Capitulo 1
Damien
Mournefield no es un lugar que reciba a nadie con los brazos abiertos. Se extiende como una vieja fotografía mal revelada: la iglesia anglicana clavando su aguja en un cielo siempre gris; las casas de piedra apretadas unas contra otras como si temieran desmoronarse; los pantanos al norte, donde la niebla se arrastra de rodillas al caer la tarde; y, vigilándolo todo, las colinas, coronadas por mansiones que parecen más mausoleos que hogares. Dicen que el viento aquí sabe pronunciar apellidos. A veces, cuando sopla del este, lo he oído: Graves, Graves… o quizá sea mi nombre rebotando contra las lápidas del cementerio.
He pasado la mayor parte de mis veintiún años con ese murmullo en los oídos.
Nuestra funeraria ocupa una esquina de la calle del Mercado, a dos manzanas de la iglesia. La puerta, pintada de negro, luce una aldaba de hierro en forma de cráneo que mi abuelo, Augus Graves, mandó forjar por capricho—o por sentido del humor. Al entrar, el olor es siempre el mismo: cera, madera, alcanfor… y ese filo químico del formol que se mete en la ropa y nunca la abandona. Hay quien asegura que el perfume de la muerte se pega a los hombres. Si es así, yo debo de oler a hogar.
A esta hora de la mañana, el reloj del despacho se ha detenido, como dictan las costumbres, “hasta que el difunto emprenda camino”. En Mournefield, los espejos se cubren con paños negros, las cortinas se cierran, y las flores—lilios, sobre todo—invaden la casa como una excusa para no querer oler nada. Algunos colocan rosarios, otros nos piden que atemos la mandíbula con una venda bajo el mentón, para que la boca no se abra en un último gesto indecoroso. Yo no discuto supersticiones: cumplo, limpio, visto, ordeno.
—El bisturí, Damien —dice mi padre, sin levantar la vista.
Conrad Graves no necesita mirarme para saber si obedezco. Su voz es una cuerda tensada: cuanto menos vibra, más corta. Pongo el instrumento en su mano. Sus dedos no tiemblan. Los míos, tampoco.
Sobre la mesa yace el señor Pembroke, tendero de la calle Mayor. Tenía cincuenta y tantos y, según me dijeron, una risa voluminosa que llenaba de alegría el mercado. Ahora está desnudo, salvo por la respectuosa sábana que le cubre las caderas. Le he lavado el rostro con jabón de lavanda, peinado el cabello hacia atrás, recortado con cuidado las uñas. La muerte no le quita al hombre su dignidad; el descuido, sí.
—Abriremos aquí —indica mi padre, y señala bajo la clavícula. La palabra “abriremos” es un plural que no nos incluye a los dos: yo sostengo, él decide.
El embalsamamiento se ha vuelto más común estos últimos años. Mi abuelo utilizaba soluciones de arsénico; mi padre, desde hace tiempo, prefiere la formalina. El frasco, con su etiqueta borrosa, me observa desde el estante como un ojo sin párpado. Conecto la cánula, preparo la bomba manual, reviso dos veces las ligaduras. Me gusta que las cosas no se muevan si yo no lo he decidido.
Mientras la solución recorre el cuerpo del tendero, mi padre anota en el libro mayor una lista exacta de gastos: ataúd de roble, forro de satén gris, carroza con dos caballos, guirnalda de lilios. Augus decía que la muerte es lo único que nos iguala; Conrad ha aprendido a convertirla en columnas de números.
—La viuda —anuncia Marie, la señora que limpia, asomando apenas la cabeza.
Mi padre asiente sin emoción. Casi puedo oír cómo coloca su máscara de compostura profesional antes de salir a recibirla. Yo termino de suturar, limpio el hilo con alcohol, retiro la venda del mentón y aliso el bigote del señor Pembroke con un peine pequeño que sólo uso para eso. No todas las despedidas pueden ser hermosas, pero todas pueden ser limpias.
Me miro las manos, ásperas, con los nudillos siempre marcados. Cuando era niño, mi madre—Elise—solía frotarlas con crema de rosas y reírse de que, para ser un Graves, yo parecía cuidar las flores mejor que los muertos. Murió cuando tenía cinco años. Desde entonces, las rosas me huelen a cuarto vacío.
En el vestíbulo, la viuda Pembroke llora detrás de un velo negro. Viene acompañada de una hermana que aprieta un rosario entre los dedos, con más fuerza que fe. Al ver a mi padre, se serenan. Conrad tiene ese efecto en la gente: una severidad que obliga a la compostura.
—Señora Pembroke —dice—, su esposo está listo para el velatorio. Hemos seguido sus instrucciones al pie de la letra.
—Menos la de la cadena —interrumpe la hermana, con los ojos encendidos—. Él llevaba siempre una cadena con un medallón de oro. No lo he visto.
—Lo tenía en el bolsillo del chaleco —respondo—. Lo limpié y lo coloqué en su cuello. Puede verlo si lo desea.
Me observa como si midiera mi alma con una balanza invisible. Asiente, apenas.
No todos son tan correctos. A la salida, un vecino se detiene bajo el marco de la puerta y escupe de lado, por no atreverse a hacerlo en las baldosas. Se llama Kerr; vende carbón. Inclina el sombrero de mala gana.
—Mala suerte —murmura—. Mala suerte para el que trata con los Graves… y para el que les paga.
Mi padre no parpadea. Yo tampoco. La señora Marie, sin embargo, se persigna a escondidas, como si pudiera espantar con ese gesto la palabra que se queda flotando en el pasillo.
Mala suerte.
En Mournefield, todo el mundo cree en algo cuando cae la niebla