Hell Man [KookGi]

Summary

Secuestrado y gravemente herido, el magnate Jeon Jungkook presencia lo imposible, la persona que creía muerta a su lado revive, desafiando toda lógica. Lo que parecía un secuestro común se transforma en una pesadilla donde el terror supera cualquier amenaza humana.

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Hell Man


La negritud de la noche era absoluta, rota solo por los faros del Mercedes Maybach que cortaban la carretera como dos dagas de luz. El mundo exterior no existía más allá de aquel túnel de árboles, donde las ramas se entrelazaban como brazos huesudos que intentaban atrapar el vehículo.

Dentro del coche, el lujo parecía una burla frente a la desolación de la carretera. Jeon Jungkook, con el ceño ligeramente fruncido, pasaba las páginas digitales de un contrato en la tableta que sostenía. Su mirada era precisa, fría. Aquella noche revisaba el acuerdo con una supermodelo brasileña que estaba a punto de convertirse en la joya de su catálogo. Otro triunfo para su imperio.

—¿Falta mucho, Kim? —preguntó sin apartar los ojos de la pantalla, su voz grave y cansada.

—Unos veinte minutos, señor Jeon —respondió el chofer, manos firmes sobre el volante de cuero—. La carretera está despejada.

“Bien”, pensó Jungkook. Solo quería llegar a su mansión, ducharse y caer rendido en su cama. La privacidad tenía un precio, su casa estaba perdida en medio de la nada. En noches como aquella, el trayecto se sentía interminable.

El silencio era casi absoluto, roto solo por el motor suave del Maybach y el leve roce de los neumáticos contra el asfalto húmedo. De pronto, algo cambió. Kim, normalmente imperturbable, se inclinó hacia adelante, frunciendo el ceño.

—Señor… hay un coche.

Jungkook levantó la vista, distraído al principio. Solo vio dos puntos de luz en la distancia. Pero crecían rápido. Demasiado rápido.

—¿Está borracho? —murmuró Kim, con un nerviosismo que puso rígido el aire dentro del coche.

Los faros se acercaban como los ojos de un demonio. No reducían la velocidad. No corregían el rumbo.

—¡Señor, agárrese! —rugió el chofer, girando el volante con violencia.

El mundo estalló.

Cristales volaron como cuchillas invisibles, el metal crujió como un animal herido, y el impacto contra un roble centenario sacudió la noche con un estrépito brutal. El airbag explotó contra Jungkook, arrancándole el aire de los pulmones. Su cabeza golpeó la ventanilla, un dolor sordo le nubló la vista.

Silencio. Un silencio cargado, roto solo por el goteo de algún líquido y el chasquido apagado de un motor moribundo.

Jungkook respiraba con dificultad. El cinturón lo sujetaba como un lazo de hierro, inmovilizándolo. Sus pensamientos eran fragmentos rotos, pero alcanzó a murmurar:

—Kim… ¿estás…?

El sonido de pasos lo cortó en seco. No eran pasos de auxilio, sino zancadas rápidas, seguras, decididas.

¿Ayuda? quiso pensar. Pero algo en ese ritmo anunciaba otra cosa.

A través de la visión distorsionada alcanzó a ver una silueta abrir la puerta del conductor a la fuerza. El chirrido del metal desgarró el aire.

—¡Déjenme! ¿Quiénes son? ¡¡No!! —El grito de Kim estalló en la noche y se cortó de golpe, sofocado por un sonido húmedo, brutal. El silencio posterior fue peor que el grito mismo.

El terror helado le atravesó el cuerpo. Esto no era un accidente.

La puerta a su lado se abrió con un tirón. El aire frío de medianoche lo golpeó como un puñal. Dos pares de manos lo sujetaron, arrancando el cinturón de seguridad.

—¿Qué… qué quieren? —balbuceó, apenas consciente, tratando de articular la única defensa que conocía—. Puedo… darles dinero.

Una risa seca, hueca, fue la respuesta.

—Lo sabemos, Jeon.

Lo arrastraron fuera. Sus piernas no respondieron; cayó de rodillas sobre la gravilla húmeda. Apenas podía enfocar, solo veía contornos oscuros y pasamontañas bajo la luz pálida de la luna.

Un destello metálico brilló un instante antes de que un fuego abrasador le atravesara el hombro. El disparo fue silencioso, pero su cuerpo tembló bajo el impacto. Un jadeo ahogado se escapó de su garganta.

Quiso arrastrarse, gatear hacia algún lado, hacia cualquier lugar. Pero otra sombra se movió detrás de él. No tuvo tiempo de girar.

El golpe en la cabeza fue devastador, un estallido blanco, cegador. El mundo se deshizo en un torbellino de dolor y vacío.

Y entonces, nada. La oscuridad infinita lo devoró por completo.

La conciencia regresó a Jungkook no de manera inmediata, sino arrastrando consigo fragmentos de dolor y confusión. Aún tenía los ojos cerrados, pero sus otros sentidos se activaron, alertados por un instinto primario de supervivencia.

El primer sonido que registró fue una voz.

Era áspera, cargada de un acento que no pudo identificar, y hablaba con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito.

—...todo el dinero. No solo una parte. Cuando tengamos al tipo, lo ponemos frente al ordenador. Le apuntamos a la cabeza. Él pone la contraseña, la transferencia se ejecuta, y nosotros vaciamos la cuenta hasta el último céntimo. Limpio y rápido. Después nos deshacemos del cadáver como siempre, no es la primera vez que hacemos esto.

Jungkook contuvo la respiración, forzando cada músculo de su cuerpo a permanecer absolutamente inmóvil. El dolor en su hombro era un latido ardiente; la herida en su cabeza palpitaba al compás de su corazón acelerado. Pero el miedo era un aguijón más fuerte.

Otra voz, más grave, respondió:

—Vale. Vamos a chequear los preparativos abajo. Déjalo aquí. No se va a mover a ningún lado.

Oyó pasos alejándose, el crujir de botas sobre grava y escombros, y luego el chirrido de una puerta pesada al ser cerrada.

Solo entonces, Jungkook se atrevió a abrir los ojos. La escena que se reveló fue una pesadilla hecha realidad.

Estaba atado a una silla de metal, dura y fría. Sus muñecas estaban inmovilizadas con bridas de plástico que se clavaban en su piel, y sus tobillos, amarrados a las patas delanteras de la silla. Cualquier movimiento, por mínimo que fuera, le provocaba un dolor agudo en el hombro y le hacía crujir los huesos.

Miró hacia adelante. Una puerta larga y de metal se extendía a unos metros frente a él. A lo lejos, una única bombilla desnuda colgaba de un cable, balanceándose suavemente y proyectando sombras danzantes y grotescas que se alargaban y contraían como espectros. La brisa fría que sentía provenía de alguna abertura en el techo, un silbido fantasmal que recorría el vasto espacio.

Con un gruñido de dolor, giró la cabeza, forzando su cuello adolorido. El panorama no mejoró. Estaba en lo que parecía una nave industrial abandonada, un matadero o una fábrica de otro tiempo. Había tanques de metal oxidados, montones de sacos vacíos apilados contra las paredes, andamios desmontados y herramientas oxidadas esparcidas por el suelo.

Y entonces lo vio.

A unos cinco metros de él, bajo la tenue luz de otra bombilla solitaria, había una mesa de acero inoxidable, de las que se usan en quirófanos o carnicerías. Sobre ella, bajo la luz cruda y despiadada, yacía un cuerpo.

O lo que quedaba de él.

Era un hombre, eso podía discernirse por la complexión. Pero estaba diseccionado con una precisión espantosamente exacta, como si quien lo hubiera hecho tuviera mucha experiencia. Las partes no estaban amontonadas al azar; estaban dispuestas con un orden macabro y deliberado alrededor de la mesa, como un puzzle anatómico desmontado. Un brazo aquí, una pierna allá, el torso abierto en canal mostrando una caverna oscura y vacía. La piel, pálida y cerosa, contrastaba con el oscuro metal de la mesa. No había rostro visible desde donde Jungkook estaba, solo una masa informe cubierta por un trapo sucio.

Jungkook dejó escapar un jadeo ahogado que se convirtió en arcada. El terror, un animal vivo y palpitante, se enredó en sus entrañas, helándole la sangre. Ya no era solo el miedo al secuestro, a un rescate, a una negociación. Esto era otra cosa. Esto era la antesala de una carnicería.

¿Ese iba a ser su destino? ¿Desaparecer en este lugar podrido, convertirse en otro puzzle desmembrado bajo la luz de una bombilla?

El pánico lo embargó, un tsunami cegador. Tiró de sus ataduras con todas sus fuerzas, ignorando el dolor desgarrador en el hombro. El plástico se clavó en su piel, y la sangre de la herida de bala comenzó a empapar su chaqueta de traje, tiñendo la tela oscura de un rojo más oscuro y húmedo. Pero las ataduras no cedieron. Un sonido gutural, entre el sollozo y el grito, escapó de sus labios.

—¿Hay alguien? —grito, su voz quebrada y débil, perdida en la inmensidad vacía del almacén—. ¡Por favor! ¡¡Suéltenme!!

Su súplica fue devorada por el silbido del viento y el crujido de la estructura. La única respuesta fue el balanceo hipnótico de la bombilla, que hacía que las sombras del cuerpo descuartizado parecieran moverse, como si en cualquier momento fuera a recomponerse y levantarse.

Jungkook se desplomó contra la silla, la energía drenada de su cuerpo, consumida por el terror absoluto. Las lágrimas, calientes y saladas, se mezclaron con la sangre seca de su frente. Estaba atrapado. Solo. Y en la mesa de metal, había un recordatorio mudo y espantoso de que su tiempo, y su cuerpo, ya tenían dueño. Las palabras que había oído resonaban en su mente: “no es la primera vez que hacemos esto”. Él sería solo uno más.

El tiempo perdió toda noción del tiempo en el almacén en penumbras. Podían haber pasado minutos u horas desde que los hombres se fueron; Jungkook no podía saberlo. Solo existía el dolor constante en su hombro, un latido sordo y ardiente que se intensificaba con cada palpitar de su corazón, y el frío penetrante del metal contra su espalda.

Había forcejeado hasta quedar exhausto, intentando en vano zafarse de las brutales bridas de plástico. Todo lo que había conseguido era que se clavaran más profundamente en sus muñecas, abriéndole nuevos surcos sangrantes, y agravar la herida del disparo. Podía sentir la cálida humedad expandiéndose bajo su chaqueta, empapando la tela y pegándosela a la piel. Un vago vendaje, puesto toscamente por sus captores, estaba completamente saturado de sangre.

El silencio era absoluto, roto solo por su propia respiración entrecortada y el lejano silbido del viento. Sus gritos de auxilio habían cesado, ahogados por la certeza de que nadie iba a responder. La resignación, fría y pesada, comenzó a asentarse sobre él, más opresiva que las propias ataduras.

Cerró los ojos, y en lugar del horror de la mesa de disecciones, la imagen que surgió fue la de su hermano. El remordimiento lo golpeó con una fuerza casi física. Lo siento, pensó, dirigiendo la disculpa al vacío. Lo siento por no haber contestado tu llamada. Lo siento por dejarte solo. Era un dolor distinto, más profundo que el de sus heridas.

Fue entonces cuando un nuevo sonido cortó la atmósfera de derrota, pasos firmes y pesados que se acercaban desde el exterior.

El corazón de Jungkook se aceleró, mezclando el miedo con un destello de esperanza absurdamente frágil. El chirrido del cerrojo al ser corrido sonó como un trueno. La pesada puerta de metal se abrió de golpe, revelando a dos hombres.

Esta vez, no llevaban pasamontañas.

Jungkook pudo ver sus rostros con una claridad brutal. Eran duros, marcados, con miradas que no reflejaban nada más que pragmatismo cruel. Uno de ellos, el más alto, cargaba una laptop. El otro, de complexión más fornida, llevaba una pequeña mesa plegable bajo el brazo.

Sin mediar palabra, el hombre fornido desplegó la mesa frente a Jungkook con un gesto brusco. El otro colocó la laptop sobre ella y la encendió. La luz azulada de la pantalla iluminó sus rostros desde abajo, acentuando sus facciones siniestras.

—Vas a depositar en esta cuenta —dijo el hombre que estaba a su derecha. Su acento, áspero y gutural, sonaba portugués o quizás de algún país del este de Europa. Apuntó con un dedo sucio a unos números en la pantalla. —Cincuenta millones de libras. Nada más, nada menos.

Jungkook los observó a ambos, recorriendo cada detalle de sus caras, memorizándolas. El miedo aún estaba allí, palpitante, pero ahora lo atravesaba una rabia feroz, un último acto de desafío. Con un esfuerzo, inclinó la cabeza y escupió al suelo polvoriento a sus pies.

—Pudránse —escupió las palabras, su voz ronca pero cargada de un desprecio absoluto. —No les voy a dar ni un maldito céntimo.

El hombre fornido, que había permanecido en silencio, no necesitó una orden. Su puño se estrelló contra el rostro de Jungkook con velocidad y fuerza devastadoras.

El impacto fue cegador. Jungkook sintió cómo su cabeza se sacudía violentamente hacia un lado, seguido de un dolor explosivo que le nubló la visión. Un sabor metálico y cálido inundó su boca al instante. Escupió de nuevo, y esta vez una mancha roja y espesa de sangre y saliva salpicó el suelo.

—¿Así que esas tenemos? —preguntó el hombre portugués con una calma aterradora. —Bien.

Alejó la mesa con la laptop de un empujón, como quitando un obstáculo trivial. Se acercó a Jungkook. El magnate, atado e indefenso, se tensó, preparándose instintivamente para lo que venía.

Los golpes no se hicieron esperar. No fue solo uno. Fue una sucesión brutal de puñetazos y golpes secos en el torso, el estómago, la cara. Jungkook perdió la cuenta, perdido en un torbellino de dolor puro. Cada impacto le arrancaba el aire. La silla crujía bajo la violencia.

Finalmente, la cabeza de Jungkook cayó hacia adelante, luego se ladeó y reposó sobre su hombro ileso. No creía poder permanecer consciente ni un segundo más. El mundo se desdibujaba, convertido en una masa dolorosa y confusa.

De pronto, una mano áspera se enredó en su cabello y tiró de su cabeza hacia atrás con fuerza, forzándolo a mirar hacia arriba. Se encontró con la cara del hombre fornido a centímetros de la suya. Podía sentir su aliento caliente, oler el tabaco y la sudoración.

—Te vamos a dejar para que pienses —le escupió las palabras en la cara—. La próxima vez que volvamos, no seremos tan buenos.

La mano soltó su cabello de manera brusca. La cabeza de Jungkook se ladeó de nuevo, pero esta vez la oscuridad no esperó. Una negrura profunda y acogedora se lo tragó por completo antes de que su mentón golpeara contra su pecho. Perdió la conciencia, derrotado por el dolor y la brutalidad.

Un gemido, grave y ronco, es lo primero que escucho. El sonido sale de mi propia garganta, rasgando el silencio opresivo. Despertar es como emerger de las profundidades de un pozo lleno de agujas. El dolor no está en un lugar específico; soy dolor. Es una entidad viva que palpita dentro de mí, un fuego líquido que quema cada músculo, cada nervio, cada centímetro de mi piel. Mi cabeza es un yunque sobre el que un herrero golpea con rabia, cada latido de mi corazón una explosión sorda y estrepitosa dentro de mi cráneo.

Muevo la cabeza con una lentitud agonizante. Es un error. Una oleada de náuseas me ahoga, el mundo gira y se inclina. La tenía apoyada en el hombro, el que no tiene la quemazón de la bala, y ahora siento cómo cada músculo de mi cuello grita al estirarse. Cierro los ojos, jadeando, y giro la cabeza de un lado a otro, un gesto inútil para destensar una tensión que ya es parte de mí. El sabor en mi boca es repugnante.

Cuando por fin abro los ojos, luchando por enfocar a través de la niebla del sufrimiento, mi mirada es atraída, irresistiblemente, hacia la mesa de acero.

Y el aire se congela en mis pulmones.

La cabeza… la cabeza del hombre descuartizado está vuelta hacia mí.

No es la cabeza de un cadáver.

Los ojos… Dios, los ojos. No son ojos. Son dos pozos de absoluta negrura, vacíos, profundos, como si alguien hubiera extraído todo lo que había dentro y lo hubiera rellenado con la oscuridad más densa del universo. Absorben la luz de la bombilla, no la reflejan. Y debajo, la boca. Se ha retirado hacia atrás en una mueca espantosa, una sonrisa desencajada que estira la piel pálida y cerosa hasta el límite, mostrando una hilera de dientes demasiado blancos, demasiado perfectos, contra la piel de muerto.

Un sonido se ahoga en mi garganta, un gemido mudo que nunca llega a salir. Cierro los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta ver explosiones de luz en la oscuridad. Es la perdida de sangre, me repito, mi mente forcejeando por aferrarse a la cordura. He perdido demasiada sangre. El dolor… estoy alucinando. Tiene que ser eso.

Abrir los ojos de nuevo es un acto de puro terror. Una parte de mí no quiere hacerlo.

La cabeza sigue allí.

Y sigue sonriendo.

Pero entonces, lo estático cobra vida.

Un dedo. Uno de los dedos del brazo que estaba separado sobre la mesa, se retuerce. Es un espasmo antinatural, seguido de otro. Luego, la mano completa se cierra de golpe, y oigo el crujido seco de huesos y tendones, un sonido nítido que corta el silencio como un cuchillo.

Contengo la respiración. Mi propio dolor parece haberse silenciado, ahogado por el horror que se desarrolla ante mí.

El torso abierto, con su vacío cavernoso, comienza a palpitar. No late como un corazón, sino que se ondula, como si gusanos invisibles se movieran bajo la piel. Los bordes de la horrible abertura se acercan. La carne, el músculo, se retraen y se unen como imanes, sellando la cavidad sin dejar el más mínimo rastro. Un brillo viscoso y nacarado cubre la zona por un instante antes de ser absorbido por la piel, que queda lisa y perfecta.

Mis entrañas se retuercen. Esto no está pasando.

Los brazos, las piernas… todas las partes comienzan a vibrar. Se deslizan por el metal manchado de sangre, arrastrándose con una vida propia, grotesca y repulsiva. Una pierna se acopla al muslo con un sonido húmedo y sólido que me hace estremecer. Un brazo gira sobre sí mismo, antinaturalmente, antes de encajar en el hombro con el mismo sonido húmedo y definitivo.

La cabeza, con su sonrisa fija y sus ojos vacíos, me observa. Inmóvil. Siempre sonriendo.

Entonces, una de las manos recién unidas se alza. Los dedos, pálidos y largos, se cierran con movimientos espasmódicos alrededor del cabello de la cabeza. Levantan la cabeza de la mesa. La acercan al torso.

Observo cómo del muñón del cuello y de la base de la cabeza emana una sustancia negra, espesa y brillante, como alquitrán caliente. La mano guía la cabeza hacia su lugar. Cuando contactan, un sonido húmedo de succión se mezcla con el siseo de carne cocinándose. La sustancia negra burbujea y se solidifica al instante, fusionando cabeza y cuerpo en una sola pieza, sin marcas, sin cicatrices.

Está completo.

Y entonces, se incorpora.

El movimiento no es torpe. Es fluido, ágil.. Se sienta en el borde de la mesa, sus pies pálidos y desnudos tocando el suelo sucio. Sus ojos negros, ahora a mi altura, se clavan en los míos. La sonrisa no ha cambiado.

Se desliza de la mesa y se pone de pie. Su postura es erguida, inquietantemente perfecta. Da un paso hacia mí. Luego otro. El sonido de sus plantas desnudas sobre el polvo es el único sonido en el mundo, un susurro aterrador que se acerca.

Ya no puedo gritar. El terror me ha robado la voz, me ha paralizado el cuerpo. Solo puedo mirar, con los ojos desencajados, mientras esta cosa, se acerca a mí. Se mueve con la gracia silenciosa de un depredador que sabe que su presa está ya atrapada, que no puede huir. Y yo solo soy un hombre atado a una silla, roto, mirando el fin de toda lógica, el fin de todo.

Desde mi silla, con la respiración entrecortada y el corazón martilleándome el pecho, observó cómo eso —el hombre que debería estar muerto, desmembrado— se acerca. Sus pies desnudos y pálidos se desplazan sobre el suelo polvoriento sin hacer ruido. Cada paso que da hacia mí es una agonía, una promesa de una muerte que no logro comprender. Sus ojos negros, vacíos como pozos sin fondo, están fijos en los míos. La sonrisa sigue ahí, inmutable, espeluznante.

Pero justo cuando está a solo unos pasos de mí, se detiene de golpe.

Su cabeza—la cabeza—gira hacia la puerta metálica con un movimiento brusco, antinatural. Algo ha llamado su atención. Algo fuera.

En ese momento, la puerta se abre con un chirrido estridente.

Entran los dos hombres, mis secuestradores. El de complexión más robusta entra primero, con una expresión de impaciencia cruel. Detrás viene el más alto, el del acento portugués. Pero esa impaciencia se desvanece en menos de un segundo. Sus rostros se transforman. El color desaparece de sus mejillas, dejándolas de un tono cenizo. Sus ojos se abren como platos, y sus bocas se entreabren en mudos intentos de palabras que no llegan.

—¿Tú…? —logra farfullar el más alto, su voz un hilillo tembloroso—. ¿Estás… vivo?

El hombre fornido da un paso atrás, tropezando casi consigo mismo. —¿C-como es esto posible? ¡Estabas…! ¡Te vimos…!

La criatura—Yoongi, según entendió le llamaron los hombres entre gemidos—los observa. No dice nada al principio. Solo los mira con esa sonrisa horrible y esos ojos vacíos. Luego, su voz surge. Es un sonido grave, rasgado, como si saliera de las profundidades de la tierra.

—Ustedes —dice, y es una acusación, una sentencia—. Son los que le hicieron esto a mi cuerpo.

El silencio que sigue es pesado, cargado de un terror que yo puedo sentir incluso desde aquí. Los hombres se miran entre ellos, buscando una explicación, una salida que no existe.

—Sí —dice Yoongi, y esa única palabra suena como el portazo de un ataúd—. Son ustedes.

Y entonces, sucede.

Un instante está a metros de ellos, y al siguiente… está justo delante. No hubo un movimiento intermedio. No corrió. Fue como si el espacio mismo se hubiera doblado para ponerme delante de ellos. Es imposible. Es aterrador.

Su mano—la misma que minutos antes estaba separada del cuerpo—se cierra alrededor del brazo del hombre fornido. Con una fuerza que no debería ser posible en un cuerpo tan delgado, lo levanta del suelo como si no pesara nada y lo lanza a través de la habitación.

El hombre se golpea contra la mesa de acero con un crujido sordo de huesos rotos. Su grito de dolor y sorpresa llena el espacio, pero es ahogado casi de inmediato.

El hombre más alto, el portugués, intenta retroceder, pero es inútil. Yoongi se gira hacia él. Su mano se cierra alrededor de su cuello, levantándolo hasta que sus pies dejan de tocar el suelo. El hombre patalea, ahogándose, sus ojos a punto de salirse de sus órbitas. Yoongi lo sostiene allí un momento, como si evaluara su peso, y luego lo estrella contra el suelo con una fuerza brutal. El impacto resuena con un golpe seco.

—Ninguno de ustedes —dice Yoongi, y su voz ahora es un susurro cargado de una ira glacial— tenía derecho a hacerle esto a mi cuerpo. Este cuerpo me pertenece a .

Rodea al hombre portugués, que yace jadeando en el suelo. Con un movimiento casi casual, le da una patada en el costado. El sonido de las costillas rompiéndose es nítido y horrible. El cuerpo del hombre sale despedido y va a chocar contra el de su compañero, que aún se retuerce junto a la mesa.

Yoongi no se detiene. Camina con determinación hacia un rincón donde hay montones de sacos y herramientas oxidadas. Se agacha—su cuerpo desnudo y pálido contrastando con la suciedad del suelo—y emerge con un tubo metálico largo y pesado, oxidado en un extremo.

Se acerca a los dos hombres, que intentan arrastrarse lejos, sus rostros deformados por un terror absoluto.

El tubo se alza y cae con una fuerza sobrehumana.

Los gritos llenan el almacén. Gritos de dolor, de miedo, de súplica. Es una cacofonía de agonía. Yoongi golpea una y otra vez, con una precisión fría y brutal. El hombre fornido intenta proteger su cabeza con los brazos, pero el metal los tritura con facilidad.

De repente, el portugués, aprovechando que Yoongi está concentrado en su compañero, logra rodearlo y se lanza hacia la puerta abierta. Corre desesperado.

Yoongi lo ve. Se endereza. No corre tras él. En cambio, lanza el tubo.

Vuela por el aire como un proyectil y se clava en la garganta del hombre con un sonido húmedo y repulsivo.

El hombre se detiene en seco. Sus manos vuelan hacia su cuello, donde el tubo sobresale grotescamente. Un gorgoteo ahogado sale de su boca, y un chorro de sangre oscura brota entre sus dedos. Sus ojos se vuelven vidriosos. Titubea y cae de rodillas, luego se desploma de frente contra el suelo, donde se queda inmóvil.

Yoongi camina hacia él con pasos calmados. Pone un pie desnudo sobre la espalda del hombre y, con un tirón seco, extrae el tubo de su garganta. Un nuevo surtidor de sangre mancha el suelo.

Luego, se vuelve. Sus ojos negros se encuentran con los míos.

Me mira. Estoy paralizado, incapaz de apartar la vista. Su cuerpo está ahora bañado en sangre. Le cubre el pecho, los brazos delgados, los muslos. Gotea de su rostro, tiñendo su piel pálida de rojo oscuro. La sonrisa sigue ahí, pero ahora está manchada de sangre en los labios. Es la visión más horrenda que mis ojos hayan contemplado.

Él me sostiene la mirada por un momento eterno. Y luego, esa sonrisa espeluznante se curva un poco más.

Se gira y se dirige hacia el último hombre, el fornido, que intenta arrastrarse lejos, gimiendo de dolor.

—Por favor… —suplica el hombre, levantando una mano temblorosa—. Te pagaremos… Lo que quieras… ¡Perdóname!

Yoongi no responde. Simplemente agarra el tubo con ambas manos, como si fuera un bate de béisbol.

El golpe es rápido y brutal. El tubo se estrella contra el costado de la cabeza del hombre con un crujido húmedo y sordo.

La cabeza del hombre literalmente estalla bajo el impacto. Pedazos de cráneo, sesos y sangre salpican en un arco grotesco, manchando las paredes, el suelo, a Yoongi, incluso a el. El cuerpo se convulsiona una vez y luego queda inmóvil.

Yoongi deja caer el tubo metálico. Suena con un clangor metálico contra el suelo ensangrentado.

Se queda de pie, respirando apenas, en medio del desastre que él mismo ha creado. Bañado de pies a cabeza en sangre, desnudo, con esos ojos negros y esa sonrisa de pesadilla.

Y luego, lentamente, se gira hacia mí.

Desde mi silla, paralizado, observo cómo el resucitado—Yoongi—me mira con una curiosidad que no pertenece a este mundo. Su cabeza, cubierta de sangre seca y fresca, se ladea lentamente hacia un lado como un pájaro intrigado por una criatura que no logra comprender. Es un movimiento antinatural, perturbador. Y luego, sonríe. Esa misma sonrisa desencajada y espeluznante, pero ahora manchada de rojo oscuro.

Lentamente, se lleva los dedos a la boca—dedos largos y pálidos teñidos de sangre coagulada—y los lame con deliberación, limpiándolos con la lengua. Un asco visceral me revolvió el estómago, tan intenso que creí que vomitaría allí mismo, atado e indefenso. Él saborea la sangre como si fuera un manjar, y sus ojos negros, vacíos como el espacio, no se apartan de mí.

Luego, se gira. Se dirige hacia el cuerpo más cercano, el del hombre al que atravesó la garganta. Se agacha, y sin vacilar, clava su mano en el pecho del cadáver. El sonido es húmedo, repugnante, un crujido de costillas que ceden bajo una fuerza inhumana. La sangre brota a borbotones, empapando aún más su brazo, su torso desnudo. Cuando retira la mano, sostiene un corazón humano, aún palpitante débilmente, grotesco en su realidad carnosa.

Se lleva el corazón a la boca y le da un mordisco. El sonido de los dientes desgarrando el músculo cardíaco me hace estremecer. Cierra los ojos un instante, como si saboreara algo exquisito. Y entonces, lo veo.

Mientras mastica, algo cambia en sus ojos. La negrura absoluta, ese vacío que parecía absorber toda la luz, comienza a retroceder. Como si una cortina oscura se levantara, revelando lo que hay detrás. La oscuridad se reduce, condensándose en pupilas normales, rodeadas por un iris de un marrón tan oscuro que casi parece negro, pero ahora son… humanos. Ya no son portales al vacío; son ojos de un hombre. Perturbadores, intensos, pero ojos al fin.

Yoongi se sienta en el suelo, entre los restos de la masacre, y sigue comiéndose el corazón con una calma aterradora. Está totalmente desnudo, cubierto de sangre que se seca en su piel en manchas oscuras. Yo no puedo apartar la mirada, convencido de que yo seré el siguiente. De que después del corazón de ese hombre, vendrá el mío.

Pero él no se acerca. Termina su macabra comida y me mira de nuevo. Ahora sus ojos, aunque aún cargados de una intensidad aterradora, parecen tener algo de consciencia detrás.

—¿Q-qué vas a hacer conmigo? —logro balbucear, mi voz un hilillo tembloroso—. ¿Vas a… comerte mi corazón también?

Yoongi se ríe. Es una risa baja, rasgada, pero no carente de algo que casi suena a genuina diversión.

—No —dice, y su voz ya no suena como salida de una tumba; ahora tiene un tono más terrenal, aunque cargado de una ironía oscura—. No tienes nada que me interese.

Se levanta con esa fluidez inquietante y comienza a caminar hacia la puerta abierta, como si pretendiera simplemente marcharse y dejarme aquí, rodeado de muerte y locura.

El pánico me agarra. No puedo quedarme aquí.

—¡Espera! —grito, con una fuerza que no sabía que aún tenía—. ¡Desátame! ¡Por favor!

Se detiene, pero no se vuelve.

—No tengo nada que ver contigo —dice, con indiferencia—. Resolví mi problema. El tuyo es distinto.

—¡Yo te puedo ayudar! —insisto, desesperado—. ¡Puedo ayudarte a vivir en mi mundo! ¡No puedes salir así! —señalo con mi cabeza su cuerpo desnudo y cubierto de sangre— ¡La policía, alguien… te capturará! ¡Te llevarán a un laboratorio, y experimentarán contigo como a un animal!

Esta vez, se gira lentamente. Su nueva mirada, ahora con pupilas discernibles, me estudia con intensidad. Se coloca un dedo manchado de sangre sobre los labios, pensativo. El gesto es extrañamente contemplativo.

—¿Y tú…? —pregunta, con escepticismo— ¿por qué harías eso? ¿Qué ganas?

—¡Mi vida! —exclamo—. ¡Solo ayúdame a salir de aquí y te llevaré conmigo! ¡Te daré ropa, refugio, te enseñaré a pasar desapercibido! ¡Te ayudaré a ser… normal!

La palabra “normal” suena ridícula saliendo de mis labios, dada la situación.

Yoongi guarda silencio por un momento, sus ojos escudriñándome, como si pudiera ver directamente en mi alma y juzgar la sinceridad de mi oferta. Luego, asiente una vez, con un movimiento casi imperceptible.

—Está bien —dice—. Un trato.

Se acerca a mí. De repente, de su uña índice, surge una garra fina y translúcida, como de obsidiana, que no estaba allí antes. Con un movimiento preciso y rápido, corta las bridas de plástico que me atan a las muñecas y los tobillos. El plástico cede como mantequilla.

Me libero. Intento ponerme de pie, pero mis piernas son de gelatina. El dolor de mis heridas, la debilidad por la pérdida de sangre, el shock absoluto… todo se combina y me desplomo hacia adelante, hacia el suelo ensangrentado.

Pero no caigo.

Una mano fría, pero sólida, me agarra del brazo con una fuerza sorprendente. Yoongi me sostiene, impidiendo que me estrella contra el suelo. Su contacto es gélido, pero en ese momento, es lo más cercano a la seguridad que he sentido en horas.

Me ayuda a enderezarme. Sus ojos, ahora menos vacíos pero igual de impenetrables, me miran.

—Caminamos —dice, sin soltarme del todo—. Tú guías. Yo… observo.

Asiento, incapaz de hablar. Cojeo, apoyándome en él más de lo que me gustaría admitir. Salimos de aquel infierno de cemento y muerte, dejando atrás los restos de los hombres que me secuestraron y la mesa de acero que fue testigo de algo que jamás podré olvidar.

El aire frío de la noche me golpea la cara, pero no logra limpiar el olor a sangre ni el horror que se ha grabado a fuego en mi mente. Y a mi lado, camina mi salvación y mi posible perdición, un hombre muerto que volvió a la vida, desnudo y bañado en sangre, que por ahora, es la única razón por la que sigo vivo.