Capítulo 1 | Una despedida dolorosa
Toda despedida arranca una parte del alma, recordándonos que no toda criatura mágica es un monstruo... a veces, el verdadero peligro solo busca un lugar donde estar a salvo.
Heme aquí, sentada en la parte trasera del carruaje real, obligada a asistir a la famosa Academia de Jinetes. La Academia Wikravil no era un simple colegio de Jinetes; era un monumento al tiempo. Sus muros de piedra se alzaban imponentes desde su fundación hace aproximadamente tres siglos, acumulando secretos ancentrales mucho antes de que mi propia familia paterna caminara por ellos. Hoy en día, las puertas abiertas de par en par, el eco de las voces de los nuevos reclutas y el constante batir de alas en los patios dejaban claro que la institución seguía en plena función. Aquellas aulas habían visto pasar el legado de mi sangre: fue allí donde mi bisabuela materna perfeccionó su linaje ancestral aproximadamente a las puertas del siglo veinte, seguido décadas más tarde por mi abuelo, y posteriormente por mi tía materna, la actual reina de Rivadril, nacida un veinticuatro de octubre de mil novecientos setenta y seis.
La academia acepta a estudiantes mayores de diecinueve años, yo pude haber ingresado hace ocho años atrás pero me negué. Hasta ahora, en este año a mis veintisiete años, me correspondía a mí recorrer esos mismos pasillos en activo, cargando sobre los hombros el peso y el orgullo de toda una dinastía. Un sendero que cada miembro de mi familia, tanto por parte de mi padre como de mi madre, transitó en el pasado, y que ahora se convierte en mi propio destino. Es veinticuatro de marzo de mil novecientos dos, en plena estación de otoño. Una era llamada «La Era de los Dragones»: una época antigua pero moderna, donde se siguen tradiciones y costumbres maravillosas.
En el planeta Tierra existen siete continentes: Kangsiat, Etherlius, Verílias, Narlands, Sunledria, Hesnareth y Draoscolin. Mi hogar, el reino de Narvaliz, pertenece al Continente Draoscolin, el cual es famoso en todo el mundo y reconocido a nivel global por ser el tercer centro comercial más importante del planeta. Nuestra tierra es próspera y rica, bendecida con una ganadería envidiable que provee la mejor carne del mercado, extensos campos agrícolas y recursos que despiertan la codicia de otras naciones. Este vasto territorio está conformado por diversos reinos e islas, cada uno habitado por culturas únicas que mantienen el equilibrio de nuestra civilización.
En el corazón del continente se alza Narvaliz, el imponente reino de los humanos, caracterizado por sus grandes ciudades y su fuerza comercial. Hacia el norte, rodeado de misticismo, se extiende Cleoverlaw, el ancestral hogar de los elfos y guardianes de la naturaleza. Más allá, en las profundidades montañosas de Aerdatk, habitan los enanos, maestros de la minería y la forja de metales preciosos; mientras que en las verdes y tranquilas tierras de Selverthars hacen su vida los hobbits, los principales productores agrícolas que alimentan a gran parte del continente. Hacia el sureste, surcando las aguas del Océano Etéreo, se extienden las Islas Rivadril, un archipiélago regido por una estricta jerarquía mágica donde brujos, magos y hechiceros dominan las artes arcanas a ambos lados del Estrecho de Zafiro. Y finalmente, en el extremo noroeste, aislada del resto bajo la bruma del Océano de las Nieblas, se encuentra la Isla Xamozalawr, un territorio temido por todos, habitado por orcos y envuelto en una oscuridad peligrosa de la que nadie se atreve a hablar; existen leyendas que la oscuridad arrasa con reinos dejando nada a su paso.
A simple vista, Draoscolin parece un continente perfecto, un engranaje donde cada raza cumple su papel. Pero los secretos comerciales y las fronteras visibles son solo la superficie de lo que realmente se oculta en nuestras aguas. Los misterios de este mundo son infinitos, los cuales han dejado muchas preguntas sin responder, dando lugar a diversas teorías: científicas, religiosas, políticas, metafísicas, esotéricas y conspirativas.
El tema aquí es que estoy siendo obligada a asistir a mi peor pesadilla. Para mí, sin embargo, nada de esto tenía relevancia, no podía imaginar algo peor. La academia Wikravil no solo es la mejor, sino la peor tortura para personas débiles como yo; tengo un excelente nivel de entrenamiento y de defensa, pero el problema son los entrenamientos avanzados que hacen que tus manos sangren. Donde tu cuerpo se vuelve fuerte, pero tu mente te debilita, haciendo que te rindas y te vuelvas inútil frente a ti misma.
Apreté con fuerza la tela de mi vestido verde esmeralda, sintiendo cómo los bordados intrincados de pedrería y el delicado tul se hundían bajo la presión de mis dedos temblorosos mientras la penumbra del carruaje me envolvía.
—¡Madre! —murmuré entre dientes, con los ojos ardiendo de frustración y tristeza —¡Tú deberías estar aquí conmigo, aconsejándome sobre cómo sobrevivir a esta experiencia!
Observé a mi padre, cuya mirada preocupada me incomodaba y me afligía al mismo tiempo. Estamos en medio de una guerra, la raza de los orcos comenzaron a invadir varios reinos con el fin de asesinar y destruir a las demás razas. Ese es el principal motivo del porque tengo que asistir a la academia, siendo la futura reina debían ponerme a salvo; nadie sabe cuando será el fin de esta pesadilla. Una guerra que conlleva a que muchos perdamos la fe y la poca cordura que tenemos. Seguía analizando la mirada de mi padre, sus ojos reflejaban una tristeza con una mezcla de dolor y enojo.
«Es su decisión, no mía», pensé, mientras mi mente se evadía mucho más allá de las paredes de madera del carruaje. Sentía que el aire me atrapaba, asfixiándome, buscando desesperadamente una grieta por donde escapar. Ese deseo de huir era un fuego que me quemaba por dentro, y esta vez, estaba decidida a hacerlo realidad. Como futura reina de Narvaliz, me sentía prisionera en una academia tediosa, obligada a ocultarme de mis verdaderos deberes bajo la excusa de la amenaza orca. Esta situación ya no solo era peligrosa; se había vuelto insoportable, un corsé invisible que me impedía respirar.
Bajé la mirada y apenas entreabrí la puerta del carruaje para escuchar la conversación. Mi cuerpo comenzó a temblar; cerré los ojos y respiré profundo, tratando de recuperar el control, pero el pánico era una marea que me sobrepasaba. El corazón se me aceleraba contra el pecho, martilleando con violencia, mientras un sudor frío y un dolor punzante en las sienes nublaban mi juicio. Mis manos no dejaban de temblar; sentía que mi cuerpo me traicionaba, una combinación asfixiante de tristeza y una rabia sorda por todo lo ocurrido. La ansiedad me cerraba la garganta, dejándome al borde del colapso. «Por favor, ahora no», imploré en silencio, sintiéndome desbordada. Me sentía débil, frágil. A veces deseaba ser de hierro, pero, en el fondo, sabía que no era más que un cristal delicado, al borde de la ruptura.
De repente, como si atravesara la barrera de mi caos interno, una voz suave se filtró en mi mente, firme pero serena. No era un grito, sino un murmullo que se instaló en el centro de mi pecho, disipando la presión.
—«Respira, Loreine. No dejes que la sombra gane terreno» —susurró una voz extraña en el aire, resonando con una claridad imposible que atravesó el bullicio de mis pensamientos.
El tono era tan familiar y cálido que mi pulso, por fin, empezó a encontrar un ritmo constante. El dolor en mis sienes menguó y el temblor de mis manos cedió, obligándome a soltar el aire que ni siquiera sabía que estaba reteniendo. Poco a poco, la niebla mental se disipó, permitiéndome volver a ser dueña de mis sentidos.
Fue entonces cuando la voz de Jackson irrumpió en la realidad. Lo escuché acercarse, todavía agitado por la carrera, con la respiración entrecortada tras haber cruzado a toda prisa los terrenos del palacio. Su voz, ahora sí, llegaba clara y real, un eco de urgencia que desvanecía los últimos vestigios de mi ansiedad.
—Su Majestad... —la voz de Jackson vaciló, cargada de una cautela que rara vez permitía asomar—. ¿Está completamente seguro de que esto es lo correcto?
—Bastante seguro, Jackson. No me queda otra opción —respondió mi padre, con un peso inusual en cada palabra—. Ella estará a salvo con su tía. Si se queda aquí y algo le sucede, jamás me lo perdonaré. No quiero perderla, ni a ella ni a su hermano; son lo único que me queda.
Hubo un silencio breve, apenas roto por el crepitar de la chimenea, antes de que su voz se suavizara, volviéndose más severa y reflexiva:
—Además, ella necesita encontrar sus propias respuestas. Si permanece en este reino, será débil, incapaz de despertar su verdadero poder. En sus venas corre la sangre de una de las brujas más poderosas que este mundo haya conocido; no puedo permitir que siga reprimiendo su esencia por miedo. Es momento de que Loreine deje de ser un cristal para convertirse en el arma —o el milagro— que está destinada a ser.
A unos pocos metros de distancia, ajena a esa conversación, yo no lograba comprender a qué se referían con mi "verdadera naturaleza"; era un tema que nunca volvió a mencionarse tras la muerte de mi madre. Cada vez que escuchaba susurros sobre su legado como bruja, sentía sobre mí un juicio silencioso entre aquellos muros. Mi hermano era el único brujo de la familia, mientras que yo, a ojos de todos, solo era la inútil. Toda mi vida parecía un juego de ajedrez; una mezcla de secretos y movimientos incapaces de descifrar.
—Lo comprendo, Su Majestad. Supongo que el concepto de "seguridad" es, en este caso, bastante... relativo —murmuró Jackson, con una calma forzada, antes de clavar su mirada en mi dirección.
Su mirada de ojos marrones me provocó un escalofrío; desvié la vista hacia el pescante vacío frente a mí. Me sentía confundida, aunque probablemente solo era el resultado de mi desesperación por huir. Sin embargo, hubo algo en sus palabras que me inquietó: era como si estuviera en contra y a favor de todo esto al mismo tiempo. No podía pensar con claridad; una punzada de incertidumbre me oprimía el pecho.
—También a mí... —dijo mi padre, dejando que el silencio prolongado llenará la estancia—. Es un precio demasiado alto, pero no tengo otra opción. Los ataques de los orcos han llegado a Cleoverlaw. Como futura reina, ella debe fortalecerse, llevar su mente y su cuerpo al límite. —Hizo una pausa breve, clavando la vista en la nada, en el horizonte vacío, como si intentara descifrar un destino que él mismo estaba forzando—. No puedo permitir que su luz se apague antes de que siquiera llegue a brillar.
Las palabras de mi padre lo dejaron todo claro como el agua. Tomé la decisión de hablar con él, de alzar mi voz para exigir quedarme. Abrí la puerta y bajé las escaleras con rapidez, aferrándome al vestido; pero, al sentirme tan pequeña, me acobarde. Miré a mi alrededor buscando una vía de escape, desesperada por huir de aquella situación. Escuché susurros y sentí la mirada de mi padre clavada en mí. En ese instante, solo pude soltar un suspiro.
—¡Princesa! ¿Se encuentra bien? —La voz de Jackson, cargada de una preocupación fingida, me hizo sentir aún peor.
—Claro que sí, estoy bien —mentí, forzando una sonrisa—. Solo necesitaba un poco de aire. Toda esta situación me tiene... entusiasmada, y necesitaba estirar las piernas. Llevo demasiado tiempo sentada.
Desvié la mirada hacia mi padre. Él permanecía allí, con los brazos cruzados y el ceño tan fruncido que parecía tallado en piedra. Me quedé inmóvil, sintiéndome como una extraña en mi propio hogar; una sensación a la que, lamentablemente, ya me había acostumbrado. En el fondo, solo ansiaba escuchar una palabra de aliento, un pequeño gesto que lograra calmar la tormenta que crecía en mi interior.
—Jackson, retírate un momento; debo hablar con mi hija —ordenó mi padre sin apartar la vista del camino pedregoso que se abría ante nosotros. Jackson hizo una reverencia impecable y se alejó lo suficiente para dejarnos solos, pero manteniendo la guardia.
El silencio que siguió fue tan gélido como el viento que azotaba los pasillos. Me moví con inquietud, esperando a que rompiera el mutismo, pero él parecía estar evaluando el horizonte más que mi presencia.
—Vas a tener que cuidarte la espalda, Loreine —dijo, finalmente, con una firmeza que no admitía réplicas.
—Lo tendré en cuenta —murmuré, forzando la voz—. Y tú deberías hacer lo mismo.
Él giró el rostro apenas unos milímetros. Sus ojos, desprovistos de calidez, se clavaron en los míos.
—Yo sabré cómo protegerme, hija. Pero tú... tú preocúpate por ti, y solo por ti. El trono no perdona la debilidad, y menos aún la confianza excesiva.
Un nudo opresivo se formó en mi garganta. Todo se sentía como un adiós definitivo, una despedida que me desgarraba por dentro. Inhalé profundamente, dejando que el aire gélido llenara mis pulmones antes de girarme. De pronto, los brazos de mi padre me envolvieron en un abrazo inesperadamente cálido. Era un refugio; por un momento, fue como si él pudiera protegerme de todo el mal del mundo. Sentir la textura de su camisa contra mi mejilla me provocó una mezcla de paz y aflicción profunda. Las lágrimas brotaron sin control. Era un abrazo que había anhelado durante años, y me aferré a él con desesperación, temiendo que fuera la última vez. Su mano acarició mi cabello con una suavidad que intentaba calmar la tormenta que crecía en mi pecho.
—No llores —susurró—. Sé que sientes que es una despedida, pero te prometo que no es así.
—Estoy aterrada —admití,aferrándome a su túnica como si fuera mi único ancla a la realidad—. He escuchado que los orcos han vuelto a atacar ciudades de nuestro reino y de Cleoverlaw.
Él se separó apenas unos centímetros para mirarme a los ojos, recuperando su semblante firme.
—Por eso mismo debes ir a la academia. Te quiero muchísimo, mi pequeña. Pero entiende esto: un día la guerra terminará, y entonces serás libre de disfrutar de la vida que mereces. Hasta entonces, tu deber es sobrevivir.
Sus últimas palabras resonaron en mis oídos, tan distantes de mi cruda realidad. «¿Disfrutar mi vida? ¿Recuperar mi libertad?». Las preguntas se convirtieron en un grito silencioso, el eco de un miedo profundo por no saber siquiera cómo empezar a vivir para mí misma.
Me separé con suavidad de sus brazos, quedando inmóvil ante la inmensidad del horizonte. Bajé la vista hasta encontrar mi reflejo en un charco cercano y, en ese instante, comprendí la amarga verdad de sus palabras: el peso de una corona que aún no portaba y las responsabilidades que la precedían me habían arrebatado la vida antes de que pudiera empezar. Un anhelo punzante me invadió, el deseo de regresar a aquel prado de mi infancia, donde el tiempo no se medía en batallas ni en deberes.
—Yo también te quiero, padre —murmuré, forzando una seguridad que no sentía—. Espero que llegue el día en que pueda disfrutar de esa libertad. Por ahora, me enfocaré en mis estudios y en los entrenamientos.
Él esbozó una sonrisa fugaz, una expresión que apenas lograba suavizar las líneas de preocupación en su rostro.
—Esa es mi pequeña. Pero escúchame bien: no te desveles con los libros, descansa y aliméntate correctamente. Los entrenamientos son peligrosos, Loreine, y no perdonan un descuido. —Soltó un suspiro, uno que cargaba con el peso de todas las advertencias que no podía decirme.
—Padre, estaré bien —aseguré, guardando silencio unos instantes antes de tomar valor—. He pensado en algo: escribirte cada día contándote mis avances. Así sabrás que estoy a salvo y no tendrás que preocuparte tanto por mí. Podrás centrarte en tus deberes sin distracciones. ¿Qué te parece?
Él asintió lentamente, aunque su mirada se tornó sombría.
—Me agrada la idea; esperaré tus cartas con ansias —hizo una pausa y observó el cielo por un instante —. Quiero que le exijas a tu hermano que haga lo mismo. No he tenido noticias suyas en más de tres meses, y ese silencio... ese silencio me inquieta más que cualquier batalla.
Sentí un escalofrío al notar la tensión en su voz.
—Lo haré —respondí, aunque el miedo empezó a instalarse en mi pecho—. Quizá solo esté desbordado de trabajo con la dirección y sus estudios. Es un hombre ocupado, después de todo.
Alec, mi querido hermano mayor. Recuerdo como si fuera ayer el día en que entró en la sala con esa sonrisa irónica y la mirada fija, decidida. Fue entonces cuando rechazó el trono de Narvaliz; una decisión que nos dejó a todos estupefactos. Mi abuela Eira casi sufre un infarto y mi abuelo Klaus lo comenzó a regañar, esa cena salió de descontrolo. Había elegido seguir los pasos de nuestra tía Selene y convertirse en el director de la academia. Su partida dejó un vacío que pronto se llenó con el peso asfixiante de mis nuevas responsabilidades. Fue como si me hubieran arrojado un balde de agua helada: cada decreto, cada decisión y el peso invisible de la corona cayeron sobre mis hombros. Sin embargo, nunca sentí resentimiento; al final, es su vida y tiene derecho a elegir su propio camino.
«Siempre desaparece», pensé. Era tan típico de él. Pero, aun así, la inquietud de mi padre resultaba comprensible; Alec es el primogénito, su heredero, y su silencio tras tres meses comienza a ser aterrador.
Me quedé observando a mi padre; sus dedos tamborileaban con impaciencia sobre la tapa de su reloj de bolsillo. Con una señal discreta, le indicó al cochero que se preparara para partir. Para ser sincera, no quería hacer esto. Mi mirada recorrió el personal del castillo y cada rincón familiar, y los recuerdos de una vida entera inundaron mi mente. Aunque ahora sentía que podíamos comunicarnos con mayor honestidad, mis ojos se llenaron de lágrimas nuevamente. Me lancé a sus brazos y me prometí que, a partir de ese momento, cambiaría para conquistar mis miedos.
—Te voy a extrañar, mi pequeña —murmuró, acariciando mi cabeza con una suavidad que rara vez me permitía.
—Y yo a ti, padre. Adiós —logré articular, con la voz quebrada.
—No, hija. Es un «hasta pronto» —corrigió, depositando un beso en mi frente antes de hacerme una seña para que subiera al carruaje.
Asentí, obligando a mi rostro a recuperar su compostura real.
—Tienes razón. Te escribiré cada día y, si algo sucede, no dudes en avisarme. Lucharé a tu lado hasta la última gota de mi sangre, y gobernaré con firmeza para que nuestro reino permanezca a salvo bajo mi cuidado.
—Ya hablas como una reina —dijo él, y por un instante, su mirada se perdió en el pasado—. Tienes los ojos de tu madre, y esa misma terquedad para ofrecer apoyo sin importar el costo.
—Aprendí de ambos —respondí con una sonrisa leve, tratando de ocultar el nudo en mi garganta—. Ustedes me enseñaron que la valentía no es la ausencia de miedo, sino el coraje de caminar aun cuando las piernas tiemblan.
Él asintió lentamente, apretando los labios como si las palabras le dolieran al salir.
—Toda su inteligencia, su luz... todo eso viene de ella. Estoy convencido de que, desde donde sea que esté, ella nos observa y siente orgullo. Se han convertido en el único tesoro por el que vale la pena luchar en este reino de sombras.
—Ella está orgullosa de ti también, padre —murmuré, sintiendo que el tiempo se agotaba—. Debo irme ya. Mis nervios han retrasado el viaje lo suficiente.
Él puso sus manos sobre mis hombros, obligándome a sostenerle la mirada. Sus ojos, habitualmente impenetrables, mostraban una vulnerabilidad que me estremeció.
—Los nervios son el precio de sentir, Loreine. No los reprimas, úsalos como combustible. Tus abuelos están absortos en la política de la corte, pero sus oraciones te acompañan. Yo, en cambio, solo te pido esto: no regreses siendo la misma. Regresa habiendo encontrado tus respuestas, aunque te cueste el alma.
—¡Te quiero, padre! —me lancé a sus brazos, aferrándome a su capa.
—¡Y yo a ti, mi niña! —respondió con una intensidad feroz, pero apenas pronunció las palabras, el abrazo se deshizo. Dio un paso atrás, recuperando su coraza de Rey casi al instante, protegiéndose de su propia humanidad.
Me aferré a los pliegues de mi vestido para subir al carruaje. Mi padre cerró la puerta con un golpe seco que retumbó en el silencio, sellando mi destino. El carruaje comenzó a avanzar, escoltado por los guardias reales: tres guerreros al frente y otros tres en la retaguardia, marcando un paso firme y protector que, más que escoltarme, parecía el esfuerzo de mi padre por amurallar mi vida frente al resto del mundo.
Deslicé el marco de la ventanilla hacia abajo, permitiendo que el viento, cargado con el aroma de los pinos y la tierra húmeda, acariciara mi rostro y despeinando mis cabellos con fiereza. Las lágrimas, por fin, se habían detenido. Observé cómo el paisaje de mi reino se desvanecía lentamente en la lejanía, arrastrando consigo un pedazo de mi alma hacia aquel horizonte incierto.
A lo lejos observé a los agricultores del reino trabajando con toda su pasión y, a unos metros, un colegio donde los niños me saludaban al verme. Me despedí con una sonrisa, pero por dentro moría; extrañaría los días en los que iba a leer para esos niños.
Mi peor miedo se había cumplido: la distancia se interponía entre lo que más amaba y yo. Los recuerdos de mi padre, de mis abuelos y de la seguridad de mi reino inundaban mi mente, dejando tras de sí un vacío corrosivo. Me dolía la impotencia; dolía dejar atrás a quienes amo por una obligación que apenas comprendía. Sentía que mi mundo se desmoronaba, tal como un tablero de ajedrez cuando la Reina es derribada. El rival solo necesitaba un movimiento más, un jaque mate ejecutado con precisión quirúrgica, para asegurarse la victoria en esta guerra que apenas empezaba.
Y el futuro no ofrecía tregua. La sombra de la conflagración se cernía sobre nosotros con una urgencia asfixiante. Sabía que, tarde o temprano, mis manos tendrían que mancharse de violencia para devolverle la paz a estas tierras. Las acciones de los orcos, con su implacable sed de cenizas y muerte, habían dejado un rastro de ruinas que nadie se atrevía a explicar; su motivación, tras años de conflicto, seguía siendo un misterio insondable.
Incluso el Consejo Real del reino vecino, Cleoverlaw, hablaba con terror de una amenaza oscura, una fuerza capaz de aniquilar a cada raza del planeta, alimentada por la avaricia y bañada en la sangre de inocentes. Mientras tanto, el mundo se resquebrajaba: los demás reinos cerraban sus puertas, ocultándose tras muros de piedra y selvas espesas, intentando hacer invisible una guerra que, en realidad, ya los había alcanzado.
En Draoscolin, la realidad es un mosaico complejo. Aquí, la humanidad se guía por sus religiones históricas —desde el cristianismo y el judaísmo hasta otras tantas creencias—, buscando respuestas en lo divino tal como lo hacen en los continentes donde solo habitan los mundanos. Pero nosotros, las razas mágicas que poblamos Draoscolin, vivimos bajo un tejido de fe distinto; hemos entrelazado esas tradiciones con nuestros propios ritos ancestrales, creando una espiritualidad que, aunque única, se eleva hacia el mismo Creador que dio origen a todo.
Existen tierras más allá de nuestros océanos donde la magia es solo un mito y los humanos viven aislados, ajenos a lo que corre por nuestras venas. En otros lugares, sin embargo, la convivencia es total: razas mágicas y mundanos comparten el día a día en una unión indisoluble. Pero aquí, en Draoscolin, nos movemos entre la fe de los mundanos y nuestra propia esencia, bajo la sombra de un Dios común y el constante juicio de quienes, aunque nos ven, prefieren no entendernos.
En el Libro Sagrado encontramos un versículo que pocos comprenden: «Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída, la altivez de espíritu» (Proverbios 16:18). Este pasaje advierte cómo la soberbia y la altivez, compañeras inseparables de la ambición, preceden a la derrota; sugieren que el deseo desmedido de dominio resulta, en última instancia, autodestructivo. La avaricia por conquistar nubla la cordura y nos conduce a un abismo donde terminamos perdiéndonos a nosotros mismos.
Sin embargo, mi propósito es distinto. Salvaré a este mundo y a las razas mágicas, cueste lo que cueste, y lucharé hasta la última gota de mí sangre. Me mantendré firme, sin sucumbir a esos pecados, pues mantengo mi fe en el mundo, en mí misma y en El Creador. ¿Habrá alguien en el futuro que asuma esta carga? Es una pregunta compleja, sin respuesta sencilla. Han existido guerreros y reyes que lograron salvar sus reinos, pero la historia es un ciclo constante de dolor. Al otro lado del océano, en los seis continentes restantes, el conflicto persiste; en uno de ellos, dos reinos se consumen en una enemistad mortal. Uno lucha por proteger lo suyo, mientras el otro ansía territorio y poder. Es desolador.
Cerré la pequeña ventanilla y fijé la vista en un libro, dejando que la imaginación volara. En ese instante, comprendí que mi vida no volvería a ser la misma. Es doloroso aceptar que la guerra no solo destruye vidas, sino también la fe; las iglesias, convertidas ahora en improvisados refugios para dar abrigo a quienes perdieron sus hogares en el anterior atentado, rebosaban de desesperanza. En las calles, la atmósfera era de tensa urgencia: todos los ciudadanos empezaron a reforzar los elementos de sus aldeas y casas, mientras los soldados del ejército marchaban hacia las fronteras para contener la inminente amenaza. Sentía como mi garganta se ahogaba, incapaz de llorar o de gritar. Sacudí la cabeza y me obligué a seguir leyendo, aunque el cansancio empezaba a ganarme. El viaje al puerto de Kratenes tardaría tres días. Hoy, veinticuatro de marzo de mil novecientos dos, comenzaría el trayecto a través de hermosos paisajes, frondosos bosques dorados y senderos donde el frío del otoño empezaba a teñir las hojas de ámbar y cobre.
Las horas transcurrían con lentitud. Resultaba incómodo permanecer tanto tiempo confinada en el carruaje bajo la vigilancia de los custodios reales. El paisaje, sin embargo, era hermoso: los colores del otoño se mezclaban con aromas complejos, una nostalgia que recordaba a canela, ámbar y manzanas. Un nudo se formó en mi pecho al pensar en mi padre y mis abuelos; la ausencia es una herida que no deja de escocer.
Un bostezo escapó de mis labios. El tiempo parecía haberse detenido y, por más que intentara mantenerme alerta, la fatiga pudo más. Con los dedos cansados, busqué la manta en el asiento contiguo y me envolví en ella, buscando refugio contra el frío que comenzaba a filtrarse por las rendijas del carruaje. Mi cabeza se inclinó lentamente hasta descansar contra el respaldo. El sueño llegó, profundo y reparador, alejándome de esta realidad, al menos por un tiempo.









