Bruja Otoñal

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Summary

—¡Una enviada del diablo! —fue el grito de los inquisidores, resonando con furia en la plaza llena de miedo. Los Inquisidores, poseídos por el fervor y la crueldad, apremiaron a los Caballeros de la Orden Santa a capturar a cada persona del pueblo, pues según ellos, todos eran sospechosos por haber caído en las tretas de la bruja y del mismísimo demonio. Sin demora, los caballeros, con corazones de piedra y rostro impasible, obedecieron; ataron a cada aldeano, sin importar si era niño, mujer, anciano o adulto, y en su ceguera no tuvieron compasión por nadie.

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2
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16+

Capítulo 1

En tiempos remotos, cuando los días se deslizaban lentos y el invierno parecía eterno, existía un pueblo escondido entre montañas y bosques, tan alejado de las grandes ciudades que el mundo parecía olvidarse de su existencia. En ese rincón de tranquilidad vivía una joven de belleza singular, cuyos cabellos dorados brillaban con la intensidad del sol en pleno amanecer; sus ojos, verdes y profundos, recordaban a las esmeraldas ocultas en la tierra, y su piel, delicada y blanca, resplandecía bajo la luz como la más fina de las nieves recién caídas.

Alissa, así era conocida por todos, era mucho más que una figura hermosa: su humildad, su generosidad y su ternura la habían transformado en el corazón mismo del pueblo. Desde temprana edad, la joven había aprendido a escuchar el susurro de las hojas, a leer los secretos ocultos en la corteza de los árboles y a entender la melodía silenciosa del río. De una anciana sabia, heredó el conocimiento de la herbolaria, una disciplina ancestral que pocos dominaban en todo el reino. No solo sabía distinguir cada planta, raíz, grano, semilla y flor, sino que conocía sus virtudes, sus misterios y los modos de transformar lo sencillo en remedios capaces de curar las más extrañas enfermedades.

Para quienes vivían en aquel lugar, Alissa era como un rayo de sol después de la tormenta, una presencia capaz de ahuyentar la tristeza y devolver la esperanza. Su casa, cubierta de enredaderas y rodeada de jardines perfumados, era refugio y hospital, escuela y templo. Cada día, personas de todas las edades acudían a ella en busca de alivio: madres preocupadas por sus hijas, ancianos que sufrían de los dolores de los años, niños inquietos por fiebres repentinas, campesinas agotadas por el trabajo. Alissa nunca negaba su ayuda y, con paciencia infinita, preparaba infusiones, ungüentos y pociones, mezclando lo dado por la naturaleza bajo la luz de la luna o el calor del mediodía.

La paz reinaba en el pueblo. Las cosechas eran abundantes, la comida suficiente para todos, las enfermedades se curaban rápidamente y la armonía familiar se respiraba en cada rincón. La gente se bañaba a diario en las aguas cristalinas del río, las casas permanecían limpias y ordenadas, y ni el hambre ni la miseria tenían cabida entre quienes compartían una vida sencilla, pero digna. Los niños correteaban alegres por la plaza y aprendían a leer, escribir y contar bajo la guía de los mayores, pues Alissa creía que la educación era un derecho y se encargaba de enseñar letras y números a todo quien lo deseara.

Era ella el alma del pueblo, y su luz parecía inagotable. Nadie imaginaba que aquella paz, tejida con tantos esfuerzos y cariño, pudiera ser amenazada. Pero el destino, caprichoso y cruel, suele poner a prueba incluso los corazones más puros, y la historia de Alissa y su gente estaba a punto de enfrentar su mayor oscuridad.

Sin embargo, un día la Guerra Santa estalló con furia en el Reino, como si el cielo mismo hubiese decidido teñirse de tormenta. El Papa, figura de autoridad suprema y de corazón endurecido por la ambición, proclamó a viva voz que la voluntad divina exigía que la Iglesia dominara sobre todas las personas. Este hombre, implacable y despiadado, buscaba el poder absoluto, y sus palabras no tardaron en convertirse en decreto: “eliminen a todo hereje”. Así, los Caballeros de la Orden Santa desenvainaron sus espadas y emprendieron la cruzada, llevando consigo el estandarte de la fe y el veneno de la intolerancia, y pronto el reino entero se vio envuelto en una sombra profunda y lacerante.

Las noticias sobre las atrocidades cometidas por los ejércitos de la Iglesia viajaban de boca en boca, como el eco de un presagio. Aldeas enteras desaparecían entre gritos y cenizas; familias eran separadas, hogares reducidos a ruinas, y los campos—antes fértiles y dorados—se cubrían de hollín y miedo. Ni siquiera los rincones más apartados, donde la vida discurría con sencillez y serenidad, escaparon del yugo de la guerra. El terror se infiltró en los sueños de niñas y niños, y hasta los ancianos, que en otros tiempos narraban leyendas al calor del fuego, ahora guardaban silencio, temiendo que una sola palabra los condenara.

El aire mismo parecía volverse más denso, como si respirarlo costara el doble, y el frío del invierno ya no era solo cuestión de clima, sino presagio de la mirada inquisidora de la Orden Santa. Nadie estaba a salvo de los ojos severos de los Caballeros, y la paz que alguna vez reinó en el reino se desmoronaba entre suspiros de desesperanza y el crujir de botas pesadas sobre la tierra. La guerra, lejos de ser una batalla de honor, se convirtió en una cacería despiadada, y la luz de la esperanza menguaba cada día, eclipsada por los estandartes de la cruz y el fuego del fanatismo.

Hubo reinos que resistieron y lucharon en contra de la barbarie de la Iglesia, alzaron sus estandartes y se enfrentaron con bravura a las legiones que proclamaban la supremacía de la fe sobre toda razón. Los relatos de batallas épicas entre los defensores de la libertad y los caballeros de la Orden Santa corrían como el viento, inspirando a quienes aún conservaban el valor suficiente para oponer resistencia. No obstante, la fuerza de la Iglesia era tan vasta e implacable que, para los pequeños poblados diseminados entre montañas y bosques, estas historias solo eran ecos lejanos, promesas de un futuro incierto. Los soldados avanzaban como una marejada oscura, y ante ellos, los muros de las ciudades caían, las puertas de los castillos cedían, y las esperanzas se desvanecían como el humo de las hogueras nocturnas.

El pueblo donde vivía la dulce Alissa era uno de esos lugares vulnerables, apartado del bullicio de los grandes centros y de la protección de los ejércitos rebeldes. Sus habitantes, acostumbrados a la paz y al trabajo en comunidad, nunca imaginaron que la violencia llegaría a su umbral. Pasaron los días contando rumores y presagios, temiendo que su tranquilidad fuera interrumpida por la llegada de los caballeros. Finalmente, el día fatídico llegó, y la Orden Santa irrumpió en el pueblo con el estrépito de armaduras y el brillo de estandartes dorados, decididos a imponer su dominio absoluto.

Cuando los Caballeros arribaron, recorrieron las calles expectantes, esperando encontrar miseria, enfermedad, y desorden, tal como lo habían visto en otros lugares sometidos por la guerra. En cambio, lo que vieron los dejó perplejos: no había ni un solo enfermo, las casas resplandecían de limpieza, los jardines florecían con colores vivos y aromas dulces, y no se percibía el hedor que impregnaba las urbes y los templos. Los habitantes se bañaban cotidianamente en las aguas cristalinas del río, mantenían sus hogares impecables, y jamás faltaba el alimento ni la cosecha; la pobreza era un concepto desconocido, una sombra que nunca se había posado sobre ese rincón.

La vestimenta de las personas era siempre pulcra, confeccionada con esmero y dignidad, y los niños, lejos de ser ignorados o excluidos de la vida intelectual, recibían educación desde temprana edad. Aprendían a leer los libros y a escribir sus historias, a contar y descubrir los misterios de las cifras, a explorar el mundo con curiosidad y respeto, todo bajo la guía de Alissa, quien creía fervientemente que el saber era un derecho universal. Este ambiente de armonía y conocimiento era tan ajeno a las creencias de los Caballeros que, para ellos, representaba una herejía imperdonable. Consideraban que solo quienes ingresaban a los monasterios merecían instrucción, y la visión de un pueblo entero cultivando el saber les resultaba intolerable, una afrenta a la tradición que debían erradicar.

Pronto, los Caballeros, al ver el asombroso bienestar de los aldeanos, comenzaron a murmurar entre sí, sospechando que algo oculto debía haber detrás de tanta prosperidad. No tardaron en descubrir que todo giraba en torno a Alissa: su sabiduría, sus remedios y la educación que impartía. Cegados por la desconfianza, iniciaron una búsqueda implacable, inspeccionando cada rincón de las casas, arrancando libros y hierbas, y destrozando los jardines que tanto costó cultivar. Las ollas fueron volcadas, los baúles abiertos a la fuerza, y hasta los juguetes de los niños acabaron pisoteados. El pueblo, testigo de este atropello, se llenó de rabia e impotencia; hombres y mujeres gritaban y exigían respeto, pero solo recibieron amenazas y el frío acero de las lanzas en respuesta.

En medio del caos, el capitán de los Caballeros encontró a Alissa y, sin miramientos, la arrastró hasta el centro de la plaza. Allí la esperaba el tribunal de la Inquisición, rodeado de rostros endurecidos y miradas llenas de prejuicio. Comenzó el interrogatorio con voz autoritaria: —¿Cómo logras curar enfermedades que la Santa Iglesia no puede? ¿Por qué tu gente nunca enferma? ¿Quién te enseñó a leer y escribir, y por qué enseñas esas artes a los demás? Ante cada respuesta de Alissa sobre el poder del conocimiento y la generosidad de la naturaleza, los inquisidores fruncían el ceño, incapaces de comprender lo que escapaba a sus dogmas. Al no encontrar explicación en sus creencias, sentenciaron: —¡Eres una bruja! ¡Has traído la herejía a este pueblo! — y su veredicto se esparció como pólvora, encendiendo el miedo y la tragedia que pronto caería sobre todos.

—¡Una enviada del diablo! —fue el grito de los inquisidores, resonando con furia en la plaza llena de miedo. Los Inquisidores, poseídos por el fervor y la crueldad, apremiaron a los Caballeros de la Orden Santa a capturar a cada persona del pueblo, pues según ellos, todos eran sospechosos por haber caído en las tretas de la bruja y del mismísimo demonio. Sin demora, los caballeros, con corazones de piedra y rostro impasible, obedecieron; ataron a cada aldeano, sin importar si era niño, mujer, anciano o adulto, y en su ceguera no tuvieron compasión por nadie.

Las sogas apretaban muñecas y tobillos, marcando la piel con el cruel recuerdo de la injusticia; los llantos de niñas y niños se mezclaban con el estrépito de los pasos militares, resonando en las paredes silenciosas del pueblo como un lamento que nadie podía acallar. El temor, como una niebla espesa, envolvía a todas las personas: madres abrazaban a sus hijas e hijos con desesperación, ancianos miraban al vacío, y quienes alguna vez conocieron la risa ahora solo se atrevían a susurrar plegarias silenciosas. Las promesas de justicia y salvación que tiempo atrás la Iglesia proclamaba se habían transformado en sentencias de dolor y humillación, y los estandartes dorados de la Orden Santa ya no brillaban por la fe, sino por el poder y el miedo que infundían.

Alissa, con la frente en alto pese a la adversidad, hizo un esfuerzo por tranquilizar a quienes la rodeaban. Con voz serena y firme, les recordó que incluso en los momentos más oscuros, la dignidad y el amor podían resistir el odio, que la fuerza de un pueblo unido era capaz de desafiar la tormenta, y que ningún dogma, por severo que fuera, podía borrar el aprendizaje y la bondad cultivados con esmero. Sus palabras circularon entre las personas, como un bálsamo para el alma herida, y poco a poco, aquellos ojos nublados por el llanto comenzaron a llenarse de esperanza.

Sin embargo, los Caballeros de la Orden Santa no cedieron ante aquel gesto de esperanza. Continuaron con su tarea implacable, arrastrando a las y los aldeanos hacia el centro de la plaza, donde el tribunal de la Inquisición esperaba en silencio, rodeado de antorchas y miradas frías como el hielo. Los inquisidores revisaron uno a uno los rostros de quienes se encontraban atados, buscando en cada gesto la sombra de la herejía. Las acusaciones se multiplicaron y los gritos de - ¡brujería! - y - ¡traición! - se elevaban por encima del murmullo del viento nocturno.

El pueblo, entre el miedo y la indignación, escuchó la sentencia dictada por el tribunal: todos serían juzgados por su relación con Alissa y su supuesta alianza con fuerzas oscuras. La noche se extendió, interminable, entre rumores de condena y promesas de castigo. Pero en el corazón de la gente, la semilla de la resistencia comenzaba a germinar; inspirados por el ejemplo de Alissa, algunas personas, aun con las manos atadas, se miraban entre sí y compartían silencios cargados de dignidad y valor.

Al final todos en el pueblo fueron eliminados según la dogma religiosa, -quemados en la hoguera- pero antes de sucumbir Alissa grito -todos ustedes pagaran por lo que han hecho el día de hoy, de ahora en adelante cada uno de ustedes y de sus descendientes serán cazados por mí, nunca los perdonare- un viento helado soplo y todo quedo en silencio. Por un segundo los Caballeros y los inquisidores temieron, pero al ver que no ocurrió nada comenzaron a reír.

Pero esa noche, mientras las llamas consumían la plaza y el humo se elevaba hasta cubrir la luna, algo cambió para siempre en el aire. Un cuervo solitario sobrevoló el lugar, graznando en medio del resplandor, y una sombra fría recorrió los corazones de quienes participaron en la masacre. Sin que nadie lo notara, una pequeña flor blanca brotó entre las cenizas, inquebrantable ante el fuego, como símbolo de que la memoria y la promesa de Alissa no serían olvidadas. Aquellos que se burlaron, pronto empezarían a sentir miradas a sus espaldas y sus sueños serían invadidos por un susurro inquebrantable: la justicia llegaría, tarde o temprano, para quienes confunden el poder con la verdad.


La guerra duro unos cuantos años más, los Reinos vecinos se habían unido para acabar con la tiranía de la Iglesia, una noche de tormenta el Papa había sido decapitado y las iglesias destruidas, los Reinos que habían quedado en pie nombraron una nueva religión y los caballeros fueron capturados, algunos se escondieron y lograron escapar, o al menos eso creyeron.

En medio de la devastación y el caos, una sensación de inquietud persistía entre quienes sobrevivieron a la caída de la Iglesia. Los rumores sobre la maldición de Alissa una joven que fue quemada junto a todo su pueblo crecían cada día, alimentados por desapariciones inexplicables y muertes misteriosas que azotaban a los descendientes de los antiguos inquisidores o a los que pudieron escapar. Algunos afirmaban ver una figura envuelta en sombras merodeando en las noches más oscuras, mientras que otros aseguraban escuchar el graznido de un cuervo antes de que ocurriera alguna desgracia. Así, la leyenda de Alissa se transformó en un temor ancestral, un recordatorio de que la injusticia nunca queda impune.

Algunos de los inquisidores, temiendo por sus vidas y por el peso de la maldición que pendía sobre ellos, se habían refugiado en poblados lejanos, dejando atrás lo que alguna vez fueron y adoptando nuevos nombres con la esperanza de borrar el pasado. En esos rincones apartados, vivían siempre alertas, vigilando las sombras y evitando el calor de las hogueras, pero la culpa y el miedo nunca les abandonaban.

Uno de ellos, que había logrado pasar inadvertido durante años en un pequeño pueblo rodeado de espesos bosques, decidió salir una mañana a recolectar hongos. El ritual de la búsqueda en el bosque le daba tranquilidad, y el murmullo de las hojas bajo sus pies parecía distraerlo de los recuerdos que lo perseguían. En su recorrido, nada anómalo ocurrió: los árboles se mecían suavemente y el aire, aunque frío, era puro. Sin embargo, sumergido en su tarea y en sus pensamientos, no se dio cuenta de cuánto se había alejado del pueblo. Cuando por fin quiso regresar, el camino había desaparecido, tragado por una niebla que avanzaba silenciosa entre los troncos.

Fue entonces cuando escuchó el inquietante sonido de los graznidos de varios cuervos, un coro oscuro que le hizo ponerse de pie y mirar a su alrededor, tratando de encontrar una referencia para orientarse. Pero cuanto más buscaba, más confuso se sentía, como si el bosque lo estuviera envolviendo en una trampa invisible. El viento comenzó a soplar con fuerza, y entre las ráfagas heladas, emergió el canto de una doncella: fúnebre, solitario y escalofriante, la melodía parecía surgir de lo más profundo del bosque y penetrar en su alma como una advertencia.

El antiguo inquisidor sintió cómo el frío de la noche calaba sus huesos y cada nota de la canción lo atraía hacia una presencia invisible, como si el mismísimo espíritu de la vengadora estuviera cerca. El miedo lo paralizó, y su mente recordó la promesa que Alissa había jurado antes de morir: nadie escaparía del peso de la justicia, aunque cambiaran de rostro y de nombre. El hombre intentó gritar, pero su voz se perdió entre los árboles, ahogada por el canto y por el batir de alas negras sobre su cabeza.

La noche se hizo más oscura, y el inquisidor, temblando, entendió que el pasado no podía sepultarse ni huir de él. En el silencio que siguió al último verso, creyó ver una silueta entre la niebla, tan sutil como el perfume de las flores blancas que nacen entre las cenizas. La leyenda de Alissa viva en cada rincón de la tierra, seguía cazando a quienes en otro tiempo creyeron tener el poder absoluto.

Los cuervos comenzaron a volar a su alrededor mientras la silueta de la joven se acercaba cada vez más a él. Con temor cayó al suelo, intentando retroceder, pero fue inútil: frente a él estaba la misma mujer que habían quemado en la hoguera. Sin embargo, esta vez sonrió mostrando unos dientes afilados y amenazantes. Extendió su mano delgada y esquelética, de la cual brotaron gusanos que cayeron sobre el inquisidor; al sentir cómo se introducían en su piel, el hombre gritó de horror. Los cuervos, enloquecidos, se lanzaron a picotearlo mientras la mujer observaba y sonreía, satisfecha por el cumplimiento de su promesa.

El hombre sintió como algo se deslizaba por sus piernas, al mirar se horrorizo, cadáveres emergían del suelo y se arrastraban sobre él, arañándolo y devorando en carne viva, Alissa bailaba al sonido de su propio cantar, el hombre gritaba, pero aquello solo la hacía reír.

Alissa, su silueta envuelta por la niebla y la penumbra, levantó la mano con una elegancia inquietante. Uno de los cuervos, de plumaje lustroso y ojos rojos como rubíes encendidos, descendió suavemente hasta posarse en sus dedos huesudos. La mirada del ave, penetrante y antinatural, se fijó en la joven, y entonces, como si el bosque entero guardase silencio para escuchar, una voz grave y sobrenatural fluyó de su pico: —Mi dulce dama, aquella que trae la venganza y caza las almas para mí, devora a todos los que te hicieron daño y salvaré las almas de tu pueblo quemado en llamas—.

Las palabras resonaron entre los árboles, estremeciendo el aire y haciendo temblar hasta la hojarasca. El cuervo alzó vuelo, batiendo sus alas con tal fuerza que la niebla se arremolinó en torno a Alissa, y una risa siniestra se deslizó entre las sombras, acompañada por ecos de antiguos lamentos. Alissa se alejó del cuerpo del inquisidor, ahora reducido a un esqueleto retorcido, cuyos ojos vacíos conservaban una expresión de terror perpetuo, como si la muerte no hubiera borrado el último vestigio de arrepentimiento.

El rumor de esa noche fatídica comenzó a expandirse como una oscura semilla entre los aldeanos y viajeros que cruzaban los bosques. Se hablaba de la bruja que devoraba a los antiguos caballeros e inquisidores, de súbitas muertes que azotaban a quienes intentaban profanar la memoria de los caídos, y de cadáveres inquietos que emergían de sus tumbas, guiados por el graznar de los cuervos, para desgarrar las vidas de quienes alguna vez fueron cómplices de la injusticia.

Las leyendas crecían con cada luna nueva: pastores encontraban restos mutilados en los campos, y las criaturas del bosque evitaban la zona donde los árboles parecían susurrar el nombre de Alissa. Algunos decían haber visto su figura paseando entre tumbas abiertas, seguida de un cortejo de cuervos y espectros. Otros relataban que, tras escuchar la risa de la bruja, todo fuego se extinguía y la noche se volvía tan espesa que ni la esperanza podía cruzarla.

El miedo se instaló en las aldeas y ciudades cercanas. Nadie salía después del atardecer, y los niños aprendieron a distinguir el canto de los cuervos, sabiendo que era señal de que la maldición aún caminaba entre ellos. Así, el recuerdo de Alissa y su pueblo se mantuvo vivo, no solo como advertencia, sino como un grito de justicia que resonaría por generaciones, hasta que la última sombra de los inquisidores desapareciera bajo tierra y los cuervos dejaran de graznar en la oscuridad.


—No me digan que en serio creen en esas historias, ¿eh? —exclamó Marcos, agitando el celular en el aire como si buscara señal para escapar del ambiente inquietante—. Esto es puro cuento para turistas, solo sirven para que la gente venga a perder el tiempo en pueblos olvidados como este. Si me preguntan, preferiría mil veces estar con mi novia en un hotel con alberca, spa y room service que aquí, rodeado de árboles y casas viejas.

Sus compañeros, entusiasmados por la atmósfera misteriosa, intercambiaban miradas entre la penumbra y el brillo de sus linternas, mientras Marcos fruncía el ceño y pateaba una piedra, dejando caer la mochila como si quisiera marcar territorio. Aspiró el aire denso y húmedo del bosque, arrugando la nariz. —De verdad, este lugar apesta... ¿No sienten ese olor a humedad y a tierra removida? Seguro son las mismas tumbas que, según la leyenda, nunca descansan.

A pesar de sus palabras, una ráfaga helada recorrió la espalda de Marcos. Por un instante, el silencio reinó y solo se escuchó el lejano graznar de un cuervo. Pero él, terco, chasqueó la lengua y se encogió de hombros, decidido a demostrar que nada de lo que se contaba allí podría afectarle. —No entiendo cómo pueden asustarse— continuó, con tono burlón—. Si fuera cierto todo lo que dicen de Alissa y sus cuervos, estos bosques ya habrían desaparecido del mapa. Seguro estas historias solo sirven para vender artesanías y boletos de recorridos nocturnos-

Sin embargo, el grupo ya estaba harto de las constantes quejas de Marcos. El ambiente, cargado de misterio y expectación, se tensó aún más cuando Idril, una de sus compañeras, se detuvo abruptamente y con voz dura interrumpió el monólogo que amenazaba con arruinar la noche. —Sabes, este recorrido no era obligatorio, nadie te forzó a venir. Si tanto extrañas a tu noviecita y los lujos de un hotel, bien podrías haberte ido y ahorrarnos tus comentarios. Nos estás arruinando el paseo, así que mejor cállate antes de que te rompa los dientes—, soltó, sin titubear.

Marcos, sorprendido por la repentina confrontación, volteó a mirar a Idril con una mezcla de enojo y desconcierto. Aunque ella era pequeña, apenas medía 1.55 y probablemente no llegaba a los 40 kilos, tenía fama de tener un carácter feroz y una fuerza inesperada en los puños. Pese a conocerse desde la infancia, sabia lo duro que golpeaba. Recordando algún incidente anterior en el que Idril había defendido a un compañero de clase con un solo golpe certero, Marcos decidió que lo más prudente era guardar silencio, aunque su orgullo estuviera herido.

El grupo avanzó entre las sombras, el rastro de las leyendas y el canto de los cuervos flotando en el aire. Idril, aprovechando el silencio que había logrado imponer, se dirigió a todos con voz de mando: —Ya hemos llegado al pueblo, así que por favor compórtense. No quiero problemas ni sustos innecesarios. Y tú, Marcos, especialmente tú: si no mal recuerdo, tu familia viene de linaje sacro, ¿verdad? No querrás que Alissa y sus cuervos vengan por ti—.

A lo lejos, las primeras luces del pueblo titilaban entre la bruma, y el sonido de pasos sobre la hojarasca parecía multiplicarse, como si sombras invisibles acompañaran al grupo. Los demás, contagiados por la autoridad de Idril y el peso de las historias que habían escuchado sobre Alissa y los cuervos, se ajustaron las mochilas y apretaron el paso, intentando no perderse en la oscuridad que se cernía sobre el bosque. Nadie se atrevió a romper el silencio, ni siquiera Marcos, quien se limitó a observar el entorno con el ceño fruncido, sintiendo una extraña inquietud que no lograba explicar, mientras el graznar de los cuervos resonaba entre los árboles como una advertencia ancestral.

Al llegar al pueblo, todos quedaron maravillados ante la escena que se desplegaba frente a sus ojos. El lugar era hermoso, casi irreal, iluminado por guirnaldas titilantes que colgaban entre los tejados antiguos y macizos. Las fachadas de las casas estaban adornadas con tapices bordados y flores que perfumaban el aire, mezclando aromas frescos y dulces con la brisa nocturna. Las farolas proyectaban sombras inquietantes sobre las calles empedradas, y cada rincón parecía guardar secretos centenarios.

Mientras el grupo avanzaba, aún impregnados del misterio de las leyendas y el canto de los cuervos que los habían acompañado en el bosque, una joven se detuvo frente a ellos. Vestía ropas tradicionales de tonos azul profundo y plata, y su presencia emanaba una calidez que contrastaba con el aire inquietante del camino. Sus ojos verdes, brillantes como esmeraldas, capturaban la luz y el asombro de quienes tenían la fortuna de mirarlos.

—Hola a todos, soy la encargada del Pueblo “Dulces Sueños” —dijo la chica con voz dulce y melodiosa, que parecía provocar destellos de calma entre la tensión del grupo—. Espero que disfruten su estancia aquí, el pueblo guarda historias maravillosas y sorpresas que seguramente los harán sentir parte de su magia.

Idril, sin poder disimular su fascinación, se adelantó con pasos decididos. Admiraba no solo las vestimentas de la joven, llenas de bordados minuciosos y colores que parecían cambiar bajo la luz, sino también la serenidad que transmitía. —Señorita, su ropa está preciosa, ¿dónde puedo comprar un vestido tan bonito como ese? —preguntó, con los ojos llenos de admiración y curiosidad, deseando llevar consigo un pedazo de esa elegancia y misterio.

La encargada sonrió, aceptando el cumplido con una inclinación de cabeza. —¡Gracias! Los vestidos se elaboran aquí, por las artesanas del pueblo. Si lo desean, pueden visitar el taller mañana y conocer el proceso de creación. Cada prenda lleva consigo un fragmento de nuestras leyendas y el trabajo paciente de quienes aman este lugar.

Mientras tanto, Marcos, visiblemente incómodo ante el ambiente festivo y la atención que recibía la encargada, se quedó rezagado entre el grupo. Cruzó los brazos y soltó palabras llenas de desdén, su tono sarcástico rompiendo el encanto del momento. —¿Hermoso? Por favor, ese vestido parece un andrajo listo para ser pisoteado —murmuró, sin cuidado por la reacción de sus compañeros.

Algunos lo miraron con desaprobación, mientras otros, cansados de su actitud, lo ignoraron y se dedicaron a observar las animadas calles y la bienvenida que les ofrecía el pueblo. La encargada, sin perder la compostura, le dirigió una mirada serena, como si supiera que las historias del lugar, más que cualquier palabra, serían capaces de transformar incluso el corazón más escéptico.

El grupo siguió avanzando por la calle principal, rodeados por murales que narraban episodios de la historia del pueblo, y escaparates repletos de artesanías y dulces típicos. Idril caminaba al lado de la encargada, haciendo preguntas sobre las leyendas, los rituales y los secretos de “Dulces Sueños”, mientras Marcos observaba de reojo, incapaz de apartar del todo la inquietud que le generaba aquel sitio.

A medida que se adentraban más en el corazón del pueblo, la atmósfera se volvía aún más especial. La brisa traía consigo el eco de viejas canciones y el murmullo de las personas que se preparaban para la celebración nocturna. El temor y el misterio de las leyendas empezaban a convivir con la belleza y la calidez del recibimiento.

Marcos, aún inquieto y sintiendo cómo el escalofrío se le colaba bajo la piel, se mantuvo apartado del grupo mientras avanzaban por las calles del pueblo. Cada paso sobre los adoquines le parecía más pesado, como si el ambiente mismo intentara retenerlo. Cuando por fin llegaron al alojamiento, no pudo soportar más la sensación de incomodidad que le provocaba aquel sitio. Las luces festivas que para los demás eran motivo de asombro y alegría, para él resultaban casi artificiosas, ocultando algo que no lograba comprender pero que lo repelía.

Buscando un poco de tranquilidad y orientación, Marcos localizó a Idril, quien parecía la única capaz de entender sus inquietudes, pese a su fascinación por las leyendas y las cosas misteriosas. Se acercó con rapidez, bajando la voz para que los demás no escucharan, pero con la urgencia marcada en cada palabra: —Oye, enana, no me gusta este lugar, de verdad. Me da escalofríos y la gente se ve demasiado extraña, como si todos supieran algo que nosotros no. Mejor vámonos mañana por la mañana, ¿sí? Podemos ir al hotel de mis padres, te prometo que yo pago todo, pero no quiero quedarme aquí. Me da una mala espina, de esas que no se quitan ni con el mejor de los cuentos —expresó, cruzando los brazos y lanzando miradas nerviosas a los habitantes que pasaban cerca, como si temiera que lo escucharan.

Idril se detuvo, sorprendida por el tono y la seriedad de Marcos. Por un momento, la chispa de aventura que había sentido al llegar al pueblo se vio opacada por la preocupación genuina de su amigo. Observó su rostro y notó que, detrás de la actitud desafiante y las bromas sarcásticas, había una inquietud real, casi infantil, que le movía a buscar una salida inmediata. Dudó, debatiéndose entre el deseo de explorar cada rincón de “Dulces Sueños” y la lealtad que sentía por Marcos. Sabía que, a pesar de sus diferencias, él confiaba en su juicio y buscaba en ella un apoyo para enfrentarse a lo desconocido.

La noche avanzaba, y el pueblo se transformaba lentamente en un escenario de luces y sombras que invitaba tanto a la admiración como a la cautela. Mientras las conversaciones y risas de otros visitantes se mezclaban con el murmullo de las leyendas que flotaban en el aire, Idril consideró sus opciones. No quería decepcionar a Marcos ni perder la oportunidad de descubrir los secretos del pueblo, así que se acercó un poco más, bajando la voz para responderle con sinceridad:

-quedemos esta noche y veremos qué pasa mañana-

Idril lo observó con detenimiento, notando en sus gestos esa mezcla de nerviosismo y vulnerabilidad que pocas veces salía a flote. Recordó cómo, desde la infancia, Marcos siempre había estado dispuesto a seguirla en cada travesura, aunque eso implicara terminar llenos de lodo, rasguños o perdidos en algún rincón improbable. Pese a los años en el extranjero, él seguía siendo ese amigo leal que nunca la dejaba sola cuando las cosas se ponían extrañas. Con una sonrisa suave, que sólo los más atentos podían notar, le tomó la mano como solía hacer cuando eran niños y la oscuridad del bosque les parecía demasiado profunda.