I
Transcurría el año de 1520 de la era de Nuestro Señor, cuando llegó a nosotros la noticia de que los aliados de los mexicanos habían dado muerte a un grupo de españoles que venían del puerto de la Vera Cruz, en una provincia que los naturales llaman Tepeaca. Esta pertenecía a la liga de Culúa y que, según Xicoténcatl, hacían daño en las tierras de Tlaxcala, con quienes compartían frontera. Nosotros apenas habíamos logrado escapar con vida de la gran ciudad de México, aguantando valientemente las escaramuzas hasta que pudimos llegar a la frontera de nuestros aliados, donde estos indios nuestros amigos nos proporcionaron un lugar para refugiarnos y curar las muchas heridas que traíamos.
Nuestro capitán, no queriendo parecer derrotado o abatido por temor a que los mexicanos o los propios indios de Tlaxcala se abalanzaran contra nosotros, mandó varias cartas a la ciudad de Tepeaca, la más grande de la zona y la que le había dado nombre a toda la provincia, en las que amenazaba con que se diesen por esclavos todos los aliados de México que se atrevieran a matar a un español, pero por respuesta solo hubo mofa.
Para ese entonces todos estábamos flacos y muy heridos, ya no teníamos cañones que pudieran dispararse ni pólvora suficiente para alimentar los pocos arcabuces que nos quedaban. Solo había diez y siete de a caballo, porque los demás animales estaban muy heridos, y la mayoría de cristianos íbamos a pie, armados únicamente con espada y rodela. Sin embargo, nuestro capitán nos hizo marchar contra nuestros enemigos, así como andábamos.
Cuando llegamos a aquella provincia, mucha gente de los naturales salió a nuestro encuentro y, queriendo evitar la guerra, nuestro capitán les habló de los españoles muertos y pidió, en nombre de su Majestad el emperador, que fuesen nuestros amigos y no recibiesen más a los de México o a los de Culúa en sus casas. Pero estas gentes nos respondieron que no querían servir a quien no conocieran, y se declararon fieles sirvientes de los mexicanos. Además, justificaron la masacre alegando que nuestros hombres habían cruzado sus tierras sin licencia en tiempos de guerra. Entonces no quedó de otra que hacerse a los hierros.
Estos de Tepeaca eran hombres muy valientes y bravos, y dieron muerte a muchos de nuestros amigos, pero nuestro ejército era mayor en número, y los de México y sus aliados se vieron acometidos por todas partes. Nosotros, los españoles, íbamos en la retaguardia, pasando cuchillo a cuantos no pudieron retirarse anticipadamente. A mi alrededor caían piedras y flechas, que parecían descender del cielo como lluvia, y que iban a clavarse a los cuerpos inertes de enemigos y aliados. Mi espada chorreaba sangre y mi escudo estaba ya tan abollado que había perdido parcialmente su forma.
Yo soy uno de los hombres de guerra más fieles al servicio de Su Majestad el emperador, a quien serví con lealtad contra los venecianos y los franceses en la batalla de Rávena y muchas otras, pero juro por Dios que nunca había visto guerra como la que se hace en estas tierras. Los naturales de ambos bandos salen a pelear con gran ruido, sacuden todo tipo de banderas, suenan sus trompetas, sus tambores y dan gritos desgarradores con los que pretenden amedrentar a sus contrarios. A veces los ves retorcerse en el suelo con la intención de someterse unos a otros, y cuando alguien ha sido vencido, aparecen otros hombres, generalmente muy jóvenes, para arrastrarlo lejos de la vista de todos, como si se lo hubiera llevado el mismísimo diablo. Pelear aquí es ensordecedor y, de alguna manera, muy bello y a la vez aterrador.
En algún punto, cuando ya no podía escuchar ni mis propios pensamientos, tropecé con el cadáver de una pobre yegua a la que aparentemente habían degollado de un solo tajo. Traté de rodearla, pero resbalé con la sangre que brotaba de su herida, o más bien, con la amalgama que se había formado de la tierra negra al combinarse con la sangre y carne de los miles de muertos. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando sentí una mano tomarme de la pantorrilla y, al girarme, me di cuenta de que era un indio cuyos negros cabellos estaban teñidos de carmesí. No llevaba ninguna insignia, balbuceaba palabras que yo no entendía para nada y parecía bastante desorientado. Alcé mi espada y, a pesar de escuchar un leve “¡No!”, que salió de su boca, clavé su cráneo contra el barro.
Levanté la vista hacia el cielo y lo noté completamente despejado de nubes. Las aves de rapiña comenzaban a formar círculos sobre nuestras cabezas, atraídas por la peste de las vísceras desparramadas en el campo de batalla. Al poco tiempo, noté también que las flechas y las piedras eran cada vez más escasas, señal de que vencíamos. Una gran emoción se apoderó de mi persona y, junto a otros compañeros que iban detrás de mí, comenzamos a correr para formar parte de la toma de la ciudad, olvidándonos por completo de nuestras heridas. Pero al llegar, los indios de Tlaxcala ya estaban rapiñando las casas, sacando a los hombres, mujeres y niños que ahí se escondían para hacerse de un banquete con sus carnes, como es su bárbara costumbre. Un escalofrío recorrió mi espina al imaginarme las ollas repletas de partes humanas hirviendo con especias, por lo que cerré fuertemente los ojos y continué recorriendo las calles sumidas en el caos. A lo lejos, se escuchaban los excitados gritos de victoria de los indios aliados nuestros, que perseguían a los enemigos que se desbandaban hacia los cerros.
—¡Rodrigo!—escuché decir tras de mí—. Fray Jerónimo está buscando hombres para ir a por los ídolos.
Me di la vuelta para encontrarme de frente con el joven Alonso, sevillano de no más de veinte años. Llevaba una herida en la cabeza que sangraba profusamente, pero no parecía darle la importancia suficiente.
—Fray Jerónimo está buscando hombres para ir a por los ídolos—repitió como si la idea le emocionase.
Asentí y él me hizo una seña para que comenzara a seguirlo por una callejuela empedrada y muy derecha, hasta que llegamos frente al templo principal. Ahí, en una plaza, había muchos de los indios enemigos nuestros que habían sido capturados y que se convertirían en esclavos de los oficiales.
Entre ellos caminaba Fray Jerónimo, haciendo señales de cruz con la mano, mientras miraba con recelo la parte más alta, donde se guardaban los ídolos. Al notar que el joven Alonso se acercaba, detuvo su tarea y se aproximó para recibirlo.
—Hijo mío, ¿ya te has hecho revisar esa herida?
—No, padre. Quiero terminar con los ídolos lo antes posible, como usted dijo. Por eso, traje a mi amigo Rodrigo.
Me incliné un poco a modo de saludo, y el franciscano me correspondió con el mismo gesto. Después miró de nuevo al templo de los indios y se cruzó de brazos. Nadie sabía de dónde había salido Fray Jerónimo. ¿Había llegado con Narváez o venía en alguna expedición posterior? No lo sé, simplemente apareció entre nosotros y nos instó a derribar todos y cada uno de los ídolos que encontrásemos.
—Lo antes posible —repitió el religioso.
Y, como si fuera un perro de caza que recibe la orden de su amo, Alonso comenzó a trepar las escalinatas con la espada en alto. Yo iba unos escalones por debajo y, al notar nuestro brío, más españoles comenzaron a subir con nosotros.
El interior del templo apestaba a sangre y entrañas, peor que los peores mataderos de Sevilla, tanto así que los incensarios llenos de aromáticos no podían enmascarar para nada su olor. Bajo la luz danzante de las antorchas, los ídolos de piedra parecían moverse y hacer muecas, pero, entre carcajadas que provocaban ecos, los hombres desfiguraron los rostros informes de los demonios con los pomos de sus espadas y tomaron todo lo que había a sus pies: collares, cuentas, plumas y un sinfín de objetos dorados.
Alonso se colgó al cinturón un adorno de plumas verdes, y yo tomé un grueso collar de oro, el cual escondí entre mis ropas, ya que, a pesar de ser uno de los soldados más leales a su Majestad, también deseaba riquezas para poder vivir cómodamente.
—Escuché que después de esto vamos a tener que ir a pacificar otros pueblos de alrededor —dijo Alonso mientras observaba el rostro terrorífico e inhumano de uno de los ídolos—. ¿Qué hacemos con este?
—Hay que arrojarlo por las escalinatas —le sugerí.
Tomé mi espada aún húmeda de sangre y la introduje en una ranura que separaba el ídolo del altar. Un par de compañeros míos me imitaron y, entre los tres, logramos hacer palanca suficiente para derribarlo, produciendo un estruendo cuyo eco resonó en la cámara como el rugido de agonía de un león o un trueno lejano. Alonso se unió alegremente a nuestra empresa y empujó con todas sus fuerzas hasta que el ídolo rodó por las escaleras, haciéndose añicos al final.
En ese preciso momento, un gran rebaño de nubes negras comenzó a apelotonarse sobre nosotros, mientras los indios, amigos y enemigos, observaban en silencio nuestro actuar. Fray Jerónimo pasó a un lado de los escombros con una improvisada cruz de madera en manos y comenzó a subir el templo con paso solemne. Al llegar hasta la plataforma en la que nosotros nos encontrábamos, mandó traer un par de piedras del resto de las estatuas destrozadas y con ellas mantuvo la cruz en pie.
—Un paso más para acabar con la idolatría en estas tierras…
Los españoles ahí presentes se reunieron en la base del templo para arrodillarse ante la cruz en la que Nuestro Señor Jesucristo se había sacrificado para liberarnos de nuestros pecados. Incluso algunos de nuestros aliados se acercaron tímidamente a orar, pero entonces las nubes dejaron caer su carga de agua helada sobre nosotros.
—Nuestro Señor nos manda esta lluvia para refrescarnos de estos calores y lavar la sangre de nuestras manos—murmuró Fray Jerónimo—. Esta es una señal inequívoca de que contamos con la gracia de Dios…
Una violenta tormenta se había desatado, pero ninguno de nosotros trató de buscar refugio, no sin antes haber terminado las oraciones. Sin embargo, las gotas eran tan pesadas y tan frías que su gelidez comenzó a calarme hasta los huesos, e incluso el agua comenzó a juntarse alrededor de mis fosas nasales, dándome una ligera sensación de ahogamiento. Abrí un poco los ojos, que me ardían en ese momento, y con la vista borrosa observé la sangre escurrir de entre mis dedos, mientras un trueno resonaba en las lejanías.
Los siguientes veinte días fueron de guerra en toda aquella gran provincia. Algunos peleaban y otros se rendían, jurando lealtad a nuestro emperador sin más. Pero lo más importante era que, una vez pacificada la zona, podíamos reabastecernos de todo lo que necesitáramos. Aquel era el camino que unía aquellas tierras al puerto de la Vera Cruz, desde donde salían y llegaban embarcaciones provenientes tanto de la isla Española como de la de Cuba, con caballos, pólvora y suministros. Pero lo más importante y necesario de todo aquello eran los carpinteros que venían con los refuerzos.
El objetivo de nuestro capitán era tomar la ciudad de México, la cual, al igual que Venecia, se encuentra construida sobre las aguas. Además, los mexicanos son muy valientes y guerreros, por lo que atacar únicamente por tierra y vencer es casi imposible. Es por esto que, con la dirección de estos carpinteros y la ayuda de los indios, se comenzó la construcción de trece bergantines en Tlaxcala, que fueron llevados por partes a la ciudad de Texcoco, levantada mitad en tierra y mitad en las aguas salobres del lago que rodea la ciudad de Tenochtitlan. Según supe después, en Texcoco había un príncipe que perdió el trono contra su hermano y estaba dispuesto a tomarlo nuevamente, por lo que buscó a nuestro capitán para que le ayudase, a cambio de poner la ciudad a su disposición.