Ecos

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Summary

Tierras azotadas por el Rey Demonio y sus secuaces, donde quien se alza con el título de “héroe” es perseguido por temor y es tabú. Es la historia de Ekoh, un joven sobreviviente con su compañera semi Elfa Fynthara. Acompáñenme en esta historia donde lo crudo de las guerras, situaciones psicológicas y auto sabotaje rodean a nuestra dupla

Genre
Fantasy
Author
Ekolized
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

El inicio del final

Capítulo 1 – Samael, El Predicador


-20 AÑOS DESPUÉS DE LA LLEGADA DEL REY DEMONIO-


Un golpe seco resonó en la aldea. El aire estaba cargado de un olor metálico, tan familiar para los doctores como el de la sangre al curar heridas.

Los gritos que minutos antes llenaban la noche ya se habían apagado. Los rostros de los sobrevivientes estaban marcados por cortes, armas rotas

y un miedo tan denso que parecía absorber la luz de la luna.


Jadeando, un joven trató de incorporarse.

—¿Qué... qué demonios...? —su voz apenas fue un susurro entre tosidos y dolor—. ¿Qué pasó aquí?


Su visión se nublaba con la sangre que cubría sus manos. La aldea que conocía, tranquila y llena de risas, se había convertido en cenizas y humo.


De pronto, unas pisadas suaves cortaron el silencio. Una voz grave y burlona surgió desde las sombras, cerca de su espalda:

—Parece que aquí tampoco quedó nadie...


Otra voz, más aguda, respondió con desdén:

—Vaya, pensé que esta aldea tendría un héroe... pero parece que ni eso. Aunque, sinceramente, no habría servido de nada.


El único sonido que quedó fue el crepitar de las llamas y el goteo lento de sangre sobre la tierra. Para quienes observaban desde las sombras,

aquel silencio era música.


El muchacho se obligó a levantarse, apoyándose con esfuerzo, mientras sus ojos buscaban entre el humo el cielo estrellado.

—Mal...dita sea... —su quejido fue mezcla de dolor y desconcierto.


La voz grave volvió a sonar, ahora más suave, como un filo oculto bajo la compasión:

—Vaya... parece que aún queda un sobreviviente. No temas, joven. Estás herido, pero no... solo.


Un pequeño demonio, aleteando suavemente, se inclinó ante la figura que lo acompañaba.

—¿Qué harás con él, Amo Samael?


Entonces apareció Samael. Su figura alta y delgada parecía absorber la luz de la luna. El cabello oscuro recogido, ojos penetrantes y vestimenta

impecable lo distinguían de cualquier criatura en esas tierras. Entre las doce coronas del Rey Demonio, él era uno de los más enigmáticos y temidos.


Samael, conocido como "El Predicador", se detuvo frente al joven aldeano.

—Debo salvar tu alma... así como salvé a tu aldea de pecadores —dijo con voz suave, casi compasiva. Esa misma voz que tantas veces había engañado

a los humanos—. Ven conmigo, jovencito —extendió la mano, con gesto preocupado—. Sanaré todas tus... dolencias.


El joven, exhausto y confundido, apenas reconocía al sacerdote del pueblo que tantas veces lo había acompañado. Extendió su mano, dudando.


—El dolor es algo que todos, todos sentimos... o al menos deberíamos —susurró Samael, con aquella voz que había calmado a generaciones de aldeanos—.

Lo que a ti te duele... le duele también a nuestro rey, por la falta de respeto de ustedes. ¡Asquerosos humanos!


Su garganta se aclaró y su tono volvió a la compostura benevolente.

—Pero con la luz que me guía, seré yo quien os conduzca... a todos.


El muchacho no pudo reaccionar. La mano de Samael destrozó la suya con un agarre brutal. Su respiración se volvió errática, sus pupilas dilatadas

por el terror.

—Maldito seas... tú, tus esbirros... ¡y ese maldito demonio que...! —intentó gritar, pero su voz se apagó.


La vida lo abandonó mientras veía, impotente, el rostro deformado de Samael inclinado sobre él. La espada del predicador ya atravesaba su pecho.


Samael lloró... lágrimas falsas, calculadas:

—Ahora... duerme. Duerme y ve a la gloria. Que tu alma sirva de alimento a mi rey... y tu cuerpo... —arrojó el cadáver a los demonios menores que

merodeaban—. Para mis amados niños.


Sonrió mientras los pequeños demonios se alimentaban de su víctima. Luego se plantó frente a la aldea en llamas, brazos extendidos hacia el cielo:

—¡MÍREME, SEÑOR! ¡SOY LEAL A USTED, SAMAEL, UNO DE SUS DOCE SEGUIDORES! ¡OBSERVE CÓMO CASTIGO A ESTOS PECADORES POR USTED!


Un recuerdo lo golpeó con fuerza entre su risa de triunfo: Samael no siempre había sido esto. Apenas cuatro años atrás, había llegado al pueblo como

pastor, con rostro amable y palabras suaves. Durante esos años, ayudó, consoló y enseñó a jóvenes y ancianos por igual.


Los ancianos se acercaban a él buscando consejo, y Samael les sonreía a todos con aparente benevolencia. El pueblo lo adoraba; confiaban en su palabra

y en su presencia. Cada gesto amable, cada acto de ayuda, parecía genuino.


Pero nadie sabía que detrás de esa sonrisa se ocultaba algo que no era humano. Su mirada de "comprensión" no era más que odio contenido, disfrazado

de paciencia. Cada palabra tierna era un arma, cada gesto amable una trampa cuidadosamente calculada.


Lo que parecía imposible hace veinte años se había hecho realidad: había logrado infiltrarse entre los humanos, ganarse su confianza y vivir entre ellos

sin levantar sospechas. Y ahora, con el pueblo reducido a cenizas, aquella máscara de pastor benevolente solo servía para recordar lo lejos que había

llegado... y lo monstruoso que realmente era.



FIN DEL CAPÍTULO