I. La Arrogancia en la Cripta
El Padre Elías no creía en las marcas divinas. Creía en la ciencia, en la lógica, y, sobre todo, en su propia superioridad intelectual. A sus treinta y dos años, era el más joven de los custodios del Círculo Interior, el equipo secreto del Vaticano que custodiaba un tesoro mucho más peligroso que cualquier reliquia: el Prisionero Uno.
Elías estaba allí porque era un brillante biofísico, no un teólogo. Para él, lo que el Papado había mantenido en secreto por miles de años –la existencia del primer asesino, Caín– no era una maldición bíblica, sino un fenómeno celular, una mutación genética extrema. Una "enfermedad de la ira" que, si se liberaba, borraría la civilización humana.
Mientras se ajustaba el guante de nitrilo, ignoró al Hermano Daniel, un anciano monje que recitaba oraciones en latín a través del intercomunicador, a pesar de que el sonido no podía penetrar la cámara de contención.
—Es solo un patógeno, Daniel. No una entidad demoníaca —murmuró Elías, sin molestarse en presionar el botón de respuesta.
La cámara de Caín estaba a cien metros bajo la Ciudad del Vaticano. Era una fortaleza: concreto reforzado con titanio, cinco sellos de seguridad y, encima de todo, una capa de protección simbólica que irritaba a Elías: grandes crucifijos de plata grabados con runas antiquísimas.
—Hoy vamos a demostrar que la fe no es suficiente. Solo la ciencia nos salvará —se dijo Elías. Su pecado no era la malicia; era la arrogancia pura.
La puerta de titanio se deslizó con un silbido bajo y seco. La temperatura en la cámara cayó en picado.
En el centro, bajo un potente foco, estaba Caín.
No se parecía a los demonios o monstruos de los frescos de la Capilla Sixtina. Se parecía a un hombre, pero consumido por el tiempo y la inanición. Estaba encadenado de pies y manos a una silla de acero, inmóvil. Su piel era de un blanco lechoso y ceroso, como papel viejo o cera de vela.
Lo único que se movía en Caín eran sus ojos. Eran grandes, abiertos, inyectados con un color carmesí intenso y vibrante, como brasas al rojo vivo. Eran los ojos de alguien que había estado furioso desde el principio del tiempo.
Elías se acercó. Había pasado meses ideando esta operación. Su misión oficial era solo monitorear; su misión personal era extraer una muestra de ADN viable. Necesitaba el código genético de la ira.
Elías se acercó a la muñeca de Caín, sin tocarlo directamente. El Prisionero Uno llevaba miles de años encadenado; ¿qué podría hacer ahora?
Activó el brazo robótico médico y lo dirigió hacia la vena del antebrazo. El anciano Hermano Daniel, afuera, gritó algo inaudible por el intercomunicador, su voz quebrándose en súplica.
—Casi lo tengo —dijo Elías, su respiración acelerándose por la emoción.
Justo cuando la aguja fina rozó la piel pálida, algo en Caín se rompió.
No hubo explosión ni rugido. Hubo un chirrido horrible y seco a medida que las cadenas, hechas para contener ejércitos, se tensaron hasta el límite. Caín no usó la fuerza; usó una furia concentrada y física.
El brazo de Elías tembló. Las cadenas, al límite de su resistencia, se soltaron de los anclajes de la silla. Caín, aún sin levantarse, extendió una mano temblorosa y blanca.
El Padre Elías no sintió dolor. Sintió una descarga eléctrica, caliente y densa, que quemaba todo el miedo. Cuando la mano pálida y fría de Caín se cerró alrededor de su cuello, Elías sintió que el aire se le escapaba, reemplazado por algo mucho peor: la furia.
La luz del foco se desvaneció. El mundo se volvió un remolino de color carmesí. La piel del Padre Elías se puso tensa, fría, idéntica al blanco de Caín. La sangre afluyó a sus ojos con tal violencia que se tornaron de un rojo brillante.
Caín se levantó de la silla. Ya no parecía exhausto. Parecía... liberado. Y a su lado, de pie y respirando con jadeos rabiosos, estaba su primer apóstol: el Padre Elías.
Caín simplemente se dio la vuelta, caminó hacia la puerta de titanio ya abierta, y desapareció en la penumbra del túnel.
El Padre Elías, con su bata de laboratorio ahora manchada, miró el crucifijo de plata que colgaba de la pared. No lo tiró ni lo pisó. Lo tomó con ambas manos.
Afuera, en el cubículo de monitoreo, el Hermano Daniel seguía rezando, con la cara empapada en lágrimas. La puerta se abrió.
El Padre Elías entró. Sus ojos brillaron carmesí en la oscuridad. El Hermano Daniel dejó de rezar. Intentó gritar, pero la primera de las diez docenas de golpes del crucifijo impactó en su cara con una rabia innecesaria, prolongada y brutal.
Las alarmas sonaron en todo el Vaticano. La cuarentena había sido rota.
La maldición del primer pecado había regresado al mundo, liberada por el hombre que creía poder dominar la furia con un simple tubo de ensayo.
FIN DEL RELATO 1
Ahora que Caín está libre y el Padre Elías es el primer infectado, la plaga se extiende.