Capítulo 1: Un juego sin gusto
Sentado en el campanario, desde las alturas el frío susurraba a mi piel, demostrando una vez más lo bella que era la gigantesca ciudad de Solaris, la ciudad flotante, repartida entre cientos de pequeñas islas y las nubes que las atravesaban, topándolas con su frío algodón.
En el interior de ella vivía aquel lugar que me vio nacer: mi hermandad, mi hogar, mi familia. Conocidos por todos los delincuentes como la Hermandad de las Sombras.
Mientras miraba aquella ciudad, titilante por sus farolas entre las nubes espesas, mi más fiel amigo pasó aleteando hasta ponerse en mi hombro. Este, con aquellas plumas de azul oscuro y pequeños ojos a juego, me acompañó para mirar hacia el horizonte.
Una sombra me adelantó velozmente, moviendo mi pelo con aquella brisa fría. Vi cómo esta se dirigía a aquel edificio enorme en medio del distrito, donde la gran cúpula cristalina reflejaba la luz de los faros de su alrededor, con aquellos muros de mármol y marfil tan elegantes.
Mi pequeño amigo graznó desde mi hombro y emprendió el vuelo para seguir aquella sombra. Mientras lo observaba, inmóvil, cerré mis ojos y me precipité al vacío. Mientras caía y el tiempo casi se detenía, podía sentir aquella brisa adrenalínica que se sumergía en mi piel, como de costumbre, y en un solo parpadeo me teletransporté a la baliza, o como yo la solía llamar, Nox.
Caí bajo el edificio que aleteaba bajo mi amigo alado. Este, quien era más rápido que yo, iba de un edificio a otro, permitiendo teletransportarme a él. Mucha gente de la organización no entendía mi relación con mi cuervo y solían decir que estaba loco al acercarme tanto al límite, pero confiaba en él.
Coronamos aquella cúpula y nos sentamos en su cima redondeada en lo más alto, observando así el reino que se extendía kilométricamente a través de las nubes.
En la curvatura del cristal bajo mis pies estaban observándome aquellas tres sombras que vestían como yo, portando aquel símbolo que nos convertía en hermanos del mismo gremio.
Bajé junto a mis hermanos y, al caer, pude escuchar las palabras de Hunter: —¿Apuras demasiado, chico? ¿Lo sabías?
Me apoyé sobre uno de mis compañeros y, sonriendo, respondí: —Ya nos conoces, siempre nos han gustado las emociones fuertes.
El compañero en el que me apoyaba sonrió y, haciendo un movimiento de desaprobación, decidió empujarme, sacándome del edificio y precipitándonos todos en una caída libre hacia aquel distrito, para caer justo en la isla de abajo, donde se encontraba el distrito de juego, donde estaba nuestro objetivo.
Mientras caíamos unos kilómetros, las luces de los neones se mezclaban con aquel bullicio de las calles, donde los focos de colores iluminaban los cielos y las nubes, las cuales adoptaban el color que se les echaba encima, creando pompas enormes de todos los colores.
Desde los cielos pude ver aquellos cabellos plateados mellizos, junto a aquellos ojos grises que nos esperaban sobre el casino. Al aterrizar, Virmin nos dio la bienvenida: —Al final llegáis, mis queridísimos amigos. Un poco más y mi hermana os habría ido a buscar, y eso sí que no se lo deseo ni a nuestros enemigos.
Virmin rápidamente se puso a mi lado y al de Raccoon, y antes de darnos cuenta este nos estaba agarrando del cuello, casi sin dejarnos sin aliento; sinceramente odio esas bromas de él.
Hunter nos miró a los tres con cara de no aguantarnos, pues siempre estábamos en todos los fregados. Para qué mentirse a uno mismo; a lo cual solo le pudimos sonreír todos a la vez.
Este, casi indignado, se fue directamente con Plague, a quien le pidió el informe. La chica, con aquella cara tan de que todo le daba igual, le informó: —Hemos hecho el reconocimiento. El objetivo está en su oficina. Para nuestra suerte, el dueño es una rata, puesto que su seguridad se basa en autómatas y cámaras muy viejas, y en un estado deplorable. Para ser un sitio que gana tanto dinero, poco se esfuerzan en mantenerlo a salvo.
En aquel momento la muchacha se quedó helada y solo pudo hacer una cosa: mirar a su eterno rival volador directamente. Nox, quien la miraba fijamente desde las alturas, le lanzó aquella mirada con su ojo izquierdo.
Estos se miraban fijamente, y nosotros su duelo, mientras Hunter se echaba las manos a la cara. Al final, Plague parpadeó, perdiendo así una vez más el duelo contra el ave.
Esta, decepcionada por su derrota, se fue usando las sombras; a lo que Virmin se despidió de todos con un gesto de manos y una sonrisa, haciendo lo mismo.
Los exploradores se habían retirado y el escuadrón nos reunimos en un círculo para oír el plan de Hunter: —El objetivo es sencillo. Debemos matar al dueño; este solicitó un asesinato hace un tiempo y se ha negado a pagar. Nuestro objetivo es sencillo: eliminarlo y llevarnos lo que nos debe, ni un penique más. ¿Está claro?
El líder, una vez presentado el objetivo, nos dio el plan: —Swarm y Raccoon iréis juntos; id a la cámara del sótano y usad vuestros poderes para asaltar la cámara. Yo y Corvo iremos a por el objetivo.
La noticia fue lapidaria. ¿Por qué siempre me tocaba ir con Hunter? Entonces me di cuenta de que mi cuervo se había sentado en el hombro de Swarm con un collar de perlas; había aprovechado esos minutos para salir a las calles a robar... maldito cuervo cleptómano.
Mis amigos me lanzaron esa pequeña sonrisa mientras se alejaban poco a poco, invocando a sus mascotas, las cuales tanto Sly como Picasso aprovecharon para saludar a Nox. Al ver que sus dueños se alejaban, el mapache y el mosquito fueron detrás de ellos.
Hunter decidió llamar “Bagh” a aquella majestuosidad en cuatro patas con la que fue bendecido por la marca del sombrío. Y entre la bruma surgió aquel tigre oscuro con líneas azules: Bagh, el fiel compañero de Hunter.
Con la marcha de Swarm y Raccoon nos pusimos en marcha. Nos tiramos sobre las cornisas mientras los focos pasaban a escasos metros de nosotros. Un autómata vigilaba uno de los balcones de la zona VIP; estaba solo y la cámara que lo “vigilaba” estaba rota.
Hunter hizo una señal a su tigre, y este se lanzó, uniéndose a su dueño y dándole así aquellas manos con garras de tigre con las que saltó encima de la máquina, demoliéndola al instante.
Una vez abajo y conociendo a Nox, le pedí que rompiese la invocación y se volviese a convertir en mi sombra, y que le dejaría libre una vez terminase la misión. Este, echándome una de sus miradas, me miró sintiéndose ofendido y me lanzó a la cabeza aquel collar que había robado.
Los cuervos no tienen dientes, pero juraría que este se fue a regañadientes. Debió de ser un espectáculo para Hunter, pues Bagh jamás le desafiaba; eran como un filo y un pomo, mientras que Nox y yo éramos un tira y afloja diario.
Una vez dentro, subimos en sigilo sobre las vigas para ir sin que nos viesen. Teníamos la pista de baile bajo nuestros pies, donde los de mi edad me daban una envidia increíble; mientras ellos se divertían, yo tenía que andar de misiones.
Hunter y yo nos quedamos petrificados, pues al fondo de la pista, cerca de la barra, estaba ese desgraciado. Allí, en la viga más lejana, sobre aquella muchacha con cientos de brillantes, y en su cabeza aquel pajarraco azul que la vigilaba y pensaba cómo desplumarle hasta el último gramo de oro.
Hunter me miró con la pregunta: —¿En qué momento? — A lo que solo le pude responder: —No lo sé... Juro que pensaba que seguía sellado.
Hunter le lanzó esa mirada con sus ojos amarillos como soles a Nox, el cual, al verlo pavorido y resignado, voló hacia mí con la velocidad de un halcón, sentándose sobre mi capucha, con la cabeza baja, triste por no poder llevarse aquellas joyas.
Mientras llegábamos a la puerta del jefecillo, podía sentir el humo del tabaco y el olor del alcohol. Maldita sea, cuando todo termine, juro por mi vida que le diré a esos idiotas que salgan de fiesta el fin de semana que viene.
En aquel momento había dos centinelas frente a la entrada, pero un hombre trajeado llegó y ordenó a los autómatas irse. Al rato, este colocó una llave en la cerradura. Miró fijamente la sombra donde nos ocultábamos, y sus ojos esmeraldas brillaron. Después de eso, se dio media vuelta.
Miré a Hunter: —Chameleon siempre se las apaña para infiltrarse—. Con una sonrisa me respondió: —Es un profesional de los que ya no quedan.
Hunter agarró aquella llave y, al cruzarla, la cerró desde dentro. El descerebrado del objetivo estaba de espaldas, mirando su imperio a través del ventanal de su despacho, y en voz alta soltó: —Jonny, me has traído ese culito goloso que me llamó la atención. Tranquila, pequeña, será agradable y bien pagado.
Este, al darse la vuelta y vernos, cambió de expresión al instante y se sentó del susto, como si hubiese visto a la muerte a los ojos, y no me extraña.
De verdad, ¿cómo alguien con tanto dinero podía tener tan mal gusto? Aquella oficina púrpura, con librerías infinitas oscuras, una cama circular de leopardo, una barra de striptease y, al fondo, aquella mesa de roble junto a aquel sillón rojizo de polipiel mala. Aparte, ¿a qué demonios huele?
Mientras el hombre balbuceaba, Hunter se acercó dándole aplausos, mientras su tigre se desprendía de su sombra y rodeaba la mesa por el otro lado.
Yo me acerqué a una colonia que me llamó la atención, mientras Hunter le decía: —Señor Santos, la hermandad ha visto que su pago no llega y, tras varios avisos y su completa indiferencia, hemos venido a hacerle una visita.
Al olerla solo pude decirle: —Pero madre mía... Huele peor que Raccoon al salir del baño—. A lo que el señor me miró ofendido y desorientado. Me dio vergüenza y le sonreí.
El señor se puso a intentar defender su colonia. Miré a Hunter: —¿Podemos matarle ya? Quiero irme a casa—. El señor Santos se volvió a petrificar y Hunter, resignado, hizo un gesto con la mano, lanzando a Bagh contra el tipo, el cual fue despedazado en segundos.
Salimos de allí por donde entramos y nos reunimos con nuestros dos compañeros, los cuales lanzaron un maletín repleto de dinero.
Les conté a mis amigos cómo era la oficina del tipo aquel, pero en un segundo nos dimos cuenta de algo y, mirándolos, pregunté: —No están, ¿verdad?
Hunter nos miró y se marchó con las palabras: —Yo he tenido suficiente por hoy—. Mientras su tigre se iba rugiendo. ¿Por qué no podíamos tener un animal como el suyo?
Indignados volvimos a las vigas sobre la pista de baile. En la pista pudimos ver aquellos tres, quienes se apoderaron de la fiesta en segundos. Mosquito, con su mini-puro, estaba compitiendo en los chupitos como el alcohólico que era; Sly, por su puesto, no pudo evitar ser ludópata y ponerse las mini-gafas en el blackjack. Por otro lado, Nox, con aquel mini-abrigo, aprovechaba cualquier despiste para robar y llevar todos los descuidos a un rincón del techo, donde tenía guardado el botín.
Nos miramos los tres casi con lágrimas en los ojos; estos tres eran incontrolables... ¿Cómo demonios lo hacen los demás?
Al utilizar nuestro contrato mágico, obligamos a esos tres a volver con nosotros, pero los invocamos con unos mini hilitos de sombras para poder agarrarlos sin hacerles daño, por lo menos a ellos, porque yo a Nox lo estrangulé un poquito.
Y poco se habla de los clientes, los cuales al verles desaparecer fueron un espectáculo; los jugadores respiraron al recuperar su dinero, los bebedores entraron en cólera por no vencer a un mosquito, y las mujeres gritaron al ver sus joyas caer y enredarse en el suelo.
Volvimos a Isla Nova, donde la hermandad se “ocultaba”; seamos sinceros: ¿quién que no sea un delincuente iba a entrar en esta isla de mala muerte? Mejor dicho, ¿qué clase de persona de bien iba a ir a la Luna Durmiente, donde se ocultaba la hermandad?
La gente normalmente se imagina una guarida de asesinos profesionales como un lugar silencioso y peligroso, como un paseo por cristales... Ojalá fuese así. Pues la taberna más alocada de la isla era nuestra guarida, donde todos los días había peleas, fiestas, apuestas y risas.
Mientras entrábamos por la puerta saludando a Calíope, quien servía en la barra, la música sonaba a todo volumen por los altavoces y las garras brindaban sin parar. Nosotros pasamos aquella puerta que llevaba al sótano, donde solamente los “trabajadores” podían acceder.
Al bajar pudimos ver en el gran salon como Plague, Cat y Snake bailaban juntas esos bailes populares al estilo Urban Dance.
Fuimos con Virmin, quien bailaba como podía, sentado al ritmo de la música, mientras con una mano sujetaba el margarita.
En aquel momento, desde la sala de guerra salió el mentor con una sonrisa al verlas bailar. Este, tranquilamente, se dirigió a la biblioteca para charlar con Owl, Hunter y Wolf, los veteranos del gremio.
Junto a la sala de guerra también salieron sus mascotas y, sin inmutarse, rodearon a los tres mini delincuentes, llevándoselos directamente al calabozo, pues en el informe Hunter había indicado que los apresaran al volver durante un par de horas.
Los tres respiramos aliviados, pero por desgracia todos sabíamos que no serviría de nada; el calabozo era la segunda casa de esos tres.
Subí a mi habitación, la cual estaba en la decimotercera planta. El tema de que la guarida fuese un hotel gigante, como era lógico, no implicaba que alquilásemos habitaciones a nadie; solamente eran para miembros de la hermandad, aunque en la primera y segunda planta estaban dirigidas a los clientes. Pues, como dice Octopus: sin clientes no hay fortunas.
En aquel momento abrí la ventana y pude ver cómo ese mini delincuente fugado entraba indignado. Este se subió al armario donde tenía su nido, y solo la luna sabe qué guardaba allí.
En aquel momento la puerta se abrió. Plague entró con aquella mirada, con aquella ropa casi transparente y, con un beso, nos tiramos en la cama. Juro que sentí cómo el cuerpo se tapaba su ojo con su ala, antes la explosión de los gemidos.