», pensó con la intención de darse ánimo, aferrándose a una chispa de esperanza en medio de su día gris.

Ese respiro se quebró de pronto con un estruendo de palmas cerca de su oído. Brice había llegado, cargado de soberbia y desdén. Con una sonrisa burlona que anunciaba problemas, se inclinó hacia Devon y alzó la voz para que todo el salón lo escuchara:

—Oh, lo siento, ¿te asusté? Debes estar sordo de tanto oír esas canciones ridículas. ¿O acaso estabas ocupado pensando en tu próximo novio?

Las risas de algunos compañeros, sobre todo de un grupo de alumnas que siempre rodeaban a Brice, llenaron el aula. Cada carcajada hacía más cortantes sus palabras, como dagas en el corazón de Devon. Otros, incómodos o resignados a aquel espectáculo, desviaron la mirada y eligieron la indiferencia.

Devon sintió el peso de la burla aplastarlo. Deseaba borrarse, desaparecer, o mejor aún, estar en otro lugar. «Ni siquiera el primer día puedo tener paz», pensó con amargura, conteniendo las lágrimas que amenazaban con delatarlo. Quería llorar, gritar, huir, pero se obligó a mantener la calma: sabía que mostrar debilidad solo alimentaría el fuego de Brice.

Cuando parecía que este continuaría con su tortura matutina, la puerta se abrió de golpe. El profesor entró con una energía que contrastaba con la pesadumbre de Devon.

—¡Buenos días, clase! ¡Espero que estén listos para un año increíble! —exclamó el profesor, con una sonrisa que iluminó la habitación.

La mayoría de los estudiantes respondió al saludo con entusiasmo, contagiados por la energía del momento. Todos, excepto Devon, que mantenía la cabeza baja, intentando recomponerse y hallar dentro de sí la fuerza necesaria para enfrentar no solo ese día, sino todos los que vendrían.

—Bueno, queridos alumnos, espero que hayan recargado energías durante las vacaciones, porque este año estará lleno de desafíos y aprendizajes —continuó el profesor, mirando a sus alumnos con un brillo de emoción en los ojos. La clase respondió con un murmullo de aprobación, algunos más animados que otros.

—Y hablando de novedades, este año tendremos un estudiante nuevo entre nosotros —anunció, captando de inmediato la atención del grupo.

El año anterior no habían tenido ningún compañero nuevo, de modo que muchos pensaron que esta vez sería igual. Al escuchar la noticia, varios giraron la cabeza, buscando entre las filas un rostro desconocido.

—Aunque, por lo visto, ha decidido hacer una entrada dramática llegando tarde el primer día —bromeó el profesor, arrancando risas en el aula.

En medio de las carcajadas, un golpe en la puerta silenció a la clase. El profesor, con gesto teatral, señaló hacia la entrada y exclamó:

—Mírenlo, justo de quien hablábamos. Aquí viene nuestro nuevo compañero.

La puerta se abrió y el profesor dio la bienvenida al recién llegado.

—Llegas tarde el primer día, jovencito —dijo en tono fingidamente severo, con una sonrisa que delataba la broma—. Espero que no sea una costumbre.

—Me disculpo, no volverá a ocurrir —respondió el muchacho, con voz fría y una expresión impenetrable.

—Disculpas aceptadas. Ahora, sé tan amable de presentarte a tus compañeros antes de sentarte.

El nuevo alumno, animado por la indicación del profesor, avanzó hasta el centro del salón y se presentó con calma:

—Me llamo Nathaniel Leblanc. Tengo dieciséis años. Un gusto.

Aunque Nathaniel solo dijo su nombre al presentarse, atrajo la atención de todo el salón, sobre todo la de las alumnas, que lo observaban con fascinación. Sus miradas recorrían su figura de arriba abajo y, al terminar, muchas se sonrojaban. Nathaniel era alto, de hombros anchos y porte erguido. Su cabello negro caía liso y bien cuidado, enmarcando un rostro pulcro, de facciones marcadas pero armoniosas, con la mandíbula definida y la piel clara sin imperfecciones. A ello se sumaba su inexpresión y frialdad: una mezcla de misterio y atractivo físico que encajaba a la perfección.

El profesor, intentando integrarlo, preguntó:

—Nathaniel Leblanc, no eres de aquí, ¿verdad? ¿Qué te trae a nuestra ciudad? ¿Tienes algún pasatiempo que quieras compartir?

Nathaniel respondió con brevedad:

—Mi madre comenzó a trabajar aquí, así que nos mudamos. Y… me gusta leer.

—Excelente, la lectura siempre es un buen pasatiempo. Estoy seguro de que encontrarás muchos temas interesantes en nuestra biblioteca —dijo el profesor con una amplia sonrisa—. Ahora, por favor, toma asiento donde quieras.

Con la presentación concluida, el profesor retomó el control de la clase y empezó a explicar los planes y expectativas para el año.

Nathaniel caminó hacia el único asiento libre, en la última fila, entre Devon y Brice. Su paso sereno y la indiferencia con la que portaba su atractivo no pasaron inadvertidos, en especial para sus nuevas compañeras, cuyas sonrisas nerviosas lo seguían como atraídas por un magnetismo inexplicable.

Devon, aún sumido en sus pensamientos y con la cabeza baja, solo notó su presencia cuando los pasos se detuvieron junto a él. Creyó que era el profesor y levantó la vista con rapidez, encontrándose de golpe con la figura de Nathaniel. Por un instante, el tiempo pareció suspenderse y Devon sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.

«¿Por qué me siento así?», se preguntó, mientras un leve sonrojo le coloreaba las mejillas. Estaba nervioso, sí, pero había algo más, algo que no lograba identificar. «Debe de ser porque es nuevo… y ha pasado tanto tiempo desde que alguien se sentó a mi lado», intentó convencerse, buscando una explicación.

Nathaniel tomó asiento sin prestar atención a las miradas. Brice, que había notado la reacción de Devon, frunció el ceño. «Maldito maricón», pensó, alimentando una irritación que lo consumía. Sin embargo, se contuvo: el profesor aún estaba presente.

Ajeno a la tensión y a los juegos de miradas, el maestro continuó con su explicación, detallando los proyectos y temas que abordarían durante el año. La mayoría de los estudiantes escuchaba con atención, aunque algunos seguían lanzando miradas furtivas hacia Nathaniel.

**

Las clases matutinas llegaron a su fin, y los estudiantes se dispersaron hacia el comedor en busca de descanso y comida. Apenas salió el profesor del salón, varias alumnas rodearon a Nathaniel, convertido ya en el centro de atención. Con una mezcla de entusiasmo y audacia, se ofrecieron a guiarlo.

—Te podemos mostrar el camino, así no te pierdes. Además, es una buena oportunidad para que conozcas mejor la escuela —dijeron con sonrisas amables y ojos expectantes.

Nathaniel, sereno, agradeció el gesto, pero rechazó la invitación.

—Debo entregar unos documentos en la oficina del director. Los alcanzaré en el comedor después —prometió, más por cortesía que por deseo real.

Ellas, aunque algo decepcionadas, aceptaron la respuesta y le aseguraron que le guardarían un asiento.

Mientras tanto, Brice observaba la escena con creciente aversión. Deseaba encontrar cualquier excusa para fastidiar a Nathaniel, pero la hora de comer lo apartó de esa idea. Se levantó y, acompañado de sus amigos, se dirigió al comedor.

Devon, al ver a Brice marcharse sin provocar nada, sintió un alivio profundo. «Al menos hoy podré comer en paz», pensó.

Esperó a que todos salieran. A diferencia de los demás, y en ausencia de Ethan, prefería quedarse en el salón para almorzar. Uno de sus maestros le había permitido hacerlo, movido quizá por lástima. Cuando la sala quedó vacía, buscó en su mochila la caja con la comida que su madre le había preparado. Hurgó durante un buen rato, pero no la encontró: la había olvidado.

«No importa, traje dinero. Puedo ir a la máquina expendedora», se dijo, aunque un dejo de tristeza lo invadió. No le gustaba esa comida, pero sin su almuerzo casero debía resignarse a ella. El comedor nunca sería una opción.

Devon salió del salón. Al atravesar un pasillo vacío se detuvo al ver a Nathaniel, que miraba a ambos lados con expresión de ligera confusión. Recordó entonces que él había mencionado que debía ir al despacho del director. Al verlo desorientado, sintió una mezcla de compasión y curiosidad. Pese a sus propios temores y a la posibilidad de ser rechazado, se obligó a dar un paso adelante.

—¿Bu… buscas el despacho del director? —preguntó con nerviosismo, jugando con sus manos y evitando mirarlo a los ojos.

Nathaniel se detuvo y asintió.

—Sí, lo estaba intentando ubicar.

Devon respiró hondo y reunió valor para ofrecer:

—Yo… yo puedo mostrarte el camino, si quieres.

Su voz temblaba, anticipando un rechazo. «No debí acercarme», se reprochó.

La mirada de Nathaniel fue tranquila, sin rastro de la dureza que Devon temía. En su interior se encendió una chispa de curiosidad: la timidez de Devon le recordó a un erizo encogido ante un depredador. Sin embargo, su rostro permaneció imperturbable.

—Eso sería de ayuda. Gracias —respondió con cortesía.

La respuesta desconcertó a Devon, aunque le trajo un alivio inmediato.

Caminaron juntos hacia el despacho del director. Entre ambos se instaló un silencio que, para Devon, resultaba extrañamente llevadero. Aquel pequeño acto le parecía un paso enorme fuera de su refugio habitual.

Al llegar, Devon hizo un ademán de despedida, pero Nathaniel lo detuvo con un gesto.

—No tardaré mucho. ¿Podrías esperar?

El pedido lo tomó por sorpresa. Devon sintió cómo un leve sonrojo le coloreaba el rostro y asintió con torpeza, incapaz de articular una negativa.

Nathaniel cumplió su palabra y salió en menos de cinco minutos. Con un gesto agradecido, dijo:

—¿Me acompañarías al comedor? Es lo mínimo que puedo hacer para devolverte el favor.

La propuesta removió en Devon recuerdos dolorosos. Pensó en las incontables veces que había sufrido burlas y humillaciones en ese lugar, bajo las miradas que oscilaban entre la compasión y la burla. Su estómago se contrajo.

Con voz apurada, rechazó la invitación:

—No, no, de verdad no hace falta. Yo… debería irme.

Y sin esperar respuesta, se alejó a toda prisa.

«Es extraño… casi como si huyera», pensó Nathaniel, intrigado.

Sin más que hacer, Nathaniel se encaminó al comedor.

**

En el comedor, Nathaniel fue rodeado de inmediato por sus compañeras, obligado a sentarse en el lugar que habían prometido guardarle. Apenas tomó asiento, se vio frente a una batería de preguntas. Sus respuestas, aunque breves, no apagaban la curiosidad que despertaba en ellas.

—¿Y cómo es que terminaste aquí en nuestra escuela? —preguntó una, inclinándose hacia adelante para no perder detalle.

—Mi madre consiguió trabajo en la ciudad —respondió Nathaniel, con voz fría y distante.

—Nunca me he mudado. ¿Es emocionante? —insistió otra, en busca de un gesto, una chispa de emoción.

—Supongo —respondió él, cerrando de inmediato cualquier intento de profundizar en su vida.

Su frialdad, lejos de disminuir el interés, parecía avivarlo. Nathaniel se mantenía cortés, pero distante. En medio de aquella avalancha de preguntas, su mente se desvió hacia la imagen de Devon, tan frágil y retraído, parecido a un erizo encogido ante el mundo.

«Quizá debería intentar hablar con él otra vez», pensó, sorprendido por el interés que Devon había despertado en él. «No… no debería. ¿De qué serviría? Al final me iré». Con ese pensamiento, trató de cerrar la idea, aunque en su interior no lograba apagarla por completo.

**

Devon había regresado al aula antes que los demás. Aprovechó el silencio y sacó un libro de química. A pesar de sus esfuerzos, aquella materia era su punto débil. El profesor, con la costumbre de preguntar al azar y obligar al que fallaba a pasar al frente, no hacía más que aumentar su ansiedad. Devon quería evitar cualquier situación que pudiera exponerlo.

Sumido en sus notas, no advirtió la entrada de Brice hasta que este le cerró el libro de golpe, arrancándolo de su concentración.

—Así que el chico nuevo, ¿eh? Vi cómo lo mirabas. ¿Te gusta? —preguntó Brice, con una mueca cargada de desdén—. Das asco. Pensé que al menos tendrías la decencia de esconderlo mejor.

Los amigos de Brice se sumaron de inmediato, entre risas y comentarios crueles.

—¿Qué pasa, Devon? ¿Enamorado a primera vista? —se burlaron, disfrutando de la humillación.

«Solo quería un día tranquilo», pensó Devon. Sabía que responder solo empeoraría la situación, así que bajó la cabeza. Una lágrima rebelde amenazó con escaparse. «No dejes que te vean llorar», se repetía en silencio, tratando en vano de resistir el eco hiriente de las risas y los insultos.

**

Mientras tanto, Nathaniel caminaba hacia el aula en compañía de sus nuevas seguidoras. Al pasar por una máquina expendedora, ellas se detuvieron a comprar bebidas. Nathaniel no tenía sed, pero algo llamó su atención: una caja de leche con la imagen de un pequeño erizo castaño que le recordó al cabello despeinado de Devon. La similitud le pareció curiosa y, en un impulso, decidió comprarla. «Podría ser una forma de agradecerle», pensó.

—Aw, es muy lindo —comentó una de las jóvenes, atrayendo la atención de las demás hacia el erizo de la caja.

—Es verdad, yo también compraré uno —añadió otra con voz aguda.

Nathaniel guardó silencio y esperó a que terminaran. Cuando regresaron al salón, lo recibió un bullicio general: grupos de estudiantes charlaban y reían con energía durante el descanso. Todos, excepto uno. Devon permanecía solo, con la mirada fija en un libro cerrado, como un islote en medio del ruido.

Nathaniel se acercó a él y extendió la caja de leche.

—Gracias por ayudarme antes —dijo, ofreciéndosela.

La sorpresa se dibujó en el rostro de Devon. Sus ojos, aún enrojecidos, se abrieron de par en par ante el gesto. No era el único sorprendido: la sala entera pareció congelarse, todas las miradas posadas sobre ellos. Las jóvenes comenzaron a murmurar con desdén, especulando sobre las intenciones de Nathaniel.

—¿Qué le ve a ese? —susurraban.

Nathaniel, indiferente a los comentarios, se dirigió a su asiento y abrió su libro, como si nada hubiera pasado. Su serenidad confundió aún más a Brice, que lo observaba con fastidio. Finalmente, se acercó con un tono cargado de burla.

—¿Qué crees que haces? ¿Eres uno de ellos también? ¿Un maricón?

Nathaniel lo miró de reojo y volvió a concentrarse en su libro, sin dignarse a responder.

Ese silencio encendió la ira de Brice. En un arrebato, le arrebató el libro y lo arrojó al suelo, provocando un instante de tensión palpable.

Varias compañeras intentaron calmarlo. Temían por Nathaniel, que, a pesar de su altura y buena complexión, no tendría ventaja contra Brice. Este no destacaba por su tamaño, sino por su habilidad: era el campeón estatal de los Guantes de Oro, el mejor boxeador amateur de California.

—¡Brice, cálmate! ¡Nathaniel no te hizo nada! —exclamaron algunas.

Nathaniel, sin mostrar enojo, se levantó con calma, recogió su libro y regresó a su asiento. Su compostura, inquebrantable aun bajo la provocación, dejó a Brice expuesto ante la mirada de todos. Sintiendo la presión del grupo y sin encontrar la reacción que buscaba, Brice se apartó con un murmullo de frustración, volviendo a sus amigos en un intento de recuperar el control.

«Malditos maricones», masculló en su interior.

**

El día terminó más rápido de lo esperado, aunque Devon aún procesaba lo ocurrido mientras caminaba hacia el portón de la escuela, ansioso por refugiarse en el coche de su madre. Pese a la tensión de la mañana, el resto de la jornada transcurrió con una calma inusual. Brice no volvió a acosarlo, y Nathaniel mantuvo cierta distancia.

Al subir al coche, los dedos de Devon jugueteaban sin darse cuenta con la caja de leche que Nathaniel le había entregado. Una sonrisa brotó en sus labios al recordarlo.

—¿Por qué miras tanto esa caja? ¿Fue un regalo? —preguntó su madre, al notar la expresión en su rostro.

—Sí —respondió Devon, aún con la mirada fija en la cajita y la sonrisa persistente.

La curiosidad de su madre aumentó.

—¿Y quién te la dio? ¿Algún chico? —inquirió con un tono juguetón.

La pregunta le hizo recordar las palabras de Brice, y una oleada de fastidio lo recorrió. «¿Por qué todos asumen lo mismo?», pensó. Con un suspiro, respondió:

—Mamá, no porque sea gay significa que me guste cualquier chico —dijo, con un tono más severo del que pretendía, cargado de la molestia que en realidad deseaba dirigir contra Brice y su acoso constante.

Su madre, sorprendida por la reacción, soltó una risa nerviosa.

—Tienes razón, lo siento. Solo me alegra verte feliz.

**

Mientras tanto, Nathaniel enfrentaba su propio interrogatorio al terminar las clases. En el portón de la escuela, rodeado por sus compañeras, recibió una andanada de preguntas sobre el motivo de su gesto hacia Devon.

—¿Por qué le diste esa caja a Devon? Debes saber que él es gay —dijo una de ellas, con un tono cargado de desdén.

Nathaniel, con semblante indiferente, respondió:

—Me guió al despacho del director. Fue mi manera de agradecerle.

Otra, buscando quizás mostrarse más útil o destacada, intervino de inmediato:

—Yo te habría llevado sin problemas.

La insistencia comenzaba a fastidiarlo. Una tercera lanzó la pregunta que parecía rondar en todas sus cabezas:

—Pero… ¿te gusta Devon?

Nathaniel dio un paso hacia ella, hasta quedar a escasos centímetros de su rostro. Con un tono firme, que no dejaba lugar a réplica, dijo:

—¿Y qué importancia tiene? Al final del día, solo me concierne a mí.

La proximidad inesperada hizo que la chica se sonrojara, sorprendida por la intensidad de Nathaniel. Las demás lo observaban con una mezcla de envidia y asombro.

—Tienes razón… —balbuceó ella, con una risita nerviosa.

«¿A quién le importa si le gustan los chicos? ¿Por qué tienen que hacer un drama de todo?», pensaba Nathaniel, irritado. Al ver llegar a su madre llegar en el coche, se despidió con amabilidad, dejando atrás las preguntas y las miradas curiosas.

**