Hell´s Garden

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Summary

La mano derecha de Lucifer, aburrido en el Inframundo, renace en un cuerpo humano. Callejones y edificios se tiñen de sangre mientras desata su furia sobrenatural sobre quienes osan interponerse. Pero la noche apenas comienza, su camino lo llevará a un bar donde el placer, y quizás algo más, se desatarán sin límites.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Hell´s Garden


La luz roja del Inframundo se filtraba por los altos ventanales de cristal negro de la biblioteca, proyectando largas sombras danzantes que se retorcían entre las estanterías como almas penitentes. Aquel resplandor carmesí, lejos de iluminar, parecía engullir los detalles, volviendo cada rincón más oscuro, más profundo, más silencioso. Solo el eco de sus pasos, firmes y medidos, quebrantaba el mausoleo de conocimiento y secretos prohibidos.

Recorría los pasillos con la familiaridad de quien ha caminado por ellos durante eones. Su mirada, fría y analítica, se deslizaba sobre los lomos de cuero antiguo y pergamino, títulos en lenguas muertas que narraban la historia del dolor y la caída.

Su destino hoy era la sección más recóndita, la Ala Vetada, donde los conocimientos capaces de alterar el equilibrio de los planos yacían encadenados con runas de ébano y aliento de nigromante. Sin embargo, al doblar el último pasillo, se detuvo en seco.

La puerta de arco gótico, tallada con blasfemias congeladas en madera de árbol del ahorcado, estaba entreabierta. Un hilo de oscuridad más densa se colaba por la rendija.

Una ceja perfectamente delineada se alzó en su rostro de belleza glacial.

“¿Qué imbécil se ha metido aquí y ni siquiera se ha molestado en cubrir sus pasos?”, murmuró, su voz un susurro sedoso que se perdió entre las sombras. Un suspiro de fastidio escapó de sus labios. La negligencia era un vicio estúpido, y la estupidez, el único pecado que verdaderamente le sacaba de quicio.

Empujó la pesada puerta, que chirrió con un sonido quejumbroso, como si el propio umbral protestara por la intrusión. La cerró a sus espaldas, sumergiéndose en una oscuridad casi absoluta, rota solo por la tenue fosforescencia de las runas de contención en las paredes.

Avanzó con determinación, pasos silenciosos sobre la piedra helada, hasta una estantería particular, alta y polvorienta, donde se guardaban tratados sobre dimensiones intermedias y portales efímeros. Uno, dos, tres... el espacio donde debería estar el Mundus estaba vacío.

Una mueca de irritación surcó su rostro. Revisó de nuevo, con brusquedad. Nada. La desesperación, un prurito extraño en un ser de su calibre, comenzó a agitarle por dentro.

De repente, su pie chocó contra un bulto sólido en el suelo. Bajó la mirada. Allí yacía el libro.

La cubierta era de cuero grueso, en un tono ambiguo entre verde oliva y dorado antiguo, como la piel de un dragón enfermo. Las esquinas y guardas estaban reforzadas con metal dorado, grabado con símbolos que hacían lagrimear los ojos. En el centro, grabada con barniz del color de la sangre coagulada, una única palabra, MUNDUS.

Lo recogió, sintiendo el peso del conocimiento y la imprudencia en sus manos.

“Solo un idiota dejaría esto tirado como un trasto inútil”, pensó. Por un instante, la imagen del hijo menor de Lucifer cruzó su mente, un ser de belleza caprichosa y cerebro de almeja. Descartó la idea con una risa ronca, un sonido que no encajaba con su elegancia habitual.

“No. Ni él es tan estúpido.”

Abrió el pesado volumen. Las páginas, de pergamino grueso y amarillento, desprendían un olor a polvo, azufre y tiempo infinito. Sus ojos de un negro abismal encontraron el pasaje que buscaba, un hechizo de translocación simple, casi infantil para alguien como él, pero efectivo.

Pronunció las palabras en una lengua que vibraba en el aire, sílabas cortantes que sabían a estática y promesa.

Una luz blanca y cegadora estalló desde las páginas, envolviéndolo por completo. No era una luz cálida ni divina; era fría, implacable, como la que precede a un vacío infinito. La biblioteca, el Inframundo, la misma oscuridad… todo se disolvió.

El viaje había comenzado.

El callejón era una herida sucia y húmeda en el costado de la ciudad. La luz de una farola solitaria, con el vidrio estrellado, parpadeaba intermitente, arrojando sombras temblorosas sobre montones de bolsas de basura reventadas y el brillo húmedo del asfalto. El aire olía a podredumbre, orín y frío metálico. Ratas escuálidas correteaban entre los detritos, indiferentes al drama que se desarrollaba.

De repente, una puerta de metal oxidada, marcada con grafitis, se abrió con un chirrido estridente. Dos hombres corpulentos emergieron arrastrando a un tercero. Su cuerpo era un despojo, magulladuras violáceas cubrían su rostro, un hilo de sangre seca bajaba de la comisura de sus labios, y en su abdomen, una puñalada abierta aún supuraba un rojo oscuro, dejando un reguero serpenteante a cada paso.

Lo arrastraron sin ceremonias hasta el fondo del callejón, donde una furgoneta negra, con el motor al ralentí, exhalaba nubes de humo diesel al aire helado. En el asiento del conductor, un hombre con la ventanilla bajada sostenía un cigarro entre los dedos. Sentado en el capó, otro vigilaba, brazos cruzados.

—¿Qué le pasó a este? —preguntó el del cigarro, soltando una bocanada que se mezcló con el aire frío.

—Lo de siempre —resopló uno que arrastraba al chico—. Se quiso hacer el listo con el jefe e intentó matarlo. Pero ya ves cómo terminó.

El que estaba en el capó le dio un puntapié leve al costado del cuerpo.

—¿Está muerto?

—Sí. Y os vais a encargar de que nadie lo encuentre —confirmó el primero—. Nadie se iba a preocupar de todas formas por un don nadie como este —escupió el del cigarro, dirigiéndose a la parte trasera de la furgoneta para abrir la puerta.

Los dos matones levantaron al difunto y lo lanzaron dentro. El cuerpo chocó con un golpe sordo contra el suelo metálico.

—Para ser un hijo de puta endeudado y drogadicto, está fuerte —comentó uno, frotándose la nuca.

—Joder con los mierdecillas como estos —dijo el otro, que hasta entonces había permanecido en silencio—. Dame uno.

—Toma —ofreció el del cigarro.

Los cuatro se reunieron alrededor de la furgoneta, encendiendo cigarrillos y formando un círculo de brasas en la penumbra. Ignoraban por completo el leve espasmo que recorrió al cadáver en la furgoneta. La herida abdominal, que había estado goteando, comenzó a cerrarse; los moretones palidecieron, como si la sangre corrupta se reabsorbiera.

—Joder, qué frío está haciendo —se quejó uno, interrumpido por un golpe metálico desde la furgoneta.

Todos giraron la cabeza.

—Habías dicho que estaba muerto —murmuró uno, tenso.

—¡Te juro que lo estaba! —protestó otro—. Yo mismo vi cómo el jefe le apuñalaba varias veces. Nadie sobrevive a eso.

—Entonces, ¿qué fue ese ruido?

—Debe ser un puto gato —concluyó otro, intentando restarle importancia.

Una risa nerviosa se cortó de golpe.

—Roger, ve a mirar qué pasa —ordenó el del cigarro.

Roger, el que había estado en el capó, apagó el cigarro contra la suela de su bota y se acercó con pasos cautelosos. Se detuvo frente a la puerta abierta, y entonces lo vio, el cuerpo estaba allí, en la misma posición fetal en que lo habían dejado.

—Aquí no hay nada —anunció, aliviado—. Debe haber sido un gato que ya se fue.

Estaba a punto de darse la vuelta, el cadáver se incorporó de golpe. Sus ojos no eran vidriosos ni muertos. Eran pozos de negrura absoluta, tan oscuros que absorbían la poca luz del callejón.

Roger dio un paso atrás, instintivo. Su boca se abrió para gritar, pero la mano del cadáver, fría e implacable, se cerró sobre su garganta. Un crujido seco, nítido, resonó en el silencio. Ni un sonido escapó antes de que su cuerpo cayera pesadamente al suelo.

Los tres restantes giraron justo a tiempo para ver el desplome.

—¿Qué mierda? —balbuceó uno.

Avanzaron con cautela hacia la furgoneta, manos buscando sus armas ocultas. Y entonces lo vieron, el cadáver, ahora de pie, bajándose de la cajuela. La ropa empapada en sangre, pero las heridas… habían desaparecido. Giró la cabeza lentamente, y aquellos ojos negros, vacíos e infinitos, se posaron sobre ellos.

—Joder —murmuró—. ¿Por qué me tuvo que tocar este cuerpo en desgracia? Menuda mierda.

Esas fueron las primeras palabras de Soren, o del ser que ahora habitaba ese cuerpo. Su voz era áspera, glacial, cargada de autoridad.

Uno de los matones sacó un cuchillo largo del cinturón.

—¡Acabemos con esta mierda de una puta vez! —rugió, cargando contra él.

Soren sonrió tétrica y lentamente. Titubeó el hombre, pero siguió su embestida. Soren lo esquivó con un movimiento fluido, atrapó la muñeca del arma y la retorció. Huesos crujieron. Grito desgarrador. El cuchillo cayó.

El hombre cayó de rodillas, sosteniendo el brazo fracturado. Soren retrocedió un paso y le propinó una patada lateral en la cabeza que la incrustó en la furgoneta con un crujido sordo, el cuerpo convulsionó y quedó inmóvil.

Los dos últimos, paralizados por el terror, salieron corriendo. Soren observó, depredador, decidiendo su próximo movimiento.

“¿Por cuál voy primero? ¿Uno o dos? ¿Por qué no por ambos?” pensó.

De la nada, apareció una réplica exacta de él. Ambos cuerpos compartieron la sonrisa siniestra y salieron disparados, cada uno tras un hombre. El que corría hacia la derecha intentaba subirse al auto; Soren lo levantó por el cuello y lo lanzó contra la pared de ladrillo. Un grito ahogado, crujido de huesos.

El otro Soren alcanzó a su presa, introdujo ambas manos en su boca y comenzó a abrirla lentamente. La piel cedía, la mandíbula se dislocó con un chasquido grotesco. Gemido ahogado. Silencio final.

El primer Soren observó a su doble terminar. Se fusionaron en uno solo. Solo. Rodeado de cuerpos destrozados. Respiró hondo, el aire humano llenando sus pulmones. Olía a sangre. A miedo.

La noche de diversión acababa de comenzar.

La perspectiva de Soren era un filtro de desdén y aburrimiento existencial. Subir por esas escaleras era un ejercicio de paciencia; el edificio olía a humedad, pobreza y desesperanza. El papel pintado se despegaba en tiras, revelando capas de vidas frustradas, de sueños marchitos y mugre acumulada. Para alguien que había caminado por salones de ónice y azufre en el Inframundo, era patético. Pero aquí, en este antro, la deuda del cuerpo debía ser saldada.

Al llegar al rellano, un coro de voces broncas, risas guturales y el espeso aroma de humo barato y alcohol invadió sus sentidos. La miseria humana celebrando migajas, un espectáculo casi cómico, si no fuera por la violencia implícita.

Se detuvo frente a la puerta de donde provenía el jolgorio. No había cerradura que resistiera, ni madera capaz de contenerlo. Con un movimiento despreocupado, lanzó una patada. La puerta saltó de los goznes con un estruendo seco, volando hacia el interior, estrellándose contra una pared, levantando polvo, astillas y yeso.

El silencio cayó de golpe, pesado como una losa sobre la habitación.

El antro que encontró era un nido de corrupción, sofás mugrientos, una mesa central cubierta de fajos de billetes sucios, máquinas contadoras zumbando como insectos voraces. Tras el escritorio, una caja fuerte abierta exhibía lingotes de oro y documentos. Y en el sillón, reclinado con los pies sobre la mesa, un hombre sostenía un vaso de whisky: el jefe. Su razón de estar allí.

Soren sonrió, una curva letal que olfateaba la sangre como un tiburón.

Los matones se pusieron de pie, estallando de nuevo en gritos cargados de furia y miedo.

—¡¿Qué mierda haces aquí?!

Uno de ellos, con ojos desorbitados, señaló los de Soren.

—Joder… ¡sus ojos!

Soren ignoró el alboroto. Sus pozos de negrura absoluta se clavaron en el hombre del fondo sentado en la silla.

—Ha llegado tu hora —dijo, y su voz, fría, cortó el griterío como un cuchillo.

El jefe bajó los pies de la mesa. Tomó un sorbo de whisky, una sonrisa desafiante en sus labios.

—Acaben con este hijo de puta. De una vez —ordenó.

Los hombres cargaron, navajas, llaves inglesas, pura bravuconería. El primero lanzó un puñetazo. Soren no esquivó. Dejó que conectara... y luego, implacable, su mano atravesó el pecho del hombre como mantequilla. Al retirar la mano, el torso quedaba abierto, un agujero cavernoso, mientras la sangre brotaba como una fuente de horror. El cuerpo cayó convulsionando, escupiendo un géiser carmesí.

El silencio volvió, helado, absoluto.

—¡¿QUÉ HACÉIS AHÍ DE PIE?! —rugió el jefe— ¡ACABAD CON ÉL!

El último acto de valentía de los hombres fue inútil. Soren se convirtió en un torbellino de muerte.

Un cuchillo lanzado atravesó la frente de uno, derribándolo de golpe.

A otro le partió el cuello con un golpe seco de la mano.

A un tercero le retorció los brazos hasta que los huesos blancos perforaron la piel, dejándolo gritar en el suelo antes de rematarlo con una patada que destrozó el cráneo.

La habitación se tiñó de rojo, un cuadro de vísceras, huesos quebrados y gritos ahogados.

Un disparo cortó el aire. La bala impactó el cuello de Soren, perforándolo. La sangre manó a borbotones. Soren se tambaleó y llevó una mano al agujero, pero entonces rió. Una risa burbujeante, húmeda, manchada de rojo, más aterradora que cualquier grito.

—¿Ahora qué, hijo de puta? —gruñó el jefe, temblando, sosteniendo el arma.

Soren giró la cabeza. El jefe vio, con horror creciente, cómo la herida en el cuello comenzaba a cerrarse, la carne retrayéndose, sellando la herida en segundos. La sonrisa del jefe se desvaneció, sus manos temblaban.

Vació el cargador. Soren apenas se inmutó, algunas balas las esquivaba, otras se absorbían, los agujeros cerrándose tan pronto como se abrían.

De un instante a otro, Soren apareció frente a él. Agarró el brazo que sostenía el arma y lo retorció. El sonido fue grotesco, los huesos sobresaliendo por la piel. El jefe cayó de rodillas, gritando, mientras Soren lo sujetaba por el cuello.

Tomó un abrecartas de la mesa. El hombre, sollozando y suplicando, ofrecía dinero y vida.

—No tienes que darme algo que yo puedo tomar para mí mismo —susurró Soren.

Hundió el abrecartas en el ojo del jefe. El grito fue húmedo y breve. Cuando retiró la herramienta, el globo ocular quedó empalado. El cuerpo se desplomó, retorciéndose, mientras la mano aferraba el rostro ensangrentado.

Soren dejó el abrecartas sobre la mesa, se agachó, levantó al hombre por el cuello, y lo estrelló contra la pared, asfixiándolo lentamente hasta que el último hilo de vida desapareció.

Luego, sin inmutarse, le hundió los dedos en el pecho, arrancó el corazón y se lo llevó a la boca. Masticó parsimoniosamente, sintiendo la energía correr por su nuevo cuerpo.

Alzó la vista y se encontró con su reflejo en un espejo sucio a su izquierda, sus ojos antes totalmente negros, ahora con unas pupilas normales y un iris rojo intenso, ardiente. La noche, y todas las noches por venir, le pertenecían.